ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

Curso de belleza, amor y sexo[*]
(fragmento)

Israel Pintor

 

Más tarde aprenderás que los escritores son simplemente textos abiertos e indefensos, sin ningún entendimiento de lo que han escrito y que, por lo tanto, deben confiar en cualquier cosa que se diga de ellos.
Tú, en cambio, no has alcanzado ese nivel de refinamiento literario.

Lorrie Moore

 

No se trata de disciplina, sino de saber lo que quieres realmente.
Debería haber cursos de belleza, amor y sexo.
Siempre dicen que el tiempo cambia las cosas, pero en realidad tienes que cambiarlas tú mismo.

Andy Warhol

 

Para ti,
¿a quién más si no? No hace falta escribirlo,
¿o sí?
Pues eso.

 

Cómo escribir una novela

 

No escribas. Dedica un tiempo largo a la proyección de la obra. Realiza anotaciones en la libreta amarilla que tu ex te regaló un San Valentín, usa marcatextos de color rosa fluorescente, piensa que así te ayudarás, resignificarás al objeto y podrás tenerlo entre las manos sin que te den taquicardias. ¿Los capítulos que habrán de componerla? Entre ocho y diez. Visualiza el conjunto y las ideas que harán de amalgama para mantenerla unida. Intenta controlarlo todo compulsivamente. Aplica la metodología de construcción y diseño narrativo de Robert McKee que compartes con tus alumnos del taller de escritura creativa, en la que argumentas la historia asignando valores positivos o negativos a los acontecimientos para generar ríos detensión e intriga. Siéntete un experto.

Una noche escribe sin más, presa de las emociones que ya no se acumulan en tus diarios y tienden a materializarse en forma de mocos pegajosos, entre los puños y puños de papel higiénico regados por el suelo,así como a concentrarse en el punto fijo del techo que insistes en mirar. Siéntete relativamente aliviado porque cagaste de tirón lo que podría convertirse ¿en el capítulo final? Échate a dormir.

Que todos sepan que escribes un libro nuevo. Ha transcurrido mucho tiempo entre el nacimiento del último yla gestación de este nuevo engendro de la anarquía. Sufre. ¿Convertir un cúmulo de mierda en cuentos que quieren ser una novela?, ¿páginas y páginas de lamentos y terapia de autoayuda convertidos en una obramedianamente digna de prosa narrativa? Avergüénzate. Avergüénzate más. Ordena pizza: doble extraqueso y con la orilla rellena.

Decide atender asuntos de verdadera trascendencia, como ver de un tirón las primeras cuatro temporadas de Breaking Bad; hacerte resistente al alcohol bebiendo Lambrusco; contemplar la posibilidad, ya ahora sí en serio, sin dar lugar a futuros arrepentimientos, de ser quizá lo suficientemente disciplinado y voluntarioso parano comer chatarra y tal vez hacer un poco de ejercicio; preguntarte si la espera terminará pronto o tendrá que llegar el mes de mayo y con él su tercer día para que vuelvas a cruzar palabra con tu ex, ya de menos por teléfono. Pregúntatelo, pregúntaselo a tu madre. Pregúntaselo al punto fijo del techo. Pregúntaselo a tusamigos de Facebook en plan críptico: ¿Cuánto debe uno esperar en la vida?

¿Llevas en el interior una novela?, ¿tienes qué contar?, ¿es esto lo que necesita alguien ahora mismo?, pregúntate. Convéncete de que nadie necesita nada de lo que escribirás. La gente necesita queso, coches o pestañas postizas. En momentos de expansión o recesión, en la paz o en el holocausto nuclear, lo que escribas será absolutamente superfluo. Cuélgate un pin en el pecho del cárdigan que diga: escribe lo que te dé la gana…, pero escribe.

¿Y por qué usar tu vida propia? ¿Por qué no simplemente mentir, inventar historias y personajes? Mastica chicle bajo la ducha y escribe con el dedo sobre la puerta de cristal: a lo real añadimos lo imaginario y eso produce placer. Sonríe, tócate un poco, abre la boca y sin querer deja caer el chicle. La realidad ha puesto ese chicle en su sitio, ahora pon a la realidad en el suyo: recoge el chicle y pégalo en la puerta de cristal.

El desayuno, que lo prepare otro. Mejor donuts y café barato. A través del hoyo del donut enfoca la mesa al fondo del restaurante, donde una niña levanta una muñeca Barbie y grita en voz baja: «¡Auxilio! ¡Auxilio!», sumergida en el universo de ficción que ella sola se monta. Muerde un poco la dona. Permanece atento a la niña. Intercala tus miradas entre la niña, la Barbie y tu libreta de notas. «¡Auxilio!». Escribe: dicen que la creación artística tiene el poder de sanar a sus creadores, ¿será?

Cierra la libreta y acaricia la portada donde un conejito blanco está a punto de suicidarse. Vuelve a abrirla y lee en la primera página tu antigua dirección postal, tu número telefónico y correo electrónico anteriores. Al final, una advertencia en tinta roja: si después de tener estos datos no me devuelves la libreta, cuídate de mi marido, te romperá la cara si descubre quién eres. Sonríe sin dejar de masticar. «¡Auxilio!», grita la niña, Barbie en mano. La madre le acaricia la cabeza y pide amablemente que baje la voz. Una novela como la caricia de una madre que no te manda a callar, piensa, escribe.

