ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

Cuatro poemas

Yves Bonnefoy

 

 

El halcón

 

Hace muchos años, En V.,

Vimos al tiempo venir frente a nosotros

Que mirábamos por la ventana abierta

De la habitación encima de la capilla.

Era un halcón

Que regresaba a su nido en una grieta del muro.

Llevaba en su pico una serpiente muerta.

Cuando nos vio

Gritó de cólera y de angustia pura

Pero sin soltar a su presa e, inmóvil

En la luz del alba,

Formaba con ella el signo mismo

Del comienzo, del medio y del fin.

Y había allá

En el país del verano, muy cerca del cielo,

Muchos jarrones, apretujados; y de cada uno

Se elevaba una flama; y de cada flama

El color era otro, crepitaban,

Vapor o sueño, o mundo, bajo la estrella.

Parecían un ajetreo de almas, aguardadas

En el embarcadero al extremo de una isla.

Aunque creí escuchar las palabras, o casi

(Casi, sea por defecto, sea por exceso

Del poderío inerme del lenguaje),

Pasar, como un escalofrío del calor

Entre el aire fosforescente que volvía uno solo

A todos esos colores; me parecía

Que algunos, a lo lejos, me eran desconocidos.

 

Los toqué, no ardían.

Les acerqué la mano, no, no tomé nada

De esos racimos salvo el fruto de la luz.

 

 

 

Un recuerdo

 

Parecía tan anciano, casi un niño,

Iba lentamente, la mano crispada

Sobre un jirón de tela manchado de lodo.

Sus ojos cerrados, por lo tanto. Ah ¿verdad

 

Que creer en ese recuerdo es la peor trampa,

La mano que toma la nuestra para perdernos?

Por lo tanto me pareció que sonreía

Cuando de pronto la noche lo rodeaba.

 

¿Me pareció? No, cierto, me equivoco,

El recuerdo es una voz rota,

La escuchamos mal aunque nos inclinemos.

 

Y por eso escuchamos, y tanto tiempo

Que a veces la vida pasa. Y que la muerte

Ya dijo no a toda metáfora.

 

 

 

La bufanda roja

 

I

 

En alta mar un porche en el cielo.

El sol, más allá. El comandante

Del viejo buque recibe a un viajero.

Una escotilla está abierta,

las olas están cerca.

 

¿Y qué hizo? Se paró, lanza

Por la escotilla una cosa, luego otras.

Así: porque, me dijo, esta bufanda

Me la dio mi padre en mi partida,

 

Para el primero de tantos vanos viajes.

La amé, pareció decirme,

La guardé para este día en que muero.

 

La empuja afuera, cae

De su mano, y se infla, luego se despliega.

Un instante sobre nosotros dos todo el cielo es rojo.

 

 

 

II

 

Ese paquebote, su puente iluminado.

Quien en la noche venía directo sobre la barca,

Podría ralentizar su marcha, retener

La marea que deporta lo que existe.

 

¿Y acallar esas músicas, alto en el cielo,

Y renunciar al signo de sus humaredas?

No, pasa, se aleja. La barca sigue

Titubeando en la grieta de la estela.

 

¿La barca? No, borro esa imagen

Que sólo sirve al sueño. No hay

Figuras esculpidas en la proa del mundo.

 

¿Y cuando regresaba a la tarde qué

habría hecho de ninguna alegoría? Ya la muerte

Tomaba su mano, diciéndole que la siga.

 

 

 

Ningún dios

 

Ningún dios lo habría querido, tampoco sabido,

Ninguno lo acompañó en su fatiga,

Un sueño, ese niño en el bulevar

Que camina cerca de él, circundado de luz.

 

Ninguno murió a la hora en la que él murió,

No tomó su mano entre las sábanas en desorden,

Ninguno habrá jamás trabajado cerca de él

En el taller que remplaza la vida.

 

Remonta entre las palabras que dicen al mundo,

Su silencio, que las niega, que me pregunta

Por imaginar otras, pero no puedo.

 

Nadie fijó su mirada sobre él.

Lo que habría podido ser no será.

La palabra no salva, algunas veces sueña.

 

Traducción de César Ramiro Vásconez

 

Yves Bonnefoy (Tours, Francia, 1923-2016). Poeta, crítico literario, ensayista, traductor y prosista francés. Destacó como traductor de Shakespeare y por sus ensayos fundamentales sobre arte y artistas del Barroco y del siglo XX. Entre sus libros se encuentran Ce qui fût sans lumière (Mercvre de France, 1987) y Raturer outre (Éditions Galilée, 2010).