El hombre del futuro
José Manuel Ríos Guerra
Cuando un científico eminente pero anciano afirma
que algo es posible, es casi seguro que tiene la razón.
Cuando afirma que algo es imposible,
muy probablemente está equivocado.
Arthur C. Clarke
Crecí bajo el cuidado de mi abuelo. Mis padres siempre estaban de un lado a otro, ocupados en sus negocios y haciendo cuentas todo el tiempo. El abuelo se jubiló de la universidad, donde daba clases de filosofía, cuando yo tenía tres años y se hizo cargo de mí.
Todos los días me despertaba, me preparaba el desayuno y me llevaba a la escuela. En la tarde iba por mí y comíamos juntos. Después se ponía a leer el periódico o algún libro mientras yo hacía la tarea. Si tenía alguna duda, el abuelo la resolvía de inmediato. Cuando terminaba los deberes, salía a jugar con mis vecinos mientras él tomaba una siesta. En la noche, antes de dormir, me leía una historia.
Una vez al mes lo acompañaba a la universidad. Él iba a saludar a sus amigos y a sacar libros de la biblioteca. A mí me gustaba ir porque las secretarias me consentían con dulces y porque me agradaba ver que el abuelo no podía caminar libremente por los pasillos de la facultad: a cada paso alguien lo detenía para darle la mano, un abrazo o para hacerle una pregunta.
Sabía que mi abuelo era una persona importante (había libros que tenían su nombre en la portada) y yo quería ser importante también. Por eso era el que más estudiaba de mi salón. Les caía mal a todos mis compañeros y nadie me hablaba o, mejor dicho, me hablaban sólo para molestarme. Eso no me importaba. Todos los malos ratos se compensaban por el gusto que me daba ver la cara de satisfacción del abuelo cada que iba a recoger mis calificaciones.
Él siempre era paciente conmigo. Un domingo hice un berrinche porque papá había quedado en enseñarme a andar en bicicleta, pero como había llovido todo el día me dijo que teníamos que esperar hasta la próxima semana. Le dije, entre lágrimas, que no importaba que me mojara.
—A ti no, pero a mí sí me importa mojarme —me contestó y me quedé sin argumentos.
El abuelo me mandó llamar. Cuando entré a su cuarto, se estaba poniendo una chamarra, luego tomó un paraguas y me dijo:
—Tienes que aprender que la mayoría de las veces las cosas no van a suceder ni se van a hacer cuando tú digas.
Le dije que sí, pero ese día las cosas pasaron y se hicieron porque yo quise. Salimos de la casa, yo con mi bici y él con su paraguas. Caminamos hasta el estacionamiento de un centro comercial que acababan de clausurar. Después de muchas caídas, aprendí a andar en bici.
Los sábados íbamos al parque México. Nos sentábamos a darle de comer a las palomas. En uno de esos sábados, el abuelo me enseñó a jugar ajedrez.
—Como eres en el ajedrez, eres en la vida —me dijo una tarde en que yo huía con mi rey por todo el tablero esperando sacar tablas.
Yo no sabía cómo interpretar sus palabras. Pero intuí que debía tirar mi rey, y cuando lo hice el abuelo me vio con orgullo.
Cada quince días íbamos al Estadio Olímpico a ver a los Pumas. El abuelo siempre hacía corajes cuando el equipo rival salía a la cancha y la gente empezaba a gritarles groserías y a chiflar mentándoles la madre.
—Somos sus anfitriones; debemos comportarnos como tales —decía con un volumen de voz suficiente para que sólo yo lo escuchara.
La última vez que fui con él, yo acababa de cumplir diez años y jugaban los Pumas contra el América. El estadio estaba lleno. Los universitarios perdían dos goles a cero y faltaban cinco minutos para que terminara el partido.
—Vámonos —me dijo—, esto ya no tiene remedio. Sirve que llegamos a tiempo para comer con tus papás.
Yo no quería irme, pero tampoco podía objetar nada porque la tarde del domingo era el único momento en que convivía con mis padres. Estábamos a punto de tomar el túnel de salida cuando me sujetaron del hombro con tanta fuerza que casi me tiran. Me volví para ver quién había sido y me sorprendió ver que era una persona casi idéntica al abuelo.
—No te vayas todavía: te vas a perder el empate de los Pumas —me dijo y yo corrí para alcanzar al abuelo.
Le pedí que esperáramos, que un viejito, muy parecido a él, me había dicho que los Pumas iban a empatar.
—¿Estás diciendo que estoy viejo?
