La mancha
Noemí Moreno Jiménez
La primera vez que noté la mancha era tan pequeña como la palma de mi mano. Salvo un par de días, no le di importancia. Cuando la volví a ver había crecido lo suficiente como para preocuparme. Por medio de la portera, una anciana escurridiza a la que apenas le había visto la cara un par de veces, di aviso al propietario y este respondió que no era nada, que todos los departamentos tenían buen mantenimiento. Durante varios meses me dediqué a fotografiar la mancha para reunir las pruebas suficientes del aumento drástico de sus dimensiones. Cuando envié las fotos al celular de la portera, la contestación del dueño, siempre a través de ella, fue que se trataba de un desgaste natural del barniz y que unos trabajadores pasarían pronto a restaurarlo. Luego de más de un año de espera, me atreví a insistir, porque la mancha no detenía su progreso. Finalmente, el dueño reconoció que se trataba de un problema mayor causado por la antigüedad del edificio y prometió que lo arreglaría lo antes posible.
En medio de conversaciones trianguladas, silencios y promesas, llegué a sospechar que la vieja me había agarrado odio y que el dueño ni siquiera estaba enterado de los desperfectos: todo el supuesto intercambio de mensajes con él era un invento para deshacerse de mí. La última vez que hablé con ella fue una tarde en la que nos cruzamos por casualidad en el pasillo y le interrumpí el paso. Hizo una mueca de fastidio que no intentó disimular, pero ante mi amenaza de no pagar la renta a menos de que le marcara en ese instante al propietario, se decidió a llamarlo. Sin embargo, en el último momento, cambió de opinión y, entre gritos y frases que no entendí, colgó el teléfono y se largó apresurada. Ya vendrán, me dije convencida.
A partir de que la mancha cubrió por entero el piso del departamento, el suelo comenzó a degradarse y a caer lentamente en pedazos de diferentes tamaños. Ahora es imposible caminar y no observar el comedor y la sala vacíos del departamento de abajo, lo cual me ocasiona tristeza, pues ahí vivían las únicas personas del edificio que me agradaban. Tanto me simpatizaban que cuando el problema empeoró me preocupó más su bienestar que el mío. Me imaginaba que cada uno de mis pasos les llenaría de polvo la casa, que escucharían con miedo el rechinido de mis movimientos o que algunas piedras pequeñas caerían en la sopa del niño provocando que lo reprendieran por no querer comer. Qué lejos quedaron las tardes en que desde mi sillón los escuchaba y sentía que estaba en familia.
Para evitarles molestias, pensé que lo mejor era caminar por las orillas. Como mi apartamento es muy pequeño, el método funcionó sin problema: para llegar a mi habitación ya no cruzaba en diagonal, sino que iba de la puerta de entrada a la cocina, de ahí a la pequeña estancia, luego al baño y, por último, al cuarto. Aunque con el rodeo perdía tiempo, lo realicé durante meses y hubiera continuado así de no ser porque el piso también empezó a ceder por los bordes. A fin de prolongar su utilidad, calculé que debía caminar de manera uniforme y con la misma frecuencia sobre cada porción de la superficie. En ese entonces todavía tenía la esperanza de que en cualquier momento tocarían a mi puerta para hacer las reparaciones o, mínimo, que me harían una gran rebaja en el alquiler y así podría ahorrar un poco para mudarme a otro espacio.
Tanto me angustiaba perturbar la paz de mis vecinos que cada vez temía más caminar. Imaginaba a mis pasos como los de un terrible gigante provocando toda clase de accidentes, a tal grado que su rutina se vendría abajo: horarios para desayunar y salir al trabajo, la placidez de sus meriendas, su puntualidad para encender y apagar la televisión antes de ir a la cama; todo eso se iría a la mierda por mi culpa. Su tranquilidad se volvió tan importante para mí, que tardé en darme cuenta de que mis paseos por la casa se habían reducido al mínimo.
En ese estado de inmovilidad casi total tuve un presentimiento y miré hacia arriba: la mancha del piso se replicaba idéntica en el techo y parecía lista para caerme encima, como un animal que llevara mucho tiempo al acecho De inmediato deduje que mi parálisis era una especie de instinto que en otras circunstancias jamás se hubiera manifestado. Al descubrir que la mácula también ocupaba una porción importante de las paredes, supe que de nada me serviría mi supuesta habilidad, pues para ese entonces ya estaba atrapada en las fauces de una bestia. Pronto los muros quedarían cubiertos y yo, rodeada sin salida.
Lo primero en derrumbarse por completo fue el piso. El techo copió sus movimientos casi en sincronía, de tal manera que pude anticiparlos y evitar que los pedazos de concreto cayeran sobre mí. Presencié la huida de mis vecinos, quienes dejaron su hogar después del primer gran agujero, por el que, por cierto, me asomé con una gran sonrisa y agitando los brazos con la intención de despedirme, pero, en lugar de decirme adiós, lanzaron un grito y aceleraron su escape.
Desde hace algunos meses ya no queda cemento, solo algunas vigas de metal y madera sobre las que brinco constantemente para ir de un sitio a otro. En parte lo hago porque hay poco espacio para sostenerme de pie y porque ahora que vivo prácticamente en la intemperie necesito más que nunca entrar en calor. Sin embargo, el motivo principal de mis saltos es que algo me dice que en el momento menos esperado las vigas comenzarán a doblarse. Si de casualidad alguien me mirara desde lejos, seguro le recordaría a una mosca que traza figuras incomprensibles con su vuelo.
Noemí Moreno Jiménez (León, México, 1983). Es psicoanalista. En 2022 ganó el primer lugar de fotografía como artista emergente del Festival Amalgama (Toluca). Fue editora de la revista DéDALo. Poemas suyos aparecen en Periódico de Poesía.