Cinco poemas de
El hombre del codo en la ventana[*]
Jorge Aulicino
Florencia, amanecer
Ni el Dogo me importa ahora,
Lucrezia, ¿pero en realidad
querés saber de mí, de mi ciudad
hundida en los pensamientos?
No leo carta de Sixto, no reclamo hipotecas,
sólo contemplo mis dos gatas frente a la ventana.
Miran la claridad que todavía es gris, de un gris
azulado. Hay un gran silencio y algo o alguien
silba en lo profundo de las cosas.
Esa es mi ciudad hundida
de la que nada asomará cuando amanezca y los
cascos del caballo del primer mensajero resuenen
frente a los Uffizi.
Volverán con él los negocios
y la suave niebla envolverá esa otra
ciudad, esa Florencia coronada de nubes como
algas, hundida como un barco,
recorrida por peces fantasma.
Niccolò dei Machiavelli llora la patria
Se presiente el aura inodora de la pureza cada
vez que se acercan temerosos, histéricos de meter
los pies en el barro, ávidos de pelearse con el Papa
como si fuera de la familia, pero ignoran el amanecer
sobre los tejados de una ciudad canalla, el reír «en la
taberna con glotones» y en la iglesia orar.
Harto me siento del martirio auto
infligido, las mentiras de la revolución
y la pureza, el juego heroico para borronear
la mancha del nacimiento.
Política, sucia, efímera, purulenta:
la sopa del pueblo, el vagón
del cura y el peón.
Eres digna ante esta impoluta
novísima nobleza.
Terribilis elementum
El cálculo de probabilidades indicaba
que era muy probable tener varias novias
con el mismo nombre
a lo largo de una vida; sobre
todo si se mantenía uno en el rango
de la propia edad: nada de mujercitas.
Por la calle roja iba un auto gris;
o por la calle gris iba un auto rojo.
El comienzo de siglo movía los colores
de lugar, pero siempre de modo simétrico,
sin contradicción con el lenguaje oficial,
que establecía una métrica, un ritmo,
y sobre todo un vocabulario según el cual
era preferible decir domicilio que casa,
residencia que hogar, cambio social en
vez de revolución (o siquiera revuelta).
Amó a tres mujeres con el mismo nombre
y cuando lo cortejó una dama veinte años menor
decidió cambiar el rojo por el gris,
la residencia por el hogar
y el cambio social por la mutación.
Pero era tarde, tarde, Hegel se esfumaba
en la ventana, los lobos gruñían en torno
de la lámpara; crujía el andamiaje
de los edificios en refacción;
la estepa rondaba la habitación
como un fantasma y era mejor dormir
entre las piedras de la propia abadía
o mirar series sobre asesinos o espías.
Deus castrat sed non occidit.
Memoria fenicia
Hermosos gatos guardan la playa trasera del supermercado.
Se alimentan de ratas y beben agua que les dejan en un plato.
Un ángel de alas embarradas volaba sobre la calle Maza.
Descendió sobre mí y me dijo inefables palabras.
Entendí sin embargo por qué naufragaron cóncavas naos
en el Mediterráneo y otras fueron hundidas a cañonazos.
Sobre los movimientos y hábitos de las plantas trepadoras[**]
Darwin tuvo un momento de íntimo recogimiento
en 1863 durante una convalecencia. Sólo la
obligada quietud le permitió observar
los zarcillos de los pepinos y cómo buscan
estos enzarzar cualquier objeto a fin de
sostenerse en él y evitar gastos de energías en
construir un tallo grueso y firme
que transportara las hojas hacia la luz.
Esto es, la inteligencia obra con el menor movimiento
y no cree en la pasión de los porotos mágicos
que crecen de sopetón hasta el cielo
como si una planta rastrera lograra, por el ímpetu de
su pasión, llegar a Dios, más allá de las nubes, de
los giros que sólo una cámara
podría grabar paso a paso un siglo después:
el giro objetivista de
los zarcillos de las plantas de pepinos
en el alféizar de Darwin.
Quien
había visto montañas de conchillas,
desiertos, indios más allá
de lo que consideraba
aceptablemente humano;
cueros secos, tormentas,
glaciares, islas de guano,
tortugas, arrebatos, sífilis,
gusanos,
agujeros de bala,
capitanes tiránicos
envueltos en gabanes
endurecidos por el frío,
y ahora miraba solamente
el movimiento inteligente
de los pepinos.
Jorge Aulicino (Buenos Aires, Argentina, 1949). Ha trabajado en agencias, revistas y diarios, incluido Clarín, donde dirigió la Revista Cultural Ñ. Tradujo a Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Eugenio Montale, Luciano Erba, Franco Fortini, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta, entre otros autores italianos. En 2012 reunió sus libros de poemas en Estación Finlandia. En 2015 apareció su primera versión de la Divina comedia. Ese año recibió el Premio Nacional de Poesía. Publicó dos libros de ensayos: en 2021 Poesía y política y en 2022 El amor que no perdona. Su libro de poemas más reciente es El hombre con el codo en la ventana (Barnacle, 2025).
[*] (Barnacle, 2025).
[**] On the Movements and Habits of Climbing Plants, Charles Darwin, 1865.