ISSN: 2992-7781

Dos niños

Laura Di Corcia

Solo somos dos niños a quienes hay que llenar la boca de leche. Hansel y Gretel espiando en el bosque a las brujas de los senderos. Es en la llanura que inicia la violencia, por esto debemos correr veloces como el viento, escondernos en el vientre de la montaña.

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La voz no se quiebra cuando se despliega el catálogo de cosas por hacer: debemos permanecer en silencio contra los árboles, acariciar con la espalda los tobillos torcidos de las plantas. Debemos, sobre todo, ser pacientes, esperar que del vientre de la Tierra florezca el albumen.

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La ternura del cascarón de huevo: limpiarlo, olerlo, acostarse a su lado. Protegerlo de las hadas, de los búhos que gritan sobre las presas.

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Y salir, salir siempre a ver de qué color son los dorsos de las arañas cuando ruedan y, rodando, pierden las dimensiones.

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Cuando me llamaste por mi nombre, me arrodillé. Cuando rompí en llanto, me cerraste la boca con tu leche. Has cambiado mis manos por la extensión que separa a Israel de Egipto, y allí plantaste seis clavos.

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Eres feroz, ¿lo sabes? Eres feroz cuando piensas solo en tu placer lácteo, y piensas y esperas que yo no te vea, cuando marcas con los ojos el tiempo de los rapaces.

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Este mundo que nos expulsa y que nos acoge. Pudiese ser el estómago extendido de una vaca, el cálido refugio para sumergir las manos. El párpado blando de un modo distinto de decir «bien».

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Hemos sellado los ojos con lacre. Pestaña contra pestaña, parpadeo contra parpadeo. No hay nada más que ver en este misterio rocoso, en el vientre de los montes. La cal se extiende y, extendiéndose, declara el ciclo cerrado de una rueda que gira sobre sí misma. Un modo distinto de decir «mal».

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Miro la nieve que cae de soslayo, de reojo cae el dolor cuando la violencia se aquieta. Solo las hojas saben decir lo que intento, las observo mientras las desmenuzo con los pies. Quisiera fundirme en el asfalto, arrojar este exceso de cuerpo que pesa y piensa. Los seis clavos que plantaste en mi esternón gritan como búhos.

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Juegan a fundar de nuevo el mundo aferrándose a un adiós. Allanando la superficie del tiempo, creyéndolo un salto de cuerda, algo para hacer explotar de golpe. Se miran desde afuera mientras que afilan la punta de los sucesos, los reviven en slow motion. Hemos abierto un supermercado de palabras inútiles, una serie de significados para colgar en la ventana. Estos gestos que se nos aparecen de frente, que nos restituyen a la verdad del cuerpo.

Dicen que son felices, pero son solo palabras. Palabras para saquear, para escupirlas a la cara.

Dicen que son felices y su cuerpo está triste, triste. Si yo soy feliz, debo quedarme muda.

Traducción del italiano de Juan Felipe Varela García

Laura Di Corcia (Mendrisio, Suiza, 1982). Es poeta, crítica teatral y literaria. Ha publicado tres libros de poesía. El más reciente, Diorama, fue publicado en la colección Controcielo de la editorial Tlon, en cuyo catálogo aparecieron nombres como Anne Carson, Frank Bidart y Charles Simic. Diorama obtuvo el Premio Terra Nova 2022, concedido por la Fundación Schiller de Suiza, y fue finalista del Premio Tirinnanzi y el Premio Montano en Italia. En español, algunos textos suyos fueron publicados en la revista AEREA (RIL Editores). Escribe también radiodramas para la radiotelevisión de la Suiza italiana (Radiotelevisione della Svizzera italiana).