La inasible materia de la inteligencia
Luis Ernesto González
Un poeta actual, cuyo nombre evito por cortesía diplomática, hace algunos meses sentenció que la poesía debe ser reflejo de su tiempo, y que el tiempo nuestro es feo, por lo que la poesía debe ser fea. Sospecho que este es un credo aceptado y extendido hasta el grado de que montones de poetas convierten sus ideas-prosas en verso a fuerza de darle «Enter» a la computadora; prosas muy buenas, quizá, pero no poéticas. Lo encuentro por todos lados. Es aburrido. Una vacuna contra la poesía.
Si, como decía Antonio Machado, «canto y cuento es la poesía: / Se canta una viva historia / contando su melodía», hoy encontramos que a esta frágil relación se le ha despojado de canto para privilegiar el cuento. La música es melodía, armonía y ritmo. Siendo hermana mayor de la poesía, hemos de entender que ahora conforman una familia ejemplarmente disfuncional. Oh, verso libre, cuántos crímenes se cometen en tu nombre.
Pero he aquí que no es el caso de la poesía de Julia Melissa Rivas Hernández ni tampoco de la de Manuel Parra Aguilar. La madurez en ambos ha dado frutos magníficos. Son bellos en el sentido universal; son modernos porque no hubieran podido ser escritos así hace años (aunque los estilos se disfracen a veces de sentencias clásicas o imiten la sintaxis de épocas visitadas a la manera del camaleón asomado al catálogo de personas que nos depara la lectura). Imperio(Centro Cultural Tijuana, 2022) y Los muchachos del Guinness Book (CONECULTA, Chiapas, 2022) son poesía bellamente trabajada desde la inteligencia y el buen oído, desde el conocimiento, desde la necesaria pausa para salirse de las prisas de publicar pronto y de los requerimientos de la competencia en ciertos ámbitos poco poéticos, pero, al parecer, exigibles para figurar.
En Melissa, además, se da todo lo contrario de la carnicería del «Enter» que mencioné arriba: Sí, a diferencia de la prosa vuelta versos a fuerza de machetazos al renglón, ella nos da versos que son versos, pero que han sido convertidos en prosa por la gracia de lo inconsútil. Ambos, Melissa y Manuel son poetas de hoy, a no dudarlo, pero con algo que rebasa el oficio, el conocimiento y hasta la erudición (que no es escasa en Rivas [¿qué es un «efa», Dios mío] y tampoco en Parra: ¡vaya menú de historias!). ¿Qué es eso que rebasa los límites y aterriza en lo poético? La búsqueda casi derrotada de ese «algo más», ese misterio, esa revelación que la Inteligencia Artificial pasa de noche (ni se las huele, la pobre).
Es evidente que Rivas Hernández y Parra Aguilar se han planteado, cada uno desde su credo estético, jamás incurrir en aquello que hoy se juzga como los grandes pecados poéticos: la sobredosis de sensibilidad, la rima y el ritmo clásicos, las figuras retóricas probablemente predecibles, la militancia, el sospechoso halago… En cambio, no renuncian (¡gracias!) a pulir ese prisma a través del cual el lenguaje se convierte en bifocal, pero a lo telescópico y a lo microscópico.
Su inesperado internacionalismo es otro signo de su modernidad; «su» de ellos. Es muy evidente y no deja de sorprender. ¿Algo así como la intentona novelística de la generación del Crack, ya nada nueva? Creo que no, aunque en los libros de Melissa y Manuel viajamos a muchas ciudades del mundo, desde el Río de Janeiro y otras urbes tan de Clarice Lispector hasta el Montreal del fortachón récord Guinness Louis Cyr (pariente, por cierto, de la delicada y bellísima Geneviève Bujold, la gran actriz quebequense) y otros lugares donde viven los no muy orgullosos poseedores de las marcas de mayor y menor estatura que en el mundo han sido.
Melissa debe haber leído muy bien a Francisco Hernández y sus acercamientos a Schumann, Scardanelli (Hölderlin) y Trakl. Entra en el mundo cotidiano de Clarice Lispector y, como ella, extrae lo inefable desde la única y paradójica posible herramienta: la lengua; y desde la única materia palpable: lo cotidiano.
