La verdad sobre el caso Ilenka
Yoss
Cómo escribir una novela
Desde hace algunos días, varios órganos de prensa digital de diversos países, en español y otras lenguas, me han solicitado, y de manera bastante insistente, que, en mi calidad de escritor de ciencia ficción medianamente famoso, me pronuncie sobre el reciente escándalo de Ilenka y sus posibles repercusiones en el futuro.
Algunos sitios web han llegado a insinuarme jugosos honorarios a cambio de sólo expresar mi punto de vista…, mientras que otros, inclusive, no titubearon en prometerme adelantos incluso más sustanciales si reforzaba sus propias visiones del asunto…, todas más bien sensacionalistas y hasta algo apocalípticas, a decir verdad.
De modo que, al fin, he decidido acatar el viejo refrán… y, ante tanta insistencia, no oponer más resistencia. Pues ¿a qué escritor no le halaga que se consideren importantes sus opiniones? No en balde tenemos fama de ser los campeones de la egolatría, entre todas las artes.
Si bien, por otro lado, también soy muy consciente de que se trata de un tema en extremo polémico y respecto al cual, por lo tanto, será tarea muy difícil, si no imposible, sentar cátedra con objetividad… y mucho menos contentar a todos los implicados en este candente argumento.
Es decir, que corro grave peligro de ser linchado en las picotas digitales, así como de perder toda la reputación y credibilidad que he acumulado a lo largo de mi ya no tan breve carrera literaria, si mi parecer no resultase del agrado de ese árbitro tan veleidoso como implacable que es el sentir popular de hoy.
No obstante, aunque de los cobardes sí se ha escrito un poco… y hasta bueno —¡véase, si no, La roja insignia del coraje, de Stephen Crane!—, son los audaces, incluso los temerarios, los que marcan la pauta. Y a sus filas me uno, orondo.
Así que permítaseme, ante todo, para acometer esta tarea de Sísifo, comenzar recapitulando, aunque sea de modo sucinto, los hechos en cuestión…
Empeño superfluo, mayormente, me parece, pues difícilmente quede aún, en estos momentos, en la Tierra, alguien que no esté al tanto del escándalo que estalló hace apenas una semana, en ocasión de la más reciente edición de los a menudo discutidos y discutibles premios Óscar.
Sería extraño que alguien no haya leído ya petabytes de valoraciones, chismes y hasta fánfics sobre las asombrosas revelaciones del novel director Wilson González cuando caminó por la alfombra roja y subió al estrado para recibir, no sólo sus estatuillas doradas a la mejor película y mejor director, ambas por su reciente superproducción, el biopic de época La condesa sangrienta, sino también la correspondiente, en el rubro de mejor actriz principal, a la protagonista de dicho filme.
Esa misma a quien, ya desde semanas antes de la noche crucial, la crítica cinematográfica especializada, siempre pródiga en epítetos elogiosos con aquellos a los que acoge bajo su ala protectora, se complacía en llamar, por su deslumbrante belleza y sex appeal, la Diosa Pelirroja.
Conocida también, en irónica referencia a su alta estatura y característica heterocromía pupilar, como el Semáforo Divino, por sus escasos detractores, ¡que nunca faltan!
Aunque siempre, cosa rara, partidarios y enemigos a la vez se hacían todos lenguas del casi sobrehumano desempeño histriónico de la joven norteamericana en el filme de González.
Me refiero, por supuesto, a Ilenka Ávalos.
A quien, lo confieso sin ningún pudor, aquí y ahora…, yo también encontré incomparable y absolutamente seductora, antes de conocer su asombrosa condición.
Y la sigo encontrando, incluso ahora, lo advierto.
Imposible no enamorarse de ella viéndola interpretar a la enloquecida aristócrata magyar que asesinó a cientos de jóvenes para bañarse en su sangre, creyendo así mantener a raya a la vejez y la fealdad: ¡qué mirada!, ¡qué aplomo!, ¡qué presencia escénica!
¡Qué mujer!
Me consta que no era el único… ni la única —¿o debo decir le únique?— que suspiraba al verla. O, como dicen los españoles, se moría por sus huesos.
Por eso me quedé atónito, lo mismo que todos los asistentes a la glamorosa ceremonia, así como los miles de millones que, en todo el globo, la seguían por TV, dado que tradicionalmente es el programa no seriado con mayor ratingmundial, al escuchar la sorprendente confesión del joven cineasta chicano, apenas se acercó al micrófono para pronunciar el clásico discurso de agradecimiento por su galardón:
¡Ilenka Ávalos no existe! aulló, más que dijo. Para luego, con los ojos casi fuera de sus órbitas, agregar: ¡El estudio me obligó a trabajar con una CGI generada por IA!
