ISSN: 2992-7781
Image

Inti García Santamaría,
Dinámicos atrevidos. Selección de poemas 2001-2025,
Arequipa, El Pasto Verde Récords,
2025.

Alejandro Albarrán Polanco (Ciudad México, 1985). Escritor, músico y artista. Obtuvo la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte, 2021-2024 y el Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española (2018). Ha publicado los libros Ruido (Bonobos, 2012), Tengo un pulmón que no es el cielo (FETA, 2015), Persona fea y ridícula (FETA, 2017) y Algunas personas no son caballos (Malpaís, 2024). En 2023 lanzó su álbum Raza o azar.

El enigma llamado Inti

Alejandro Albarrán Polanco

Sobre el poema y la pesca

Últimamente, cuando pienso en la escritura de poesía, me viene a la mente la imagen de un pescador. Es una figura silenciosa, arcaica, detenida en el borde de un mundo y atenta al temblor del agua. Imagino al poeta como alguien que se coloca al borde del lenguaje con la misma disposición: con el cuerpo alerta, los sentidos abiertos y la paciencia extendida como una red.

Tal vez la pesca sea una de las actividades más antiguas del ser humano, anterior incluso al lenguaje articulado. Pero sospecho que no anterior a la poesía. Porque la poesía no es, estrictamente hablando, una forma de lenguaje. Es más bien aquello que precede al habla, lo que tiembla en el fondo del silencio como un pez que aún no ha mordido el anzuelo. La poesía es el murmullo previo al lenguaje: la vibración de una cuerda que todavía no ha sido pulsada.

Se puede pescar con las manos, con cañas, con redes. Algunos lo hacen con violencia, otros con una espera amorosa. Así también ocurre con el poema: hay quienes lo arrancan del agua con destreza, y quienes apenas lo rozan, lo palpan, lo intuyen. La técnica en ambos casos en la pesca y en la escritura no garantiza el hallazgo, pero educa la disposición. La técnica no es el resultado, sino la forma de estar en el mundo.

El poeta es un pescador y los poemas “peces de piel fugaz”, como bien dijo Coral Bracho. Escurridizos, inasibles. Una vez que uno muerde el anzuelo, hay que contemplarlo, apenas unos segundos, como si se tratara de un milagro –y luego devolverlo al agua–. Soltarlo. Liberarlo. La poesía no es una presa. Es una aparición. Y la aparición no se captura, se deja ir para que vuelva.

Pescar es entrar en otra geografía, en otro tiempo. Es separarse del ritmo habitual de las cosas. Exige una atención suspendida, una concentración porosa, una forma particular de vulnerabilidad. Exactamente como cuando se escribe un poema. Hay algo en la pesca que no está del todo en la pesca: una forma de espera que no busca exactamente resultados, sino presencia.

Para pescar hay que salir temprano. A veces se vuelve con las manos vacías. Pero eso no invalida el acto. Porque la pesca no se define por el éxito, sino por la disposición de haber salido. Es decir: por la voluntad de interrumpir el mundo y buscar algo en lo invisible. La escritura del poema también se inicia así: no con el hallazgo, sino con la decisión de buscar sin saber qué.

La pesca, como la poesía, exige paciencia. Una paciencia radical, que no se justifica por el resultado, sino que se basta a sí misma. Contemplación, constancia, soledad. Una espera que no espera nada. O que espera lo que no se puede anticipar.

Quizá por eso el poema, cuando llega, se parece a un pez que ha venido de otra parte, de un fondo al que no tenemos acceso. Y el poeta, en ese instante, no es más que alguien que sabe mirar y dejar ir.

El enigma llamado Inti

Pienso que Inti García Santamaría es un pescador que sabe pescar con las manos, pero que no desdeña el uso de redes, cañas, sonares, mapas batimétricos, tecnología satelital o incluso anzuelos invisibles. Tiene esa habilidad rara de moverse entre lo táctil y lo conceptual, entre el temblor ancestral del agua y el radar del presente. Esa versatilidad no sólo sostiene su escritura: la tensa, la afina, la vuelve singular. Una voz que no busca confundirse con las voces de su época, sino que, por el contrario, parece venir de otro tiempo, o de varios al mismo tiempo. Un pez raro, como la canción de Radiohead.

