ISSN: 2992-7781

 

 

Escrituras improductivas 1

Xitlalitl Rodríguez Mendoza y Atahualpa Espinosa

Escribir es un trabajo. Dicen.

Se realiza con el cuerpo, en menor medida que con la mente. Esto es un supuesto también.

Requiere constancia, práctica y una depuración de la técnica, entre otras cosas. Como un juego, aunque un juego no es un trabajo y la escritura no es un juego. Dicen.

 

La escritura es indudablemente un trabajo cuando se cobra por ella. O cuando una instancia la solicita (de preferencia, con características preestablecidas), a cambio de un pago. Ambas cosas no son lo mismo, necesariamente.

Aunque también existe el trabajo no remunerado.

Silvia Federici, una de las personas que más ha profundizado en la carga histórica del trabajo no remunerado, dice que éste suele tomar formas que se naturalizan, hasta que se pierde de vista que lo son (un trabajo). Y el trabajo tiene siempre un fin utilitario: hay alguien que explota y alguien que, por otra parte, es explotado.

El beneficiario de la escritura no remunerada sería, por ejemplo, aquella persona o institución que lucra con ella.

Cuando la escritura no produce ganancias económicas, por más que se busque exprimirla (algo que llega a pasar, aunque resulte difícil de creer), el beneficiario sería más difuso: la historia de las artes y la literatura, por ejemplo. O la humanidad entera de la época en que se escribe. Y las siguientes épocas.

Hay que recordar una cosa llamada «capital simbólico». Estas utilidades, no monetarias, serían cosechadas por la persona que escribe, tanto como por todas aquellas que se encuentran en la cadena que lleva a la publicación y distribución de lo escrito. Prestigio, autoridad e influencia. Saludos reverentes en lecturas de poesía y en cocteles de inauguración.

Todo lo anterior, en el caso de la buena literatura.
Entonces, podría decirse, escribir mala literatura no es un trabajo.
A menos que esa mala escritura se remunere.
Algo así.

 

«Quiero dedicarme a escribir» anuncia alguien, solemnemente, implicando que escribir será su único trabajo. Si tuviera un empleo remunerado, no habría necesidad del aviso ceremonioso. Elegiría otra fórmula.

Para quien hace el anuncio el horizonte es, algún día, lograr que la escritura resulte redituable. No necesariamente tanto como para solventar todos los gastos gracias a ella, pero sí lo suficiente para, de forma simultánea, validarla como literatura y como trabajo.

El anuncio causa fricciones en el entorno cercano, sobre todo entre quienes operan la red económica que sostendrá a la persona aspirante a escribir (aunque, en sentido estricto, ya escribe, aproximadamente desde el primer año de la educación primaria). Que la sostendrá, al menos, mientras resulte redituable. O durante un plazo indefinido, siempre abierto, si el caso es que esa escritura resulta irremediablemente impermeable al mercado.

Esa vocación sacrificial por la escritura no debe entenderse (al menos no, ante todo) como una inversión. Su valor principal está en otra parte, mucho más arriba, en el aire diáfano de la belleza. A cambio de esquivar el empleo remunerado o de no verse en la necesidad de tocar la red antes citada, la persona entregará una obra de valor incalculable.

De cualquier forma, el hecho de que no lleguen los contratos deberá entenderse siempre como un fracaso. La persona que escribe no depende de ellos para vivir (la prueba está en que han transcurrido varios años desde que anunció que se dedicaría a escribir y su organismo sigue realizando las funciones vitales básicas, gracias al trabajo ajeno), pero toda forma de reconocer el valor de su escritura que no esté relacionada con el dinero tendrá, cómo decirlo, poco lustre.