¿Escribir auxilio? ¿Y Robert McKee? ¡Cuánta mierda! ¿Y el argumento, la tensión, la intensidad, de dónde? ¿Y el hecho único, y el trenzado de los acontecimientos que compondrían la trama mayor? Arráncate los cabellos cuando descubras que tus mapas y brújulas, que tus chaquetas mentales con ínfulas de profesional no te sirven para escribir, que ese puñado de palabras representarían más el vómito de un borracho que la estratagema de un mentiroso profesional, o sea, de un narrador como el punto fijo del techo manda. «Vomitar como un auténtico borracho sin que lo parezcas»: posible título para uno de los capítulos, anótalo. ¿Y lahistoria?, ¿y los personajes? ¿Y las llaves, dónde dejé las llaves? Redúcete a mentiroso mediocre que va inventando mentiras conforme las dice. Ve a trabajar a la editorial.

Averigua todo lo que puedas sobre el libro que pretendes escribir. Duda si deberías seguirlo llamando novela. Permanece instalado en la silla confortable del ejercicio narrativo abstracto. Alivia parcialmente tu angustia imaginando cuál podría ser la técnica más adecuada para escribir. Si no conoces la historia, ya de perdida acércate a la técnica. Siente cómo tus pensamientos taladran la metodología, tu metodología:

—Lo recomendable, de cara al buen diseño de una obra narrativa, es supeditar la técnica a la historia que vamos a contar —di a tus alumnos en clase.

Un bulto duro te nace en la boca del estómago.

A esto llamas fuegos artificiales: escribir pensando en la forma, en la estructura, el tipo de narrador, el efecto estético. Escribir un montón de idioteces que esperan tomar esa forma determinada por el simple hecho de existir. Sus luces y colores atraen fugazmente la atención hasta que sus chispas se diluyen en la amplitud del cielo nocturno, o lo que es igual de misterioso: la hoja en blanco. Escribir con fuegos artificiales. El bulto duro en tu boca del estómago es un petardo, estás seguro de ello, un petardo lleno de chispas de colores, tan seguro estás de ello como de que deberías usar, contrario a tus caprichos estilísticos, la primera persona del singular. Será más fácil, convéncete, será como tomarse un purgante. Piensa que así te ayudarás. Ya nadie escribe en segunda persona y además ¡qué tostón! Nadie lee y los que leen ven primero la película. Mejor la primera persona del singular, decídete, decántate por el yo que monopoliza la narrativa del siglo XX.

Antes de quedarte dormido cada noche, acostado boca arriba sobre la cama, di al punto fijo del techo: «¡eh!, sólo necesito unas cuantas horas a la semana…; ya tengo notas, escribiré». Luego échate a dormir yronca. Sueña que tus vecinos bolivianos dan puñetazos en la pared y gritan: ¿harías el favor de hacer menos ruido cuando escribes?, ¡algunos intentamos dormir!

 

 

El cursor no deja de parpadear sobre la hoja de Word. Muérdete los labios. ¿Una pitonisa sabría leer el futuro de tu novela?, ¿podría ver en su bola de cristal cómo será, la historia que contará? Ve a la cocina y mordisquea una manzana.

No sabes apenas nada de esa cosa prosística y grosera que tercamente llamas novela entre susurros. Loúnico que sabes es que la escribirás tú, nadie más. Tú, que a veces pareces más una invención y otras unarepresentación de la realidad extratextual. Tú, un mexicano viviendo en Sevilla, un tipo simple que carga salsa chipotle en un tupperware cuando sale a comer a restaurantes porque nunca nadie tiene pique. Tú, que escribes desde el dolor, la soledad, el miedo y la vergüenza, desde donde no es agradable escribir, desdedonde no te gusta escribir pero no tienes más remedio. Tú, que, empujado por una fuerza imposible de combatir, insistes en construir varias tramas que constituyan una sola, una mayor, la que quizá termine por formar no sólo la novela, sino tu vida. Tú, que te resignas a contar desde el desorden, sin rumbo fijo, avergonzado por la imperante necesidad de extirpar la mierda que llevas dentro. ¿Será —pregúntate— que se puede escribir una novela desde la absoluta incertidumbre, desde la más absoluta anarquía prosística, y al mismo tiempo acariciarse uno mismo la cabeza con la ternura de una madre, sin mandarse a callar por piedadliteraria, por el bien de los lectores o por la dignidad de la historia artística del mundo? ¿Será que se puede vivir teniendo los pies en Sevilla, la cabeza en México y el corazón sabrá Dios dónde, que se puede al menos respirar sin tener a cada instante la certeza de cuánto dinero queda en el banco y a qué hora vas a despertarmañana?

Imagina que se publica y vas a recoger unos cuantos ejemplares. En la calle lees el título: Cómo tú todo. Sonríes, pero inmediatamente algunas preguntas fastidian el júbilo: ¿qué pensará mi ex cuando lea todo esto?, ¿qué, mis maestros de literatura?, ¿y mis padres, mis amigos? Desea no haberlo escrito.

