ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

La Navidad de Shaga el Preclaro

Yoss

 

Para Joe Abercrombie,
Grimdark´s Master.
Para Raymond Chandler,
Harboiled´s Master

 

Nadie escapa de la Parca.

Pero, en ocasiones, la Gran Segadora se permite elegir a algunos mortales, que se han destacado entre todos sus semejantes. Que sobresalen del montón, ya sea por la fuerza de su odio, por su férrea voluntad, o por algo similar…

Y los envía de vuelta al mundo.

Una y otra vez…

Para ellos, tal don puede ser una inesperada recompensa. Una anhelada segunda ¿o tercera, o infinita? oportunidad.

O una broma cruel. Y el peor de los castigos…

—Eh, hablas casi tan bien como estuvo de sabrosa la cena de doña Calogera, Barbas…; sonó genial ese principio —admite la Gorda, tras un rotundo eructo, apartando sonoramente el plato de hojalata vacío, que hasta momentos antes contuvo el exquisito pavo relleno con manzanas, cortesía de la madre de don Enzo, matriarca indiscutible de los Molinari de Chicago—. Medio pretencioso…, pero también lleno de misterio, como una leyenda antigua… En fin, ¿épico? ¿Se dice así, no, Estudiante? Tú que eres el tipo leído y sabes de eso… Así que vamos a ver ahora cómo sigue tu historia… y mejor para ti que no te pierdas en muchos rodeos, campesino… o lo que te tiene reservado don Enzo para mañana te va a parecer un paseo, comparado con lo que te puedo hacer yo, que estoy aquí contigo, ahora. Esta podría convertirse en la peor Navidad de tu vida…, no sólo por la falta de nieve, y a pesar del banquete que su generosidad acaba de ofrecernos.

Jamás viene mal elogiar a aquel de quien depende tu vida. Aunque no te oiga… o eso parezca. Porque nunca se sabe; siempre podría haber micrófonos en el sótano.

Como algunas mujeres acostumbradas a alternar con hombres rudos y peligrosos, la Gorda ha acabado confundiendo vulgaridad con virilidad, matonería con valor, y amenazas encubiertas con elogios.

Característica que, combinada con su pelo corto y mal teñido de rubio, un par de decenas de kilos de sobra, hasta para alguien de su aventajada estatura, y el informe mono gris de mecánico y las maltratadas botas de trabajo que siempre usa, la vuelven lo menos femenino que imaginarse pueda.

Más el incongruente gorro rojiblanco que lleva hoy, hundido hasta sus pobladas cejas, terminan de volverla una visión bastante aterradora. Incluso para los suburbios de Chicago, donde hasta los niños crecen sin temor a Dios ni al Gobierno, en estos duros tiempos de ley seca y depresión.

Aunque también la convierten en candidata ideal para ser lo que es: una de los famosos Locutores de la Familia Molinari. Expertos en el dolor, que hacen hablar a los que no quieren hacerlo.

El hecho de que hoy, cuando todos prefieren estar rodeados por sus seres queridos, esperando a Papá Noel, la Gorda aguarde en este sótano oscuro que la cercanía del lago Michigan vuelve, además, frío y húmedo…, junto con Barbas y el Estudiante, y todos vigilados por Cicatriz…, revela que hasta los que más útiles le son a don Enzo Molinari, como sus Locutores, pueden incurrir en su imprevisible desagrado, un día. Y acabar afrontando su famosa y temida ira, que no cree en feriados.

Es 24 de diciembre, vísperas de Navidad. Y, excepcionalmente, este año en Chicago aún no ha caído un solo copo de nieve.

Es como si la naturaleza misma estuviese esperando algo.

Aunque ni eso ha detenido a doña Calogera a la hora de hornear su pavo navideño de rigor…, que, como los Locutores de su hijo, tiene justa fama de no tener rival en Chicago.

Hasta el punto de que, para muchos de la familia Molinari, hincarle el diente al volátil es el mejor momento del año.

Estén donde estén.

Y aunque para muchos sea, más bien, un plato del Día de Acción de Gracias.

Para complacer estamos los contadores de historias… Abrevio, pues, Gorda. Y entro directo en materia, si así es como lo prefieres.

¿Alguno de ustedes ha oído hablar de Shaga?

¿Al que una vez llamaron Mano Derecha de Gurma…, que es sólo otro de los muchos nombres de la Muerte?

¿Shaga el Preclaro?

¿Shaga… el Proscrito?

¿No?

¿Quizás, entonces, les suenen los nombres de Komal Matatigres, Torva el Pesado, Yamul el Fuerte, Glama el Justo, su hijo Tabul el Joven, o Vokran el Brujo? ¿tal vez el de la bella Bilda?

Por sus rostros, diría que tampoco.

Shaga el Preclaro fue, quizás, el hombre más notable de su época.

Y sus enemigos… estaban a su altura.

Aunque, claro, todo eso pasó hace mucho mucho tiempo.

Nuestro héroe no fue un gran guerrero ni un cazador extraordinario. No era particularmente diestro con las armas. Tampoco demasiado alto o bello. Si bien, como tantos de su tribu, los Cabellos de Sangre, destacaba por el color de su pelo.

Él sólo era… preclaro. Cauteloso y previsor como nadie. Poseía una especie de extraño don para intuir lo que iba a pasar, antes que la mayoría…, combinado con la habilidad de prepararse, cada vez, para convertirlo en oportunidad. Y, a menudo, de modos, hasta entonces, absolutamente inéditos.

—No, no, paleto…, no jodas —lo interrumpe el Estudiante, implacable, fumando casi con rabia de su inseparable y arrugado cigarrillo Pall Mall. Ni siquiera ha terminado su porción del pavo relleno…, que la mujerona rubia ya mira de reojo, golosa—. Que te veo venir. Y, Gorda, sí, estás clara: tiene un vago airecito épico la historia del Barbas…, pero ahora, seguro que este cultivador de maíz con pretensiones de cuentacuentos de feria nos sale con que el tal Shaga, aparentemente tan normalito, era un cruzado o un legionario romano, y que fue por ser tan bueno sirviendo a Gurma… o sea, la Gran Igualadora, cuando murió, que su patrona lo envió de vuelta a este mundo para que siguiera con su macabra cosecha. Y también que luego, como era tan precavido, cauto e innovador… inventó las armas de fuego y fue soldado de Napoleón, los aviones y marchó por Europa con los nazis y todo eso…

—Dejen hablar al hombrecito, mierda —gruñe Cicatriz, palmeando la culata de la negra Colt .45 que asoma, amenazadora, de su funda sobaquera. Él también ha terminado con su tajada de pavo y ahora observa, codicioso, la del Estudiante—. ¿O prefieren contar la historia ustedes? Igual tendrán que hacerlo mañana, cuando choquen con los bates, las nudilleras y los picahielos de los Locutores de la Familia. Y no creo que les gusten mucho esos regalos de Navidad que les ofrece don Enzo.

El centinela es un hombre bastante anodino, de estatura y complexión medias, con cabellos de un castaño común, que empiezan a ralear bajo el ala del sombrero Fedora, que parece remachado en su testa. Su único rasgo sobresaliente es ese lívido costurón en la mejilla izquierda, que le llega desde la ceja hasta casi la comisura de la boca, y al que debe su apodo.

Nadie recuerda su nombre real, si es que alguna vez tuvo alguno…, lo mismo que una madre, un padre, quizás hermanos. Si estudió en alguna parte, si fue algo más, antes de unirse a los Molinari.  

Combinados con el traje café con finas rayas blancas y los zapatos de dos tonos, alias y cicatriz bastan para marcarlo como lo que es: el perfecto sicario de la mafia. Uno más de los que matan o mueren sin dudar, siguiendo las órdenes de don Enzo…, quizás porque no tienen nada mejor que hacer con su miserable existencia.

Pese a ser más alto que Cicatriz, casi de la misma aventajada estatura de la mujerona, el Estudiante es tan delgado como corpulenta la Gorda. Lo que, combinado con sus gafas de acero montadas al aire de gruesos cristales, el acento medio británico, alguna que otra palabrita demasiado sofisticada para los bajos fondos de la Ciudad de los Vientos, que desliza a cada rato en su discurso, delatora de cierta educación, los mocasines de ante y el traje de tweed arrugado, pero al que aún se le nota el buen corte, dicen bien claro que no nació en Chicago… y que ha vivido tiempos mucho mejores que el presente.

Como casi todo el país, por otro lado. Los treinta son años duros para la Gran América… y hasta para buena parte del resto del mundo. Navidad o no.

Si la mujerona es músculo, él es cerebro: todo un intelectual venido a menos.

Por años ha sido el contador de la Familia Molinari. El que ahora se halle en este sótano sólo revela que don Enzo alberga alguna que otra duda sobre su honestidad.

Siempre acaba haciéndolo, con todos los que le sirven. Como si nunca creyera del todo en ningún ser humano. Y por eso es el don…

En cuanto al Barbas…, es bajo y ancho, viste un mameluco de lona azul y una vieja camisa Pendletton a cuadros rojinegros: el uniforme de cualquier destripaterrones del Medio Oeste.

Incluso va descalzo. Sus pies llaman la atención: son tan grandes y peludos que, si no fuera por el color rojo jengibre de ese vello rizado y espeso, bien podrían ser los del famoso y esquivo Big Foot.

Sólo le faltan el sombrero de paja y el tallito de yerba en la boca para ser el perfecto red neck.

De hecho, salvo por esos pies peludos y el vello facial, igual de rojo naranja, y tan oscuro y denso que prácticamente le cubre todas las facciones, menos los ojos amarillentos y la gran nariz, curiosamente aplastada, otorgándole un aire algo simiesco…, sería tan anodino como Cicatriz.

Pero sin la huella de la herida a la que debe su apodo el sicario.

O incluso más, tal vez.

Ninguno de los otros tres lo ha visto antes ni sabe por qué ha terminado encerrado con ellos en este sótano, esa noche. Aunque cada uno tiene su propia teoría al respecto.

La Gorda está segura de que es un destilador ilegal de licor de maíz que no pagó a tiempo su comisión a los Molinari, cuyas manos están en todos los negocios sucios del Medio Oeste.

El Estudiante ha dicho, entre susurros, que debe de tratarse de un soplón que la paranoia del don infiltró entre ellos, para saber lo que opinan de él.

Cicatriz no dice nada…, pero se nota que piensa que, si el Barbas está ahí…, por algo será. Y no es asunto suyo, en todo caso.

No llegan muy lejos ni duran muchos, los que hacen preguntas, en la Familia.

