Las formas del muelle
Jorge Orlando Correa
Siempre se había discutido con viva pasión
si el parque era rectangular o cuadrado.
Virgilio Piñera
I
Todos llevamos un muelle dentro. Sólo hace falta hacer memoria para vernos ahí, en medio de lanchas y oleajes, frente a ese infinito conformado por la unión entre la mar y el cielo. Mi muelle es chetumaleño; he estado en él innumerables tardes, pero siempre lo imagino de formas distintas. A veces está hecho de tablas, sosteniendo las historias de pesca de mi padre y la época antes del huracán Janet, los cuarenta, cuando Chetumal era un puerto recién fundado, con casas y edificios de madera al estilo anglo-caribeño. En otras ocasiones el muelle es de un concreto agrietado; recuerdo caminarlo a mis doce, con el temor de un desplome, pero emocionado por estar un poco más cerca de aquel paisaje arbolado al final de las aguas, ese lugar que, para mi sorpresa, ya era Belice. Recuerdo preguntarme por qué lo que veo es otro país, si la bahía que compartimos es la misma. Y el muelle actual, uno remodelado, sin grietas, con una jardinera en medio y en el que entran los vehículos y las personas que pasean por el malecón. Todos vamos ahí al atardecer, ya sea para tomar fotos o sólo para apreciar los bronces de las seis y treinta.
II
Es un error pensar que un muelle mide lo que sus metros de longitud, porque un muelle termina en la vista que nos ofrece a partir de su punta. El final del muelle, entonces, es la visión de un infinito, una perspectiva del mundo y de la distancia que no se puede obtener desde otra plataforma. Es una extensión parecida al tiempo: las horas no son las mismas en un hospital que en la banca de un parque; la angustia o la calma pueden configurar el paso de los segundos, dándoles peso, textura, una experiencia particular. Lo mismo ocurre con el largo y lo ancho de un horizonte que se despliega desde un muelle. La amplitud y la falta de centro, o bien la multiplicación de centros, dependiendo del punto en el que posemos la vista, hacen que la experiencia de mirar desde un muelle se extienda, junto al oleaje, hasta los límites de nuestra capacidad visual. Entonces, uno comienza a preguntarse cosas como: ¿qué hay atrás de ese fondo? Y es cuando la imaginación tiene la oportunidad de crear un mundo: podemos pensar en islas y en barcos de otro tiempo; se puede pensar en un lugar que nos dé refugio, una casa en un puerto al final de las aguas a la que podríamos llegar navegando, diciendo adiós, hasta nunca, a nuestra vida actual; un lugar donde podríamos ser otras personas, con otros nombres, con nuevas alegrías y miedos. Y es el muelle y la visión que nos ofrece los que pueden llevarnos hasta esos días imposibles; es el muelle y sus verdaderas dimensiones.
III
No hay aulas, por supuesto, pero los muelles también son instituciones de aprendizaje humanista. Los maestros son el cielo, las temperaturas y el viento, elementos con los que dialogan y se entienden los pescadores. Ellos saben cuánto tiene que pesar una carnada, qué peces pican de noche o al amanecer y en cuánto tiempo comenzará una lluvia con sólo observar el movimiento de las nubes. Por definición, las humanidades son un conjunto de saberes, como la historia, la literatura y la filosofía, que han servido y sirven para interpretar los fenómenos sociales, preguntarnos sobre la condición humana y crear perspectivas a partir de esos fenómenos y esa condición. Pues bien, la actividad de los muelles no ofrece una cátedra menor. Un lanchero aprende, con el paso de las tardes en un muelle, que si el mar es picado y el cielo se torna gris, no es bueno encender el motor y navegar mar adentro. Lo sabe por historias que se han contado y por experiencia propia, por todo un conocimiento que puedo llamar existencial, porque el lanchero reconoce sus límites humanos para enfrentar a la naturaleza. Eso lo pone en un lugar del mundo, como bien lo hicieron los existencialistas. Pascal habría dicho que el hombre se encuentra entre dos extremos que desconoce y lo desconocen; pequeño, insignificante, como se sabe el