Cuatro poemas de La cicatriz de la selva[*]
Almudena Vidorreta Torres
Hápax
Palabra documentada una sola vez
María Moliner
No supe del miedo hasta que tú naciste,
miedo inusual, mortal dolencia,
cuanto más miedo, más miedo,
cuanto más miedo, más fuerte
la pérdida de sal en este cuerpo.
Dicen que jamás habrá más hijos,
que contigo se acabó
la posibilidad infinita,
el amor pleno;
que no hay merecedor mayor de vida
salida de mi carne, de este antro
de humor defectuoso y flema enferma.
Por eso te amo más, si es que es posible,
de lo que se ama al vocablo único,
como quien atesora en lugar predilecto
a la especie en extinción extraordinaria,
al más perfecto animal
de toda la creación,
a la más milagrosa criatura
de todas cuantas fueron concebidas,
al hápax,
al portento.
Te conviertes en palabra
repetida por increíble
a fuerza de empeñarme en tu existencia.
Tú, que traes la vida y muerte de tu mano,
que muerdes el pezón con entereza
e insistes en beber de esta mi fuente
que dijeron seca sin remedio,
obras el milagro y te alimentas
y en vez de vaciarme,
así lo han dicho los médicos,
me llenas, me desbordas,
me ayudas de nuevo a nacer.
Yo ya no soy más que una madre suspensa,
una hablante frágil que te mira,
que te nombra y que se calla.
Al final, por el momento,
las dos nos hemos salvado.
Nos hemos dado la vida
mutuamente.
Qué más.
Advertencia
Puede que al salir de tu escondrijo
te sorprendan, como a mí, los alacranes,
que el espectáculo no te entretenga
y a menudo la impostura te incomode.
También, probablemente, tengas miedo,
se te frustre la pasión advenediza
y preguntes sin descanso las razones
por las que hay depredadores, ruido, bestias.
Verás en cuanto salgas
adentro de la selva por mi herida
que conviene entrenarse en fortaleza,
león, marmota, avión y caramelo.
Así te aprenderé y cuando leamos
un día entenderás que, hasta nosotros,
que te hicimos de todo el amor,
de todo el deseo y las ganas,
somos animales imperfectos
y, con eso del instinto que supura
de estas pieles de raza furiosa,
si hemos de morder, mordemos,
sobre todas las cosas, por ti.
Injerto
Has hecho de mí el cerezo aquel
que daba guinda amarga.
Vuelta en fruta dulce,
la yema de mis dedos se hace tuya,
recolectora insaciable, babosa
que todo lo devoras y lo aprietas
con la certeza naciente
de quien no ha pisado el mundo,
y yo te entrego la vida
con la desaprendida sorpresa
que en tus ojos refulge.
Nuestras manos son flores,
como el frutal del abuelo
que visitan los pájaros;
mis muñones, un injerto
de tu puñito cerrado.
La ciencia de los árboles
sin más.
Pienso, luego orbito
Dicen que el universo
es un ser pensante,
un cúmulo de estructuras
como neuronas.
Es precario el conocimiento,
los saberes, efímeros,
como planetas errantes
y asteroides helados.
Anduvimos en la sombra
buscando esa respuesta
que en el fondo de los flujos
ya nos dijimos.
Nace toda estrella
en el vientre de una madre
y parece hembra la fuerza
de la gravedad.
Iguales, cielo y cuerpo,
para admirarse
y observar con estupor
su entraña viva:
cúmulos y supercúmulos
de galaxias como células,
emociones como supernovas,
enfermedad como agujero negro.
Y perseguir su expresión
con la palabra torpe
siempre en órbita.
El lenguaje es una ráfaga interestelar,
el hijo pródigo de la existencia,
prueba del misterio cósmico
con su latido incandescendente.
Un meteorito en la boca.
Semilla y cicatrices
(nota de la autora)
Quienes la sienten entenderán esa pulsión de proseguir el hilo tras una palabra, una frase que se queda agazapada, prendida a la mente y que aflora una y otra vez. Fotografías, apuntes, recibos y postales, alguna que otra etiqueta, envoltorios. Atesoramos restos de la experiencia por si su magia aviva en la imaginación el dibujo de un tiempo pasado. Incluso las investigaciones tienen a veces ese poder de alumbrar imágenes, alimentar metáforas. En ello anduve, leyendo a poetas latinoamericanas del siglo XX mientras recorría Argentina con estudiantes norteamericanos. Iguazú me regaló el sintagma de la cicatriz de la selva. Después, Mar del Plata me devolvió a Alfonsina Storni y su poema «Un sol», del libro Irremediablemente (1919): «Amor que fructifique mi desierto / y me haga brotar ramas sensitivas, / soy una selva de raíces vivas, / sólo el follaje suele estarse muerto».
De aquello empecé a escribir cuando, en 2018, estuve a punto de morir después de dar a luz en Manhattan. Por despiste o por descuido, el equipo médico pasó por alto una patología rara que, a los pocos días de convertirme en madre, me estaba matando. Aunque el déficit de cortisol me nublaba el juicio, desde el momento en que empecé a recuperarme comencé a planear cómo podría contarle aquello, algún día, a mi pequeña, y todo lo demás que aún no sabía. Un puñado de cartas fallidas dieron comienzo a parte de esta colección, un ejercicio terapéutico, por más que hubiera rehuido la idea de la escritura como cura durante años. No puedo eludir la poesía, es mi forma de ser y de mirar, por lo que la retórica natural de aquellos intentos daba lugar a versos, más que a renglones o epístolas. Hice de la catarsis semilla. Y luego vino la vida, con más alegría y más dolor. Escribí de lo que no era capaz de hablar.
Este era el primer libro sin ficciones, sin el mágico si alentando la invención. Pero hay verdades en sus páginas que se han vuelto mentira cuando el tiempo les ha quitado la razón a doctores, a mi cuerpo y a mí misma. Y no importa. Un nacimiento, dos abortos, dos muertes y una existencia anterior rememorada; poemas que aglutinan miedos, lecturas, cuidados, genealogías, esperanza… «Y perseguir su expresión / con la palabra torpe / siempre en órbita».
Almudena Vidorreta (Zaragoza, España, 1986). Se doctoró en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza y en Literatura Latinoamericana por la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Sus libros más recientes son Nueva York sin querer (La Bella Varsovia, 2017); Un safari de interior (Olifante, 2022), dedicado al público infantil, y La cicatriz de la selva (La Bella Varsovia, 2025).
[*] (La Bella Varsovia, 2025).