ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

El truco de las alas

Judith González Pérez

 

Para el personal de CAE, que gira y vuela.

 

Los ojos de mamá me dijeron que no quería ir al circo, pero de cualquier modo me llevó. Ella sabe muy bien que me encantan las acrobacias. Mientras mamá me abotonaba el abrigo, dijo: «Te voy a comprar un algodón», cuando, en realidad, quería decir: «Te llevo para que se te olvide lo de anoche».

Esperé con impaciencia mi acto favorito, pero antes me preocupé por el asistente del mago, un chimpancé vestido de bebé que desapareció y no se volvió a saber de él; y me reí mucho con el payaso-músico que leía su partitura al revés, pero no se daba cuenta cuándo estaba tocando mal y cuándo no. De pronto todo quedó a oscuras. Casi me caigo de la butaca cuando las luces iluminaron el techo de la carpa y apareció una chica muy flaquita que nos saludó con la mano y nos sonrió a todos. Mamá sintió mi emoción, y los ojos le brillaron un poquito. Sonreí y le acaricié la mejilla con mi algodón, que se parecía a las nubes del atardecer. Volteé hacia arriba y ya no estaba la artista: era yo quien estaba dando vueltas en un aro mientras el público me aplaudía, me gritaba y me tomaba fotos. Mamá me miró de reojo y sé que pensó: «Ya no se acuerda».

Ayer me despertaron unas voces en la cocina. Mamá trataba de calmar a su marido, que estaba muy enojado, como siempre. «Ahí está la niña, espérate, te está viendo la niña». Se limpió la sangre de la boca para que yo no me espantara. «A mí no me vas a decir lo que tengo que hacer; si no estás a gusto, lárguense». Pero mamá tiene miedo: «¿Adónde me voy?, ¿qué voy a hacer yo sola?».

Debe de haber un truco para que las acróbatas puedan lanzarse de trapecio a trapecio, girar en el aro o caminar en la cuerda que tiembla como tendedero. Sí, deben de tener unas alas invisibles que las animan a saltar sin red de protección. Mamá necesita concentrarse con todas sus fuerzas en las piruetas de la acróbata y susurrar: «Yo tengo esas alas».

Cierro los ojos: mamá, la más hermosa, con un vestidito de lentejuela y peinada como cuando va a las fiestas, cuelga del trapecio y se deja caer. Su cuerpo de mariposa dibuja corazones y estrellas en el cielo del circo; de las manos le brotan ríos de diamantina dorada. Es un ángel que va bajando lentamente y que termina posándose con elegancia en el centro de la pista, donde el mago y el payaso ya la esperan para entregarle, entre aplausos, el ramo de flores de colores más grande que se ha visto en la ciudad.

 

Judith González Pérez (Toluca, Estado de México, 1971). Cursó el diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores del Estado de México.