ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

Lecciones de gramática para escribir una nota suicida[*]
(fragmento)

Ilallalí Hernández

 

 

10

 

Mijael y yo vimos todas las películas de la Muestra Internacional de Cine. Conocí lugares para caminar por las mañanas. Fuimos varias noches a la librería del parque, hojeamos libros sentados en los cojines de la sala infantil y compramos varias novelas. Aprendí a jugar dominó, a disfrutar la cerveza artesanal muy espesa y a preparar pasta con camarones. Sin embargo, todas las actividades se vieron opacadas. Hoy por la mañana algo cambió. «Pronto regresa André». Cuando Mijael pronunció esa frase, colocó una gran distancia entre nosotros. No recordaba a ninguna persona que no fuéramos los dos. Tras pensarlo mucho, recordé que era su amigo a quien se le murió la mamá.

—No se le murió. No se te mueren las personas, ella se suicidó. De todas las mujeres del mundo, no lo esperaba de ella —me dijo con un tono áspero.

Su respuesta me extrañó, parecía venir de otra persona, sin embargo, seguí escuchando con atención cuando me contó que, tras el suicidio de su madre, André se marchó a Sudamérica a pasar una temporada con su padre. Mijael habló de la muerta con tal… ¿cómo decirlo?, ¿pasión?, ¿dolor? Parecía estar confesando un secreto guardado. La efervescencia en sus palabras me hizo sentir celos y después culpa.

Hoy pasamos la tarde en un departamento al sur de la ciudad, ventilando las habitaciones para el regreso de André. Cuando corrí las cortinas todo parecía congelado, ese lugar estaba suspendido en el tiempo a la espera de nosotros. No podía mover nada de lugar, ni siquiera el polvo. Entré a la habitación de la madre y ahí encontré una agenda con letra ordenada, me dio curiosidad. Sin mucho pensarlo la guardé en mi bolso, al lado dejé una libreta repleta de dibujos horribles de muñecos sin ojos.

Mijael dijo que la mujer había sido psicoanalista. Habló de su inteligencia y de su sensualidad. Se suicidó tras la quimio.

—Dejó de levantarse, incluso de leer. Es tan absurdo, ella ni siquiera fumaba, bueno, lo hizo de joven. Sólo le gustaba el vino tinto, el de su tierra, no el español. Practicaba yoga, madrugaba, era atlética. Fue un cáncer inexplicable.

Me contuve de contarle la teoría de Berta sobre el cáncer, los sentimientos y los secretos. Mijael siguió recordándola. Al final, habló de la nota suicida que dejó. Previo a la versión definitiva, redactó cuatro borradores idénticos, donde plasmó su propósito con tal incoherencia que aparentaba haber olvidado el uso del lenguaje. Imagino que en circunstancias semejantes la muerte habla entre líneas.

 

11

 

Cuando la nana se encuentra con Mijael en la casa, me habla a mí, aunque él le pregunte por los vasos o mencione lo deliciosa que estuvo la comida. «Zalamero», masculla la nana Catalina.

—Nana, ¿por qué no quieres a Mijael?

—Él mira como los caciques, no tiene alma, es un judas —me dijo muy seria.

Ella cree que los judas maldicen a quien tocan. Incluso le llamó a Susy para que me convenciera de dejarlo. Para mi nana casi todos los hombres son malos, excepto su padre (que en paz descanse, como dice ella antes de persignarse), mi padre (que en paz descanse) y mi abuelo (que en paz descanse). Los hombres buenos para ella ya están muertos. Yo la abracé, le aseguré que todo iba a estar bien, y su cuerpo pequeñito y gordo intentó zafarse. Me quedé un buen rato en ese abrazo y esa resistencia; percibí el aroma acitronado que despedía su mandil de cuadritos.

La casa de la nana está a un par de horas de aquí, alguna vez nos invitó al bautizo de una sobrina suya. Allá era como estar en un pueblo lejano, aunque hay una estación del metro a unas cuadras. Vi carretas tiradas por caballos, niños vestidos únicamente con calzones corriendo detrás de una pelota desinflada y borrachos tomando el sol. Su casa es la más lujosa de la zona porque cada habitación tiene una puerta. Muchos de sus muebles estuvieron alguna vez en mi casa: sillas, mesas y sillones que mi madre renovó y no quiso meter en la bodega encontraron otra vida ahí.