En Imperio, Julia Melissa oscila entre el casi encuentro y su negación, la fe y su opuesto, la neblina y su solar disgregación, dejando tras de sí escritos que semejan un palacio de cristales muy limpios, bisturí más que cincel, y distanciándose emocionalmente de él para evitar sentar precedente o romper algo. Conozco tal cosa… No, más bien la desconozco; esto es importante… ah, no, no lo es; «nada pierdo cuando encuentro a alguien semejante a mí que se aleja, sin marcharse». Es / No es. Sístole y diástole:
He profesado la fe de los solitarios con una felicidad meramente clandestina, y solitario es mi silencio, tan insondable, que repito: Dios mío, mi Dios, soy yo quien te ha abandonado.
La ucraniana-brasileña Clarice Lispector aparece desde los epígrafes iniciales y se instala de lleno en el poemario. No es temerario esperar que, en próximas ediciones, su nombre figure desde la portada. El poemario podría ser un diálogo entre las dos autoras y hablaría de la coincidencia de encontrar la luz secando las cucharas después de la comida o de vislumbrar la olvidable verdad de la vida a bordo de un tren, una ruta o el Metrobús, mientras piensan en víveres, «críos y criadas» para abastecer la despensa.
Pero no, no es un diálogo: es una especie de «posesión» todo lo contrario de diabólica: posesión angelical, digamos. Algo como un: dame tus alas de libélula a ver adónde llego yo, o llegamos juntas, o llegas tú desde mí… o todo lo contrario, qué sé yo. Sólo con el exorcismo de verla de lejos (ah, no soy yo: es la hija de Pinkhas; eso parece despertarla del trance), sólo con el atisbo de que son dos mujeres («¿Somos tú y yo o es la mujer en el tren la que piensa “llevo conmigo los pensamientos que tú me diste, los llevo escritos en una hoja limpia y cuidada?”»), sólo así, digo, se restablecen las identidades. Pero esta investigación de la mirada de esa otra, tan admirada, se vuelve un descaro en la segunda parte de Imperio, subtitulada «Casi de verdad». Melissa Clarice ya es toda una Lispector. Y estamos en Brasil.
«¿Dónde puedo descubrir lo que apenas recuerdo en las calles que no veo?». Y enseguida: «Algo como la niebla es lo que la memoria sostiene durante el día y la noche». Surgen lugares, nombres, personas, cachivaches de la vida de Clarice, no (¿o sí?) de Melissa.
Pero, un momento; me gustaría leer esto de nuevo: «Algo como la niebla / es lo que la memoria / sostiene / durante el día y la noche». Música prístina, clarísima, disfrazada de prosa. Bello. Cincel-bisturí.
¿Qué se busca en el palacio de cristal del lenguaje, de la enunciación, y en la cuchara lavada tras su visita a la sopa? El diamante de la epifanía, la revelación, la verdad. Algo en el vacío que no sea vacío. Viejo truco, ocultar el diamante en un vaso de agua. Pero no siempre está. Y por eso Melissa sabe que sabe que quizá no sabe.
Deliberadamente, porque intuyo algo,
cierro los ojos; voy con las manos extendidas.
No busca con el corazón, como solían hacerlo los viejos poetas. Para ella, el corazón es una «pequeñísima bestia salvaje». Melissa busca con la mente utilizando la gran herramienta de todas las civilizaciones: la lengua. «Oh, inteligencia, soledad en llamas», exclamaba Gorostiza. Soledad en niebla, podría apostillar Melissa. Ella dice:
Esto que no ves es un árbol que tiene un único fruto.
Esto que no ves es un bosque que en la niebla recorro,
a tientas.
Y otro acercamiento:
Esto de aquí es el sacrificio de la mente,
ser una visita en mi propia casa.
Y, más adelante… sólo tres páginas de transparencia más adelante: «Ahora lo sabes, otra vida es el tema». O:
He tenido el valor de hacer de mi mente una tormenta, con toda la conciencia de que en algún momento de ella algo pueda venir, rápido y por sorpresa para poseernos.
Pero, de pronto, lo opuesto a la mente que nada posee más que un poco de nubes y lenguaje:
Recuerdo:
todas las leyendas y narraciones me pertenecen,
todos los cantos que trastocarán cualquier juicio
y harán de la vida esa crónica infinita,
toda esa pulcra tribulación.
