ISSN EN TRÁMITE
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

El lenguaje es el reino de la poesía; la narrativa es otra cosa

Rafael Volta entrevista a Antonio Ortuño

 

 

Rafael Volta: ¿Cómo fue tu formación como escritor? ¿Dónde adquiriste el oficio?

 

Antonio Ortuño: La verdad es que yo no me formé como escritor en alguna institución, en algún programa. Cuando yo era chavo, en los noventa, ya había una tradición importante de talleres literarios en Guadalajara, pero muchos de ellos estaban orientados a la poesía. No había demasiados talleres de narrativa. Y la verdad, yo tenía una idea muy fija: no quería estudiar con un autor que no escribiera cosas que a mí me parecieran increíbles. Es decir, si me hubiera tocado el taller de Daniel Sada, a lo mejor me hubiera metido. Pero muchos de quienes daban talleres de narrativa en ese tiempo venían del lado de la pedagogía, pero realmente no escribían o escribían muy poco. La verdad es que eso me despertaba un montón de dudas. ¿Cómo te va enseñar a hacer una cirugía alguien que no opera?

Mi formación tuvo más que ver con la lectura directa y con la prueba y el error. Comencé a escribir por mi cuenta, releía, corregía y revisaba. Ocasionalmente le daba a leer mis textos a alguien. La verdad es que durante muchos años no fueron nada alentadoras las opiniones que me daban las pocas personas que me leían.

Desde morro escribía, siempre escribí cuentitos toda mi vida desde muy pequeño. Pero de empezármelo a tomar más en serio y de tener la idea de escribir novelas o hacer algo más ambicioso sería en la adolescencia, a principios de los noventa.

Finalmente, y después de varios vuelcos, trabajé muchos años como editor periodístico en Guadalajara, en Siglo XXI, Grupo Milenio, El Informador. Aunque para mí la literatura y el periodismo van completamente por lados diferentes, sí adquirí una costumbre en la revisión de textos, de pensar de manera muy minuciosa cada palabra, y la verdad es que me entrené a ser implacable con los textos. Eso para mí fue una buena escuela: tratar de comprender mejor cómo funciona una historia, cómo funciona el lenguaje dentro de la historia, cómo corre el tiempo dentro de las historias. Claro, el periodismo da lo que da. No es literatura.

Yo creo que en un año muy descansado y relajado para mí escribo unas mil páginas. No todas son estrictamente literatura. Escribo artículos periodísticos. Lo normal es que ando entre las mil trescientas y mil quinientas páginas anuales. Entonces, pues es esa práctica. Y cada vez me inclino más a la planeación de los textos, a llegar con la cabeza bastante clara sobre lo que quiero escribir.

Y también me dedico a dar sobre todo talleres cortos. No tengo talleres como tertulia que se juntan un día por los siglos de los siglos. Incluso muchas veces le digo a la gente que va a mis talleres: Si este no es el primer taller, ojalá sea el último al que vengas. Que ya entiendas por ti mismo cómo escribir y no dependas de talleres y cursos el resto de tu vida.

 

RV: ¿Cómo entrenas tu oído en cuanto a la musicalidad? ¿Lees poesía o solamente lees narrativa o todo lo que te caiga a la mano?

 

AO: Para empezar, sí leo mucha poesía, no sé si porque soy hermano de un poeta. Mi madre también escribía poesía; no intentó hacer carrera literaria, escribía para ella misma.

Me interesa mucho la música, estuve en una escuela de música. Y para mí es algo que siempre me pregunto: la musicalidad de las palabras. Hoy me doy cuenta conmigo mismo: en los textos más apresurados, más a bote pronto, no termino de quedar satisfecho porque inconscientemente sé que una palabra rima o una palabra mejor podía quedar ahí.

Claro, no espero que una columna sea perfecta. Pero en un texto literario sí aspiro a que mejore. En el caso específico de los cuentos, sí los reescribo mucho, y para mí un cuento es un expediente abierto hasta que no sale en un libro en el que ya encontró su espacio. Los textos de Esbirros salieron en revistas, en portales, en antologías, incluso yo no sabía cuándo se iba a acabar Esbirros, porque tenía la idea y el proyecto en la carpeta. Mis cuentos son un poco como encarnaciones de esos cuentos hasta que se redondearon en Esbirros. Yo tenía idea del libro casi desde el primer cuento, el más viejo, que fue “Escriba”.

