La casa revuelta
Diana Meza Luviano
Construyo en mi cabeza escenarios ficticios para el día en que nos volvamos a encontrar; la textura de tus párpados, el aroma de tus nudillos, el sudor en mis axilas y el sabor de mis encías, preparo también un sinfín de monólogos iracundos de mi yo agonizante tratando de explicar cómo me las he ingeniado sin ti y de cómo he sobrevivido a este mundo que se vive mejor en compañía, de cómo es que cerré este ciclo sola para poder continuar, también imagino que te recibo con el desaire gestado desde un rencor añejo sin más explicaciones que las de mi resentimiento. Pero lejos de todas estas ensoñaciones, solo hay una certeza: no me has hecho falta para seguir viviendo.
Solías decir que te daba ternura, nadie me lo había dicho antes. La ternura radica en un cachorro desprovisto de su madre y en el afecto incesante que reclama. Yo no soy eso, aunque lamento haberlo parecido. La rudeza que adorna mi gesto forjada a base de temores inadvertidos, se vería opacada por un filtro melancólico plagado de clichés románticos, en adelante una pátina rosada me habría cubierto para siempre en tu imaginario del amor. ¿Será suficiente esta ternura para que dejes las drogas? No. Nada ha sido suficiente para calmar la compulsión que te habita, así sean tus padres despojándose de todo lo que tienen o yo misma vuelta sombra en un pedestal de rapiña hasta quedarme sin nada, nada, nada ¡Nada! ha sido suficiente para devolverte la sobriedad, nada calma el ansia por la siguiente dosis. Si de ternura se tratara, te habrías aferrado a mí, tanto como yo lo hice.
21 de julio del 2021, esa precisa mañana desperté con el cuerpo deforme y el espíritu derrotado, de mis párpados apenas obtenía respuesta, estaban tan hinchados que la luz y las imágenes penetraban con dificultad. Un día antes cumplí treinta y tres años, la misma edad del Cristo crucificado en casa de mis abuelos, el mártir que murió por la humanidad sin que nadie se lo pidiera.
Sacrificio ¿qué significa eso? El cuerpo de una mujer se edifica con sacrificios, mi abuela me lo dijo sin palabras y mi madre lo repitió con sus acciones, sacrifiqué los años que no retoñan en espera de una recompensa incierta, en espera del cambio, de un golpe de suerte, de un vientre preñado de flores y amaneceres buenos, porque algunas lo damos todo, incluso aquello que no tenemos, incluso, en contra de nuestra voluntad.
Como Cristo yo también estuve muerta, aunque no sé si logré resucitar, en el mejor de los casos soy un espectro que observa y deduce para no volverla a cagar. El estrépito de la noche anterior azotaba los temporales de mi cabeza, una furia ciega y desconocida reventó mis extremidades sin que nada pudiera hacer. Traté de incorporarme sobre la cama y el pantalón desgarrado atestiguaba la crudeza de lo sucedido, ojalá no hubiera sido real.
Conjuro tu nombre para ver si te apareces un buen día, para ponerme a prueba y salir victoriosa del golpe, aunque si bien es cierto, ya no sabría qué hacer contigo, no sabría si hablarte de tú, de usted, de nosotros, de ustedes ¿es que ya hay un ustedes? Prefiero anularte del pensamiento para no invocar un pasado en el que descubrí la violencia infame que soy capaz de ejercer.
7:00 a.m., el tiempo justo para enjuagar la sangre y lamerme las heridas, en el espejo un rostro desencajado y henchido me miraba a los ojos saturado de lágrimas y resignación, no me reconocí porque yo no era eso, yo había sido feliz. ¿A dónde habría ido la ternura que revestía este cuerpo? ¿dónde podría guardar la vergüenza, curar la culpa y lavar el remordimiento? ¿cuánta lejía sería suficiente para desmanchar esta conciencia que sangra? Ni cubriéndome bajo gruesas capas de hielo calmaría la hinchazón que inflamaba mi carne como al cadáver de un ahogado. Cómo podría llegar así al trabajo y recomendar algún remedio para las ojeras, alguna crema rejuvenecedora que atenuara estas ganas de morir en vida, cómo podría llegar así y decir que te quise pese a tus negligencias.

Bitácora de llanto. Diana Meza, 2021.