Termina de comerte la manzana y deja los restos sobre la mesita para el café. Está allí, sola y ridícula, reducida y deforme como las ideas que tienes para escribir una novela, absurdas y oxidadas como el deseo de no haber escrito un libro que no has escrito aún. Pon unas lavadoras, compra huevos y cereales,mayonesa, Coca-Cola. Pregúntate, ¿me olvidará México algún día, lo olvidaré? Cena fuerte, duerme y a la mañana siguiente ve a trabajar a la editorial.

 

 

La libreta de notas descansa sobre el escritorio, a un costado el portátil espera a que le tumbes las teclas.Enciéndelo, pero en lugar de abrir la carpeta working progress y el documento de Word que lleva por nombre «Cómo escribir una novela», mira las paredes de tu piso y advierte que merece la pena invertir en decoración, aunque esa inversión sólo reditúe a tus caprichos. Reconoce tu impulso barroco de llenar los espacios vacíos. Consulta el catálogo de Ikea desde la web y crea una lista de todas las alfombras que estarías dispuesto a comprar si tuvieras doscientos euros de más. Sólo te hacen falta alfombras y cortinas para ser feliz, paratenerlo todo en la vida, quizá unos cuantos cojines y escribir, no más. Siente cómo cala hondo la necesidad de comprar alfombras, cojines y cortinas.

A las tres treinta de la tarde, a menos de dos horas de comenzar a dar clases a tus alumnos del taller,llena un cubo de agua y ponle un chorrito de lejía. Saca las pelusas de polvo que se acumulan bajo las camas en el cuarto de invitados, considera dejarlo de llamar así porque nunca nadie se queda a dormir; cambia las sábanas aunque nadie las haya usado, nunca se sabe, quizá mañana alguien duerma allí. Enjuaga varias veces el trapeador y confirma: el color del agua siempre es gris en estas circunstancias. Hay circunstancias en la vida que siempre tienen el mismo color. Como cuando se pinta de rojo el ambiente en el estudio de calleLira, a eso de las diez de la mañana con el café humeante sobre la mesa, las tostadas recién hechas, tu ex sentado en el sofá con los pies recogidos y los brazos cruzados y tú limpiando del suelo las manchas negrasque hacen la noche anterior durante la cena: con un trapeador mojado en agua con lejía se puede teñir bien de rojo un ambiente.

 

 

Alégrate porque los fines de semana tienes más tiempo libre y sólo es cuestión de hallar unas horas sueltaspara ponerte a escribir. Temprano. Sábado. Ducha con agua muy caliente… Ya que es finde, exfóliate la piel y recorta el vello corporal que pueda haberte crecido tan anárquicamente como crecerá la novela que más tardeseguirás escribiendo. Al terminar la ducha humecta la piel de tus rodillas y codos porque no lo haces regularmente. Al secarte el cuerpo descubre que tienes ya muy largas las uñas de pies y manos; recórtalas antes de ponerte ropa, con la toalla rodeándote la cintura, echado sobre la cama. El espejo refleja cómo te quitas la comezón de una pierna. Nota la ausencia del filo en la punta de tus dedos y el exceso de carne sobre tus huesos. Sin uñas largas podrás tumbar más a gusto el teclado, sin sonar como suenan los perros consentidos cuando corren sobre suelos de loseta. Ponte desodorante, perfume y hasta protector de labios. Sécate la humedad del interior de los oídos con un bastoncillo. Cepíllate los dientes, enjuágate con dos buches de antiséptico y lo que nunca: usa hilo dental. Cuando bajes la mirada, distraído, encuentra la báscula y muy a tu pesar súbete en ella, espera unos segundos y confirma el peso de tu desdicha. ¿Cuánto ejercicio hace falta para perder, al menos, veinte kilos?, suspira.

Ya en la habitación, al observar detenidamente el interior del armario, decántate por una camisa que hace décadas no usas. Desmonta el burro, conecta la plancha y regula su temperatura para telas de algodón;asegúrate de que eche vapor. Plancha dos o tres camisas de una vez, así tendrás qué vestir los siguientes días. Antes de que termines de anudar las agujetas de tu calzado escucha a tus tripas rugir. Ve a la cocina yhierve agua para servirte un café. Fríe dos huevos y un par de salchichas. Suma al menú de la mañana un bollo de chocolate blanco y un vaso de yogur para beber. Cuando recojas la mesa del desayuno y laves lostrastes comprueba lo vacía que está la despensa y el refri. Concluye que un par de horas de supermercado no afectarán tu voluntad de escribir y además necesitas provisiones para el resto de la semana.

En el pasillo de la comida congelada, muy cerca de los vinos y la panadería, cuando te debates entre llevar o no esa bolsa de arroz tres delicias que sabe a plástico, encuentra a Neto, uno de tus colegas del máster en escritura al que no ves desde hace siglos.

—¿Te apetecen unas cañas? —pregúntale entusiasta porque mañana es domingo.

 

 

Una tarde, también de fin de semana, reúnete a beber té con Bea. Escúchala decir que está fatal, que no tiene ganas de nada. Ojos tristes, pestañas caídas. Atrapada en sí misma, cubierta de pies a cabeza por capas y capas de galletas con chispas de chocolate. Es casi como mirarte en un espejo. Sonríe, escúchala gritar auxilio en voz baja cuando mastica una galleta, acaríciale la cabeza; no dejes de masticar tu propia galleta, bebe un trago de té para no atragantarte. Sonríe, es el momento perfecto para soltar uno de esos preciosos sermones que te soltaba tu padre cuando eras chico.