No, gente, el Shaga del que les hablo, ese gran adalid hoy tan injustamente olvidado, nació mucho antes de las Cruzadas, y hasta que el Imperio Romano. Antes, incluso de que en Egipto los faraones erigieran las pirámides, y de que en Sumeria descubrieran el cultivo de los cereales o domesticaran al buey y al caballo.

Vivió en lo que hoy llamamos Prehistoria. Antes de la palabra escrita.

Antes, también, por tanto, de que hubiera ruedas; cuando los hombres todavía temían al relámpago y al fuego, al terremoto y la inundación, y por eso los convirtieron en deidades. Llamándolos Ulmo, Godan, Ymo y Altor. Y les ofrecían cruentos sacrificios, ansiosos por conquistar su buena voluntad.

Aunque la diosa más temida de todas era, por supuesto, Gurma: la Muerte.

La imposible de engañar. La que siempre acaba reclamando lo suyo… por más ofrendas o sobornos que reciba.

La historia de Shaga el Preclaro se remonta, insisto, a los auténticos albores de la humanidad. Cuando las tribus de velludos trogloditas aún se apretujaban en húmedas y oscuras cavernas que habían arrebatado a hienas, osos o leones, temblando de frío y de miedo, por la constante amenaza de otras bestias predadoras igual de formidables que acechaban fuera, ansiosas de devorar sus suaves cuerpos.

Cuando sólo comían lo que los cazadores abatían y las mujeres recolectaban… o a los mismos hombres y mujeres, si no había suerte y el hambre apretaba. Porque la agricultura y la ganadería todavía les eran desconocidas, como lo seguirían siendo por largos milenios, mientras que el canibalismo ya era compañero cotidiano…

Cuando Godan, el cálido fuego, era todavía una enigmática novedad, que daba agradable sabor a la carne jugosa de las presas, la misma que antes comían cruda y endurecía las puntas de sus jabalinas y clavas…, pero también podía consumirlo todo si se le alimentaba demasiado o escapaba de su jaula de rocas.

Cuando aún no sabían de los metales, y hasta las puntas de lanza y los filos cortantes de piedra pulimentada constituían un lujo que sólo los jefes y sus guerreros elegidos podían permitirse. Cuando los tatatatatarabuelos de los perros de hoy todavía eran lobos ariscos, que apenas si se acercaban tímidamente a las hogueras de las hordas, reclamando los huesos a medio roer a cambio de alertar con sus alaridos si algún depredador más formidable que ellos mismos se aproximaba demasiado...

—Mierda…, habla que da gusto… este jodido palurdo— silba la Gorda, admirada casi a su pesar, mientras mastica la porción de pavo dejada por su compañero de encierro, y que él al fin le ha concedido, con un gesto casi señorial— ¿No crees, Estudiante? Parece que… una estuviera ahí, viendo a esos… primitivos… Vaya vida de mierda…, con tantas fieras… y hambre…, sin electricidad… ni autos, ¿eh?

—Ni pavo relleno navideño de doña Calogera… Suena asombrosamente vívido el relato, sí —reconoce el contador, reticente, acomodándose las gafas—. Sabe lo que dice, y ese vocabulario… es bastante inesperado: Sumeria…, albores…, piedra pulimentada. También con visos de fantasía, en esos dioses primigenios: Gumar, la muerte; Godan, el fuego… Por lo visto, Barbas pretende que creamos que el tal Shaga fue algo así como un protocampeón del Paleolítico Superior, anterior a Gigamesh de Uruk, inclusive…, un completo absurdo antropológico; no hay registros escritos de esos tiempos…

—Pero al próximo que encuentre tiempo para interrumpir al campesino le disparo a la pierna. Que don Enzo sólo me pidió que los mantuviera con vida. No… sanos —advierte Cicatriz, desenfundando su enorme pistolón. Al cabo de un par de segundos de completo silencio, añade, complacido—: Así me gusta. Calladitos, que se ven más bonitos… y es Navidad. Sigue, Barbas… ya quiero saber lo que le pasó al tal Shaga. Y si me complace tanto el resto de tu historia como lo que he oído hasta ahora, te juro que haré lo posible para que no caigas bajo los puños de ningún Locutor demasiado energúmeno. Como la Gorda… Y sí, Estudiante, no me mires con esa cara de sorpresa. Sé lo que es un energúmeno… y también lo que son los albores y los tigres dientes de sable esos. No eres el único con cultura aquí. Aunque no lo creas…, yo leo mucho. Novelas del Oeste, sobre todo…, pero también la Amazing y la Weird Tales… y siempre se le pega algo a uno.

—Traducido al buen cristiano, paleto: que si tu cuento le gusta, Cicatriz hará que mis colegas te maten sin mucho dolor— observa la Gorda, sarcástica y escéptica, chupándose los dedos—. Y yo, en tu lugar…, me aferraría mucho a esa promesa… Puede que sea tu mejor opción… —El clic del percutor de la .45 del centinela, al ser montado, la interrumpe. Pero la mujerona aún considera indispensable agregar, para hacer honor a su prestigio de tipa dura—: No lo interrumpí, ¿eh, Cicatriz?, si no ha comenzado a hablar todav…

El disparo, en el sótano cerrado, suena casi ensordecedor. Al Estudiante se le escapa un chillido poco menos que femenino, y se encoge como un perro esperando el golpe.