pescador que ha dejado el muelle hasta el punto de ya no ver la orilla, sólo agua al horizonte. Por otro lado, los cielos y las temperaturas, como los lectores a la literatura, son un lenguaje que se interpreta en márgenes de subjetividad y objetividad. La argumentación de un alumno de Letras sobre un libro va de acuerdo con lo que el texto presenta, mezclando ideas propias y conocimientos fuera del libro. Similar al pescador, que percibe el viento, que se fija en el tono de las aguas, para saber, para tener una idea de si ese día habrá buena pesca, regular o mala; hay una parte de azar y otra de empirismo en todo esto. Esa lectura de los elementos provoca sensaciones y emociones: la alegría de una posible buena mañana de sábalos o la angustia de todo lo contrario; sentimientos e ideas; bueno, qué no es esto muy similar a lo que ocurre con el estudiante de novelas o ese vaivén que padecen los lectores de poesía, embelesados y reflexionando a causa de un ritmo y de un tono; el cielo y la marea, sus colores y todo lo que tienen por decir. Por último, quiero dar el ejemplo de niños y niñas que toman por primera vez un cordel y lanzan su primera carnada desde las orillas del muelle. En torno a ellos, los adultos, los más experimentados, como en escuela helénica, explican cómo hacer el nudo para los anzuelos, a qué hora pican determinados peces, qué hacer cuando una picuda comienza a jalar. También se cuentan historias, trágicas, chistosas, los mitos del lugar; se forma una convivencia, una sociedad que podría servir de ejemplo para la enseñanza de la ética: la forma en la que el lenguaje organiza, transmite y enseña a partir de los elementos en torno a los muelles puede ser, también, para el sociólogo y hasta para el utopista, modelo de estudio, de aprendizaje, de posibilidad.
IV
La historia de esta decadencia que solemos llamar civilización no sería la que conocemos sin la existencia de los muelles. Pensemos en el comercio griego y en el árabe, en la colonización y devastación de los pueblos originarios; pensemos en cómo los muelles, desde la antigüedad, han sido los puntos de partida para que las naciones vendan y compren productos de todo tipo: semillas, animales, vasijas, alhajas, materiales de construcción, etc. La historia de los paisajes que podríamos considerar como nuestros se ha ido confeccionando, siglo tras siglo, gracias a la actividad de los puertos. Pongamos atención a los árboles y a los edificios en las ciudades, a la comida que hemos degustado toda nuestra vida. Bien, con la atención suficiente, seguro identificaremos casas o iglesias de la colonia, distintos árboles y condimentos de cocina. Los edificios coloniales no pudieron ser construidos sin que los europeos trajeran, vía marítima, herramientas desde su mundo. Muchos de los árboles que creemos endémicos vienen de otras latitudes, como el framboyán, traído desde Asia y sembrado en lugares como la península de Yucatán, donde existen parques, como el de Valladolid, que configuran el campo visual de los locales y turistas, haciendo entender que el rojo y el verde de sus flores y hojas es mexicano; y también el arroz o la azúcar, elementos más que necesarios para las comidas típicas. Ya Galeano, en Las venas abiertas de América, habló del oro blanco, la caña de azúcar, y de su recorrido, que fue de Asia a Europa y hasta nuestro continente, arrastrando consigo, en ese largo viaje, historias de imperialismo y de esclavitud convertidas en los sabores de la comida en nuestras mesas. Entonces, todo viene del mar: flora, condimentos, herramientas, moda, paisajes. Todo arriba y arribó a un puerto; tantos objetos, palabras, formas de hacer y deshacer y, sobre todo, lenguajes que bajaron por un muelle hasta adentrarse en la actualidad, en la manera en la que hoy nombramos o callamos el mundo que nos rodea.
V
Pensar en un muelle
es traer a mi mente la palabra adiós
sin pronunciarla mientras veo a los pescadores
irse en lanchas; si pienso en la palabra muelle,
viene a mi mente un viento que trae historias
de un futuro barco hundido, donde fui feliz.