—¿Qué tipo de persona prefieres ser —te pregunta tu padre—, de los ganadores o de los pendejos?

Puedes hablar de la vida como si de construir una novela se tratara, pensar en voz alta sobre tu misión deescribir una novela. ¿Cuál es el objeto de deseo de tu personaje protagonista?, te preguntas, le preguntas a tus alumnos. Le preguntas a Bea:

—¿Qué tipo de persona prefieres ser, amiga? —omite las opciones de respuesta porque tú no eres tu padre,aunque te parezcas una barbaridad.

—O sea, ¿cómo? —escúchala preguntar entrecerrando los ojos.

Galletas a tope, bebe té y di, palabras más, palabras menos:

—Ahora estás en el presente. Lo normal es que sepas decir lo que te gusta y lo que no te gusta de tu presente. Y si te paras a pensar, quizá te des cuenta también de lo que te gustó y no te gustó de tu pasado. —Mírala asentir con la cabeza y abrir mucho los ojos—. Sin embargo, es más probable que la incógnita permanezca sobre lo que deseas para tu futuro.

De pequeños no nos enseñan a creer en nosotros mismos, lee con devoción en el libro de autoayuda que te compraste una tarde de esas que gastas visitando librerías. Creer en ti y tener claro lo que quieres puede ser tildado de prepotencia. Una pena, porque en realidad la forma de conseguir tu meta es soñar con lo que quieres, ponerle fecha de caducidad a tu sueño y luego trabajar duro para conseguirlo. Te puede ir mejor en el futuro, todo depende de lo que tú creas y quieras.

—Lo primero es entender conceptos como zona de confort: lo familiar. Por ejemplo, estar atascado en eltráfico, que tu jefe te machaque en la oficina, que disfrutes o pelees con tu pareja —obvia el hecho de que Beano tiene coche ni trabajo ni novio—. Alrededor está tu zona de aprendizaje. Sales a ella para ampliar tu visión del mundo y lo haces cuando aprendes idiomas, viajas, tienes nuevas sensaciones, enriqueces tus puntos de vista, modificas tus hábitos, conoces nuevas culturas o personas —ahora obvia el hecho de que a Bea no le gusta estudiar, es una mujer de costumbres, suele molestarse cuando no le dan la razón y nunca ha salido de Sevilla—.

»—Más allá de la zona de aprendizaje —continúa sin darle tiempo a que haga preguntas— está la zona depánico. Dicen que en la zona de pánico suceden cosas gravísimas. Como si fuera el fin del mundo y la literaturasufriera un ataque terrorista porque alguien se decide a escribir una novela.

—¿Qué tiene que ver la literatura en todo esto? —pregunta Bea, que ya va por la quinta galleta dechocolate.

—Nada y todo a la vez. —Vuelve al tema, seguro de ti mismo—. Las personas negativas se preguntan: ¿y si me sale mal? Pero ¿y si te sale bien?

»—Esta última pregunta sólo se la hacen quienes consideran a la zona de pánico como una zona mágica, donde pueden suceder cosas que aún no conoces. Es la zona de los retos, donde hasta las novelas anárquicastienen cabida. —Intuye que Bea hace caso omiso a tus cuñas literarias, no le importan porque tampoco le importa lo demás—. Hay personas que creen que si salen a la zona mágica no podrán volver atrás, que su zona de confort desaparece. Nada más falso.

—¿Ah, sí? —obsérvala mirar el plato con galletas como preguntándose si debería o no comerse una más, sólo quedan dos.

—Cambiar no significa que pierdes lo que tenías, significa que añades. El cambio es en realidad desarrollo.

—Y tú cómo sabes todo eso, ¿eh? —te pregunta Bea mirando ahora su reloj de muñeca y masticando sí, la penúltima galleta del plato.

—Mi padre —responde—. Mi padre y los libros de autoayuda.

—Ah.

Guarda unos segundos de silencio. Sólo unos segundos que te permitan retomar el hilo. El nublado a través de las ventanas de la terraza está en plan filosófico-nostálgico. Encoge los hombros, bebe más té, coge la última galleta.

Explícale que lo siguiente a tener en cuenta es la tensión emocional y creativa. Operan como fuerzasopuestas, dice el libro de autoayuda, como las antagonistas en la ficción, piensa. La primera tirará hacia tu zona de confort y la segunda te hará avanzar hacia el exterior. Para poder avanzar tendrás que conseguir quetu motivación salga victoriosa frente a tus miedos. Como los personajes que no saben lo que quieren y por qué lo quieren, confirma, cuando no tienen objetivos o motivaciones se echan a dormir o contemplan el paisaje a través de sus ventanas y lo adjetivan. Aunque a veces no es que no sepan lo que quieren, sino que simplemente no se ponen a ello… —Bea te mira como quien mira una ecuación de tercer grado sin resolver—.Como sea, toca trabajar la tensión emocional y especialmente los miedos que impiden salir de la zona de confort. Miedo al qué dirán, miedo a fallar, miedo al ridículo y a la vergüenza.

Muérdete la lengua, sangra.