Con esto quiero decir que Inti es un estudioso riguroso de la poesía clásica –ha leído a los trovadores provenzales, a los místicos, a los modernistas–, pero también es un lector atento, lúcido y voraz de las vanguardias latinoamericanas y europeas. No hay en él nostalgia ni fetichismo por lo antiguo, ni ceguera devocional por lo nuevo. Más bien, una ética del cruce. Del tránsito. Inti pesca con ambas manos: una sumergida en el canon, otra en el caos. Por eso su poesía está hecha de materiales disonantes, de anacronismos fecundos, de saberes paralelos. Su rareza no es artificio, sino consecuencia de su fidelidad a una experiencia situada en los bordes.

Para mí, Inti es un misterio. Pero Inti es su poesía. Y la poesía de Inti, también, es un misterio. Uno que se abre y se repliega. Un misterio que no se resuelve, pero que se ofrece.

Hay chismecito, hay contexto

Quisiera irme un poco atrás, trece o catorce años. En ese entonces yo ya lo conocía sin saberlo. Había leído algunos poemas suyos en internet, y visitaba con frecuencia un blog en el que él –aunque no lo sabía– subía textos de escritores poco difundidos, algunos casi imposibles de encontrar en otro sitio. Ese blog fue, en cierto modo, mi primer contacto con su modo de estar en el mundo: discreto, generoso, lateral. Lo conocí en persona en la Casa del Poeta, durante una lectura multitudinaria en la que apareció con una máscara. Desde ese instante hubo algo en su figura que me resultó enigmático, desplazado, como si no estuviera del todo presente, como si habitara un borde. Aquella vez apenas me saludó. Lo sentí distante, tal vez incluso un poco altivo. No lo volví a ver durante varios meses.

Hasta que una tarde, mientras yo fingía leer o escribir en un café, me llegó un mensaje por Facebook. “¿Quieres ir a un concierto al Alicia esta noche?”. “¿Quién toca?”. “Los Nena”. Esa fue nuestra primera conversación. ¿Cómo resistirse a una banda que se llama Los Nena? Esa noche descubrí, gracias a él, a una de las agrupaciones más legendarias del under El concierto fue un estallido, una de esas noches que se graban sin saber por qué. Al final, cuando me di cuenta, Inti ya no estaba. Se había ido sin despedirse. Un misterio. Entre sus amigos, esa costumbre de desvanecerse sin previo aviso tenía un nombre: la Inti special.

Nos fuimos volviendo amigos. Amigos de verdad. Tanto que terminamos viviendo juntos un par de años. Fundamos el Salón de Usos Múltiples “Ulises Carrión” en la sala de nuestra casa: Allí organizábamos lecturas de poesía. Ese salón era también una extensión de nuestro modo de leer y de vivir: sin solemnidad, pero con una devoción secreta.

Fue en esa temporada cuando creí “conocer” a Inti. Pero quizás conocer, en su caso, sea aprender a desconocer. A aceptar los pliegues. Lo que sí conocí, y admiré profundamente, fue su entrega absoluta a la poesía. A la literatura. Para mí era una especie de monje del verso. Llegaba del trabajo, se encerraba en su cuarto, y leía. Leía como si se jugara algo vital en ello. Como si cada libro fuera una forma de plegaria. Salía poco a fiestas. No hablaba mucho. Pero, a veces, salíamos a caminar. Y caminando nos contábamos nuestras penas. Nuestra convivencia tenía algo de ritual peripatético: hablar caminando, dolernos caminando, pensar caminando.

Ahora que lo pienso, casi todos los monjes deben tener algo de autismo. Un repliegue que no es reclusión, sino modo de concentración. Un aislamiento poroso, que no niega al mundo, sino que lo escucha con otra frecuencia.