Miré la casa revuelta y tu cuerpo constreñido en el sofá ¡cómo pude hacerte esto! y tú... ¿cómo es que pudiste? Eras tan hermoso que debí haberte observado dormir por horas, esperar a que despertaras y me dijeras que necesitabas ayuda, que esta sí sería la última vez, mientras yo hacía como que te creía y olvidaba el monstruo que fui la noche anterior cegada por la pasión punitiva de mi venganza. Para serte franca te hubiera creído las veces que fuera necesario, pero llegué a un límite que creía inexistente.

La casa revuelta/distorsión. Diana Meza, 2021.
Los últimos años que pasamos juntos había una energía ajena a nosotros, una mancha que se interponía entre nuestros besos largos y pausados, algo parecido a la culpa, pero más intenso, algo que no se borra: la adicción. Recuerdo que la vida se nos iba en la cotidianidad de los que se casan, el erotismo inextinguible que nos unía debió de haberse quedado en nuestra primera casa. Rara vez dabas molestias y te perdías en la excepción de los días, respirabas por mandato habitual el mismo aire que te sofocaba, a veces me pregunto si en verdad existías o te inventé en mi afán de no perderte.
Te fuiste desdibujando como un retrato de grafito expuesto a mil manos, eso eras, un retrato gris. Nos escondí de las fiestas, de los amigos, de las vinaterías, de las cantinas, de las aceras invadidas por terrazas lounge, nos escondí de la vida. Qué absurdo empecinarse con cambiar a alguien, ahora lo sé, tan absurdo como llenar un vaso roto con agua.
Fue necesario alejarse para verte mejor, de lejos puedes obtener la panorámica, apreciar los detalles de un todo a distancia, mirar con frialdad, pues nadie piensa bien con la cabeza caliente. Cuando tomé el cuchillo sabía que estaba siendo bastante estúpida, sabía también que no quería hacerlo, pero una lumbre impetuosa me quemaba las manos y ya no había vuelta atrás, solo una amenaza latente que suponía el fin de la cordura.
“Yo sería incapaz de herir a alguien” —Eso nadie lo sabe, eso no lo supe hasta que una voz me susurró lo contrario— y como las circunstancias convierten al santo en asesino, volqué toda la locura hacia mi pantalón asestándole dos heridas verticales a la altura de la rodilla para luego, destrozar el resto con las manos, una desesperación apremiante me había crispado los nervios ¡ya nada importa, ya nada importa! con el martillo destrocé aquella bocina que compramos con tanta dicha en el país de la nieve, y fue así como te descubrí gestos que no conocía, como te vi transformarte en demonio, conocí la fuerza que tienen tus brazos y la capacidad que tiene el dolor para destruir. Me había olvidado de mí como lo hizo Jesucristo, me sa crifiqué por otro en vano sin que nadie me lo pidiera ¿y el amor propio? ¿es que Jesús no se amó lo suficiente? ¿es que también debí dar mi vida por ti y ser la mártir que espera en casa mientras prepara una sopa caliente?
Los últimos meses me ha dado por beber, nada de qué preocuparse, solo es que me gusta mucho la cerveza en tarros preparados, soy amante del escarchado salino que circunda la boca del vaso, lamo sus contornos con el mismo aplomo que lo haría una vaca en su corral, eso no me convierte en una adicta ¿verdad? antes no podía beber alcohol, fui yo quien se impuso esa restricción, porque si lo hacía, podías darte el permiso de beber bajo la excusa de que yo lo hacía también y después del primer trago ya no había marcha atrás, con el paso de los días la bebida habría culminado en la inhalación de aquel polvo esquizofrénico que eclipsó alguna parte de tu cerebro.
Finalmente te saliste con la tuya y cada cierto tiempo desaparecías sin que nadie supiera de ti, detestaba imaginarte en algún cuarto de hotel, aniquilando un vacío perenne, gastando el dinero que no sobraba en casa, pero derrochabas en drogas y alcohol. Solo alguien como yo podría reconocerse en tal incongruencia, en la distorsión de un comportamiento racional. Llegabas a casa como si nada, con el cinismo de un político corrupto, de esos que detestábamos tanto y nos revolvían las tripas cuando soñábamos con un país justo, te molestabas si pedía explicaciones, si cuestionaba la arena que escapaba de tus bolsillos, te excusabas diciendo que tenías miedo de volver a casa y encontrarte con mi violencia, con la violencia de una mujer desesperada ¿qué necesidad habría de eso? ¿en verdad eso te atemorizaba tanto, o eras tú el que sentía miedo de sí mismo, viéndose destruir todo aquello que decía amar?