En cambio, la mujerona permanece callada…, bien que mirando, boquiabierta, el oscuro agujero en el suelo de tablas de pino, a sólo un par de centímetros de su bota derecha… y del que todavía se alza un fino polvillo de madera pulverizada.

En cuanto al Barbas…, ni siquiera ha pestañeado. El velludo pelirrojo sólo sonríe, como confundido.  Y murmura una palabra de dos sílabas.

Que bien podría ser «Quemar»… o algo muy cercano.

—Fue a propósito— hace notar Cicatriz, guardando el arma, tras soplar su cañón, superflua y ostentosamente, como los cowboys del cine—. Nunca fallo cuando disparo con mi Jenny. Es la última advertencia. O se callan… o los callo yo. Habla, Barbas…, me encanta esa historia del cavernícola Shaga, sí…, no hay muchos relatos de hombres primitivos en las revistas. Ni al mismo Howard le gusta escribir de tiempos tan remotos…, pero tengo una curiosidad: si tu héroe ¡pelirrojo como tú, vaya! ¡qué coincidencia, no? no era ni muy alto ni muy fuerte ni muy rápido, entonces, ¿qué tenía, de tan especial? ¿Cómo era, exactamente, eso de ser… preclaro? ¿Cauteloso e innovador?

Buena pregunta, Cicatriz. El secreto de Shaga es que, simplemente… veía un paso, o varios, más allá que los demás. Y, repito, que tenía su propia manera de hacer las cosas, también…

Cuando los otros cazadores de la tribu de los Cabellos de Sangre iban tras un oso de las cavernas, ansiosos por saborear su carne y su grasa, y de aprovechar su gruesa piel, se limitaban a seguir su pista durante días y luego arriesgaban la muerte, enfrentando las garras y dientes del gran bruto.

Mientras que nuestro héroe prefería apostarse en los rápidos y vados del Río de las Tres Cataratas, donde todos sabían que las terribles bestias peludas pescaban salmones… y así podía echar mano a alguno de sus graciosos cachorros, cuando más distraídos estaban.

Sabedor de que las madres, furiosas hasta la locura, lo perseguirían, guiándose por los desesperados gruñidos de sus crías…, sólo para caer en alguno de los profundos fosos, con lanzas clavadas en su fondo, que él había cavado, previsoramente, días antes.

Y entonces, ya sólo era cuestión de rematarlas…

Muchos cazadores, por supuesto, refunfuñaban que ese no era modo leal de luchar y que Shaga faltaba el respeto a Jovre, el Hermano Oso…, pero en ningún hogar había más carne que en el suyo. Mientras que su mujer, la hermosa Bilda, y sus dos hijos…, cuyos nombres no tienen relevancia en esta historia, estaban fuertes y gordos como pocos.

Además, después de todo, en la tribu de los Cabellos de Sangre, Jovre tampoco era el dios principal, como sí ocurría entre los Ojos Torcidos, por ejemplo.

Cierta vez, otra tribu vecina, los Cabezas Planas, desafió a los Cabellos de Sangre por los derechos de pesca de anguilas en un rico meandro del Río de las Tres Cataratas.

El combate parecía inevitable.

Pero mientras ambas filas de guerreros, enfrentadas, ya se gruñían y amenazaban con sus lanzas y clavas, sin decidirse ninguno a atacar aún, se adelantó Komal Matatigres de entre las filas de los enemigos, y desafió a cualquier Cabellos de Sangre a enfrentarlo para así decidir la querella entre ambos, sin más muertes ni heridas.

Komal, por supuesto, estaba seguro de que nadie aceptaría su reto… y de que, incluso si así fuese, siempre vencería. Pues no sólo era el hombre más formidable de los Cabezas Planas, sino de todo el Valle de las Cascadas, sin discusión.

Ni entre los Ojos Torcidos o los Piernas Chuecas había ningún guerrero que pudiera comparársele. Alto como una montaña al final de una llanura, la triple huella del zarpazo de uno de los tantos grandes gatos rayados que había abatido, y que cruzaba su rostro, volvía su expresión incluso más feroz, si tal cosa cabe.

 Y ¡ah, sus músculos! Era fornido como un roble: dos guerreros comunes no habrían podido levantar siquiera su temible maza erizada de nudos, que él a veces blandía con una sola mano…

—Buenos nombres, esos de las tribus del tal valle: Cabezas Planas, Cabellos de Sangre, Ojos Torcidos, Piernas Chuecas… Se ve que entonces muchas acababan siendo conocidas por el modo en que las llamaban sus enemigos, que jamás sería muy halagüeño. Pura antropología. Y ese Komal; parece todo un Goliath…, aunque lo de las cicatrices es para halagarte a ti, obviamente —comenta el Estudiante, cínico, dirigiéndose al guardián de los tres—. Lo que, si nuestro Shaga acaba a ese gigantón Matatigres con una piedra de su honda, les juro que yo ya no…

—Komal tendrá más suerte que tú, si te disparo al vientre —dice, muy tranquilo, el sicario del traje marrón con rayas blancas—. Porque tardará mucho más que Gumar la Muerte te acoja, Ombligo Sangrante…, si no te callas. Y ya mismo.

No…, no se conocían las hondas ni los arcos y las flechas, todavía, entre los Cabezas Planas ni los Cabellos de Sangre. Nadie había oído hablar, tampoco, de Abraham o Saúl, de David o Salomón, en aquellos remotos tiempos. Ni mucho menos de Jehová, señor de los ejércitos.