Mi tío, quien para la nana tampoco es bueno, me visitó para que le firmara algunos papeles. Él cree que debo invertir dinero en el banco. Le dije que sí, que lo iba a pensar, que primero necesitaba investigar lo que él me estaba pidiendo y que, además, eso lo hablaría con don Pascual. Torció la boca y la cicatriz de su mejilla se hizo más evidente. Refunfuñó. Me recomendó, nuevamente, que me fuera de viaje.

No quiero salir de aquí.

Mi plan más próximo es colocar en cajas la ropa de mis padres. Es curioso ver el clóset de un muerto, la manera en que dejaron las pantuflas al lado de la cama: planeaban regresar a ponerse la pijama. Nadie tiene la intención de morir cuando cierra tras de sí la puerta de su casa, dejamos algo de continuidad en nuestros actos. Mis padres no previeron ese accidente. Aquí los aguardamos su ropa, la mesa de noche, el vaso de agua a la mitad y yo. Al principio me quedaba dormida en su cama a la espera, encendía su televisor. Su muerte me regresó a esa edad donde me bastaba pensar algo bonito para dormir.

 

12

 

Vino Susy. Me enseñó sus redes sociales. Insiste en que vuelva a usarlas y busque gente que no piense ni actúe como Mijael. Si pudiera hacer una lista de las personas que realmente me interesan en las redes, no llegaría a diez. Mis parientes lejanos son eso, seres distantes que ni siquiera se presentaron al velorio de mis padres. Mandaron coronas con frases de amor y le llamaron a mi tío para ver cómo estaba la huerfanita.

Si sólo uno de mis padres hubiera muerto, los parientes se habrían presentado a dar el pésame y a pedir trabajo, como manada de hienas que se acerca a devorar el cadáver de un ñu. Yo no soy quien decide presupuestos ni contrataciones, ahora todo cae en manos del hermano menor de mi padre. Mi tío Antonio está en un momento de éxito profesional, es el nuevo director general (quien recibe las adulaciones de las hienas y confunde sus carcajadas animales con aprobación y cariño). No me trago su bondad ni sus deseos de enviarme de viaje. Come en la casa una vez a la semana y parece alegrarse de mi ataraxia. Él hace muchos intentos por disimular lo mal que le cae mi novio, y Mijael, por su parte, le habla con su tono ampuloso, enfatiza sílabas.

—Entonces, dime, Mijael, ¿todavía vives con tus padres? —mi tío le había hecho esa pregunta media docena de veces. Cuando sucede, comienzo a recoger los platos y a pedirles sus tenedores. Ellos me pasan los cubiertos y siguen mirándose fijamente.

—Como ya te he comentado, Antonio, en este momento fortis fortuna adiuvat y planeo independizarme pronto.

—Espero que tu independencia no sea aquí —masculla mi tío, precisamente cuando estoy junto a él haciendo la pila de platos.

—¿Cómo dices? —le pregunta Mijael sin perder la sonrisa.

—Espero que encuentres pronto tu independencia —se corrige.

Llevo a la cocina los platos y los lavo. Me he convertido en mi madre, ella acostumbraba hacerlo. Hasta ahora entiendo que esa labor era la mejor manera de salir de una discusión. Mientras escucho sus voces lejanas, intento recordar mi vida meses atrás. Ya olvidé las fiestas, la escuela, los amigos, los planes de viaje y mi deseo de comprar un coche compacto. Hago un esfuerzo y veo escenas entre la bruma, parece que lo que escribo de mí en el diario de duelo es lo único que sucede. No escribo de mis padres ni de la muerte ni tengo reflexiones profundas sobre la existencia. Vivo en coma, soy un paciente conectado a un respirador.

 

13

 

Mijael y yo volvimos al departamento del sur. Es nuestra nueva rutina. Pedimos cualquier cosa de comer y nos inmiscuimos en los asuntos de una muerta. Siento que estamos profanando su tumba, que Mijael me necesita de testigo. Hoy, por ejemplo, me puse a arreglar la alacena y encontré latas caducadas hace más de quince años.

El principal pretexto para llegar al departamento ajeno fue que Mijael comenzará a dar clases en la universidad, se quedó con algunas horas de la madre de André. Pasó casi un año acudiendo a la oficina para recordarles que él podría ser el sustituto. Parte de su rutina diaria, al menos esos meses, había sido ir a casa de sus padres (peinado relamido, ropa planchada) y a la universidad (sentado por horas afuera de una oficina, a veces leyendo un libro, a veces platicando con alguien, supongo). Horas haciendo esa presión silenciosa. Me sorprendió descubrir su tenacidad casi militar.

