Cuatro poemas
Yves Bonnefoy
El halcón
Hace muchos años, En V.,
Vimos al tiempo venir frente a nosotros
Que mirábamos por la ventana abierta
De la habitación encima de la capilla.
Era un halcón
Que regresaba a su nido en una grieta del muro.
Llevaba en su pico una serpiente muerta.
Cuando nos vio
Gritó de cólera y de angustia pura
Pero sin soltar a su presa e, inmóvil
En la luz del alba,
Formaba con ella el signo mismo
Del comienzo, del medio y del fin.
Y había allá
En el país del verano, muy cerca del cielo,
Muchos jarrones, apretujados; y de cada uno
Se elevaba una flama; y de cada flama
El color era otro, crepitaban,
Vapor o sueño, o mundo, bajo la estrella.
Parecían un ajetreo de almas, aguardadas
En el embarcadero al extremo de una isla.
Aunque creí escuchar las palabras, o casi
(Casi, sea por defecto, sea por exceso
Del poderío inerme del lenguaje),
Pasar, como un escalofrío del calor
Entre el aire fosforescente que volvía uno solo
A todos esos colores; me parecía
Que algunos, a lo lejos, me eran desconocidos.
Los toqué, no ardían.
Les acerqué la mano, no, no tomé nada
De esos racimos salvo el fruto de la luz.
Un recuerdo
Parecía tan anciano, casi un niño,
Iba lentamente, la mano crispada
Sobre un jirón de tela manchado de lodo.
Sus ojos cerrados, por lo tanto. Ah ¿verdad
Que creer en ese recuerdo es la peor trampa,
La mano que toma la nuestra para perdernos?
Por lo tanto me pareció que sonreía
Cuando de pronto la noche lo rodeaba.
¿Me pareció? No, cierto, me equivoco,
El recuerdo es una voz rota,
La escuchamos mal aunque nos inclinemos.
Y por eso escuchamos, y tanto tiempo
Que a veces la vida pasa. Y que la muerte
Ya dijo no a toda metáfora.
La bufanda roja
I
En alta mar un porche en el cielo.
El sol, más allá. El comandante
Del viejo buque recibe a un viajero.
Una escotilla está abierta,
las olas están cerca.
¿Y qué hizo? Se paró, lanza
Por la escotilla una cosa, luego otras.
Así: porque, me dijo, esta bufanda
Me la dio mi padre en mi partida,
Para el primero de tantos vanos viajes.
La amé, pareció decirme,
La guardé para este día en que muero.
La empuja afuera, cae
De su mano, y se infla, luego se despliega.
Un instante sobre nosotros dos todo el cielo es rojo.
II
Ese paquebote, su puente iluminado.
Quien en la noche venía directo sobre la barca,
Podría ralentizar su marcha, retener
La marea que deporta lo que existe.
¿Y acallar esas músicas, alto en el cielo,
Y renunciar al signo de sus humaredas?
No, pasa, se aleja. La barca sigue
Titubeando en la grieta de la estela.
¿La barca? No, borro esa imagen
Que sólo sirve al sueño. No hay
Figuras esculpidas en la proa del mundo.
¿Y cuando regresaba a la tarde qué
habría hecho de ninguna alegoría? Ya la muerte
Tomaba su mano, diciéndole que la siga.
Ningún dios
Ningún dios lo habría querido, tampoco sabido,
Ninguno lo acompañó en su fatiga,
Un sueño, ese niño en el bulevar
Que camina cerca de él, circundado de luz.
Ninguno murió a la hora en la que él murió,
No tomó su mano entre las sábanas en desorden,
Ninguno habrá jamás trabajado cerca de él
En el taller que remplaza la vida.
Remonta entre las palabras que dicen al mundo,
Su silencio, que las niega, que me pregunta
Por imaginar otras, pero no puedo.
Nadie fijó su mirada sobre él.
Lo que habría podido ser no será.
La palabra no salva, algunas veces sueña.
Traducción de César Ramiro Vásconez
Yves Bonnefoy (Tours, Francia, 1923-2016). Poeta, crítico literario, ensayista, traductor y prosista francés. Destacó como traductor de Shakespeare y por sus ensayos fundamentales sobre arte y artistas del Barroco y del siglo XX. Entre sus libros se encuentran Ce qui fût sans lumière (Mercvre de France, 1987) y Raturer outre (Éditions Galilée, 2010).