Ah, no; en esos días, como les dije, aunque ya los hombres conocían el fuego, con todas sus magníficas ventajas y peligros, aún ignoraban cómo encenderlo, y por eso lo adoraban, como Godan…

Pero, Estudiante…, en realidad, no andas tan desencaminado. Podría decirse que la historia de Shaga y Kolma inspiró a la de David y Goliath, en cierto modo.

Porque nuestro héroe, cuya frente apenas llegaba a la altura del esternón del enorme Matatigres, también se adelantó, sin miedo, pese a las carcajadas despectivas de su imponente rival y sus colegas. Y no blandía una pesada clava ni tampoco lanza de gruesa asta y filosa punta de piedra…, sino cuatro ligeros dardos de hueso.

Los primeros que jamás fabricara hombre alguno, tal vez.

Pero con ellos venció fácilmente a su gigantesco adversario… sin acercársele nunca a menos de diez pasos.

El primer proyectil se lo clavó a Komal en el muslo izquierdo, obligándolo a arrodillarse, con la pierna herida incapaz ya de sostener su peso. No era un golpe mortal, claro… ni tampoco lo fue el segundo, que le hundió en el hombro derecho. El Matatigres seguía blandiendo su aterradora maza con la mano restante, perdiendo sangre con cada bravata y rugido de furia…, así que Shaga, prudente, aún esperó un poco a que la hemorragia lo debilitara… y entonces, acercándose algo más, para no fallar, le perforó la garganta con el tercero.

Aunque todavía fue preciso que el cuarto dardo atravesara el ojo del campeón de los Cabezas Planas para que el gigante dejara de moverse y suplicar por la piedad que él mismo nunca concedió a ninguno de los muchos adversarios que antes derrotara.

Y los de su horda, honrando el anuncio de su abatido adalid, se retiraron en silencio y cabizbajos, arrastrando el impresionante cadáver…, mientras que los demás Narices Planas se llevaban a hombros de vuelta a la caverna de la horda al victorioso Shaga, riendo y aclamándolo, felices.

Ese fue el día que ganó su nombre: el Preclaro.

Pero Torva el Pesado y Yamul el Fuerte, los dos mejores guerreros de su tribu, no reían ni aclamaban tanto como los demás, cuando lo llamaban así…

—La puta envidia, siempre —gruñe Cicatriz, sin poder contenerse—. Por eso es que don Enzo nunca descansa; desde que los Molinari se volvieron la primera Familia de Chicago, desbancando a los Puzzo y los Filipelli, que todos consideraban más fuertes, el hijo de doña Calogera tuvo muy claro que sus enemigos acechaban su menor debilidad…, y perdona la interrupción, Barbas; culpa mía, ahora, pero no lo haré más.

No me molesta, Cicatriz. Tampoco a Shaga lo tomaron por sorpresa las miradas furiosas de Torva y Yamul ni sus cómplices cuchicheos posteriores.

Podría decirse, incluso, que los había previsto…

Así, cuando una noche, poco más de una semana más tarde, el Pesado y el Fuerte se deslizaron en silencio hasta su rincón de la gran caverna tribal, con los puntiagudos puñales de cuerno de ciervo aferrados entre sus manazas sudorosas…, no encontraron el cuerpo dormido e inerme del Preclaro ni las frágiles anatomías de Bilda y sus hijos.

Sino una cuerda tensa que, apenas la tocaron, liberó un pesado leño erizado de púas, que los barrió a ambos… sin matarlos, pero quebrándoles y desgarrándoles las piernas, de tal manera que nunca más volvieron a dar un solo paso sin cojear de modo patético.

Fue la primera trampa de péndulo de la historia.

—Mierda…, se las traía… y se las llevaba el tal Shaga. —Ahora es la Gorda quien no puede contenerse. Aunque al menos se limita a susurrarlo.

De todos modos, Cicatriz la mira, reprobador.

Oh, sí, nuestro héroe era prudente…, pero nadie puede preverlo todo. Y, así, no tuvo en cuenta que el líder de la tribu de los Cabellos de Sangre, Glama el Justo, también alentaba reparos contra su repentina popularidad, que ya amenazaba con eclipsar la suya propia… y quizás hasta su misma jefatura.

Porque la previsión resulta efectiva contra la furia ciega y la arrogancia…, pero no tanto contra las arteras maquinaciones, que también suelen concebir un resultado concreto de su red de intrigas.

Con pleno apoyo de su brujo, el astuto y rencoroso Vrokan, el mismo que un día codiciara a la hermosa Bilda, aunque ella acabó eligiendo como pareja al Preclaro, cuando aún no lo era…, el envidioso jefe de la horda acusó a Shaga de privarles de dos de sus mejores hombres con su «exceso de celo» y «mañas desleales»… y lo desterró, declarándolo proscrito.

Ahora, todo el que lo encontrara cerca del Río de las Tres Cataratas podría matarlo, sin temor a ninguna clase de castigo.

Fue también por consejo del artero Vrokan que Glama retuvo en la caverna a la hermosa Bilda, junto con los niños que ella había tenido con Shaga… para evitar, según anunciaron, que el expulsado pensase siquiera en tomar represalias.

Se apropiaron, además, jefe y hechicero, de aquellos tres grandes aportes a la naciente técnica cinegética humana: la trampa hoyo y la de péndulo, y el ligero dardo arrojadizo de hueso.