—En las historias, los personajes actúan porque saben lo que quieren y hacen lo que sea por intentar conseguirlo. Puede que al principio te sientas poco competente y pienses que es arriesgado. No pasa nada.Avanzas hacia tu sueño. Ten paciencia, confianza en tu objetivo. Prepara bien tu estrategia, argumenta tu propia vida, escríbela si te ayuda, sé perseverante y positiva. Antes de lo que te imaginas tu sueño se habrá hecho realidad.

—En las historias también se muere la gente —suelta Bea. Sonríe.

—¿Más té, querida, más galletas?

 

 

Una de esas tardes en que vuelves a casa después de trabajar en la editorial, de esas tardes invernales en que te cuesta caminar sobre calle Feria porque te cubres del frío con un abrigo de lana pesado como un muerto de ocho kilos, pasa frente al restaurante italiano al que tu ex, muy al principio de la relación, te lleva a cenar una noche. Junto a la barra donde vierten un poco de tinto y se gastan los euros que a él le quedan para librar el mes, una mesa para dos. Recuerda el noviazgo a lo Romeo y Julieta con tintes de melodrama, la tardepálida en que se despiden en Santa Justa, la estación de trenes de Sevilla y él te abrazaba y besaba condesesperación, resistiéndose a llorar porque tienes que volver a Córdoba.

—¿Cuánto tiempo dejarán de verse? —pregunta un hombre visiblemente asqueado por tanto amor.

—Una semana —responde tu ex sin dejar de mirarte a través de las ventanas del tren, que no se decide a partir.

Dentro pídete una pizza Margarita y un refresco de limón. Come en silencio en esa misma mesa para dos.Nunca has estado en Italia, piensa, lo bonito que debe de ser aquello. Roma, sus museos…, sus hombres,sus ruinas y su comida. Imagínate viajando a Roma y sujetándote a un régimen estricto, sobre todo, dehombres y pasta. Olvídate de los museos y las ruinas porque realmente no te interesan. Tu ex ordena canelones aquella noche. Canelones y hombres. La dieta perfecta.

Considera que podrías viajar a Italia. Termina de comer y convéncete de que irás a Italia a comer pasta yempacharte de hombres, fuente inagotable de inspiración para escribir. Un viaje así, además, produciría un colapso en la memoria de tu ordenador por la cantidad de letras que se acumularían en él de tanto y tanto que escribirás. Eso es todo lo que necesitas ahora, eso, cortinas, alfombras, pasta y hombres. Ponle fecha. Cambia el calor hispalense por el calor romano. Cuenta los meses venideros, calcula cuánto dinero necesitas y alimenta con Lambrusco tus ganas de Italia. Siente de pronto un interés abrumador por el italiano, aunque no sepas ni la o por lo redondo. Cuando escuches a italianos hablar, pégateles, excítate y visualízateescribiendo.

Como hace falta una buena cantidad de dinero, para llevar a cabo tus nuevos planes dedica el mayor tiempoposible a trabajar. Enfráscate en las historias que escriben tus alumnos, corrige las novelas de otros, coordina nuevos talleres, revisa los manuscritos que llegan a la editorial. Apenas lee por gusto en las noches, antes de dormir. Y como en Sevilla también hay hombres, ¿por qué no?, dedícales una porción considerable de tiempo. Piensa que así te ayudarás. Sal de marcha algunas noches, diviértete un poco, te lo mereces, aunque gastes un poquito de más. Trabajas demasiado, es por tu bien.

 

 

Durante el transcurso de la primavera acumula un montón de recuerdos sobre tu ex, su relación de tres años y tu vida en la Ciudad de México antes de cumplir los veinticuatro. Son poco interesantes, descártalos comoposibles anécdotas para construir la trama de algún capítulo. Y es que tu vida, como la de todos, está petadade momentos carentes de relevancia, al menos del tipo de relevancia dramática que una obra de ficción requiere. Instantes que a ojos de terceros resultarán siempre frívolos y hasta aburridos, aunque para ti sean tan importantes como ingerir alimentos o respirar porque dotan de significado a tu pasado y a veces orientan tupresente.

Enfócate en lo importante, en lo verdaderamente importante: has conseguido sobrevivir una temporada sin verlo, sin hablar con él; has ganado un peso innecesario comiendo a destajo y has conocido a unos cuantoshombres de por allí y por allá; has vaciado el contenedor de lágrimas que tienes en los ojos. Prepárate para despegar, para sacarle fuego al teclado del ordenador, para coger un avión con destino a la bota gigante, con destino a la novela, prepárate para escuchar a otros hombres decir palabras como linguini o fetuccini, paravivir a tope la escritura, el verano: compra camisetas de tirantas, sandalias, bermudas, unas gafas de sol y, entre tanto, diviértete, te lo mereces. Y a los tíos con los que sales cuenta:

—Sí, escribo. Ahora trabajo en mi segunda novela.

—¡Qué interesante! —escúchales decir.

Usa con frecuencia la tarjeta bancaria y asegúrate de no pensar en el saldo o atentarás contra tu salud. Además te lo mereces, no haces más que trabajar y trabajar. Una noche conoce a un tío majísimo. Piensa así, con un lenguaje entre gachupín y sevillano: qué majo el nota este con su barbita tupida y su metro noventa. Invítalo a cenar en casa. Cocina pasta a la carbonara y beban Lambrusco.

