ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

 

Toman la voz los animales

Demian Marín

 

 

El académico francés Gérard Genette describió en su Discours du récit, documento imprescindible para la narratología, a los tipos de narradores que pueblan el universo de las letras. Y no es que antes de Genette no existieran esas osadías de autores fuera del canon que quisieran experimentar con cambios en las focalizaciones, en los cambios de narrador y, en suma, en la mixtura narrativa que puede ofrecer la novela como género literario. No se trata de eso, sino de que, a partir de la aparición de ese libro, a estos juegos narrativos se les dio un nombre, y los autores —algunos de ellos— se permitieron esquematizarlos para crear sus mundos literarios.

Tal es el caso de Wajdi Mouawad, escritor de tres patrias, quien en su tercera novela, titulada Ánima (Ediciones Destino, 2014), parece llevar la teoría genetiana a su máximo nivel con la inclusión de una centena de narradores, quienes desde su singular perspectiva narran la historia de un asesinato y la consecuente búsqueda del asesino.

En Ánima, cada capítulo, que va desde las cinco líneas hasta las diez páginas, tiene un título. El lector inicial se ve confundido por ese par de palabras en latín que probablemente no le digan nada, pero son los mismos narradores y las circunstancias en las que se encuentran los que dan pistas (a veces un tanto burdas, dicho sea de paso) para que el lector entienda que esos títulos no son más que los nombres científicos de quienes tienen el turno de narrar esa parte de la novela.

Los animales toman la voz en esta novela. Son ellos, desde una minúscula mosca que revolotea alrededor del protagonista y una araña que desde su rincón en el techo de un bar da cuenta de los hechos que ocurren, hasta un gato o un perro, los que atestiguan algunos de los hechos violentos que tiene esta historia. Son animales de compañía (como caballos y peces), mascotas exóticas (un mono, una serpiente) y animales en estado salvaje (mariposas, mapaches, aves de distintos tipos, un oso). Son, en fin, los animales que se encuentran en el momento en que ocurre la acción. Ese es el gran atractivo de la novela.

Otro acierto es el tratamiento que se le da a la historia. Mouawad elige contarla desde la focalización animal porque quiere «humanizar» al narrador y «animalizar» al humano. La crueldad, la brutalidad y los instintos más bajos provienen de los personajes, no de los narradores. La narración es sincera, podría decirse que objetiva. Son los diálogos de los personajes y sus acciones las que provocan cierto asco por los alcances mórbidos a los que puede llegar el ser humano.

Ánima destaca, como en todas las obras de Mouawad, por sus diálogos. El autor canadiense hace gala de su arte dramático, el mismo que impresionó al mundo con la obra de teatro Incendios, y lo demuestra con lo que mejor sabe hacer: presentar la acción y mantener la tensión entre personajes por medio del diálogo. Por supuesto, no puede evitar los tintes autobiográficos que lo acompañan en toda su obra: el protagonista, como Mouawad, nació en Líbano, tuvo que huir de la guerra y refugiarse en Francia, y posteriormente mudarse a Canadá. Pero si uno pasa por alto esos deslices autorales, o si no conoce a profundidad la obra de este autor, se la pasa bien con la lectura.

Échenle un ojo a esta novela. Los cambios de narradores valen la pena.