¿Quién eres realmente, con quién compartí mis secretos más sórdidos y mis momentos más jodidos? Si alguien me hubiera contado esta historia diría: “¡qué mujer tan estúpida, yo ya lo habría mandado a la chingada!” ¿en verdad soy estúpida? qué fácil abrir la boca cuando no duermes con el verdugo de tu desgracia, cuando amas al origen de tu sufrimiento.
“El adicto”, esa palabra te roba la dignidad (si es que todavía la tienes) si es que no la perdiste en la casa del dealer, o te la robaron por allí, mientras dormías quién sabe dónde a merced de quién sabe quién. “¡No me digas drogadicto!” —decías—y yo te lo repetía más, hasta que quedara claro, hasta que no tuvieras duda de que sí lo eras, así como yo era adicta a ti y me dolía cada que perdías el juicio y balbuceabas incoherencias, porque sabía que una parte de ti se había consumido también. Me casé contigo por tu mirada limpia y corazón generoso, te elegí a ti porque serías incapaz de hacerme daño. Los humanos cambiamos cada cierto tiempo, ya no te reconozco.

Humillación. Diana Meza, 2021.
Qué hermosos son los atardeceres de luz anaranjada mientras bebes un clericot con los nervios excitados, qué divinos me parecen todos bajo esta lente truculenta, los tragos desfilan como si fueran limonadas frescas mientras los meseros agotados por un sol veraniego, aguantan los chistes de aquel hombre de nariz colorada. El bullicio de la fiesta recrea una atmósfera onírica. ¿Por qué todo es tan complicado si bailo tan bien? ¿Si soy tan agradable, si mi voz es diáfana y mi cuerpo ligero se abre con la facilidad del celofán de un chocolate suizo? ¿por qué no puedo beber todos los días y creer esta mentira de lo que soy bajo la pócima de un fermento amargo?
Traté de entenderte, de entender esta embriaguez que tanto te seduce, pero la realidad siempre nos alcanza y mañana, todo esto se habrá esfumado, la hermosura de hoy ya no existirá, nunca existió, solo en un cerebro divirtiéndose con enervantes de venta libre. Al despertar, una luz aguda atravesará la ventana y se incrustará en mi cabeza como los cristales de un foco reventado, las punzadas craneales y mi cartera vacía me harán prometer que será la última vez.
Por ti odié tanto a las drogas como a mí misma, me convertí en un sabueso entrenado, investigadora de aromas clandestinos impregnados en tu ropa, analista desesperada de las partículas esparcidas en el piso, ¿te imaginas? iba a gatas recorriendo toda la casa en busca de algún indicio de polvo sospechoso, revisaba la basura tratando de reconstruir escenas que justificaran tus historias, porque tu verdad no coincidía con la realidad de esta cabeza confundida por la serenidad de tus letargos, por tu dicción atropellada, por los amantes que me inventaste y las mentiras con las que me enloqueciste, no me quedó más remedio que creerte, pues era menos doloroso que la verdad.
Nuestros últimos años fueron pérdidas totales, no me enorgullezco de lo que hice para darte las lecciones que nunca aprendiste, me arrepiento de tu ropa trasquilada, tus tarjetas mutiladas, las llaves arrojadas al vacío y los cardenales envileciendo tu carne, quizá de lo que más me arrepiento es de haberte lastimado con las serpientes que hábilmente salían de mi boca y con el veneno altamente letal que tienen ciertas palabras para aniquilar.
¿Por qué nuestro matrimonio se hizo tan miserable si nos queríamos tanto? ¿En qué momento dejaste de ser tú, que no me di cuenta? Esa fue la última noche que llamé a ese lugar de paredes blancas y techos altos “nuestra casa”, si no hubiéramos hecho lo que hicimos justo ese día, no habría tenido el valor de irme. Me llevaste al límite del sufrimiento, aún sin merecerlo ¿o sí? hoy te lo agradezco porque dejé de vivir suspendida en la nada, mirando tras la mirilla de tu vida, viviendo una vida arrebatada que no me pertenecía, fuiste un hábil pretexto para no hacerme cargo de mí, pude culparte de todo aquello que pude haber sido y no fui, de todo lo que dejé de hacer para curarte, aunque no me lo hayas pedido.
Diana Meza Luviano (Ciudad de México, 1988). Estudió Literatura Dramática y Teatro en la UNAM y Creación Literaria en el INBAL. Ha publicado en la revista Casa del Tiempo, Casa País y en Bitácora de vuelos.