—¿Te apetece otra copa? —Sírvele sin esperar una respuesta.

Al final de la velada te dice que tiene planes de irse a Marruecos dentro de dos semanas. Un viajeimprevisto que lleva por objeto intervenir pictóricamente las calles de Tánger para defender el art street, en representación de todos los grafiteros del mundo, porque el arte de la calle sufre, aparentemente, una crisis.

—¡Tánger! —asómbrate—. ¡Nunca he estado en Marruecos!

—¿Por qué no te vienes? —propone el nota majo.

¿Por qué no?, te dices, al fin y al cabo tienes ganas de viajar y no haces más que trabajar y trabajar. Siemprehas querido ir a Marruecos, te gusta la ropa árabe y sientes curiosidad por su comida. ¿Por qué no?, afírmate, aunque al art street le des la misma importancia que a la mierda de los caballos que remolcan carritos turísticos a las afueras de la catedral de Sevilla. Y así, sin darle demasiadas vueltas, decide que irás a Marruecos: porque sí, porque el tío majísimo es barbón y tienes debilidad por los barbones, y porque la llegada del verano no es inminente. Mantén esa lógica de comportamiento unos meses más, pásalo de miedo,brutalmente bien, al menos hasta que llega la noche y tienes que dormir solo. Continúa haciendo notas, de lo contrario el conejito de la portada podría suicidarse.

 

 

Con la llegada inminente del verano y la siempre postergable pero inevitable revisión del saldo bancario, concluye que viajar a Italia no haría más que vaciar tus arcas y, probablemente, seguir posponiendo el momento en que al fin te sientes a escribir la novela. ¿Qué haré en Italia sino buscar restaurantes, perderme entre las calles porque no entiendo el italiano, morirme de calor, ganar más peso, buscar hombres y perder el tiempo?, pregúntate como si Pepito Grillo de pronto invadiera tu cerebro. Resígnate a pasar el mes de agosto en tu piso, sin aire acondicionado, completamente solo y bastante triste. Compra una tele de pantalla plana, chingao, porque al final ni tele ni pasta ni hombres italianos. Pasarás mucho tiempo encerrado y una tele es más barata que un aire, gasta menos luz y se puede ubicar junto a las puertas de la terraza que, abiertas de par en par durante la noche, conseguirán refrescarte.

A primeros de agosto, después de acostumbrarte a no dormir de noche, sin quitarle tiempo al imperativo de salir con hombres de todas las edades y nacionalidades, de buenas a primeras oblígate a poner las nalgas sobre el sofá con el ordenador sobre las piernas y, finalmente, gracias al punto fijo del techo que, por cierto, hace tiempo no miras, escribe. O más bien vomita y luego caga. Mancha las hojas de Word. Siente alivio. La primera persona del singular es lo máximo. Descarta la molesta y recurrente idea de que pierdes el tiempo y tus palabras servirán al lector para arrullarse antes de dormir. Sigue así dos semanas, sin tregua, convencido de que has acumulado la suficiente fuerza de voluntad y la cantidad suficiente de notas como para hacer trabajar a marchas forzadas el contador de palabras de Word. Crea imágenes curiosas, pon a prueba tu retórica y de pronto siéntete más cercano a la poesía que todo lo encripta y embellece. Poeta, no entiendas de versos y métrica.

Al final de la primera semana termina de escribir el primer capítulo. Titúlalo «Cómo escribir una novela». Alégrate mucho cuando pongas el punto final, y justo después de hacerlo vete a dar un paseo a la vera del río Guadalquivir: hace mucho no lo visitas, a pesar de que hueles por las noches la humedad que desprende y atraviesa las ventanas de tu habitación. Además, necesitas estirar las piernas. Visualiza la heladería en la que ordenarás dos o tres bolas de helado blanco. Sonríe, aunque el sol caliente el asfalto a cuarenta y tres grados Celsius. De camino, junto al río, observa con detenimiento a los corredores que, a pesar del calor inclemente, siguen a paso firme sus rutinas de ejercicios. Tienes la suerte de encontrar a varios: uno más guapo que otro,pero todos atléticos, de cuerpos perfectos: piernas torneadas, abdómenes planos y espaldas rectas. Admíralos, deséalos también, pero sobre todo admíralos. Todos usan tenis para correr, camisetas tipo maratón y shorts, la indumentaria formal de cualquier corredor que se precie de serlo. Ninguno sufre, sólo corren mirando al frente, manteniendo el ritmo, sin parar. Fíjate en eso, fíjate en uno rubio, alto y barbón. Ojalá todos los hombres del mundo fueran barbones, piensa, así también te saldría barba, maricón, que apenas tienes tres pelos en las comisuras de la boca y te dan un aire asquerosamente autóctono. Ninguno sufre, sólo corren y corren mirando al frente, con la espalda muy recta, pegando zapatazos al suelo. Ojalá el rubio ese me follara un día, desea, ojalá un día fuera uno de ellos. Vuelve a casa sin haber comido helado. La imagen de esos corredores te produce demasiada culpa.