Los grandes relatos son míos, los recuerdo aún.
Sin temor a la muerte, dejo constancia de que todo lo que me perte-
nece está en mí.
Olvidar es la sugerente idea que ronda siempre,
seductora como un misterio anónimo,
indescifrable siempre.
Corte silábico en verso. ¿Errata? Quizá toda una solución clásica innovadoramente actual (resuena un verso de fray Luis de León: «Y mientras miserable- / mente se están los otros abrazando / con sed insacïable / del peligroso mando, / tendido yo a la sombra esté cantando»).
Expondré un par de poemas sin mayor comentario, por el puro gusto de sentir que lo intangible… es intangible:
Y esta es la hora en donde todo lo creado resplandece,
donde conozco la aprobación de constituir la vida.
Misterio de cosa andante que tiene la capacidad que yo, en pereza,
concedo.
Y:
Empeño por cubrir de humildad todo lo que sale de mi boca,
minuciosa y bellamente pintada.
Empeño: ciertas condiciones son nuestras por antonomasia.
Frente al espejo,
con los ojos cerrados palpé mi nombre, sabiendo que esta mujer de ficciones reunidas
tuvo como deber una palabra nueva, repetida desde siempre.
Por otro lado, en Los muchachos del Guinness Book Manuel Parra Aguilar se acerca a personajes singulares, únicos, excepcionales. Investiga, imagina, desarrolla escenas de gente que para nosotros no pasa de ser un nombre en un libro entre ocioso y fabuloso. «Este siglo no es el indicado para la retórica», dice el poeta. Aproximarse a seres que, desde ojos morbosos, pueden ser fenómenos de circo, es tarea harto delicada. Aunque el lenguaje de Manuel es tan cristalino, límpido, como el de Melissa, hay una necesaria empatía con los personajes más allá de todo posible descubrimiento poético que lo hace más, digamos, mundano. Entonces hay una lengua entintada en el corazón. Son seres humanos hastiados de los ojos del otro. ¿Cómo verlos, pues, sin ofensas?
Y mientras esto sucede,
Sultan Kösen baja las nubes con sus dedos,
con sus largos dedos todavía.
Un poema/canción de Amancio Prada dice que las jirafas se alimentan de nubes. Para los massái esto es una verdad evidente. Pero, si en vez de jirafas, pensamos en este hombre turco (nacido en 1982, leo en una biografía; no se piense que lo conocía antes de leer su nombre en este poemario) de 2.51 metros, cuya espalda no soporta tanta altura y se encorva y le provoca dolores, entonces estamos ante otro asunto. «Caería el cielo si algún día Sultan Kösen no lo sostuviera con la cabeza». ¿Broma? No. Hay un agradecimiento tácito aquí, más metafísico que atmosférico o astronómico.
Fenómenos de circo, los llaman. Llega el público a diversos escenarios a asombrarse y algo más. ¿Y las preguntas de la cotidianidad? ¿Cómo es su cama y cómo es en su cama? ¿Quién les fabrica los anchos y largos pantalones? ¿En qué vidas de qué personas caben ellos?
Yo estuve esa tarde en la feria de Parc Sohmer;
yo vi las gruesas manos de Louis Cyr
ganarle fácilmente a Édouard Beaupré en un mano a mano.
Hombre, con esas mismas manos Cyr sacaba a pasear a su mascota.
Hombre, con esas mismas manos Cyr espantaba las moscas del retrete.
¿Podríamos adivinar un poquito de malicia, de calaverada, en ciertos versos?
Mi tamaño me impidió casarme;
la vida que yo siempre quise estuvo fuera de mi alcance.
Dicho por o para seres gigantescos, en este caso, Ella Ewing (alias La giganta de Missouri), algo tiene de humorada; pero, en todo caso, sigue la comprensión (y no todos los lectores son tan puritanos ni tan civilizados, he de acotarlo, así que quizá rían «a lo grande»). «Y recordé su ataúd. / Recordé la felpa blanca; el acabado elegante, octagonal». Tan grande era, que no todos pudieron encontrar lugar en la capilla a darle el último adiós.
Vikas Uppal recibe un homenaje: en los récords Guinness no cabe su grandeza:
Tú ya lo sabes; tú sabes
que es la altura que el Guinness Book no puede ni quiere registrar.
