ISSN: 2992-7781

Cinco poemas de
El hombre del codo en la ventana[*]

Jorge Aulicino

Florencia, amanecer

Ni el Dogo me importa ahora,

Lucrezia, ¿pero en realidad

querés saber de mí, de mi ciudad

hundida en los pensamientos?

No leo carta de Sixto, no reclamo hipotecas,

sólo contemplo mis dos gatas frente a la ventana.

Miran la claridad que todavía es gris, de un gris

azulado. Hay un gran silencio y algo o alguien

silba en lo profundo de las cosas.

Esa es mi ciudad hundida

de la que nada asomará cuando amanezca y los

cascos del caballo del primer mensajero resuenen

frente a los Uffizi.

Volverán con él los negocios

y la suave niebla envolverá esa otra

ciudad, esa Florencia coronada de nubes como

algas, hundida como un barco,

recorrida por peces fantasma.

Niccolò dei Machiavelli llora la patria

Se presiente el aura inodora de la pureza cada

vez que se acercan temerosos, histéricos de meter

los pies en el barro, ávidos de pelearse con el Papa

como si fuera de la familia, pero ignoran el amanecer

sobre los tejados de una ciudad canalla, el reír «en la

taberna con glotones» y en la iglesia orar.

Harto me siento del martirio auto

infligido, las mentiras de la revolución

y la pureza, el juego heroico para borronear

la mancha del nacimiento.

Política, sucia, efímera, purulenta:

la sopa del pueblo, el vagón

del cura y el peón.

Eres digna ante esta impoluta

novísima nobleza.

Terribilis elementum

El cálculo de probabilidades indicaba

que era muy probable tener varias novias

con el mismo nombre

a lo largo de una vida; sobre

todo si se mantenía uno en el rango

de la propia edad: nada de mujercitas.

Por la calle roja iba un auto gris;

o por la calle gris iba un auto rojo.

El comienzo de siglo movía los colores

de lugar, pero siempre de modo simétrico,

sin contradicción con el lenguaje oficial,

que establecía una métrica, un ritmo,

y sobre todo un vocabulario según el cual

era preferible decir domicilio que casa,

residencia que hogar, cambio social en

vez de revolución (o siquiera revuelta).

Amó a tres mujeres con el mismo nombre

y cuando lo cortejó una dama veinte años menor

decidió cambiar el rojo por el gris,

la residencia por el hogar

y el cambio social por la mutación.

Pero era tarde, tarde, Hegel se esfumaba

en la ventana, los lobos gruñían en torno

de la lámpara; crujía el andamiaje

de los edificios en refacción;

la estepa rondaba la habitación

como un fantasma y era mejor dormir

entre las piedras de la propia abadía

o mirar series sobre asesinos o espías.

Deus castrat sed non occidit.

Memoria fenicia

Hermosos gatos guardan la playa trasera del supermercado.

Se alimentan de ratas y beben agua que les dejan en un plato.

Un ángel de alas embarradas volaba sobre la calle Maza.

Descendió sobre mí y me dijo inefables palabras.

Entendí sin embargo por qué naufragaron cóncavas naos

en el Mediterráneo y otras fueron hundidas a cañonazos.

Sobre los movimientos y hábitos de las plantas trepadoras[**]

Darwin tuvo un momento de íntimo recogimiento

en 1863 durante una convalecencia. Sólo la

obligada quietud le permitió observar

los zarcillos de los pepinos y cómo buscan

estos enzarzar cualquier objeto a fin de

sostenerse en él y evitar gastos de energías en

construir un tallo grueso y firme

que transportara las hojas hacia la luz.

Esto es, la inteligencia obra con el menor movimiento

y no cree en la pasión de los porotos mágicos

que crecen de sopetón hasta el cielo

como si una planta rastrera lograra, por el ímpetu de

su pasión, llegar a Dios, más allá de las nubes, de

los giros que sólo una cámara

podría grabar paso a paso un siglo después:

el giro objetivista de

los zarcillos de las plantas de pepinos

en el alféizar de Darwin.

Quien

había visto montañas de conchillas,

desiertos, indios más allá

de lo que consideraba

aceptablemente humano;

cueros secos, tormentas,

glaciares, islas de guano,

tortugas, arrebatos, sífilis,

gusanos,

agujeros de bala,

capitanes tiránicos

envueltos en gabanes

endurecidos por el frío,

y ahora miraba solamente

el movimiento inteligente

de los pepinos.

Jorge Aulicino (Buenos Aires, Argentina, 1949). Ha trabajado en agencias, revistas y diarios, incluido Clarín, donde dirigió la Revista Cultural Ñ. Tradujo a Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Eugenio Montale, Luciano Erba, Franco Fortini, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta, entre otros autores italianos. En 2012 reunió sus libros de poemas en Estación Finlandia. En 2015 apareció su primera versión de la Divina comedia. Ese año recibió el Premio Nacional de Poesía. Publicó dos libros de ensayos: en 2021 Poesía y política y en 2022 El amor que no perdona. Su libro de poemas más reciente es El hombre con el codo en la ventana (Barnacle, 2025).

 

[*] (Barnacle, 2025).

[**] On the Movements and Habits of Climbing Plants, Charles Darwin, 1865.