¿De qué otra manera podría saberse, sin el menor margen de duda, que la escritura sirvió de algo? Bohumil Hrabal (que algo sabía acerca de narrar historias significativas y conmovedoras) recomendaba a toda persona que quisiera dedicarse a escribir que no dejara nunca de tener un empleo. De otra forma, la persona que escribe podría olvidarse fácilmente de las circunstancias que rodean a la gente de clase trabajadora (un tema que llega a ponerse desagradable; no debe sorprender cuando alguien decide olvidarlo sin más) y empezará, por decir algo, a creer que sus propias ideas, padecimientos y circunstancias cotidianas son aquello acerca de lo cual todo mundo quisiera leer.

La dificultad comienza con la frágil disposición que tiene a veces la persona escritora: un empleo de tiempo completo acaba con su impulso creativo, arruina el frágil balance que requiere su —a veces fina, a veces despiadada— sensibilidad para revelar aquello que el resto, personas tristemente convencionales, no ve. En ocasiones, son necesarias más horas de contemplación que las de una jornada laboral para escribir una cuartilla. Un párrafo, incluso. ¿Y qué se va a hacer? ¿Dejar toda la literatura en manos de la gente que nunca ha necesitado trabajar para vivir? Gente que, por cierto, también vive del trabajo ajeno, aunque de maneras más elegantes (más indirectas).

Es innegable: gran parte de los libros que más importan (en el buen sentido) nacieron de largas horas de ocio y reflexión. Lo que puede volverse más enrevesado es el argumento de que cierta persona merece esas horas más que el resto de la gente, por el hecho de dedicarse a escribir. ¿La promesa de libros brillantes —o ligeramente reflejantes, para no poner la vara muy alta— vale una licencia para la contemplación extensa, es decir, la holgazanería? ¿O basta simplemente con identificarse como persona que escribe?

Hay, según parece, una inversión de los términos: esas horas de contemplación deben ser un derecho generalizado, más allá de si resultan en libros brillantes o no. Nadie tendría que dar cuentas por su ocio.

 

Cuando se exige reconocer a la escritura de textos literarios como un trabajo, la expectativa es que se pague como tal. Pero ¿cuál es la literatura que debe entregarse a cambio? Es una pregunta que toca directamente los aspectos productivos de aquello que se escribe: las necesidades que satisface, los problemas que soluciona, las utilidades que genera. Incluso fuera del circuito de las empresas privadas (becas, por mencionar un ejemplo; aunque la mercantilización es obviamente más burda en el entorno comercial) existe una lógica transaccional y creer que la escritura será la misma dentro o fuera de este esquema es ingenuo.

No siempre existe una frontera nítida entre la escritura que funciona como producto y la que se rebela contra su instrumentalización como tal. De hecho, en ocasiones no son mutuamente excluyentes. Pero con frecuencia puede intuirse, al leerla, cuál aspira a caer de cada lado. Una de ellas busca el asentimiento de las reseñas de usuario: la comodidad con que se deja manejar, su portabilidad, la capacidad de adaptarse a entornos de características variadas como aeropuertos, coworkings, escusados, mesas de Starbucks, salas de espera del SAT. Escritura dinámica, que fluye bien y deja una sensación satisfactoria. Escritura que se deja leer sin oponer resistencia. Que se funde con el momento como el papel tapiz o el aire de temperatura fija de una sucursal bancaria.

Más que de la disyuntiva entre la escritura accesible y la difícil, se trata de la distinción entre la escritura que se dispone servilmente a tomar la forma que mejor convenga para las ventas y aquélla cuyos intereses andan por otros jardines. O para la que, al menos, esa disposición no es lo primero en su lista de prioridades. Esta segunda variedad, aquella que incomoda a la atención lectora y le impide deslizarse sin más, sin poner de su parte más que su propio peso, como en un tobogán, tal vez no sea un trabajo. El trabajo, acaso, se traslada a la persona que lee.

 

Pero si el texto ayuda a distraer una espera: gran servicio. Cinco estrellas. Si ayuda a escapar, a entretener o a que esa persona en cuestión olvide lo mundano, se trata de una escritura que, sin asomo de duda, es un trabajo.

