Insomnio
Alex Rappozo
«¿Ya te dormiste?», preguntó mi madre.
Esa era una pregunta trampa. Si contestaba, se venía una golpiza por no haber obedecido la orden que había dado apenas hacía un minuto: «¡Ya duérmete!».
Así que, aunque no estaba dormido, no sólo no contestaba, sino que además fingía la respiración profunda y pausada de una persona dormida. Había aprendido poniendo atención al dormitar de mi hermano. Él siempre parecía tan tranquilo, no le importaba nada, y yo me quedaba despierto toda la noche enumerando las razones por las que mi vida era una mierda.
El calor asfixiaba: eran las dieciséis cobijas que tenía encima. El peso hacía muy difícil cambiar de posición, pero mi madre no aceptaba que yo le dijera que no necesitaba tantas. Ella tenía frío y, por lo tanto, yo lo debía tener también.
Su verdad y su opinión eran las únicas que importaban. Tratar de hacerle entender que yo no tenía frío sólo podía llevarme a recibir una golpiza. Sus cachetes de bulldog temblaban con furia cuando alguien la contradecía; mi hermano y yo recibíamos el castigo de su enfado.
Hacía poco más de un año que mi padre había huido hacia un lugar lejano, en donde seguramente había encontrado la felicidad. Yo tenía la fantasía de salirme de la casa sin que nadie se diera cuenta para caminar hasta la avenida donde pasaban los autobuses y así huir también. Luego sentía culpabilidad por dejar solo a mi hermano y trataba de incluirlo en mi fantasía. Desafortunadamente, eso complicaba la logística y terminaba regresando a la realidad. La huida era imposible. Lo mejor sería morir.
Supongo que mi madre fantaseaba con la muerte de mi hermano y la mía: tal vez una accidental fuga de gas nos intoxicaba y ella sería la pobre víctima de la desgracia, a quien todo el mundo le prestaría atención y consuelo. Quizá, incluso, podría rehacer su vida.
Mientras fingía estar dormido, mi madre se quedaba dormida de verdad y yo escuchaba sus ronquidos. Entonces aprovechaba para deslizarme fuera de la cama y andar con las puntas de los pies para no hacer ruido. No podía prender la luz, así que caminaba a oscuras. Ella tenía una obsesión por dormir en completa oscuridad. Cada ventana tenía tres cortinas del mayor grosor que pudo encontrar para impedir que el mínimo haz de luz del alumbrado público o de la luna se filtrara en la casa.
Me había aprendido el camino de memoria para no tropezar con nada. La oscuridad era tan profunda que no podía ver mi mano puesta frente a mis ojos. Llegaba a la ventana y me escondía detrás de las cortinas para observar la calle. Algunos autos pasaban de vez en cuando y yo imaginaba qué historias tendrían para andar circulando de madrugada. Ciertamente esa gente tenía problemas, y yo pedía a Dios que me diera poderes como los del hombre araña para salir por la ventana, escalar las paredes y salvar a las personas. Eso hubiera sido una forma de salvarme a mí también.
Algo diferente estaba pasando hoy: mis ojos se empezaron a cerrar. Salí de detrás de la cortina y un olor amargo me dio de lleno en la nariz; venía de la cocina. Caminé hasta allá, donde aquel hedor era más intenso. Mis piernas se sentían más pesadas a cada paso. En efecto, el olor llenaba toda la cocina, pero ya no me sentí con fuerza para seguir. Me acosté en el piso.
«Ya estoy durmiendo, mamá».
Alex Rappozo (Ciudad de México, 1981). Ingeniero electromecánico por el Instituto Tecnológico de Toluca. Ha colaborado en la revista digital Sea Breve por Favor. Participó en cursos de escritura con Rosa Nissan y Alberto Chimal.