Le doy muchas pasadas al relato leyéndolo en silencio y luego en voz alta. Y eso me sirve para varias cosas. Por ejemplo, los periodos te pueden sonar bien si vas sumando sólo comas y nunca pones un punto y seguido en una frase; pero cuando lo tratas de leer te das cuenta de que puede ser desmesurado y que se terminan perdiendo las unidades lógicas si alargas y alargas y alargas. A mí me gusta mucho utilizar oraciones subordinadas y de pronto metes subordinadas dentro de subordinadas y se empieza a hacer una suerte de cajas chinas y leyéndolo en voz alta te das cuenta, a fuerza de meter ese tipo de florituras. Entonces no trato de confundir ni de confundirme yo mismo.

 

RV: ¿Qué poetas lees?

 

AO: Es una historia larga porque he tenido como mis épocas de diferentes poetas que han sido como influyentes. Mira, por ejemplo, a mí me gustan mucho los románticos y los prerrafaelitas ingleses: Alfred Tennyson, Lord Byron, Percy Bysshe Shelley, Dante Gabriel Rossetti, poetas que en la adolescencia me impresionaron muchísimo, a pesar de ser un inglés un poco hermético, pero yo me compraba las ediciones bilingües de Hyperion.

Casi todo el mundo odia a la poesía de Borges, pero a mí me gusta la poesía de Borges, aunque sea muy conceptual y aunque luego tienda como al ripio. Me recuerda mucho a la poesía de un colombiano que se llamaba William Ospina, y ese tipo de poesía me gusta, aunque a muchos poetas les saque ronchas. Afortunadamente soy narrador y no tengo que justificar por qué me gusta un poeta u otro.

Le di el golpe muy fuerte y me gustó mucho la poesía chilena. Soy muy admirador de Raúl Zurita, que me parece un poeta deslumbrante, o Diego Maquieira. El libro de Los Sea Harrier me voló la cabeza cuando lo leí y cada cierto tiempo lo releo, como Anteparaíso, de Zurita, libros que para mí fueron absolutamente básicos en mi formación como escritor. Gonzalo Rojas, Nicanor Parra y su humor me agradaron particularmente. Y en poesía mexicana pienso en Francisco Hernández. El libro de Moneda de tres caras fue muy importante para mí y me llevó a Georg Trakl y a otro tipo de poesía que no conocía en ese momento.

Puedo entender un poco este como chiste de la relación entre narradores y poetas. Yo tengo un hermano poeta y hemos hecho entre nosotros todos los chistes que se pueden hacer al respecto.

Pero yo creo que sería un narrador incompleto si no leyera poesía. Perdería toda una dimensión de la literatura. A lo mejor al que no lee poesía le vale gorro, pero como lectores sí notamos cuando un narrador no lee nada de poesía. Hay gente que hace una prosa a ras de pasto porque no tiene siquiera idea de las posibilidades que ofrece el lenguaje. El lenguaje es el reino de la poesía; la narrativa es otra cosa.

 

RV: ¿Alguna vez has intentado escribir poemas?

 

AO: Hace muchísimo que no. Cuando era adolescente quería escribir vanguardiadas en lugar de escribirle poemas a las chicas, que es lo que debería haber estado haciendo, sobre todo a esa edad. En realidad muchos de esos intentos de poemas terminaron convertidos en narración y son parte de El buscador de cabezas, porque eran poemas como fársicos, como paródicos, los que yo hacía, y terminaron integrados al discurso del narrador. No es que hayan permanecido inéditos, sino que encontraron su espacio, pero reconvertidos en otra cosa.

 

RV: En los círculos de narradores hay más camaradería que en los de los poetas. Las peleas de los poetas llegan a ser épicas en redes sociales y he visto pocas peleas en las que los narradores están involucrados. Peleas de poetas entre poetas que se dan cada tres meses o cada que se otorga el Premio Aguascalientes.