 

¿Cuáles son las instancias y plazos que determinan la utilidad de una escritura, en tanto producto? Tal vez, para quien busque la inserción exitosa en ese mercado (de manera que, además, no quede la menor duda acerca de la naturaleza laboral de su ocupación), sea más útil la definición negativa: ¿cuál es la escritura que tiene menos perspectivas de comercializarse?

Susan Sontag decía que, si la literatura tiene una naturaleza, se trata de su capacidad para contravenir cualquier naturaleza que le sea impuesta. No hay definición que pueda darse de ella, por más completa, que esté a salvo de la llegada de uno o más textos que obliguen al replanteamiento de esa definición.

El mercado es un gran homologador: asimila cualquier mercancía a una plantilla previamente trazada —salvo contadísimas excepciones que obligan a crear una columna extra en la nomenclatura, casi todas post mortem, así que no vale la pena contemplar esta posibilidad como horizonte para hacerse de ingresos—. En caso de no ser capaz de encontrarle su espacio correcto en los mostradores, le destierra de ellos y, por tanto, se le condena a la improductividad. Mientras que otras, muchas, escrituras productivas nacen con la vocación de ocupar un determinado estante, incluso antes de que alguien necesite molestarse en asignarle uno. Hay una categoría que hoy se apunta números extraordinarios: la literatura buena. No confundir con buena literatura. O literatura del buenismo, tal vez. No queda claro su nombre, aunque sí su función (Sontag también decía que la literatura no tiene una función unívoca, pero ésta ha logrado el milagro de encontrarla): compartir, con la persona que lee, una misma perspectiva moral sobre el tema que aborda el texto y para abreviar, sobre el orden humano en general. Infinitamente más importante que lo anterior: compartir la convicción de que tanto quien lee como quien escribió son un par de magníficas, ejemplares personas, en un mundo atiborrado de seres que, por otra parte, no lo son tanto.

Si el texto logra erigirse en orientador moral o, especialmente, si logra desinflamar la culpa en la persona lectora, contribuir a su autoafirmación y dotarle de capital regañón, ese pedestal desde el que se puede condenar a la multitud malpensante: gran servicio. Esa escritura, claramente, es un trabajo.

 

Pero se está desplazando la cuestión planteada antes: ¿cuál(es) es(son) esa(s) escritura(s) improductiva(s)? ¿Esa(s) que nunca puede(n) confundirse con un trabajo? ¿Cómo se le(s) puede reconocer?

Es importante deslindarlo. Una escritura que no se justifica como trabajo pone en entredicho el tiempo que se le dedica, como obra y como lectura.

Una escritura que no cumple las reglas que ella misma se plantea y no respeta ese trato, delicado y tácito, que siempre debe establecerse con la persona lectora.

Una escritura que no se pone de acuerdo con ella misma. Llena de cambios de ritmo y de humor. O con humor confuso. Que no favorece la identificación de la persona lectora con la voz autoral.

Una escritura que no manifiesta con claridad cuáles son las ideas encomiables, la postura digna que debe tomarse ante las situaciones que retrata o ante cualquier otra situación cotidiana. Que no pone mucho de su parte para hacerle saber a la persona lectora la diferencia entre el bien y el mal.

Una escritura que deambula, llena de digresiones, incapaz de retomar el hilo y resolver.
Una escritura que
Eso no es un trabajo.

 

 

 

1 Fragmento del libro Poesía y desempleo (ahora con más poesía y más desempleo), (Talleres Cáspita, 2025).

 

Xitlalitl Rodríguez Mendoza (Guadalajara, Jalisco, 1982). Autora de varios libros de poesía, entre los que se encuentran Datsun (Punto de Partida, UNAM, 2009) jaws [tiburón] (Falso Azufre, 2025), y la plaquette Hotel Universo (Grafógrafxs, 2021). Ha sido becaria del SNCA.

 

Atahualpa Espinosa Magaña (Zamora, Michoacán, 1980). Ha publicado tres libros de narrativa; entre ellos, Final con grillo (Grafógrafxs, 2022). Es promotor cultural y esclavo de un gato.