Una declaración que, tal vez, pudo hasta haber pasado como chiste o boutade irónica, sin mayores consecuencias… si no fuera porque, apenas salieron de la boca de González esas dos incendiarias frases, la trasmisión de TV se cortó…, supuestamente, por problemas técnicos.
¡Ja! La más vieja y conveniente de las excusas del amplio arsenal de justificaciones de la más desvergonzada censura televisiva.
Las palabras de González podrían, inclusive, haber sido olvidadas… si no fuese, también, por los enérgicos desmentidos oficiales emitidos, menos de 24 horas después, por Netflix y la MGM, productoras de La condesa sangrienta. Y cuyos portavoces autorizados insistieron unánime y firmemente en la existencia real de Ilenka Dávalos, llegando a alegar «un trastorno de bipolaridad no diagnosticado» como causa última de las sorprendentes declaraciones de González, la víspera. Padecimiento a consecuencia del cual, por supuesto, había tenido que ser internado para recibir el adecuado tratamiento…, por lo que, obviamente, no se encontraba en condiciones de comparecer de forma pública.
Tal negativa fue una pésima decisión, desde mi punto de vista, porque ya se sabe cómo funciona la opinión popular ante esta clase de rumores: si los de arriba lo niegan solemnemente, entonces es que algo de cierto debe haber en todo el asunto.
¡Y vaya si había!
No es de sorprenderse, entonces, que se alzara una auténtica ola de reclamaciones del público, llegadas, Internet mediante, desde todos los rincones del planeta, y en más de un centenar de lenguas: la gente quería ver a Ilenka González; convencerse de que la rutilante nueva diva de la pantalla grande era real, de carne y hueso. Y no viéndola en un filme ni como invitada al show de Conan O´Brien o siquiera el de Oprah Winfrey…, sino en vivo, y de ser posible, bien de cerca.
En otras palabras: solicitaban una comparecencia pública de la Diosa Pelirroja.
Y aquí el estudio y los productores volvieron a equivocarse al guardar un obstinado y desconcertante silencio. ¡Más les habría valido alegar una indisposición de la joven estrella o incluso algún prejuicio religioso que la incapacitara para presentarse ante multitudes! Cualquier cosa, menos callar como callaron. Porque quien calla, otorga… y demuestra la historia que, una vez lanzados a la senda de la mentira, hay que seguir recorriéndola… o todo se descubre, y más temprano que tarde.
Así que, primero con cierta reluctante timidez, luego cada vez con más indignación, a medida que se sentían envalentonados, en tanto que partes de una mayoría creciente, los cinéfilos del mundo entero siguieron presionando… hasta llegar a exigir «evidencias incontestables» de la existencia carnal de su nuevo ídolo del séptimo arte.
¿Por qué Netflix y la MGM no tuvieron, entonces, el buen juicio de contratar a una cualquiera, de las miles de aspirantes a estrellas que pululan por Hollywood, para que interpretase a Ilenka, y acallara así el clamor público?
No me atrevo a pensar, dado el laaaargo historial de alteraciones de la realidad (por no decir flagrantes mentiras) que ha distinguido a la Fábrica de Sueños de la soleada California, en su casi siglo y medio de existencia, que los detuviera ninguna clase de escrúpulos morales.
Más bien sospecho que, dadas las excepcionales características del físico de Ilenka: un ojo azul y otro verde, cabello rizado y color zanahoria, largo hasta los tobillos, 1.98 m de estatura, y sus exuberantes medidas corporales de 95-55-95…, a sus embarazados creadores les resultó imposible encontrar alguna sustituta convincente.
Porque hasta el maquillaje y la cirugía estética tienen sus límites. Pelucas, rellenos y pupilentes son capaces de lograr maravillas, todo el que haya alguna vez asistido a un evento de cosplay lo sabe… y no dudo que fuera posible imitar el perfecto rostro de la Dávalos, su nariz deliciosamente respingona y hasta sus generosos y provocativos volúmenes…, pero ¿todo eso, en una anatomía femenina de casi 2 metros, además? Ni con zancos… Y la lipoescultura lleva su tiempo de convalecencia, por si fuera poco.
Incluso, yendo un paso más allá, me atrevo a imaginar que el escándalo en torno a la Diosa Pelirroja no fue algo casual ni espontáneo, sino parte de una campaña astuta y perfectamente premeditada por parte de los poderosos estudios y la misma Netflix. Para librarse, de una vez y por todas, de su enojosa dependencia de los caprichos de un puñado de divas y divos temperamentales; ingratos personajes a los que sus mismas campañas de promoción encumbran y endiosan…, y lograr, finalmente, la ansiada independencia total.
