ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

 

Escribir en casas ajenas

Ismene Venegas

 

 

Jueves 27 de junio de 2024, 6:26 p. m.

Temperatura de aire: 22° C (máxima del día 24°, mínima del día 18°)

Temperatura del agua: 17° C

Marea:  bajando (bajamar 8:28 pm)

Color del mar: predominan el azul rey y el turquesa.

 

Encontré un paté francés de cabeza de cerdo en el refrigerador de la casa que estoy cuidando. Luego de haber consumido más de la mitad del contenido del frasco observé en la tapa metálica (que está un poco oxidada, por cierto) la fecha de consumo preferente escrita en francés:  tuvo lugar hace seis años. Sin rastro de olores ni colores extraños, el paté está exquisito. No he caído fulminada por la neurotoxina de alguna bacteria silenciosa alojada dentro de la conserva que me estoy comiendo. Por si las dudas, me dispongo a abrir la computadora para ponerme a trabajar el texto pendiente.

No tengo rituales para escribir, pero iniciar me cuesta trabajo. Algo parecido me ocurre justo antes de entrar al agua de este mar, que es frío y tiene la orilla rocosa. Es un sobrepensar paralizante alrededor de la transición de un estado a otro: de cálido a frío, de seco a húmedo, de la idea al texto. Me tardo en convencerme de entrar al agua, a pesar de que sé que una vez adentro la voy a pasar bien. A veces me he quedado en la orilla al calor del sol y del intento. Me he tardado hasta más de media hora en meter el cuerpo entero. Empiezo mojándome los pies. El nivel del agua llega a los tobillos, y el frío me trepa por la espina dorsal crispándome el cuerpo. El suelo inestable de canto rodado lo hace todo más complejo; camino despacio detenida de las grandes rocas del espigón que flanquea la marina del hotel contiguo a la playa. Desde ahí avanzo poco a poco, tratando de adaptarme a la temperatura helada del mar. Cuando el agua alcanza la altura de la cadera, finalmente me sumerjo. El choque térmico me hace hiperventilar por algunos segundos y entonces el cuerpo ajusta su termostato, la respiración se estabiliza y a partir de ahí todo es diversión. Pero alcanzar ese punto implicó atravesar un preludio de ansiedad y sufrimiento. Creo que algo parecido me pasa con la escritura.

Mientras escucho el golpeteo suave y constante del mar en la orilla rocosa, le escribo a Abril para que al menos alguien se entere de lo que me pasó si muero a causa de la bacteria en el paté que me sigo comiendo. Ella se preocupa. Yo me preocupo ligeramente por no tener ninguna prisa para ponerme a salvo. ¿Significa eso algo? ¿Debo poner atención a mi nulo interés por mantenerme viva? Más bien creo que si estuviera contaminado el frasco, la neurotoxina ya habría acabado conmigo, y como no siento nada creo que no corro riesgo. A través de las ventanas de doble vidrio puedo ver a las olas romper: la espuma se azota cremosa en las rocas para desaparecer instantes después.

Iniciar el texto me cuesta trabajo. Siento que no tengo la disciplina de la escritura y me escabullo con facilidad de la tarea hasta que la presión por entregar el escrito me consume. Es una práctica que me provoca un malestar innecesario, pero que invariablemente transito antes de derramarme en el texto. Como entrar a tientas al mar desde las rocas del espigón. Cuando estoy ya dispuesta a sentarme a escribir, me desvío en las distracciones cotidianas: ordenar el escritorio y la ropa que inunda la silla, separar la que está sucia de la limpia, doblar la ropa o hasta echarla a la lavadora. Una vez, cerca de la pleamar, el mar rompía violento contra el espigón y, aunque estaba detenida de las rocas, el impulso de la ola me hizo perder el equilibrio: de golpe me sumergí apenas a unos instantes de haberme mojado los pies. Odio que así sea, pero hasta ahora la fecha de entrega es la única motivación que ha mostrado el ímpetu de esa marea violenta. La angustia es tal que logro arrojar la ropa al suelo sin culpa y me siento a trabajar; el termostato se ajusta rápido a la temperatura del agua y a partir de ahí todo es escribir. ¿Qué necesidad de sufrir por el texto que no me pongo a escribir? Una vez sentada y concentrada pareciera que el texto aguardaba el momento en las yemas de los dedos. Las ideas y las palabras fluyen, los párrafos toman forma. Al avanzar, la tarea se torna menos angustiante, más divertida y vertiginosa: cortar aquí, borrar acá, cambiar esta palabra por otra, pulir y sacar brillo.

Cuando los amigos salen de la ciudad y me encargan su casa, las plantas o sus mascotas encuentro un refugio para la escritura en el que las distracciones no son tan avasalladoras. Hay algo en el espacio ajeno que disminuye el ruido sordo del sobrepensamiento. En general, el escritorio o la mesa donde me siento a trabajar están recogidos o bien su desorden no me genera ansiedad. Apilo cosas hasta hacerme un espacio; la temperatura del agua no plantea un dramático choque térmico, como si un traje de neopreno me protegiera. Mientras que una neurotoxina no acabe conmigo, escribir en casas ajenas parece hacer más asequible la labor.