ISSN: 2992-7781

La tarde seguía

José Adair Prado Zacarías

La tarde se asoma a quemarnos la piel. El Fide anda todo dado a la verga. Tiene la nueve milímetros guardada en el cinturón. Maneja con una mano, y con la otra bebe su Electrolito sabor naranja. Yo mastico mi chicle clorets, voy con los ojos puestos sobre la calle San Antonio, sostengo mi M14 táctica. Cargamos nuestros chalecos antibalas. Nos gusta manejar la blindada. Saco un tabaco y le ofrezco otro al Fide. Niega con la mano, suelta un eructo.


—Me siento de la verga, compadre —da otro trago a su suero— siento que me voy a morir ora sí, Feli.


—¿Pero te mama la fiesta, no?

Frente a nosotros pasa una camioneta militar con, al menos, diez soldados. Iba en putiza. Fidencio hasta cambió de color, prende el coche y acelera con toda la fuerza de su pierna. Sale por el bulevar Francisco I. Madero.

—¿Los viste? Eran dos camionetas repletas de soldados. —Dice el Fide— Diles que va una ballena sobre Sanalona.

—Paco… ¿me copias…? —llamó por el radio—: vimos pasar unas ballenas con, al menos, veinte marranos bien comidos. ¿Paco?... ¡Contesta, cabrón, van por Sanalona! Los vamos siguiendo.

—Ya los waché, mi Feli, déjalos, a ver qué hacen los pendejos. Vayan detrás, así si se quieren pasar de verga los tumban. Al tiro plebada. Cambio.

—Andamos al tiro. Cambio.

La voz de la radio nos puso como cuete disparado en el culo detrás del convoy. En el Bulevar Francisco I. Madero, cruce con la calle Jaime Torres Bodet, nos impacta otro convoy y la camioneta da vueltas. Quedamos en medio de la Jaime Torres Bodet. Saco mi M14 y disparo de lleno a la camioneta que nos impacta, el convoy avanza, Fide acelera detrás de ellos, yo disparo. Por la radio reporto que otro convoy se dirige al departamento del patrón.

—¡Alerta roja, hagan un desmadre! Van por el jefe, no vamos a dejar que salga. Fide y Feli vayan a la entrada de la Francisco, ciérrenme el pedo, pero en corto ¡Los quiero a las vergas, cabrones! Donde nos fallen se los carga la puta madre.

—Jefe, ¿y los que van con el patrón?

—¡Que les valga madre, plebada! Bloqueen la entrada de la carretera, en Sanalona...

 

 

Abrí los ojos, quité el sombrero que estaba sobre mi rostro. Me levanté, estiré los brazos al cielo. El polvo huye de nosotros empujado por el aire. Desde ayer, el Chava y yo andamos acá esperando en la cima del cerro. La noticia es que, caída la tarde, entrarán los carrancistas. A esta hora seguro ya están entrando desde Tamazula, ahí ya les tienen su bienvenida, pero si logran llegar a Culiacán nosotros les daremos su estate quieto. El Chava acostado, con la panza pal suelo y la Madsen bien cargada. Sostengo mi Remington 1875, miro a la intemperie.

—¿Cree usted, don Chava, que la guerra acabe?

Tuve un sueño raro.

—De que acaba, acaba, mi Feli. La cosa es si vamos a vivir pa’ verlo —Chava me mira y sonríe como dándome a entender mi inocencia— ¿Qué soñó, mi Feli?

—No lo recuerdo, pero la guerra seguía.

Un ruido lejano me hace voltear, desde lo alto de la montaña, a la parte inferior donde un letrero viejo, todo agujereado, dice: «Bienvenidos al Distrito de Culiacán». Por allá se ve llegar a un sombrerudo que está por la entrada del pueblo. Frente a nosotros vemos como se agazapan los carrancistas ocultos entre las casas. La mayoría de gente se fue a meter a la sierra.

—¡Chava, por allá va entrando uno!

El Chava dispara la Madsen y, a su alrededor, una nube de humo se levanta y vuela. La pólvora nos tiene ahogados los pulmones. Es bien canijo el Chava, tiene una puntería muy buena. El soldado apenas tiene tiempo de voltear y ¡pum!, pal suelo. La tierra se colorea de rojo. Su sombrero queda tirado y con pedazos de sesos, no supo ni de donde le llegó el fregadazo. Chava voltea a verme, sonríe.

Nos contestan con plomo, una bala se entierra a su lado. Desenfundé la Remington, Chava saca su hueson1 y les contestamos el fuego a los carrancistas. Las balas nos zumban, como zancudos, cerca de los oídos, pero alcanzamos a huir. Nuestros huaraches bailan al son del aquí corrió.