O sea, dejar atrás la esclavitud y el gasto enorme de pagar a los actores, como años atrás se prescindió, primero, de los expertos en maquetas, gracias al CGI, y luego de los guionistas, merced a las primeras IA capaces de generar textos «a la medida».
Porque, ya se sabe: las IA no reclaman salarios más altos ni jornadas laborales más breves, y tampoco se unen a los sindicatos.
Si ese era el plan…, felicitaciones: lo han logrado y 100 %. Ilenka Dávalos es, al menos en pantalla, por completo indistinguible de una muchacha de carne y hueso. Sólo es más grande, más seductora… y con un repertorio de miradas y expresiones faciales que da ciento y raya al de las más versátiles actrices, como Glenn Close y Meryl Streep.
Más perfecta, en dos palabras.
Por si fuera poco, buena parte del mito… y, a estas alturas, bien podemos llamarlo así, me parece…, ya surgido en torno al Semáforo Divino, con sólo un filme en su haber, residía, además de en su indiscutible belleza, en sus excepcionales condiciones atléticas.
Las mismas que, según proclamaba orgullosísimo el Departamento de Promoción del estudio, le habían permitido filmar, ella misma, y sin necesidad de dobles, cables de suspensión ni efectos digitales, no sólo el largo combate a florete de su personaje, la sanguinaria condesa húngara Elzbeth Bathory, con Monseñor Farnessi, el inflexible legado papal enviado por Roma para poner fin a sus crímenes…, y que, para muchos, constituye la mejor escena de acción del último decenio…, sino también la posterior persecución por los tejados del castillo y luego a caballo, por los campos circundantes, y a nado, por el lodoso Danubio, antes de ser finalmente capturada y reducida.
El estudio filtró que la joven Dávalos había cambiado su auténtico apellido para proteger a sus padres, pues provenía de una acomodada familia del Oeste… —¿Nuevo México, Texas, Arizona?— dueña de una extensa finca, que incluía grandes praderas, ríos y lagos…, de modo que prácticamente había aprendido a nadar y mantenerse en la silla de un caballo antes de dar sus primeros pasos.
Por si fuese poco, también había destacado, desde su más tierna infancia, tanto en patinaje artístico como en gimnasia deportiva, antes de alcanzar su aventajada estatura de adulta. Incursionando, entonces, con resultados más que regulares, y justo gracias a dicha altura poco común, lo mismo en deportes de equipo con pelotas, como baloncesto y voleibol, que en varias disciplinas de combate no consideradas tradicionalmente muy femeninas…, como tiro con arco, esgrima con florete y tae kwon do, por sólo citar algunas de ellas.
Asimismo, declararon que hablaba con fluidez español y francés, además de su inglés nativo. Que tocaba aceptablemente el piano, bailaba con soltura y jugaba ajedrez lo bastante bien como para rendir la norma de Gran Maestro Internacional a los 19 años.
O sea, que desde todos los puntos de vista… era una mujer excepcional. No sólo una belleza tonta y hueca.
Como para que cualquiera se enamorase de ella.
¿Recuerdan los pretenciosos titulares? «¡Scarlett Johansson y La Roca encuentran a Jet Li y Nadia Comaneci!», «¡Ilenka, la mujer de los sueños de todos los hombres; belleza, destreza y fuerza aunadas a talento interpretativo, en perfecta armonía», «¡Sufran, Sarah Berhnardt y Greta Garbo: su reinado, que parecía eterno, hoy llega a su fin… y la usurpadora es pelirroja y tiene los ojos de colores diferentes!».
Y de repente… este golpe. La cruda realidad. La estafa.
Por supuesto, no faltaron los que gritaron que siempre lo habían sabido. Que el Semáforo Divino era demasiado perfecto para ser real. Que, por muchos milagros que hiciera el bisturí, con rinoplastia, blefaroplastia y cualquiercosaplastia, no era posible que existiese una mujer que aunara, de manera tan perfecta, la exuberante sensualidad neumática de las Kardashian y Nikki Minaj con la sutil picardía de Marylin Monroe y la promesa de sexo desaforado de las mejores reinas del porno.
Y bien…, pues nos toca aceptarlo: Ilenka Dávalos no existe. Nuestra nueva diva es un fraude. Tan falsa como un billete de seis dólares. Su exquisito físico, su delicada fisonomía… no vienen de hombre y de mujer, sino que son todos generados por los circuitos de una IA, basándose en sondeos de opinión masculina, muy probablemente.
Su biografía, también confeccionada paso a paso por los analistas de los estudios y Netflix, sus increíbles habilidades… son igualmente espurias.