¿Hay que sorprenderse, entonces, de que apenas un par de lunas más tarde, en una cacería de caballos, Glama el Justo muriera horriblemente, arrollado bajo los veloces cascos? De una manada que, cuando ya se dirigía al alto acantilado desde el que se despeñaría, para surtir de carne y piel a la tribu durante meses…, de pronto cambió de dirección. Por culpa, según se supo después, de varios misteriosos proyectiles, que se clavaron en las grupas de los cuatro sementales guías, asustándolos.

Eran de una hechura que nadie había visto antes: como dardos muy ligeros, con un extremo emplumado… y los testigos del suceso aseguraron que habían llegado volando desde un bosquecillo, situado a una distancia imposible…

¡Fueron las primeras flechas!

Y el gran error de Shaga…, no matar también a Vrokan.

—Habla, Estudiante, o vas a reventar —concede, irónico, Cicatriz, arrebatándole diestramente de entre los dedos el humeante Pall Mall que el excontador de los Molinari acababa de encender—. ¿Qué te parece?

—No sólo fue un campeón, sino todo un héroe cultural. Un protoinventor: trampa hoyo, de péndulo, dardos, arco y flecha…; sólo le faltó crear la rueda y los metales. Más que un David, el tal Shaga tuvo que ser todo un Dédalo —escupe el aludido, limpiando maquinalmente sus gafas de gruesos cristales, a falta de cigarrillo—. ¿Saben quién fue ese, no, gente?, el que construyó el Laberinto de Creta, del que escapó volando, junto con su sobrino Ícaro, gracias a unas alas artificiales que fabricó con plumas y cera… y luego el joven murió, en la caída, cuando se le derritieron, por acercarse demasiado al Sol…, pero eso no interesa tanto ahora. Lo que cuenta es que, para los griegos, Dédalo fue el inventor del hacha segur, el nivel, el serrucho, los primeros autómatas y un montón de herramientas útiles más…

—Una vez conocí a un griego —dice, nostálgico, Cicatriz—. Arístides algo… Cocinaba bien, pero quiso engañar a la Familia… Ahora está en alguna parte del lago... con zapatos de cemento.

—Eso no tiene nada que ver —insiste el Estudiante–, pero Dédalo mató a su sobrino por celos artísticos, y por eso tuvo que huir de Atenas…

—Mejor cállate, cuatro ojos —lo amenaza la Gorda, alzando el puño—. Podemos vivir perfectamente sin saber todo eso. No sé cómo no te revienta la cabeza con tanto conocimiento. Sigue, Barbas…, y acaba de entrar en la parte sabrosa, donde Shaga se vuelve asesino, ¿no?

—Eso, a callar. Y tú, Barbas, a la sangre —coincide Cicatriz, apremiando al velludo narrador pelirrojo.

Oh, sí, ¿cómo lo adivinaron?…; sangre hubo.

Y mucha.

Incluso sin prueba alguna de que el Proscrito estuviese implicado de algún modo en la muerte del jefe de los Cabellos de Sangre… y sin que él tampoco intentara regresar por la caverna de la tribu, Tabul el Joven, el hijo del difunto Glama, decidió, como represalia por la muerte de su padre…, degollar a Bilda y a los hijos que la bella había tenido con el Preclaro.

Algunos dicen que la idea también vino de Vrokan, y que el viejo y manipulador hechicero antes había intentado, nuevamente en vano, que la esposa de Shaga le concediera sus favores…

Pero no consta.

Lo que sí resulta innegable es que Tabul decretó que la carne de madre e hijos por igual fuese el último aporte al bien común de la horda…, así como que luego ordenó clavar en sendas lanzas sus tres cabezas, para que el escurridizo proscrito supiera lo que le esperaba si alguna vez osaba acercarse de nuevo por el Valle.

Aunque no parece haber funcionado. Pues cuentan que, poco después, una noche de tormenta y sin mucha lluvia, cuando tras el relámpago de Ulmo nació en el bosque el fuego salvaje de Godan, se le vio llorando su terrible pérdida, recortado contra las llamas del incendio incontenible, que consumía ambas riberas del Río de las Tres Cataratas.

Y que, en su dolor, danzaba y saltaba, como un loco, dando grandes voces a Altor, Godan, Ymo y Ulmo, la temible tétrada de la destrucción.

Aunque nadie pudo entender qué les pedía, porque todos ya huían de las llamas letales, la furia desatada de Godan.

O puede que sólo rogase a Gurma, para que lo acogiera en su seno frío.

¿Quién sabe?

Dicen que varios relámpagos hirieron al Proscrito, azotándolo desde el cielo, y que su cuerpo así lacerado ardió como hecho de paja seca… hasta que tembló la tierra misma, y una ola helada del Río de las Tres Cataratas, desmadrado de su cauce por el sismo, lo apagó y arrastró sus restos…

Desde ese día, ningún humano volvió a ver a Shaga, el que una vez fuera el Preclaro. Ni a los Cabellos de Sangre ni a ninguna otra tribu del Valle de las Cascadas.

Sin embargo, pronto los mejores guerreros de Tabul el Joven empezaron a morir, uno tras otro, en astutas y crueles emboscadas…

Mientras que algunos cuchicheaban que detrás de sus muertes estaba Shaga…, al que dejaron de llamar el Proscrito, como mismo habían dejado de referirse a él como el Preclaro.

Porque, ahora… ya se había convertido en la Mano Derecha de Gurma.

