ISSN: 2992-7781

 

La paz perpetua

Gabriela Conde Moreno

 

 

Hoy por la mañana fue difícil despabilarme. El calor era una bruma. Anoche, una vieja llegó hasta el local al cinco para las ocho, cuando yo estaba bajando la cortina. Me rogó que la atendiera, no pude negarme. Las personas siempre me dan argumentos rotundos, razones diversas y contundentes (que yo escribo con mucho esmero, una a una, enumerándolas en el formato azul). No pude negarme, además, porque las mayores, las viejas, tienen mi total consideración. La dejé pasar, se sentó frente a mi escritorio y anoté las 12 razones por las que buscaba mis servicios.

Como acostumbro, usé un fólder blanco para abrir un expediente. Ahí, lleno varios formatos en los que escribo lo clásico: nombre, edad, peso, las razones para querer morirse y algunas notas para los deudos. Casi todas las personas dictan indicaciones para sus seres queridos, disponen de sus propiedades (por lo general cosas exiguas, un pañuelo bordado, una cazuela de barro, una máquina de coser rota), piden perdón, dejan glosas de amor y a veces terminan con algún reproche.

Le dije a la vieja que el mejor método consiste en una dosis de varias grageas que la sumirían en un sueño del que ya no se puede salir. Terminado el procedimiento, la colocaría en la sala de espera del local, como coloco los cuerpos de todas las personas que acuden conmigo, recostados en los sillones, frente a la mesita con revistas y unos jarrones de flores que limpio y riego prolijamente todos los días, para que los seres queridos los vengan a buscar.

Ahora solo hay dos cuerpos aguardando, una niña y una madre de 11 y 28 años que hace 4 días juntaron lo suficiente para usar grageas; ambas parecen dormidas, como se dice, sonríen y traen vestidos que ellas mismas se hicieron para la ocasión; nadie las ha reclamado y aunque han pasado muchas familias buscando cuerpos, todavía no aparece la de estas dos; así sucede a veces, he tenido cadáveres por hasta 3 semanas y también algunos que, apenas termino de arreglar, tienen, de inmediato, una parentela grande, de 15 o 16 personas, reclamándoles.

Pero la vieja no traía dinero suficiente para grageas, apenas había juntado 3 billetes. No tuve que enumerar el resto de procedimientos para morirse, con ese capital lo mejor que podía hacer por ella era subirla a un banco, atarla con una soga al cuello a una de las vigas en el techo y después quitar el banco para que muriera por asfixia. Prometí meterle la lengua dentro de la boca porque siempre termina de fuera, tan inflamada y morada que parece una cosa distinta. Como una berenjena a punto de explosión, le dije. Ese es el fundamento de mi tarifa, entregar los cuerpos presentables, para que, cuando las vengan a buscar, ningún deudo grite de horror ni salga corriendo. Firman con alivio un formato verde en el que consta que recibieron el cuerpo y yo guardo el expediente, alfabéticamente, en los archiveros. Entonces, la vieja que me daba la espalda, volvió hacia mí su rostro, dijo que sí y los ojos se le llenaron de luz.

Mientras estuvo colgada, permanecí de pie junto a la vieja. La tomé fuerte de la mano y canté una canción. A veces los cuerpos tienen estertores bruscos y es imperativo sostener la mano y apretarla, acariciarla. Después de descolgar el cuerpo, metí la lengua en la boca y lo preparé y limpié con esmero. Luego lo saqué a la sala de espera y lo senté en los sillones. Junto a la mujer y la niña, la vieja parecía también dormida; eran como tres mujeres felices, una abuela, una hija y una nieta, que descansaban a mitad de una charla, en una apacible noche de julio.


Llegué tarde a casa.

Esta mañana cuando arribé al local, un hombre estaba parado frente a la cortina, esperándome.

—Buenos días.

Me sentí nerviosa. Me apresuré a subir la cortina y a abrir. El hombre permanecía afuera, sin moverse y me miraba mientras yo entraba y salía del local, barriendo, acomodando revistas, espantando con un periódico a las aves de rapiña, prendiendo la cafetera, ordenando papeles, sacudiendo el escritorio. Cuando me senté dispuesta a clasificar expedientes, entró y se sentó en la silla frente a mi escritorio. Pude verle por completo el rostro. Me recordaba a alguno de los hombres que conocí en el pasado, a alguno o a todos. Yo sudaba. Él dijo que traía suficiente dinero para el método de las grageas, más que suficiente, eso y mucho más. Su voz era dura, tiránica. Yo estaba perpleja, nunca un hombre había buscado esa clase de servicios.

—¿Qué pasa? ¿No que eras la mejor de la ciudad? —Y puso frente a mí dos bolsas negras repletas de billetes. Después sonrió complacido.

—¿También me vas a cantar, verdad?

Después de dudar un instante, le contesté que sí, que le sostendría la mano y le cantaría mientras estuviera en el trance de la muerte, que le cerraría los ojos y colocaría su cuerpo en los sillones y le pondría una revista en las manos para que diera la impresión de haberse quedado dormido mientras leía sobre jardinería y de estar ahora soñando con campos de lavandas.

No quise saber sus razones, así que no me molesté en abrirle ningún expediente. Antes de darle la primera gragea y acercarle un vaso desechable con agua, el hombre me vio fijamente, con odio y regodeo.

Temblando, le abrí la boca y le eché la primer pastilla. Él bebió de un solo trago el agua y después deshizo el vaso apretándolo dentro del puño. Le abrí la mano, se la sostuve, sacudí el unicel.

Canté y se quedó dormido.

Ahí, indefenso y a mi merced, pensé que podría coger un cuchillo y destriparlo, castrarlo, causarle el dolor que seguro se merece, pero no lo hice, tomé el dinero, algunos papeles y salí corriendo.

Probablemente cuando el hombre despierte, querrá desquitarse por mi estafa con las 3 mujeres que siguen ahí en la sala de espera, seguro ellas terminarán como todas las otras, tiradas en algún canal.

Llámenme cobarde, pero yo no voy a darle ninguna paz.

 

 

 

Gabriela Conde Moreno (Tlaxcala, México, 1979). Es narradora y ensayista. Ha publicado los libros de cuentos Espejo sobre la tierra (CONACULTA, 2004), Vía láctea (BUAP, 2023) y Tejidos (Instituto Tlaxcalteca de Cultura, 2021). En 2023 ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte.