ISSN: 2992-7781
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Inti García Santamaría,
Dinámicos atrevidos. Selección de poemas 2001-2025,
Arequipa, El Pasto Verde Récords,
2025.

Francisco Casado (Ciudad de México, 1990). Arquitecto y escritor. Desde 2023 coordina Escrúpulos Editorial. Autor de los poemarios Flush (2023), Taller de imprenta Canciones Tristes. Books & Printing; Antiguo Manifiesto para cisnes con miopía (2024), Periódico Poético y En alas de la voz (Buenos Aires Poetry, 2025).

Codex AEsir Nuevos dioses (2025) de Astrid Velasco

Francisco Casado

 

 

En muchas culturas se propone que el nombre de cada persona consigna gran parte de su destino, principio que también aplica para los dioses que han tenido uno o varios nombres que siglos de investigaciones han traído de vuelta a la vida cotidiana como un nuevo intento de reinvención, como sucede en el Codex Æsir o Nuevos dioses (2025) publicado por Niño Down Editorial, de Astrid Velasco (Ciudad de México, 1970).

Astrid atraviesa su vida, más allá de lo que Tatsuki Fujimoto ha entregado en Chainsaw Man, para dar cuenta de algunos de estos demiurgos: «El dios de los cortes / aparece / lleva en la bata / los fantasmas / de los órganos / perdidos»; «Y Dios / que se parece al hombre / llora por una humanidad / que pierde cada siglo»; «Quise tocar / su voz / pero / en la desnudez / sólo alcancé / a tocar / su cuerpo»; divinidades tan parecidas a cualquiera de nosotros. Además, al igual que los dioses antiguos, al mismo tiempo de adorarles también les tenemos miedo.

También hay guiños a la vieja guardia, como los dioses monstruos: «Quise enamorarme de tus noches / echar el sol al mar / castigar el vuelo / de tu memoria / saciar con sal / la sal de mis heridas // estoy herida / sin sangre / estoy herida / aún»; dioses profetas: «Cualquier religión / se convertiría en un cuento / para narrar la vida / a quienes temen a la muerte»; «Hoy / los hombres / que atracaron / sus almas / buscan lejos / de la arena / un oasis // que tampoco / existe». Del mismo modo que a las deidades por venir como los dioses máquinas: «El robot aprendió / a escribir poesía // ahora ya no / procesa datos // permanece mirando / la ondulación / que el viento / provoca en las hojas / de los árboles».

No obstante, algo más pasa desapercibido. En el nombre mismo de su autora hay una divinidad más. Astrid, de origen escandinavo: Ástríðr, compuesto por ‘áss’ (dios) y ‘fríðr’ (hermosa, amada), relativo a los dioses Æsir, se traduce como «bellamente amada por los dioses» o «divinamente bella». Ella misma es la sacerdotisa de aquellos «…hechos / a imagen y semejanza / de la ceguera / de otros hombres», a quienes su «[…] carne dulce / les fue amarga», diosa crónica que a sus pies «[…] lloran todos / los cocodrilos juntos / las cebollas embravecidas / las olas sin cresta / los ojos de los peces» por causa de su fatal herida: «Convencerme / es mi enfermedad». Una doctrina siempre dispuesta al sacrificio, aunque este sea injusto: «[…] Mis pasos / mi posibilidad de nadar / en mares hondos / o en las albercas / de los ahogados / son suficientes. // [Quien me ama / no necesita / que me vaya]».

Desde finales del siglo XX, infinidad de espiritualidades buscan sentido a una vida compleja, rápida e inmersa en el riesgo de ser desechable. Curiosamente los poetas han sido quienes más han escuchado dicha desolación, poniéndola a la vista de todo el mundo. Más que un altar, tal vez hace falta tenerles un poco más de fe, a la hora de tomarle el pulso al mundo por venir.