¿Y qué? ¿Por qué rendir semejante culto a una supuesta autenticidad… que resulta más bien falsa? ¿Acaso no se operan, en estos tiempos, todas las actrices, presentadoras de televisión, cantantes y hasta mujeres en general? ¿O algún varón ingenuo se cree todavía que los senos talla F se han vuelto más frecuentes de forma espontánea, lo mismo que los labios de goldfish y las naricitas respingadas?
¿Molesta el artificio? Pues prohíbanse también los maquillajes y las pestañas postizas, los tintes de cabello y las extensiones. Por no hablar de la ropa interior con rellenos estratégicos y engañadores, y hasta los tacones altos.
Ilenka Dávalos, de hecho, y por escandalosa y desmesurada que parezca su impostura, ni siquiera es el primer caso. Ya hace un par de décadas, en 2002, Andrew Niccol presentó la profética S1m0ne, donde Al Pacino era un director de cine —¿su alter ego?— casi caído en el olvido, pero que recupera su prestigio creando a una bella y talentosa actriz sintética…, aunque interpretada por la bella Rachel Roberts.
Luego llegaron Siri y Alexa, y todos nos acostumbramos a sus voces a la vez sensuales y fríamente eficientes, y a que nos organizaran la vida.
Entonces, ahora ¿por qué tanto protestar por Ilenka? Sobre todo, considerando que el mismo cine, siempre representándose a sí mismo, nos avisó con tiempo de sobra de lo que venía. Si, en El último héroe de acción, el duro policía interpretado por Arnold Schwarzenegger era colega de una reconstrucción holográfica del Humphrey Bogart en Casablanca. Si en la visionaria fantasía diéselpunk Captain Sky and the world of tomorrow, Ewan McGregor, Gwyneth Patroll y Angelina Jolie comparten cartel nada menos que con una reconstrucción digital del gran Laurence Oliver…, ¿cómo nos asombra y/o ofende de tal manera la existencia de la Diosa Pelirroja?
Aceptémoslo: la temida singularidad ha llegado, y no sólo las IA están ya entre nosotros…, sino que no podemos vivir sin ellas.
Predigo nuevos y ultrataquilleros filmes del Semáforo Divino. A fin de cuentas, toda publicidad, mala o buena, sigue siendo publicidad. Y tampoco me extrañaría que la Diosa Pelirroja, como auténtico ente sobrehumano, se desdoblara en nuevos avatares: rubia, castaña, morena —¿quizás hasta albina o calva?—. ¡La imaginación es el límite!
Entonces, yo acudiré al templo de la sala oscura a recibir la comunión de su presencia…, y de nuevo apuesto a que no seré, ni mucho menos, el único feligrés.
24 de abril de 2024
NOTA FINAL DE LA REDACCIÓN: Tras recibir este texto de Yoss, han llegado a nuestro conocimiento diversas declaraciones de otros escritores de la mayor de las Antillas que cuestionan la existencia real del cultivador de la ciencia ficción más conocido y publicado de su isla. Según muchos de ellos, la persona originalmente bautizada como José Miguel Sánchez Gómez, nacido en 1969 y graduado de licenciatura en Ciencias Biológicas en 1991 por la Universidad de La Habana, no puede materialmente ser autor de los más de medio centenar de títulos, entre novelas, colecciones de cuentos, antologías, libros de ensayo, de poesía y de divulgación científica, en cuyas cubiertas aparece su nombre, y que totalizarían más de un millón de cuartillas y cerca de 30 millones de palabras.
Por lo que se sospecha que el tal José Miguel, en realidad, no ha hecho más que prestar su imagen para dar mayor credibilidad a una IA literaria que, en rigor, sería la auténtica creadora de tan extenso corpus literario.
A la espera de que se demuestre o refute tan insólita proposición, ofrecemos a la consideración de nuestros lectores el ¿relato?, ¿ensayo?, ¿crónica? anterior. Queda a ustedes juzgar, entonces, si creen posible que lo haya producido un programa informático o si debemos atribuir su autoría a un ser humano…
Yoss, seudónimo de José Miguel Sánchez Gómez (La Habana, 1969). Narrador, ensayista, divulgador científico yantologador. Es licenciado en Biología por la Universidad de La Habana. Ha impartido cursos de narrativa en Chile, Inglaterra, Andorra, España, Italia y Cuba. Es considerado actualmente una de las voces más renovadoras e importantes de la ciencia ficción en lengua hispana. Entre sus premios literarios se encuentran Juventud Técnica (Cuba, 1987), Universidad Carlos III (España, 2003) y Julia Verlanger (Suiza, 2012). Textos suyos aparecen en diversas revistas y antologías y han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, neerlandés, japonés, ruso, búlgaro, polaco, chino, gallego y bengalí. Cuenta con más de 50 títulos publicados.