 

AO: No necesariamente son más compas o más solidarios. Una cantidad más o menos grande de narradores piensan en términos de publicación, de desarrollar una especie de trayectoria de carrera, y meterte en este tipo de pleitos lo que hace es estorbarte y estorbar a todos los demás. Yo creo que por eso muchos de los narradores no lo hacen. No es que seamos hermanos de la caridad; también hay muchas pugnas y gente que sencillamente no se cae bien, no convive y demás. Pero la gente en realidad está atendiendo lo suyo, tienes tu libro, sale el libro, haces entrevistas, vas a festivales, esperas que se venda, tienes interacción con los lectores mediante las redes. Y la verdad yo no estoy pendiente de quién ganó un premio y no me indigna como si me lo hubieran arrebatado a mí de las manos.

Creo que es otra lógica que tiene que ver con las posibilidades de desarrollo de un narrador. La participación de la poesía en los circuitos editoriales es mínima; la mayor parte es clandestina o hasta under. No se vende. Son cenáculos. Además, la escritura siempre implica la relación sentimental con lo que uno escribe. Entre poetas se están jugando el pescuezo porque están peleando por cosas más esenciales, por cuestiones estilísticas, de postura, y tienen una idea de la literatura por la literatura misma.

Son como estas guerras que uno dice cómo es posible que en tal lado se peleen tanto si no hay nada por qué pelearse. Pues por eso es tan terrible y tan radical la pelea, porque en el fondo no hay razón para pelearse. La narrativa es un tanto más diplomática en ese sentido y todo queda como en chismes y bromas de cantina. Te encuentras a alguien y a lo mejor no eres admirador de lo que escribe, pero dices: Mira, él está haciendo lo suyo, yo estoy haciendo lo mío, nos tomamos unas chelas, ¿cuál bronca, no? Cada quien tiene su parcela y nos llevamos bien. Como que tendemos más al respeto entre pares y los poetas van a la yugular. Los poetas quieren que su manera de entender la poesía sea la que prive. Y hay unas guerras terribles. De repente pasa con los narradores, pero tienen que suceder cosas muy serias. Yo he visto más narradores pelearse por cuestiones sentimentales entre narradores y narradoras, que por premios.

 

RV: Tus talleres son cortos. ¿Qué tipo de herramientas ofreces a tus alumnos?

 

AO: Lo que trato de hacer es que tomen contacto con cuál es la realidad de la escritura. Cuando uno es joven todo lo que tienes son dudas. Una de las preguntas que más respondo es: ¿se puede hacer tal cosa? A ver, tú puedes hacer lo que quieras, les digo, nadie te lo prohíbe. En ocasiones tienen la referencia de los libros que leen y tienen miedo de intentar cosas diferentes.

Muchos de mis alumnos no son jóvenes, se dedican a otra cosa, son gente que tiene muchas ganas de escribir, pero que trabaja o se dedica a otra cosa. Tienen carreras, hijos, etcétera, pero tienen ese apetito de escribir historias.

Lo que yo les digo es que no hay un método para hacer novelas, no hay un método para hacer cuentos. La literatura nunca es un método. Pero sí hay una serie de prácticas que los pueden ayudar. Por ejemplo, uno de los enormes problemas es que no acaban los textos. Empiezan a escribir algo, se pierden, las ideas se les deshilvanan. No es fácil construir una novela. No es fácil hacer un buen poema. Es dificilísimo. Yo creo que es lo más difícil que existe. Pero hacer un poema como tal es facilísimo. Ahora, podemos escribir veinte, van a quedar horribles, pero podemos hacer sesenta poemas, poetuits, falsos haikús, pensamientos deshilvanados, y llenas una página y dices que son poemas y métete en una guerra para que te digan que no son poemas.

Claro, escribir poesía que de verdad sea significativa es cosa de una vida. Con una novela eso se refleja en la mecánica. Cuando no sabes cómo hacerla, llega el momento en que te detienes, tienes dos, tres capítulos y no sabes hacia dónde va la novela, ya no sabes hacia dónde pueden evolucionar las situaciones y los personajes, te aburres tú mismo de tu historia y te derrumbas con toda la novela. Lo que trato de hacer es que entiendan que son procesos muy largos, que comprendan que una novela requiere una planificación importante y mucho trabajo previo. No es solamente imaginar una historia, decidir cómo está contada y desde dónde está contada y decidir cómo se desenvuelven los personajes y las acciones, cómo ocurre el tiempo, que en el fondo es lo fundamental en la narrativa. En la narrativa ocurre el tiempo. La narrativa implica que el tiempo transcurra.

