Cinco poemas
Amèlie Martínez
Nene
no seré yo quien te escuche al dormir,
ni quien camine contigo por casas abandonadas.
no seré yo a quien le harás tu siguiente serigrafía,
ni en quien pienses antes de tomar el pincel.
no les dirás a tus amigos
lo mucho que hablamos una noche anterior.
no pensarás en mí al mirar el cielo,
ni sentirás ese alivio de estar vivo
mientras respiras hondo y todo parece pesar menos.
me iré en cada exhalación,
me disiparé en tus pulmones,
y ni siquiera me podré retener de tus costillas.
volverás a reír,
a mover las manos al hablar,
a posar en fotos sin sentir ese vacío.
ya no te dolerá nada.
y cada día, sin proponértelo,
me recordarás un poco menos.
en las mañanas mientras duermo
no me contarás tus planes,
y despertaré sin ningún mensaje.
entre clases ya no me dirás lo que aprendiste
con esa voz emocionada que me hacía quererte más.
no terminaremos la casa del árbol,
ni veremos La La Land,
ya no nos escucharemos reír,
y no volverás a leerme.
una noche dejarás de mirar mi perfil,
y cuando creas que ya no pienso en ti,
será porque tú dejaste de pensarme.
pero tú seguirás en mí,
en cada letra que escribo,
en cada palabra que me tiembla en la boca.
te esconderás en los espacios vacíos de mis frases
te encontraré en las madrugadas sin música,
en la inicial de tu nombre,
en un álbum que ahora entiendo.
y entonces se me hará un nudo en la garganta,
los ojos se llenarán de lágrimas,
y no podré hacer nada.
me limpiaré la cara con rabia,
cansada, temblando,
intentando enfocar la mirada
mientras siento la respiración entrecortarse.
cargaré el precio de haber querido,
sin querer explicarlo,
y sin intentar que deje de doler.
porque al final,
este vacío y estas letras
son lo único que me queda
de lo que intentamos ser.
Alma mía
los ojos cerrados el cosquilleo
en la nariz la canción
termina y deja un silencio
la guitarra lenta una vez y otra
susurro la letra escucho mi voz
me quiebro
te digo amor
la canción me da permiso
aunque sea solo aquí
lo repito
para no olvidarnos
Nos vemos en las películas
los caminos de mi incienso
son tus calles rocosas de niebla
me ves en el parpadeo de los semáforos
al borde de la banqueta
en un gato arriba del tejado
me escuchas en el chillido de los pájaros
y te acuerdas del poema
caminas despacio y cansado
bajo los árboles que ahora
sabes sus nombres
las copas tienen puntos rojos
y crees que son señales,
piensas en mí
ves las flores en una cerca
y recuerdas mis dedos
arrancándolas como si fueran mías
dejando la tierra abierta
lees los espectaculares
los títulos de libros
que no leerás
y todos dicen lo mismo
crees verme en el transporte
pero entrecierras los ojos
y no tienen lunares
Ocho de octubre
él bajo la lluvia
en la ciudad del musgo
escuchamos nuestra distancia
cada nota que suena
es un cordón que nos entrelaza
y nos cantamos
lo que no nos atrevemos
a confesar
en el silencio te escucho
y el eco de tu voz se queda
incrustándose
pienso en los días
que aún no saben de tú y yo
y en las horas de diferencia
que aprendimos a habitar
Si estoy destinada a estar sola,
dios,
haz que la lluvia no me recuerde
el roce de una mano.
que los libros no repitan su voz
en los márgenes subrayados.
que no se asome su sombra
en los vidrios al anochecer.
hazme inmune a la nostalgia
de las cosas que no tuve.
que no duela
la taza vacía en la mesa de dos.
ni el silencio que se estira
como sábana sin cuerpo.
quítame el deseo
de ser pronunciada con ternura.
apaga en mí la sed
de ser tocada con cuidado.
déjame el café,
la niebla,
los números,
la luna de agosto,
pero no el anhelo.
y si alguna vez soñé un hogar con luz amarilla,
ciérralo como se cierran las casas
que ya no esperan a nadie.
dame la paz del musgo
que no busca ser contemplado,
del árbol que envejece
sin memoria de pájaros.
Amèlie Martínez (Tijuana, Baja California, 2006). Estudiante de preparatoria en el Instituto Arangure.