Me puse rojo. ¿En verdad el abuelo no sabía que era un viejo? ¿Cuánto tiempo llevaba sin verse en un espejo? Tal vez mucho porque siempre andaba despeinado. Yo calculaba que el abuelo, sin exagerar, debía tener como doscientos años.
Desde el pasillo vimos cómo el equipo empató. El estadio era una fiesta y terminamos empapados por la cerveza que aventaban todos los aficionados. Mientras caminábamos hacia el auto, yo buscaba por todos lados al anciano que había predicho el empate, pero no lo encontré.
—¿Cómo pudo saber el resultado, abuelo? —le pregunté y estaba seguro de que sabría la respuesta porque él lo sabía todo.
—La explicación más lógica es que sólo lo dijo por decir y le atinó. Pero también puede ser que ya supiera el resultado porque es un hombre que viajó en el tiempo y viene del futuro.
—¿Se puede hacer eso, abuelo?
Él me miró con ternura y me dijo, mientras me acariciaba la cabeza, que eso era imposible.
—Si hubiera viajeros en el tiempo, ya tendríamos a algunos entre nosotros, ¿no crees?
El abuelo no creía en nada: ni en Dios ni en el diablo; ni en los fantasmas ni en los extraterrestres; ni en la reencarnación ni en la vida después de la muerte. Yo, en cambio, creía en todo: no me gustaba dormir con la luz apagada porque cada sombra se convertía en un monstruo, y las pocas veces que salíamos de viaje me la pasaba viendo el cielo porque estaba seguro de que en cualquier momento vería un ovni. Para mí era perfectamente posible que un hombre viniera del futuro sólo para decirme que los Pumas iban a empatar.
La semana siguiente el abuelo se cayó de las escaleras. Cuando los paramédicos lo llevaban en la camilla, le dije a mi padre que no quería ir a la escuela, que prefería estar con el abuelo.
—Ve a la escuela. Nos vemos en la tarde —me dijo el abuelo.
Cuando salí de clases, me quedé una hora esperándolo. Era la única forma de fingir que todo seguiría igual, pero sabía que eso era imposible. Caminé hasta mi casa, en donde nadie me esperaba.
El domingo le supliqué a papá que me llevara al estadio. Quería encontrarme con el hombre del futuro y pedirle que viajara en el tiempo para que le dijera al abuelo que tuviera cuidado con las escaleras. Papá dijo que no, que teníamos que ir al hospital, que cómo se me ocurría querer ir a un partido de futbol.
Después de dos semanas dieron de alta al abuelo, pero ya no se hizo cargo de mí. Mis padres contrataron a una enfermera que cuidaba del abuelo y yo empecé a irme solo a la escuela.
Seis meses después de la caída, el abuelo murió. Al funeral fueron sus amigos, las secretarias de la facultad y sus exalumnos. Los periódicos que él acostumbraba leer se llenaron de esquelas en las que lamentaban su muerte. El sacerdote dijo que ahora el abuelo estaba en un lugar mejor. Si el abuelo hubiera estado vivo, le habría dicho que se equivocaba, que luego de la muerte no hay nada.
Semanas después, en la escuela, la maestra nos preguntó cómo imaginábamos que sería el hombre del futuro. Algunos compañeros empezaron a describirlo: será más alto, más fuerte, tendrá un chip integrado en el cerebro y así hablará por teléfono y se conectará a internet, vivirá más de cien años.
Levanté la mano y, cuando la maestra me dio la palabra, dije:
—El hombre del futuro será un viejo muy parecido a mi abuelo.
Todos se empezaron a reír. La maestra mandó llamar a mis padres porque mis calificaciones habían bajado y porque algo andaba mal en mí. Encontraba cualquier pretexto para hablar del abuelo y de un hombre del futuro muy parecido a él.
Mis padres me llevaron con un psiquiatra. Pronto entendí que sólo debía dejar de hablar del hombre del futuro y fingir que había superado la pérdida del abuelo para que me dejaran en paz.
Cuando salí de la secundaria, papá, como regalo de graduación, me llevó al estadio. Ir con mi padre era aburrido porque en ese entonces a mí ya no me interesaba el futbol. Además, papá era el primero en abuchear a los rivales y se la pasaba hablando todo el encuentro: me describía lo que pasaba en la cancha como si yo no lo estuviera viendo. El abuelo siempre guardaba silencio. Yo me imaginaba que para él un partido de futbol era casi como una partida de ajedrez. Cuando terminó el partido, mientras caminábamos a la salida, recordé al hombre del futuro. Intenté contenerme, pero no pude. Le enseñé a mi padre dónde lo había visto. Él me dijo que seguramente había sido mi abuelo.