Una semana después consigue poner el punto final del siguiente capítulo: «Cómo casarte». Te duelen las yemas de los dedos, el culo, los lagrimales, el corazón. Con este avance te sientes mejor, como poderoso. Pudiste contar fragmentos importantes de la historia que deseabas contar, purgarte la rabia de saber que jamás volvió, que te desterró de los siguientes ocho meses de su vida después del quiebre, que a pesar de la estabilidad emocional conseguida logró partirte la madre cuando, un día de mayo, sin esperarlo, una amiga en común te puso al tanto de los pormenores en que se celebró su cumpleaños número treinta y dos. Aquel al que esperabas asistir y jamás fuiste invitado porque lo acompañaría su nuevo novio, un fulano cincuentón con mucho dinero que, además, le ofreció irse a vivir con él a Ecuador un año entero.

El esfuerzo mereció la pena, piensas, porque además cerraste el capítulo con la escena esa en que se despidieron antes de su partida a Centroamérica. Cuatro o cinco de la tarde de un martes al inicio de junio, en el bar donde te hace fotos chulas: usas la gorra gris que te regala porque sí, porque es muy generoso y tenía ganas de verte sonreír. Narraste ese momento en que esperabas una despedida efusiva, reconfortante y cariñosa en la que se notara tu permanente necesidad de quererlo y en lugar de eso te topaste con la hermosa y asimilable noticia de que, además, estaba comprometido y se volvería a casar.

Agradece haber tenido la fortaleza para revivir todo aquello mientras escribías. Emociónate, por fin se acumulan las letras en los archivos Word. Ve venir el colapso de la memoria en tu ordenador. Estás cada vez más cerca de comprobar tu hipótesis sobre lo flexible que podría ser a partir de ahora tu metodología de trabajo: acercándote a la escritura intuitiva, automática y alejándote de los mapas mentales y la planificación neurótica. Considera que podrías empezar a sentirte como uno de esos escritores que hablan con seguridad sobre su metodología de trabajo, una metodología que está a caballo entre la espontánea genialidad y el cálculo meticuloso, una metodología que sí tiene como consecuencia la producción novelística fiable. Cuéntale a Carlos sobre tus avances.

—¡Épale, compa, ta buena la vaina! —Alégrate de escuchar a tu colega.

Siéntete medianamente conforme. El resultado no es tan malo. Necesitarás reescribir, claro está, pero acabará por no ser tan anárquico y autocomplaciente.

 

 

Envía el primer capítulo a un editor en México. Ese que escribiste hace casi un año y pretende ser el final de la novela. Adjunta un documento detallado y voluminoso sobre el proyecto en que trabajas. Envíalo sin esperanzas, más por buscarte motivos para seguir escribiendo y menos porque le pueda interesar.

Alégrate, mírate en el espejo y lee en el brillo de tu mirada unas ganas tremendas de celebrar. Usa tu cumpleaños número veintiocho como pretexto para conmemorar el primer antianiversario de tu boda (si te ofrecen casarte el día de tu cumpleaños, di que no, aunque estés profundamente enamorado y pienses que no podrías recibir mejor regalo; siempre habrá regalos mejores: un viaje a Italia, por ejemplo, ya que a tu entonces prometido le repugna París y ha jurado sobre la tumba de Bonaparte que jamás regresará a ese país de gilipollas), pero sobre todo para agradecerte el hecho de haber conseguido paliar tu desidia y finalmente escribir los primeros capítulos de la nueva novela. En esa fiesta de cumpleaños podrás, además, poner a prueba tu nueva resistencia al alcohol.

Antes de recibir a los invitados bébete dos botellas de Lambrusco tú solito. Métete a Facebook y mira las fotos de la boda. Contempla un buen rato su temple juguetón, su color de piel rosáceo, sus pestañas largas de perro triste; cierra los ojos y recorre milímetro a milímetro las palmas de sus manos gruesas, ábrelos luego y compáralas con las tuyas: finas y delicadas como las de cualquier otra persona que desconoce el hambre. Mira en tu dedo anular de la mano izquierda la huella blanquizca, aún perceptible, que dejó la alianza. Arrebatado por la nostalgia, pero sobre todo inhibido por la muy conveniente y positiva consecuencia de beber dos botellitas de Lambrusco, escríbele un mensaje breve, como si lo hicieras por accidente: «Todavía pienso en ti». Llora con la soltura típica de los bebedores de vino rosado y espumoso: a borbotones, mientras escuchas y cantas «All By MySelf» interpretada por Céline Dion.

Poco antes de quedarte dormido en el suelo de la terraza, hacia el final de la fiesta, llama a la policía para denunciar que dos tipos jóvenes han forzado la puerta del piso contiguo y parecen estarlo saqueando. Duérmete cuando escuches las sirenas de las patrullas y contemples el miembro flácido de uno de tus colegas que mea la calle con un chorrito tímido desde la cuarta planta. Duérmete no porque ahora estés más tranquilo y conseguiste atraer a la policía antes de que los intrusos culminaran su fechoría, no, duérmete porque es humanamente imposible permanecer despierto después de haberte bebido todo el Lambrusco de Sevilla.

 

 

Casi un mes después, al volver a casa luego de la jornada regular en la editorial, descubre que han entrado alpiso y se han llevado todo, absolutamente todo lo que tenía auténtico valor para ti. En ese ordenador guardabas los últimos dos años de tu vida, sin respaldo (porque, ¿quién se iba a imaginar que alguien podía entrar en tu propia casa y robarte el ordenador?, ¡nadie!). Guardabas los dos últimos años de tu vida, pero, sobre todo, los capítulos de la novela que habías conseguido escribir. Podían haberse llevado la tele de pantalla plana, los altavoces del iPod, la impresora o cualquier otra cosa, pero no, nada valía más que el ordenador porque realmente nada más valioso tienes.