—¡Esta guerra nunca se acaba, hijos de su puta madre! —Grita el Chava…

La lluvia de balas está arreciando, huimos, a punta de balazos de mi Remington y la Hueson del Chava, hacia dentro del pueblo. El Chava siempre se luce con su puntería. Le arrebata la vida a esos pobres fulanos quienes caen por montón. A varios de ellos les vuela el sombrero y sus camisas de lona quedan teñidas de rojo.

Yo soy más lento, pero seguro. Nos cubrimos detrás de una casa y desde ahí, a los que se van acercando los recibimos a plomazo. A nuestra cercanía llegan otros elementos del ejército federalista, se paran detrás de una casa que está junto a nosotros, cruzando la calle. Pudimos replegar a una gran parte de los carrancistas, pero siguen llegando. También ellos se llevan a algunos de nosotros un soldado federalista se asoma mal y cae con una bala en el pecho. Su compañero lo intenta arrastrar a cubierto, pero termina sufriendo la misma suerte, se los cargó la chingada. Miro sus dos cuerpos deshechos entre el fuego cruzado. El polvo ciega nuestros tiros, pero seguimos disparando. Aprovechamos que ellos no nos ven, aunque nosotros tampoco.

Chava y yo esperamos, apenas disipada la nube de arena salimos a disparar. Le di a un harapiento que a penas y sabe dónde apunta, cayó. Chava dispara e impacta cinco balas. ¡Cuánto carrancista muerto! Chava se cansa, baja un brazo y una bala le entra, se cubre.

—¡Ya valió verga! —sostiene su herida— ¡Ya valió verga!

—No pasa nada, a ver deja veo.

Es una rozadura, la sangre le escurre, pero no es grave. Chava toma el revolver con la izquierda, y con la mala, sostiene el tiro. Es el más talentoso que haya visto con las armas. Vuelve a disparar y se lleva a otros dos, primera vez que le gano pues me llevo a tres. Los del otro lado de la acera disparan menos. Han caído tres de los cinco de nuestro grupo, los dos que quedan se aglutinan y cada cierto tiempo disparan desesperados. Los carrancistas van en aumento, cada vez es más difícil contenerlos. Seguimos intentando. Sabemos que quedan pocas balas, ¿luego qué?

—Hay que pelarnos, Chava.

—Ora qué, mi Feli ¿Te me vas a echar pa’ atrás, ahorita?

—Ya no tenemos balas, Chava, si se nos acaban y siguen llegando valimos tres cuartos.

Chava se pone a revisar sus balas, las cubre con su sangre.

—Vámonos, pues.

Caminamos sigilosos hacia atrás. Nosotros huimos mientras un sonido se me aferra a la oreja y deja un piiii, un poco sordo sigo huyendo. Nos metemos por una calle, respiramos un poco, recargamos las últimas balas y volvemos a salir intentando escapar. En la siguiente calle hay una casa de madera con dos ventanas abiertas que dan a su sala, puede ser un buen refugio. Nos metemos de un salto. El primero es Chava, después yo. Al caer por la ventana azota mi cuerpo de golpe. Frente a nosotros unos soldados del ejército Carrancista apuntan. La cagamos. Nos hacen hincar ante el pelotón de cinco hombres, uno de ellos se acerca a nosotros y golpea a Chava con la misma Madsen que dejamos en la cumbre del monte, cae tendido. A mí me dijo «a dormir» y luego el chingadazo, ardor en la quijada, el tronido de los huesos…



—Agárrate fuerte, Feli.

Saca la pistola, acelera, con la mano izquierda dispara al cielo. Los carros a nuestro alrededor huyen o se frenan, la gente grita al ritmo de nuestro rodar.

—¡Pura gente del ***! —Grité.

Vamos de vuelta por el Bulevar Francisco I. Madero. Al llegar estacionamos casi en la entrada de Sanalona, tantito después de la calle Chichichanqui, a lado de la cuarta.

—Póngase su chaleco, compadre.

—Cómo voa creer, los chingones no mueren, mi Feli —sonríe Fidencio—. A mí me la pelan.

—Bueno, ándele, apúrese, hay que jalar esos coches.

—Encapúchese, perejón —dice Fidencio.

—Sí —me encapucho, saco mi radio— ya andamos por acá, esperando órdenes, cambio.

—Ahí aguanten la verga, ahorita les mandamos refuerzos, si ven cualquier movimiento es a matar, al tiro, plebada. Cambio.

—Pos ya oíste, mi Fide, hay que aguantar acá. Igual está bien tranquilo, ¿qué no?