—¿Y cómo sabía que los Pumas iban a empatar? —me defendí.
—Sólo lo adivinó. Tal vez ni siquiera recuerdas bien qué fue lo que pasó. No puedes confiar en tu memoria. La mente nos engaña todo el tiempo.
Ir al estadio cada quince días se convirtió en una rutina, pero a ninguno de los dos nos interesaba: era la forma que teníamos de que hubiera algo en común entre nosotros. Esa tradición duró hasta que recibí una beca para estudiar física en Estados Unidos.
Pretextando el excesivo trabajo que tenía, en las clases primero y en el Instituto de Física de la universidad después, prácticamente no iba a México. Cada quince días recibía una carta de papá. En ella pegaba un recorte de periódico con los marcadores de la jornada y con la tabla general de la liga de futbol. No le importaba que yo pudiera consultar esos datos por internet o que, por la tardanza del correo, los resultados ya fueran irrelevantes.
No extrañaba a México ni a mis padres. A quien sí extrañaba era al abuelo. Algunas mañanas me despertaba con la sensación de que lo iba a ver, pero pronto me daba cuenta de que eso no podía ser. Las pocas veces que viajaba a México, visitaba su tumba y el parque México. La ciudad no era la misma ni tampoco yo. Muchas cosas cambiaron. El mundo en el que crecí había desaparecido. Lo que antes parecía imposible, ahora estaba cada vez más cerca. Las revoluciones científicas se daban cada lustro. La humanidad extraía minerales de la Luna y pronto poblaría Marte. La conquista del espacio se convirtió en un hecho.
Afortunadamente, nunca me casé ni tuve hijos. Así me pude dedicar de lleno a la ciencia. Cuando a los cuarenta años inventé la máquina del tiempo, el primer viaje que hice fue para ver una vez más a mi abuelo.
En la universidad me advirtieron que debía seguir los protocolos de seguridad y que las cosas no iban a suceder cuando yo quisiera. Que no sabían cuáles eran las consecuencias de viajar al pasado. A mí no me importó. Escogí el último día que fui al estadio con mi abuelo para decirle que tuviera cuidado con las escaleras y para resolver el misterio del hombre del futuro.
Cuando llegué al pasado y salí de la máquina me dolía todo el cuerpo. Parecía como si hubiera terminado de correr un maratón. Supuse que era uno de los efectos de viajar en el tiempo.
Llegué al Estadio Olímpico y durante todo el partido estuve buscándome a mí y buscando al abuelo y al hombre del futuro. Cada vez me era más difícil moverme. No sabía bien qué era lo que me pasaba, mi mente estaba confusa y a mis ojos les costaba enfocar. Cuando faltaban cinco minutos para que terminara el partido, vi que el abuelo iba caminando hacia el túnel. Intenté alcanzarlo, pero increíblemente él era más rápido. Tropecé y tuve que tomar del hombro al niño que era yo a los diez años. Le dije (me dije) que no se fuera, que se perdería el empate de los Pumas. Lo dije porque de esa forma el abuelo se esperaría y así podría verlo. Vi cómo me echaba a correr e intenté seguirme, pero los Pumas metieron el primer gol y la gente empezó a brincar de un lado a otro. Cuando por fin iba a llegar al pasillo en donde estaba mi abuelo, los Pumas anotaron el segundo gol. Una vez más la gente me impidió llegar. Sentí un mareo y me desplomé.
Desperté en una ambulancia. Un paramédico me preguntó mi nombre, mi edad, mi dirección. Cuando le dije que tenía cuarenta años, se volvió a ver a su compañero y comentó:
—Hay que llevarlo al hospital.
—No, por favor. Necesito encontrar a mi abuelo.
—Está delirando —dijo como si yo no pudiera escucharlo.
Me llevé las manos a la cara y las vi arrugadas. Le pedí al paramédico que me diera un espejo. Vi mi reflejo: mi rostro estaba arrugado, mi cabello era escaso y canoso. Era idéntico a mi abuelo. Poco a poco sentí cómo iba perdiendo fuerzas. Eso era la muerte. Mi abuelo no lo sabía todo: viajar en el tiempo era posible, aunque sus efectos fueran devastadores. Tal vez el abuelo también se equivocó en otras cosas, tal vez sí haya vida después de la muerte. Si es así, pronto estaré con él.
José Manuel Ríos Guerra (Tulancingo, México, 1980). Estudió Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Yo no me llamo Manuel y La literatura es cosa seria.