Recuerdo una vez que le mostré un poema basado en una noticia que había leído. Me miró y me dijo, sin rodeos: “Escribe de lo que te pasa”. Al principio me pareció una frase soberbia. Como si desestimara lo que había escrito. Pero esa frase quedó resonando en mí, como si no dejara de volver. Y con el tiempo la comprendí. Empecé a escribir desde lo vivido, no como una consigna confesional, sino como una forma de vulnerabilidad real. Como una forma de estar abierto a todo.

Inti me enseñó algo esencial: que hay que vivirlo todo y, sobre todo, que hay que sentirlo Y que la escritura, si ha de tener sentido, debe asumir esa vulnerabilidad como una forma de atención. Como un ritual interior. Como una pesca sagrada. Escribir no como una forma de controlar el mundo, sino como un modo de dejarse atravesar por él. Como quien se interna en un templo, en silencio, a escuchar.

Tal vez la extrañeza que hay en su poesía no sea otra cosa que el modo en que ha sabido condensar, cifrar, codificar su experiencia. Una especie de mitología íntima. Una escritura en clave, cuyos signos están cargados de memoria. “La Bikina”, “la sopa de zapallo”, “la trucha frita”, “la pulsera de totora”, “el pabellón de los niños bipolares”… Cada imagen, cada verso, parece emerger de un archivo secreto, de una historia personal convertida en símbolo. Y cuando uno accede a esa historia, cuando conoce un poco más a Inti, los códigos comienzan a abrirse. No a explicarse, sino a revelarse. Como quien por fin entiende un idioma que ya había escuchado antes, pero sin saberlo.

La poesía de Inti es como él: se aparece y desaparece. Se ofrece y se retrae. No busca agradar, ni conmover, ni demostrar nada. Pero si uno se queda lo suficiente, si espera con paciencia, si pone atención al temblor del agua, hay un instante –un solo instante– en que el pez asoma. Y entonces todo cobra sentido.

Epílogo: La fisgada

Inti escribe poco. Y no porque le falten palabras, sino porque espera con paciencia cada una. Su escritura no es torrencial ni desparpajada. Es lenta, sobria, precisa. Con el paso de los años se ha vuelto aún más concisa, como si en cada poema quisiera decir sólo lo que es absolutamente necesario. Como si cada verso tuviera que justificar su existencia con una intensidad secreta.

Y, sin embargo, aunque su obra pueda parecer breve en términos de volumen, su profundidad es inmensa. Hay libros que son vastos no por su extensión, sino por la forma en que concentran el mundo. Con un solo libro y a muy corta edad, Inti logró influir en varias generaciones posteriores de poetas. No como un modelo a seguir, sino como un indicio de otra forma posible de estar en la poesía: más honda, más callada, más viva.

Hay una palabra en portugués que me gusta mucho: fisgada. No tiene traducción exacta en español. Fisgada es el tirón del anzuelo cuando el pez muerde. Es esa punzada rápida y aguda que deja una herida, una marca que no se ve, pero que se siente. También puede referirse al acto mismo de sacar al pez del agua con un movimiento firme, casi quirúrgico. La palabra lleva consigo un doble movimiento: captura y dolor, tracción y herida.

Eso siento cuando leo un poema que me atrapa de verdad. No sólo el gozo de haberlo encontrado, sino también la fisura que deja. Porque la poesía –la verdadera– no es sólo pez: también es carnada. Uno lee y, sin saber cómo, es uno quien ha mordido el anzuelo. Y entonces algo nos arrastra, nos jala desde dentro. El lector se convierte también en presa, en herido, en cuerpo tocado por algo que lo excede.

Los poemas de Inti siempre me dejan una fisgada. Una marca que no se borra del todo. Un tirón leve pero irreversible. Como si, después de leerlos, algo en mí ya no pudiera regresar exactamente a donde estaba. Como si algo, sin saberlo, hubiese sido desplazado, tocado, transformado.

Tal vez eso sea la poesía, al final: una herida que se busca. Un arte de dejarse tocar por lo invisible. Ser el pescador y a la vez ser el pez. O al revés.