—Pa’ mí que el patrón ya se arregló, saben que no se pueden meter aquí.

—Pues eso espero, luego que tú no andas al cien. Por eso te he dicho que no te mal pases, nos agarra una emergencia y tú en la pendeja.

—¡Ay ya, mamá! Deja de estar castrando.

—Yo nada más digo, pariente.

—Ya hasta se me bajó, con la pura adrenalina.

A lo lejos alcanzó a ver un convoy. Ya no nos dio tiempo de hacer la barricada.

—¡Ahí viene, ahí viene otro!

Comenzamos a disparar y a la lejanía el convoy acelera, algunos soldados disparan de vuelta.

—¡Cúbrete, cabrón, cúbrete!

Nos metemos detrás del auto, escuchamos y sentimos las balas chocando contra la camioneta blindada, la ráfaga de sonido como tronidos del cielo. Nos asomamos, disparamos de nuevo.

Una bala que dispara el Fide rebota en el costado del coche contra su pecho, Fide cae.

—No mames ¡pendejo!

Me asomo otra vez y continúo disparando.

—¡¡Hijos de la verga!!

Disparo más y logro tirar a dos pendejos, se acerca otro convoy que también abre fuego. La lluvia de balas arrecia sobre mi troca. Me cubro como puedo, asomo el cañón al costado de la llanta para seguir disparando y un pellizco caliente se siente en mi puño, me hace soltar el arma. El dolor aumenta, punza. Las balas se silencian, creo que se han detenido, ya habrán visto mi arma tirada al lado de la camioneta. Saben que estoy desarmado, quizá piensen que estoy muerto. Ya me cargó la verga. Un soldado se asoma, empuña su rifle, me lo pone en la choya.

—¿Cuántos son, hijo de tu puta madre? —Me golpea el estómago.

—¡Me la pelas! —Le digo, tratando de recuperar el aire.

Me da un golpe en la cabeza.

—¿Cuántos son, cabrón?

Me caga en los huevos la sangre, es algo que no puedes frenar, que te vean ahí, todo magullado, por mucho que te aferres sabes que no hay manera de esconderla.

—Que te valga verga, ya te dije.

Entonces él pone el arma en mi cabeza y…



Cuando vuelvo en sí, estoy amarrado a una silla, rodeado por Carrancistas.

—¡Buenos días! —me sonríe su capitán con la mano en la cacha, y la otra en la cintura. Su camisón tiene pulcritud, entre la terracería de Culiacán parece el hombre más limpio del distrito con medallas de oro pegadas a su pecho—. Estábamos esperando a que se levante, para que vea la despedida de su amigo.

Es cierto, el Chava, dónde está el Chava. Volteo a ver a mi alrededor y el soldado me regresa la cara de un puñetazo.

—¡Chinga tu madre! —le grito, escupiendo sangre.

Me estrella otros cinco golpes en la cara.

—Llévenselo —dice a los soldados.

Derramo sangre, me llevan a rastras, no estoy dispuesto en facilitarles el camino hasta el patio, ahí está el Chava, lo pusieron frente a la pared con las manos detrás de su espalda, la cara magullada y la mirada en el abismo. Me esposan y me ponen contra la pared.

—¿Un último deseo? —el cabrón pulcro se para con autoridad frente a nosotros, los soldados esperan la orden.

—Un faro —pide Chava.

—Yo también quiero uno.

Y nos acercan una cajetilla, cada quién toma uno con la boca y nos los prenden.

—Ya me acordé qué fue lo que soñé, mi chava.

—¿Qué fue?

—Estábamos aquí, pero muchos años después. Los coches circulaban por todos lados, eran muy raros, parecían monstruos, había muchos de ellos, ya no existían los caballos, las calles estaban pavimentadas como dicen que es en la Capital; los rifles eran muy distintos, pero la guerra seguía.

—Siempre supe que esto no acaba.

Inclina su cabeza al suelo, yo igual agacho mi mirada, seguimos fumando en completo silencio hasta que los cigarros se acaban.

—¡Apunten! —grita el capitán.

—Mi Roge, fue un gusto.

—Fue un gusto, mi Chava.

El tronido sonó.

Quiero despertar de nuevo, pero no puedo.

 

 


1Smith and Wesson.

 

José Adair Prado Zacarías (Nezahualcóyotl, Estado de México, 1999). Estudiante de la licenciatura de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Obtuvo la mención honorífica en el 7º Concurso Literario de la UACM Cuautepec: Poesía y relato brevísimos, 2024. Ha colaborado con reseñas, poemas y cuentos en revistas literarias como Katabasis, Palabrijes, Primera Página, El Creacionista, Narrativa y Resiliencia.