—¿Me estás diciendo que lo más valioso en tu casa es la computadora, hijo? —pregunta tu padre cuando lo llamas para buscar consuelo.

Y se lo confirmas sin sorpresas, porque, además de tus letras y el poco dinero que guardas en el banco, notienes nada en esta vida, nada de auténtico valor que te haga medianamente feliz, además del amor incondicional de tu familia que siempre está al otro lado del teléfono, del otro lado del Atlántico. Quizá lo tuviste, quizá tuviste algo realmente valioso los últimos tres años de tu vida, metido en ese pequeño estudio de calle Lira donde imaginaste un futuro a su lado. Pero agua pasada es.

De camino a la oficina de policía vomita. Esta vez literalmente porque, aunque quisieras hacerlo de otro modo, no puedes, ya no tienes ordenador. Pon una denuncia. Sospecha de los tipos a los que detuvieron la noche de tu cumpleaños porque lo hicieron gracias a tu prudente llamada a la autoridad y porque además ahora viven de okupas en el mismo piso que invaden, y al que vuelven inmediatamente después de haber sido puestos en libertad, sólo Dios sabe por qué. Dile eso a la policía entre temblores y asustado. Ahora te da porenfurecerte cuando escuchas al oficial pronunciar en voz alta tu declaración por él mismo escrita. Te da porfijarte en su sintaxis, pero sobre todo en su incapacidad para plasmar a detalle los hechos y datos que proporcionas para comprometer la inocencia de esos cabrones que se han vengado de ti. Vuelve a casa entresollozos y con una multa entre las manos; según el pinche oficial iletrado has cometido faltas a la autoridad cuando le pediste reescribir adecuadamente la declaración porque hacen falta datos que él, le dijiste, quizá ha olvidado anotar, pero que tú sabes ha preferido omitir porque es un huevón y para él y la panda deestúpidos que trabajan con él, tu caso es irrelevante y no atenta verdaderamente contra la seguridad de nadie. Además, era homófobo y racista, se le notaba porque escudriñaba los rasgos de tu cara y tus modos al hablar.

 

 

Angústiate porque se te acaba el dinero en el banco y esta temporada los alumnos se resisten a inscribirse en tus talleres. Además, no puedes dormir tranquilo desde el robo y tampoco tienes efectivo o ganas suficientes para mudarte. Medita. Reencuéntrate con el punto fijo del techo y di:

—¡Eh! Sólo necesito trabajo, dame trabajo y fuerzas, sólo eso.

Piensa que nada podría ir peor. Tómate una pastillita de Myolastán y échate a dormir. A la mañana siguienteve a trabajar a la editorial y tópate con otra noticia, mucho más bonita que la anterior: la empresa no renovará tu contrato, estás oficialmente desempleado. Llama a tu madre y cuéntale con lujo de detalle tus últimos días, lamenta haberlo hecho cuando te diga emocionada:

—Quizá es una señal, hijo, tal vez ha llegado la hora de que vuelvas; aquí nos tienes a nosotros, por lo menos no estarás solo.

Invadido por una creciente necesidad de desahogo, charla con Carlos y quéjate un rato.

—¿Sabes qué significa eso, no, compa? —te pregunta después de regodearte sobre el sufrimiento que significa para ti haber perdido el avance de la novela.

—¿Qué? —preguntas sólo por educación, realmente no te interesa saberlo.

—Tenía que pasar. Reescribirás mejor —te asegura como si esas palabras pudieran apaciguar tu coraje.

Pero nada puede, ni la idea de que la reescritura de todo aquello podría tener como resultado un mejor borrador, una realización más pulcra o menos informal. Y no te consuela pensarlo, porque nadie leyó esas páginas que escribiste impulsado por la fuerza imbatible del letraherido. Y aunque fueran una auténtica mierda, que no lo eran, aunque apestaran a cloaca, eran tuyas, sólo tuyas. La consecuencia de todo un año de intensísima postergación.

 

 

Unas cuantas semanas después, contra todo pronóstico, recibe un correo electrónico del editor en México: está interesado en acompañarte durante el proceso de escritura del proyecto en que te encuentras trabajando, con miras a una posible publicación y requiere le envíes, lo antes posible, los capítulos siguientes que has estado escribiendo según la propuesta editorial enviada. Are you fucking kidding me?, pregúntate cuando termines de leer el e-mail. ¿Y ahora, qué?

 

Israel Pintor (Ciudad de México, 1985). Es licenciado en Comunicación Social por la Universidad Autónoma Metropolitana, campus Xochimilco, así como triple máster: en Creación Literaria, por la Universidad de Sevilla y por la Barcelona School of Management de la Universitat Pompeu Fabra; y en edición, también por esta última universidad. Es autor de Las puertas del paraíso (UAM, 2015) y Curso de belleza, amor y sexo(Berenice, 2016), esta última, Premio Andalucía Joven de Narrativa 2015. Fue becario del FONCA en 2013 y residente de la Fundación Antonio Gala en 2009.

 

 

[*] Berenice, 2016.