La narrativa requiere un espacio determinado, disciplina, un cierto número de horas, hacer una planeación, cumplir esa planeación, llevarla adelante; escribir mucho para revisar mucho. Un novelista tiene que construir una masa crítica de prosa muy grande para entonces poder revisar, corregir, pulir, trabajar sobre su propio texto. A mucha gente le gusta la idea de escribir una novela, pero no le gusta la idea de todo lo que hay que trabajar para construir esa novela. Escribir una novela es más parecido a escribir una tesis como práctica en el día. Claro, la tesis va a ser aburridísima y esperemos que la novela no lo sea.

Yo no les puedo enseñar a escribir en el sentido de “esa palabra no, elige esta otra, que esto no pase en tu historia”. La verdad es que eso no tiene sentido. Hablo más de procesos mentales y físicos que van a favorecer la escritura de una novela. Tú puedes tener ideas sobre el universo y todos las tenemos, pero tienen que convertirse en ideas literarias, y una vez que sea una idea literaria se tiene que convertir en una idea de novela, y eso es un proceso. No debería haber manuales de escritura.

Yo creo que el novelista viene de cualquier parte. La vida cotidiana influye tanto o más para la novela que el hecho de que seas contador público titulado. Lo que les pregunto es por qué quieren escribir novelas. Lo que trato de hacer es que se vean a sí mismos como novelistas. Las novelas las escriben los novelistas. Ese alguien se convirtió a sí mismo en un novelista y empezó a interpretar la realidad con la lógica de un novelista. No importa si afuera eres ingeniero o estudias letras. Se tienen que convertir en novelistas.

 

RV: Una última pregunta: ¿cuál es tu teleserie favorita?

 

AO: Varias. Me gusta ver series de televisión. Todos vivimos en el chisme. Finalmente uno sabe quién es porque es capaz de contarse su historia. Me gusta mucho The Wire, es la que más me ha dejado satisfecho a lo largo del tiempo. Es absolutamente coral. Me cuestan más Los Soprano, Breaking Bad, Mad Men, que son admirables, pero heliocéntricas. Pero la coralidad de The Wire me encanta. Creo que la he visto completa como cinco veces.

Yo no pude con Games of Thrones, y me gustan las cosas de dragones y espadazos, las leía a los once o doce años y me siguen gustando un montón, pero Games of Thrones tiene una lógica de telenovela. Hay otras series menos famosas; me gustó mucho O Mecanismo, una serie brasileña sobre el caso Odebrecht; también de la BBC, como Luther.

 

Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976). Es editor de cultura del periódico Milenio. Ha colaborado en las publicaciones Cuaderno Salmón, Lateral (Barcelona), La Tempestad, La Tercera (Chile) y Letras Libres. Finalista del Premio Herralde de Novela 2007 por Recursos humanos. Su trabajo se incluye en las antologías Grandes hits, volumen 1. Nueva generación de narradores mexicanos (Almadía, 2008) y Narcocuentos (Ediciones B, 2014). Fue ganador del Premio de la Fundación Cuatrogatos, de Miami, al mejor libro juvenil por El rastro (2017), así como del V Premio Ribera del Duero y del Premio Bellas Artes de Cuento Hispanoamericano 2018 por La vaga ambición.

 

Rafael Volta (Querétaro, 1977). Autor de Principia Mathe-Machina (Poesía), Fondo Editorial de Querétaro (2018); The Q Horses (Dramaturgia), Herring Publishers (2018), y de Neowise, confinamiento y virus. 20 poemas para Instagram Stories (2020). Funge como mediador en la sala de lectura Edgar Allan Poe, especializada en poesía, ciencia ficción y terror. Organiza noches de Poesía Open Mic en el Zeppelin Music Factory. Sus libros se pueden descargar en rafaelvolta.hotglue.me