
Isabel Ojeda,
Orfa / Natos,
Valparaíso Ediciones,
2026.
La orfandad del signo en Isabel Ojeda
Edinson Aladino
La melodía empieza a darle forma al papel. Mirada contenida de soles por Hermes flautista, Hermes bañado por la luz roja del suelo. ¿La melodía borrará el papel? ¿La melodía puede, en verdad, seguir sin nosotros? Nuestro oído tiene la forma del suelo.
¿Qué cruje a mitad del patio del orfanato? ¿A medianoche? El cuerpo torpe, consagrado en la bañera; órganos hinchados de espuma blanca. Allí donde nacen dedos de arcilla. Apenas hay sed: boca entrevista en sinfonía de flores. Apenas hay espina, el cuerpo en la bañera contando sus fragmentos: manos, labios amoratados, huesos molidos en la espera.
¿Ya ves? Escribo con las manos atadas en el agua. Leo el poemario de Isabel Ojeda en una noche de marzo y siento la levedad del cuerpo quebrándose hondamente. Sigo cada página: saltan los versos, se desplazan, mutan, escapan por los bordes; se bifurcan, como el título con la escisión de la palabra orfanatos. ¿Acaso mi cuerpo de lector también se fragmenta en la melodía de los versos?
Tocando con los ojos cada página, comparto algunos versos del libro:
Se confió al descosido pez (17)
[Niñez hace fantasmear letras con delirio] (23)
A veces / creo no estar en ningún soplo (29)
Me he regado paralela muerte (62)
Eran tantas olas en nueve pisos
con soledad anónima
antónimas soledades tupidas en simbiosis (68).
Tomo el libro con el gusto de dejarme sorprender por un verso y tiendo lazos, siluetas. Todo el tiempo la voz de Hermes acompaña. Su voz entre corchetes dando pausa, preludio, «timbre de huesos / el alimento de los huérfanos».
A los seis años el mundo comienza, pero podemos ser ya ancianos. El poemario de Isabel Ojeda deja la imagen de una ausencia tejida con audacia: la niñez no tendrá raíces. La niñez será deriva, hoja sabia caminando entre ríos. Por eso la figura de Hermes acompaña a la niñez, aparece todo el tiempo a lo largo del libro. Hermes es entrada al mundo del lenguaje, al juego de la letra. ¿Habrá otro rincón para sostenerse? ¿Otra morada para reinventarse?
Al abrir de nuevo el libro, el verso avanza con una fuerza en repliegue. Es un ciempiés incesante que se renueva en cada superficie del sentido; su recorrido va trazando la constelación de las páginas. Este ciempiés atraviesa la garganta muda del papel, se extiende de principio a fin, enrosca su cuerpo y deja puntos de tinta que son, en realidad, las manos de la poeta sumando versos, dibujando rostros a lápiz en la frágil papeleta de la vida.