Hermandad dolosa
Nallely Alberto Martínez
Hay una podredumbre nefasta: quedaron resquicios de pólvora en la tierra afuera de la Iglesia. Pero nada de eso importa, porque arriba se desgaja el cerro, se levanta el polvo y arriban el vuelo las chachalacas. Hay un rumor inquieto, el centro del cerro palpita con el clamor de un corazón caliente. El sonido de un violín rechina, llora y sacude el cuerpo de un huasteco con un sombrero tan viejo como mi edad. Lo he visto y oído todo, hasta el suspiro de los espíritus que nos acompañan cuando nos bañamos en el arroyo. Estamos a vísperas del Xantolo, el violín se raspa, hay un aullido alborotado: Petenera, petenera, ¿quién te pudiera comprar? / Petenera, petenera ¿quién te pudiera comprar?1 La garganta del cantante se mezcla con el rumor del viento, ha llegado la hora de esperar a nuestros muertos, pero no hay nadie, el pueblo se ha quedado desierto. El horno, hecho de barro y zacate, quema las hojas de papatla, los ingredientes del zacahuil se incineran y las nubes nos aplastan desde arriba, justo donde el huapango está ensayando. El fuego busca una salida, no hay nadie para apagarlo.
Me han dejado sola, me siento afuera de la cocina en dirección a la carretera, los perros huelen la tierra con hambre. Pasan un par de hombres con las pisadas pesadas, caminan inclinados, con un enojo voraz que consume sus pupilas y se pierden más abajo del cerro. Me imagino que la milpa ha quedado vacía, comienzan a descender las primeras gotas del cielo. Me levanto con dificultad, truenan mis rodillas cuando tomo un pequeño chal azul, roído, que me pongo para cuidarme del fresco. Al caminar el ruido incrementa: Ojalá que yo pudiera cuando menos entonar / Como entona la sirena ahí entre las olas del mar. Hay algunos niños que, abandonados en sus cuartos, me mandan un saludo: «¿a dónde vas abuela?», me dicen, yo les contesto que bajaré a donde están todos. Trozo un brazo hueco de una chaka para poder caminar, el suelo se ha llenado de lodo y se ha pintado de miles de pisadas, unas pequeñas, otras gruesas y más planas, todos bajan a la misma dirección.
Aparece un perro negro, me mira con la mirada de una mujer triste, y como si adivinara mis pensamientos comienza a caminar, me guía con claridad, la lluvia incrementa. El rumor del violín se apaga por momentos, pero la voz que nos acompaña desde arriba se hace más potente, como si compitiera con el ruido voraz del aguacero: Francia, París y España; Roma Londres y Turquía / Pero Asia nos acompaña; ay, na, na; ay, na, na. El monte cada vez se hace más pequeño, a lo lejos los cerros se visten de blanco y mis pies cada vez se hunden más en la tierra mojada. Pienso en el camposanto, ahora mismo las ánimas nos buscan, ellos no saben de la tragedia. Casi al llegar veo una mancha negra, contrasta con el verde del monte, en realidad es un tumulto de personas cuyos rostros se desdibujan con la distancia.
Me detengo un poco, el perro negro se detiene también y comienza a olfatear, yo ya sé que es y directamente va a la mancha de pólvora que está en el suelo, afuera de la pequeña Iglesia del pueblo. Ahí se conserva el gris, pero también el rojo de la sangre: Cupido sacó un pescado y luego lo puso en paz / Cupido sacó un pescado y luego lo puso en paz. A lo lejos, más arriba, el hombre sigue rastrillando el violín. La tormenta se precipita y al mismo tiempo el río del costado comienza a rumiar, bajan las gotas como el caer de una granada madura. Escucho con atención el descontento. Hoy, día del regreso de las ánimas, llegaron las autoridades a poner orden. A su alrededor se concentra la gente, le gritan, se pisan los pies y algunos lloran. Hay una corrupción nefasta y hay un muerto que aún no se ha sepultado. El riachuelo comienza a emanar del monte, me imagino que la bruma baja como pequeños coralillos que desembocan al río.
Por si acaso, camino hasta donde está la mancha y me coloco arriba de ella, el perro astuto me sigue y se postra en mis pies gélidos. Los veo a lo lejos, y me imagino cómo nos verá el cantante que nos mira desde arriba del cerro, parecemos unos abandonados y huérfanos: Y como era desconfiado; ay, na, na / Y como era desconfiado, le dijo: «Ahora no te vas». Canta el hombre, pero aquí las voces gritan con rabia. Hace unos días hubo un censo directo del Gobierno Federal: «Vamos a ayudar a los afectados, daremos un apoyo para que puedan rehacer su vida debido al desastre del paso del huracán». Eso dijeron en la televisión, pero aquí, en tierra abandonada, se les dio el apoyo a unos cuantos. Unas cuantas monedas cayeron al suelo, fue afuera de la Iglesia, cuando un hombre le disparó al otro, el dinero se esfumó y el monte escondió al asesino.
El dinero nos dividió, quienes sí consiguieron la ayuda y a quienes se les arrebató el sueño. Y ahí está, el principal culpable, guardado dentro de su casa mientras el pueblo susurra entre los recovecos del monte, se golpean y se matan. El lienzo líquido baja con más intensidad, ellos siguen peleando, emana sangre debajo de sus pies y gritan, claman, pero la tormenta apaga sus inquietudes. Mi gente se está matando, entre ellos se estropean los cultivos, se reparten odio y manchan de sangre el rostro solitario de sus hermanos. Arriba, la música suena más agresiva, con molestia y frustración. Del cerro bajan ramas, hojas, pequeños tlacuaches y piedras pesadas: nadie hace caso. Han llegado las ánimas y nos buscan dentro de nuestras casas, me gustaría decirles que no hay nadie.
El cantante grita con intensidad, las cuerdas del violín de desgarran. De pronto, justo en donde hay unas matas de guayaba, se alcanza a ver una figura, lánguida. Es una especie de masa carnosa, casi blanca con una forma extraña, creo, sí, creo que se trata de un cuerpo. El camposanto se ha inundado y los cuerpos emanan de la tierra. Ellos no se dan cuenta, siguen gritando con sus gargantas secas. El perro negro se levanta, gruñe, pero yo lo detengo con el movimiento de mi mano, hay cosas que no se pueden evitar. Comienzan a bajar huesos y carne, son nuestros antepasados, y debajo la corriente sigue su curso. Bajan pelos, extremidades, ojos y dedos. Todos ellos claman por un plato de zacahuil, o si acaso un par de tamales de frijol, y sujetan los tobillos de la gente. Suenan los truenos a lo lejos, se sacude el suelo y se desploma el primer cuerpo al arroyo, todos miran debajo de sus pies, hay una mescolanza entre los cuerpos muertos con los pies calientes del pueblo. Los arrastran, uno a uno, al abismo; gritan, se tratan de sujetar de las raíces de los árboles, pero la fuerza de las ánimas es voraz. Somos hermanos, y como hermanos nos vamos a arrastrar. Arriba el cantante se escucha cansado: Un clavo saca otro clavo si no lo remacha más. Termina la canción con el ruido de un rayo que se colapsa arriba de la Iglesia. Caímos todos, teníamos hambre, pero también pecamos de disgusto. Tiro a un lado el bastón que improvisé y me hundo en las olas frías del río.
1 La Petenera (Son Huasteco popular).
Nallely Alberto Martínez (Cuatitlán Izcalli, Estado de México, 1999). Segundo lugar en la categoría de cuento en el Congreso Estudiantil de Educación, Edición, Crítica e Investigación Literaria de la UAM-I en la edición «Cuerpos en palabras: Erotismo, Identidades y Disidencias en la Literatura». Seleccionada con el cuento titulado «No duermas bocarriba» en La sombra de la Luna (Kannonical Editores, 2025).