De Al Tomaini, dice:
Aquí permanece nuestro pararrayos.
Aquí está su necesidad de comunicarse en esta disonancia,
en la mal nombrada civilización,
en la mal nombrada poesía.
Ahora, un vistazo al extremo opuesto; como se diría en lenguaje políticamente correcto: «los seres humanos en situación de estatura escasa». Con estilo enciclopédico y poniéndose en el lugar de «testigos presenciales» (dicen que es pleonasmo) o de ellos mismos o sus seres cercanos, de algún modo el lector debe entender que ahora se asomará a otro reino para dar una probada de un tema que, no por conocido y ampliamente tratado, deja de ser digno de atención: «no repetiremos de nueva cuenta que ellos son personas muy bajas: / mejor diremos que el cielo les es muy alto».
El enano, el bufón, el exiliado de la dicha y del amor, como no sea con sus pares. Amputado de la posibilidad de ser el héroe, ¿cómo desenvolverse en una civilización cruel y casi inconmovible?
El viejo rey del palacio tenía un bufón en la corte:
un pequeño adefesio al que,
en la urgencia por combatir el tedio en los almuerzos, el rey,
el rey aquel, mandaba llamar al menor bostezo.
De Lavinia Warren, actriz estadounidense reducida a papeles de fenómeno y, al cabo, sólo llamada en tales casos y en escenarios ad hoc, dice: «la pequeña Lavi pensó una vez más que los gigantes vivirían felices en la tierra».
La tragedia de la pituitaria, de la hipófisis, la tragedia de diferenciarse desde la hormona del crecimiento: «Es verdad, Junrey, es verdad; te voy a decir un secreto: / no hace mucho tiempo yo era un chico como tú». Aquí se habla del filipino Junrey Balawing, de 60 centímetros de altura. Otro caso, desde la lejana voz de un testimonio del autor-personaje:
esa terrible noche cuando Princess Pauline creyó ver el rostro de Dios bajo un puente,
pero resultó ser un afiche publicitario de su propio espectáculo.
Difícil es hallar nuestro lugar en el mundo, pero las mujeres bellas pueden, si así lo quieren, «empoderarse» como modelos, si se sacrifican en gozos gastronómicos (proxenetas abstenerse); pueden ser admiradas, ser cosificadas como signos de prestigio. Y las personas con gigantismo o enanismo deben aceptar que alguien traficará, ¿a diferencia de las bellas?, con el morbo para obtener beneficios económicos de los que, como las bellas, ellos sólo recibirán una parte.
Y este es el momento en el que se instala nuestro poema,
poco más que el sueldo de cien libras esterlinas de la Sicilian Fairy
Ser atracción de feria golpea el ego. Los amigos, el amor, la comprensión humana son afectos sanadores. El poeta, disfrazado de tantos narradores en off, testimoniales, entrevistados para el libro de los récords, aporta su cariño, si bien, embozado:
Quiera el diablo esperarte un momento;
quiera el futuro pasar de largo;
quiera la vida reservarte esa pequeña rendija por la cual puedas entrar y ser alguien, carajo;
por fin ser.
Instantes breves de descuido, de pronto se desborda la conmiseración, se entiende la tragedia más allá de lo incómodo, de lo morboso, de lo humillante, de lo doloroso de ser involuntariamente distinto a los demás:
Y con esa fe liliputiense que se complica,
miss Zárate llega al oscuro escenario que el Guinness Book no puede registrar.
Y en ese mismo escenario, miss Zárate deja atrás su cuerpo triste.
Triste como el que más.
¿Dónde ha quedado su casa de muñecas, su casa donde podía estar, su sonrisa, sus setecientos dólares de sueldo por semana?
Recomiendo a estos dos poetas que hoy están produciendo en plena madurez. La poesía a veces (¿siempre?) se guarda sus ases bajo la manga y los lanza en buen momento.
Luis Ernesto González (Ciudad de México, 1966). Estudió Periodismo y Comunicación Colectiva (UNAM) y tiene estudios de maestría en Letras Españolas (UNAM). Parte de su obra figura en algunas antologías, como Está en chino(2007) y Las virtudes (2008). Ha publicado los libros de poesía Mar y bosque se buscan (2001), De las formas del desierto (2002), Poemas de la bruja (2010) y Ars antiqua (2017).