ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

Unos adidas azules

José Manuel Ríos Guerra

 

Para Ovidio

 

Era medianoche cuando Miguel tomó el microbús que lo dejaría en su casa. El camión estaba casi vacío: en la parte delantera iban dos tipos con los trajes desgastados; en el centro había cuatro personas. Miguel decidió sentarse atrás.

El micro arrancó y se inició un duelo musical entre el chofer, que puso un disco de cumbias, y uno de los pasajeros, que escuchaba reguetón en su celular. Miguel estaba tan cansado que, a pesar de la música, se quedó dormido. Un payaso subió y su llegada dio tregua al ruido. Miguel se despertó.

—Buenas noches, señoras y señores, damitas, caballeros. Mi nombre es Pipo. Sólo soy un triste payaso que viene a molestarlos por unos segundos, esperando robarles una sonrisa.

Miguel trabajaba en una imprenta. A veces los pedidos le llegaban sin aviso y tenía que hacer guardia toda la noche para revisar las pruebas de color y la impresión. El negocio marchaba mal, por eso regresaba temprano. No iba a cenar, ese era un lujo que no había tenido en mucho tiempo. Metió la mano en el bolsillo y sólo encontró una moneda. Su mano callosa no pudo distinguir si era de un peso o de cincuenta centavos. Pensó en su hermano Javier y en que tendría que pedirle dinero prestado para acabar la quincena. Tocó de nuevo la moneda. Intentaba adivinar: si es de un peso, me va a ir mal; si es de cincuenta centavos, me va a ir bien. La sacó: le iba a ir bien.

Miró a Pipo y le pareció un payaso improvisado. Su atuendo cumplía los requisitos del oficio: peluca multicolor, saco amarillo, nariz y pantalón rojos. Pero algunas cosas no encajaban: tenía demasiado maquillaje en la cara, llevaba barba y bigote de rafia y unos tenis adidas azules que cualquiera desearía.

Pipo empezó una adivinanza que aspiraba a ser un chiste:

—¿Qué tiene alas y no vuela, ojos y no ve, pico y no pica?

Miguel pensó un momento sin atinar la respuesta.

—¡Un pájaro muerto! —dijo al fin Pipo mientras soltaba una horrible carcajada.

El payaso pasó a cada lugar a pedir dinero. Miguel no quería cooperar, no porque lo considerara un mal cómico, sino porque sentía que era humillante entregarle sólo cincuenta centavos.

Pipo no recibía nada. Miguel dudó: ¿y si el payaso se ofendía por los cincuenta centavos? Debía tomar una decisión.

Metió la mano en su bolsillo, sacó la moneda y se la dio.

—Es todo lo que traigo —se arrepintió al decirlo, pero ya era demasiado tarde.

Pipo no lo escuchó o no le dio importancia. De sus ropas sacó una pistola y amenazó:

—¡Ahora sí, hijos de la chingada! No pude robarles ni una sonrisa ni un peso, ¡ahora les robo todo, bola de culeros!

Miguel sintió miedo, recordó a su hermano diciéndole:

—Si te asaltan y no traes dinero, aguas, porque en una de esas te rompen la madre.

Pipo despojó a todos de lo que traían: la cuenta del chofer y el celular del reguetonero fueron lo mejor de su colecta. Cuando se acercó a Miguel, este iba a decirle que ya no tenía dinero, que los cincuenta centavos que le dio eran lo único en su bolsa, además, no tenía para ir a trabajar mañana y hoy dormiría sin cenar.

—Tú no te preocupes, carnal, tú eres banda —le dijo el payaso, sin dejarlo hablar.

Pipo se bajó y echó a correr. El micro se llenó de murmullos y del llanto del reguetonero. Más adelante había una patrulla y los pasajeros le pidieron al chofer que se detuviera. Miguel estaba a una cuadra de su casa y decidió bajarse a caminar. La gente lo vio y empezó a gritar que él era cómplice de Pipo, que no lo habían asaltado y que además era palero de sus chistes malos. Entonces la noche se alargó: era imposible hablar con los policías y mucho menos sobornarlos.

No lo dejaron hablar por teléfono y lo metieron en una celda que apestaba a orines. Pasó una hora sentado, tratando de olvidar el hambre y el frío. Pensaba que Javier no se preocuparía por su ausencia, ya que no sería la primera vez que faltaba a la casa. Se recostó y quiso dormir, pero no pudo. Recordó el chiste del payaso y al pájaro muerto. ¿Qué le habrá sucedido?, se preguntó. Tal vez murió por tanta contaminación, o quizá voló en un campo de beisbol y chocó con la pelota lanzada por un pitcher, o sólo murió de viejo o de inanición. Luego pensó en que seguramente Pipo ya se encontraba en su casa, que ya había cenado y estaba a punto de dormir.

Miguel dormitaba cuando escuchó su nombre. Un policía le hablaba desde la reja y le abría la puerta.

—Ya se arregló tu asunto —le dijo.

—¿Cómo que ya se arregló?

El policía señaló la salida. Miguel vio a Javier.

—Vámonos —le dijo su hermano.

—¿Cómo supiste que estaba aquí?

—Me lo dijo un pajarito.

—Me acusaron de…

—Sí, ya lo sé. Todo está arreglado, no te preocupes.

Salieron de la delegación y fueron a cenar.

—¿Y desde cuándo tienes tanto dinero?

—¿Por unos tacos que te invito?

Tomaron un taxi que los dejó en su casa. Miguel no entendía cómo ahora estaba a punto de dormir en su cama y con el estómago lleno. Se empezó a desvestir y vio que los tenis que Javier se estaba quitando eran unos adidas azules que cualquiera desearía.

 

José Manuel Ríos Guerra (Tulancingo, México, 1980). Estudió Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Yo no me llamo Manuel y La literatura es cosa seria.