Y, por más que le prepararon trampas ingeniosas, nunca caía en ellas, sino que las burlaba todas.

Hasta que, un día, los Cabellos de Sangre capturaron a un cazador al que nadie nunca había visto. Era alto, moreno y barbudo; o sea, en nada parecido al Preclaro…, pero Vrokan el Brujo lo miró a los ojos y farfulló que podía ser él mismo, transformado por las artes oscuras del odio… Así su miedo y el de Tabul ganaron… y el forastero fue quemado, creyendo que así terminarían con lo que ya muchos llamaban «la maldición de Shaga»…

Pero, a la mañana siguiente, mientras las cenizas grises de la pira sacrificial aún humeaban, amanecieron degollados dos de los primos del joven jefe de los Cabellos de Sangre… y cuando el aterrado brujo ordenó desenterrar los huesos calcinados del extranjero muerto…, nadie fue capaz de encontrarlos.

Alguien murmuró «renacimiento», y Vrokan sugirió, entonces, que el Proscrito había hecho un pacto con Gumar, la Gran Segadora…, para luego desaparecer de la tribu…, cuentan que aterrado de ser la próxima víctima.

Muy a tiempo… porque a la semana siguiente también Tabul el Joven apareció muerto en su lecho de ricas pieles, con cuatro ligeros dardos de hueso atravesando su negro corazón…

Dicen que el cobarde Vrokan aún vaga por el mundo, siempre huyendo de Shaga…, que lo persigue, sin tregua. Hasta que, un día…

El segundo disparo es tan atronador como el primero.

Pero, ahora, del agujero abierto por la bala calibre .45 de Jenny no brota polvo de madera.

E, interrumpido en mitad de su relato, con expresión desconcertada, el Barbas se desploma, con la frente perforada y medio cerebro destruido.

El color de la sangre que mancha el suelo casi se confunde con el de sus cabellos.

—Pero ¿te volviste loco, Cicatriz? —ruge la Gorda, más atónita que temerosa—. Cuando don Enzo sepa que…

El tercer balazo, con perfecta puntería, también atraviesa su frente. Y la mujerona se desmadeja, como una marioneta a la que súbitamente le cortaran los hilos.

Porque ni los Locutores son inmortales…

El Estudiante se acurruca en un rincón, se quita las gafas y empieza a chillar. Es un ululato agudo, de pura impotencia, que amenaza con llenar todo el sótano, del mismo modo que la mancha de líquido tibio que aparece en sus pantalones y se le desliza piernas abajo va extendiéndose desde sus empapados zapatos.

Entonces, Cicatriz hace el cuarto, el quinto, el sexto disparo… hasta llegar al octavo y último proyectil del cargador de su semiautomática, cuya corredera se adelanta, con seco chasquido.

Y todas las balas van a golpear el cadáver del Barbas.

—Lo siento, de veras, Estudiante. No tengo nada contra ti… ni tampoco contra ella. Aunque ningún Locutor me cae demasiado bien —admite el sicario, frío, apuntándole al contador con la pistola aún humeante, seguro de que el miedo no le permitirá darse cuenta de que ya no le quedan municiones—. Personalmente, creo que don Enzo se equivocó contigo, y que tus números siempre han sido claros. Pero no puedo dejar testigos. ¿Entiendes?

—En… tiendo —susurra el contable de la mafia, con voz trémula y aniñada. Sostiene, entre sus manos temblorosas, las gafas de montura metálica y gruesos cristales… como si creyera que, al no ver el peligro, estará a salvo de él, de algún modo—. Entonces, tú… ¿eres Shaga? ¿La Mano Derecha de Gurma? Y ¿toda la historia… era real?

—Me temo que no has entendido nada —Cicatriz sonríe, y por un instante hay siglos en su gesto—. Yo no soy aquí el héroe…, sino el malo; el Brujo, su supuesta presa…, que hoy quizás le gane definitivamente la pelea al Proscrito… porque de nuevo el muy idiota cometió el error de hablar demasiado. —Sin dejar de apuntarle al intelectual, el hombre con traje y sombrero mira en derredor, pensativo—. Quizás lo mejor sea quemarlo todo, para variar. Van ya cinco veces que mato al maldito Preclaro, en todo este tiempo. ¿Sabes, Estudiante? Por suerte, siempre lo he reconocido de lejos, porque el maldito imbécil nunca pensó siquiera en cambiar su aspecto… Tal vez fuese alguna estúpida promesa hecha a su Bilda, una condición sine qua non de su pacto con Gurma, o qué sé yo. Pero cada vez dispuse de su cadáver de un modo que me parecía definitivo. Entre los persas de Darío, lo cubrí de cal viva; en el Cartago de Amílcar Barca, lo hundí en el Mediterráneo dentro de un ataúd de plomo; en la rebelión de los Cipayos, lo quemé y luego dispersé las cenizas en un cañonazo…, pero todas en vano: el terco hijo de puta, de alguna manera, siempre se las arregló para volver… Realmente la Muerte lo debe haber elegido, de algún modo…