Debido a esas clases y al regreso de su amigo, pasamos mucho tiempo en el departamento mientras él prepara apuntes y elige libros que va acumulando en mi coche. De pronto, todas las personas nuevas de mi vida tienen alguna relación con la muerte.

Hoy Mijael intentó acceder a la computadora —un armatoste grande y pesado— de la psicoanalista muerta. Primero tuvo que esperar mucho tiempo para que encendiera, después tecleó, sin éxito, varias posibles contraseñas. Revolvió superficialmente los papeles que estaban sobre ese mueble de madera aglomerada e iba tecleando cada combinación numérica que se encontraba escrita, incluso los números telefónicos. Cuando el sol tenía tiempo de haberse ocultado, le insistí que comiera una rebanada de pizza fría.

—Podríamos contratar a un hacker.

Intenté ser de ayuda, me preocupó ver una vena roja que saltaba de su frente como si estuviera a punto de quemarlo todo.

—No digas idioteces, ¿sabes cuántos años tiene esta computadora?

—¡No me hables así!

Últimamente siento que otra persona se asoma de la cara de Mijael.

—Es que seguramente me van a recomendar que la tire y me compre otra —volvió a suavizar el tono.

—Pero —me interrumpí cuando lanzó una mirada gélida—, tienes razón.

Llegar al departamento del sur es entrar al castillo encantado de la Bella Durmiente, donde me encuentro incluso a la mosca que se posó en la mesa segundos antes de que cayera el hechizo. Nosotros nos vamos congelando un poco también.

 

14

 

Conduje a casa de Susy. Frené para dejar pasar a una enfermera que empujaba la silla de ruedas de una anciana muy arreglada. Primero se me nubló la visión, después comencé a sollozar, unos segundos más tarde el llanto era un berrido. Tuve que orillarme. Sorbiendo mocos y con hipo, le envié un mensaje a Susy con mi ubicación. Muchos coches pasaron a mi lado, me miraban con la misma curiosidad con la que verían la herida de un limosnero. El chofer dejó a mi amiga a unos pasos de mí; ella me sacó del auto y me abrazó a media calle, en realidad creo que intentaba meterme en el asiento trasero. Sin embargo, al sentir su abrazo, el llanto se avivó.

La enfermera y la anciana, quienes llevaban bastante tiempo contemplando a los patos del pequeño lago artificial del parque, se acercaron a nosotras.

Susy intentó zafarse de mi abrazo y meterme al coche, pero se rindió pronto. Cuando la anciana llegó conmigo, se puso a llorar también. La enfermera movió poco a poco la silla de ruedas hasta que nos dejó en la banqueta. Yo estaba arrodillada, con la cara oculta entre la frazada que cubría las rodillas de la mujer, sus manos artríticas me acariciaban el cabello.

No sé cuánto tiempo pasó. Finalmente, me invadió un letargo, me volví ligera, el sol me había calentado la espalda y esas manos que jugaban con mi pelo lograron arrullarme. Susy pudo mover fácilmente mi cuerpo ingrávido y la enfermera se apresuró a llevarse a la anciana.

Llegamos a casa de Susy y me quedé dormida varias horas. Cuando desperté, era muy tarde.

Baby, debes hacer algo —me dijo con un tono de voz que pretendía ser amable—, maybe trabajar en la fábrica o tomar clases de pilates, deberías volver al club, ¿por qué no nos vamos de viaje?

Después me sugirió que me tiñera el pelo, que me hiciera manicure, que me pusiera a dieta.

Susy nunca ha trabajado ni ha tenido una responsabilidad que implique despertarse temprano. Su vida está enmarcada en una constante comodidad. Es un perro faldero que descansa, come, caga y muerde si se le incomoda. Sus padres la trataron así. Cuando se casó con Ernesto todo siguió ese cauce, porque el papá de Susy invirtió en la constructora y le heredó al yerno los compromisos políticos que le dieron los primeros contratos millonarios. Ella nunca ha trabajado, pero me insiste que trabaje.

La fábrica de calcetines de mi padre es aburrida, además siempre ha estado bajo amenaza de bancarrota, la última fue con el arribo de los chinos. Hace años mi padre llegó a la casa con dos juegos de calcetines rojos, los dejó sobre la mesa como si se tratara de cuatro cuerpos exhumados frente a un perito curioso. Mi madre se centró en las preguntas más inmediatas.

—¿Vas a cerrar la fábrica?

Recuerdo que esa ocasión mamá vestía una camisa blanca, usaba un pantalón de mezclilla y unos zapatos altos color azul. Tengo muy claro ese día porque unos minutos después se manchó la camisa.

—No, todavía no.

—Así empezó la crisis de los que hacían ropa interior, en menos de un año quebraron, acuérdate —concluyó mi madre.

—No todos, sólo cierran quienes no cambian.

Mi madre dejó con torpeza la cuchara dentro del plato y la sopa de tortilla salpicó su camisa. La nana, diligente, apareció y puso un montículo de sal en la manga.

—Déjela o se queda la mancha —interrumpió la nana.

Mi madre, indiferente, se dejó limpiar.

—No es un tema de cambio, sino de oportunidades, los chinos bajan mucho los costos —replicó mi madre con frialdad.

—No se va a quitar, deme la camisa —siguió la nana.

Mi madre se desabotonó la camisa y se quedó con una blusa delgadita sin mangas. Vi su cabello casi rozando las pecas de sus hombros, pensé que era muy bella; noté sus canas como una revelación, supe que ella era muy diferente a otras mamás, haciendo preguntas, confrontando.

—¿Qué piensas? —inquirió mi madre. Mi padre siempre la escuchaba con atención y asentía en silencio, ella era su conciencia.

—Pues debemos reinventarnos —respondió con cautela mi padre—, parecen los mismos calcetines, debemos ver su debilidad, miren bien la costura burda. No son idénticos.

Mi padre tomó los cadáveres color rojo y los miró a contraluz. La nana tallaba la camisa con agua mineral.

Esa tarde mi padre me dio los calcetines chinos para que los usara a diario, algunos la nana los lavaba a mano por la noche y por la mañana los tenía que volver a usar. Los diseccionó primero en el cuarto de lavado y después en su oficina, donde llevaba una bitácora con comentarios sobre la puntera, el arco, la caña. Afortunadamente, el experimento pericial de mi padre duró dos semanas, después de eso, el calcetín chino se rompió del talón y del dedo gordo.

No pasaron ni dos meses cuando mi padre contrató a un mercadólogo que desarrolló una campaña para hablar de los atributos de la marca, de la cadena de suministro sostenida por las manos mexicanas y de la calidad del algodón orgánico. En la televisión se veía una historia sentimental colmada de logros y familias que se superaban gracias a la fábrica. Se hacían tomas cerradas a las manos de mujeres trabajando, quienes después se iban con sus hijos para, con esas mismas manos, resolver las sumas y restas de su tarea y, finalmente, acariciar a sus maridos después de un día de trabajo agotador. Manos de mujeres que movían un país. Me parecía que sonaba a comercial de partido político, pero lograron duplicar las ventas y hacer que los chinos dejaran de ser, por un rato, una amenaza.

—Hay más hombres que mujeres en tu fábrica —le dijo mi madre cuando vio el comercial.

—Bueno, pero al final las esposas se benefician del trabajo.

—¿No es mentir?

—Me dijo el mercadólogo que es una licencia.

Mis padres pasaban las tardes hablando. A veces lo hacían como dos amigos; otras, como dos enamorados; muchas más su tono era ríspido, parecía que en cualquier momento iban a lanzarse un florero.

Baby, te traje rodajas de pepino, estás muy hinchada, parece que te pegaron —Susy me puso los pepinos en los ojos—. Sé que es difícil, no me lo puedo imaginar, pero, baby, llorar en la calle fue horrible. La gente pasaba y esa pobre enfermera y yo ahí paradas… Si quieres llorar, pues llora aquí o en tu casa, pero no a media calle.

—No sé qué pasó, pensé en mis abuelas y luego en mi mamá y en mí… No sé…

—Llevabas meses sin llorar, tenías muchas lágrimas guardadas, baby. Vamos de compras, pero mañana que te quites esos pants, no puedo llevarte así.

 

Ilallalí Hernández (Pachuca, México, 1981). Escritora y editora. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatin. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del FOECAH. Ganadora del Primer Concurso de Cuento «Ricardo Garibay». Es autora de Cuentos de 6 líneas con dictamen, Callan por miedo y Lecciones de gramática para escribir una nota suicida. Textos suyos aparecen en varias antologías en México y en el extranjero.

 

 

[*] Editorial Salto de Página, 2024.