—En muy breve lo sabrás, Vrokan —lo interrumpe el Estudiante. Sólo que ahora su voz no tiembla… y su espalda está erguida. Mucho más que antes—. Te has vuelto muy astuto, con el tiempo, lo reconozco. Sobre todo, desde que descubriste que siempre regreso. Aprendiste las ventajas de tener un perfil bajo… Aquí en América, te seguí desde el incidente de Roanoke, pero perdí tu pista en la Guerra Civil. Hasta que algo me dijo que podrías estar en la Ciudad de los Vientos; siempre te ha gustado vivir a la sombra de los poderosos porque tienes alma de parásito y secuaz, no de jefe. Necesité algunos años para estar seguro de que eras tú, sirviendo a los Molinari… y otros para encontrar y contratar a este campesino y hacer que se aprendiera la historia de Shaga. La Gorda era toda una hija de perra, como lo son todos los Locutores…, pero fue toda lástima la muerte del Barbas…, era bueno contando, el paleto, y su whisky de maíz, una auténtica delicia. Confié en poder salvarlo, casi hasta el final. Pero no se hace una tortilla sin romper algunos huevos, ya sabes… y siempre has sido un tanto paranoico. Igual valió la pena… y ¡total! si perdí muchos más amigos cuando Roma cayó ante los godos…

—Espera, espera. ¿Roma? ¿Los godos? ¿Qué mierda estás diciendo, idiota? Tú nunca estuviste en… —masculla Cicatriz gesticulando amenazadoramente con la pistola descargada…, aunque ya su otra mano palpa, nerviosa, la sobaquera en busca de otro cargador— Y Shaga… era el Barbas, ¡tenía que ser él! Si hasta parecía uno de los nuestros, con ese pelo…

En su nerviosismo, el sicario ni siquiera se ha dado cuenta de que ya no está hablando inglés… sino otra lengua, mucho más arcaica, que suena como hecha a medias de puros gruñidos.

Ni tampoco de que su cuerpo, antes alto y enjuto, poco a poco se está como condensando, y sus ralos cabellos grises espesándose y llenándose de reflejos rojizos.

—Todos aprendemos… tarde o temprano —observa el Estudiante… en la misma lengua y experimentando una metamorfosis parecida—. Tú siempre cambiabas…, así que yo también acabé descubriendo cómo hacerlo. Aunque reconozco que me llevó milenios… Gurma siempre fue generosa conmigo, cuando de tiempo se trataba…

Al fin, los temblorosos dedos de Cicatriz-Vrokan aferran el nuevo cargador lleno de balas calibre .45. Pero, antes de que pueda introducirlo en la culata de Jenny, ya el Estudiante-Shaga se ha movido…

—Por Bilda —susurra.

…y, despojada de su cobertura de goma, una de las patas de acero de sus gafas se hunde en el ojo del Brujo.

Profundamente.

Tan profundamente, de hecho, que los gruesos vidrios se salpican, no sólo de sangre, sino también de los humores vítreo y acuoso del globo ocular reventado.

El largamente prófugo hechicero de los Cabellos de Sangre cae al suelo, convulsionando descontroladamente: la larga y fina púa metálica ha alcanzado su cerebro.

—Shaga… hijo… de perra —alcanza a balbucear, incluso así—. Te veré… de nuevo…., te lo juro… Gurma… tampoco me negará… la venganza…

—No… es muy probable —concuerda con él el Preclaro, con una infinita tristeza en cada palabra, mientras recupera la improvisada pero letal arma—. Odias lo suficiente… aunque te falte valor. Pero igual te enviará de vuelta, como siempre me ha enviado a mí… No obstante, ¿te cuento un secreto?…: yo ya no estaré aquí esperándote. Tu condena es el precio de mi libertad. ¿O será al revés? Este va a ser tu primer viaje, Brujo… pero el último mío. Feliz Navidad, Vrokan… y hasta siempre. De todo corazón, te deseo todo el aburrimiento de la eternidad… muriendo y renaciendo una y otra vez…, pero sin nada por lo que vivir. Hasta que reúnas valor para hacer lo mismo que yo, ahora… Espérame, Bilda…

Con las últimas palabras, Shaga el Preclaro se clava él mismo la ensangrentada púa a través del ojo derecho, y se desploma, sonriendo, junto al cadáver ya inmóvil de su histórico enemigo.

Entonces, afuera, comienza a nevar: una vez más, Cristo ha nacido.

Nadie escapa de la Parca.

Pero, en ocasiones, la Gran Segadora se permite elegir a algunos mortales, que se han destacado entre todos sus semejantes. Que sobresalen del montón, ya sea por la fuerza de su odio, por su férrea voluntad o por algo similar…

Y los envía de vuelta al mundo.

Una y otra vez…

Para ellos, tal don puede ser una inesperada recompensa. Una anhelada segunda ¿o tercera o infinita? oportunidad.

O una broma cruel. Y el peor de los castigos…

 

3 de enero de 2024.

 

Yoss, seudónimo de José Miguel Sánchez Gómez (La Habana, 1969). Narrador, ensayista, divulgador científico yantologador. Es licenciado en Biología por la Universidad de La Habana. Ha impartido cursos de narrativa en Chile, Inglaterra, Andorra, España, Italia y Cuba. Es considerado actualmente una de las voces más renovadoras e importantes de la ciencia ficción en lengua hispana. Entre sus premios literarios se encuentran Juventud Técnica (Cuba, 1987), Universidad Carlos III (España, 2003) y Julia Verlanger (Suiza, 2012). Textos suyos aparecen en diversas revistas y antologías y han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, neerlandés, japonés, ruso, búlgaro, polaco, chino, gallego y bengalí. Cuenta con más de 50 títulos publicados.