ISSN: 2992-7781

Libros y lecturas

Alejandra Gotóo

1. ¿Qué representa para ti un libro?

Un libro es, antes que nada, un territorio. No uno delimitado por mapas ni fronteras, sino por las posibilidades de la mirada. En un libro cabe la vida, pero también aquello que la excede: lo que no supimos nombrar, lo que se nos escapó en una conversación, lo que apenas intuimos al mirar por la ventana. Los libros, para mí, no son objetos sino presencias, espacios donde la imaginación y la memoria se tocan. Un libro puede ser una casa, una herida, un espejo o una pregunta. Me gusta pensar que cada lectura es una forma de desplazamiento: entro siendo una y salgo siendo otra. Por eso los cuido, aunque no siempre los conserve como objetos físicos. Siempre viajan conmigo en forma de frases, ritmos, ideas que se adhieren a la piel.

2. ¿Qué autores jugaron un papel fundamental en el desarrollo de tu vocación?

No podría nombrar un solo autor que me haya formado; fueron muchos y, sobre todo, muy distintos. Crecí leyendo sin distinción entre géneros, épocas o estilos. De niña, devoraba enciclopedias y cuentos fantásticos, sin saber que detrás de todos ellos había, casi siempre, nombres de hombres. Por eso tardé en imaginarme como escritora. ¿Cómo iba a saber entonces que esa ausencia de mujeres en los estantes tenía nombre y estructura? Una niña no sabía de heteropatriarcado, solo sentía que algo faltaba.
Amé profundamente El Horla, de Guy de Maupassant, y aún recuerdo la inquietud que me provocó. Más tarde llegaron Hermann Hesse, José Saramago, Amparo Dávila, Horacio Quiroga, Samanta Schweblin, Marguerite Yourcenar, Milan Kundera, Banana Yoshimoto, y Marguerite Duras, entre muchas otras voces que me mostraron distintas formas de mirar lo humano.
Hoy, más que influencias, siento que son interlocutores: cada lectura es una conversación que continúa, un eco que se prolonga en mis textos. Leo porque no puedo no hacerlo; porque la lectura es, para mí, la forma más honesta de existir en el mundo.

3. ¿Qué te han regalado los libros?

Los libros me han regalado una forma de estar en el mundo. No son sólo objetos o historias, sino lugares donde la experiencia se multiplica. Leer me ha permitido entender que la realidad es siempre una construcción: que cada palabra es una ventana, una grieta, una posibilidad. Me han dado consuelo, pero también desasosiego; me han devuelto preguntas que creía olvidadas. Gracias a ellos he aprendido a escuchar, a mirar con otros ojos, a habitar silencios. La lectura es una forma de charla: un encuentro con quien escribe, con quien alguna vez pensó, amó o sufrió de un modo que resuena en mí. Me gusta pensar que, a través de la lectura, uno se vuelve más poroso, más disponible para lo ajeno. Los libros me han regalado amistades, consuelo, preguntas que me acompañan durante años.

4. ¿Cómo te fuiste introduciendo en el mundo de la lectura?

No recuerdo un inicio. Leer fue algo natural, casi biológico. Mi madre suele contarme que, cuando era muy pequeña y aún no sabía leer, abría los libros y pasaba las páginas con la mayor seriedad, como si comprendiera algo secreto. No lo recuerdo, pero me gusta imaginarlo: una niña que no podía leer, fingiendo que lo hacía, quizá intuyendo que algún día esos signos misteriosos se abrirían ante ella. Creo que esa escena es mi primera relación con la literatura, un gesto de fe.
En casa había libros, enciclopedias, papeles dispersos, y desde muy pequeña me sentí atraída por ellos. Con el tiempo entendí que lo que buscaba en los libros era también mi reflejo. La antropología, mi otra vocación, me ayudó a ampliar esa búsqueda: leer al mundo como texto, entender que cada cultura, cada mirada, es una narrativa. En ese sentido, autores como Eduardo Viveiros de Castro me mostraron que existen tantas formas de habitar la realidad como mundos hay para imaginarla.

5. ¿Qué libro que leíste en tu infancia sigue rondando en tu cabeza?

Hay varios, pero Momo de Michael Ende ocupa un lugar especial. Lo releí muchas veces y siempre encontraba algo distinto: la noción del tiempo, la amistad, la resistencia ante la prisa de los hombres grises. También El ponche de los deseos, igual de Ende, me fascinaba por su humor y su oscuridad, esa mezcla de ternura y malicia tan característica de este autor. Y también, Una serie de eventos desafortunados, de Lemony Snicket (Daniel Handler), me marcó por su tono irónico y por su visión lúcida de la desgracia y la vida. Creo que esos libros me enseñaron que la literatura no tiene que ser complaciente para ser amorosa; que puede doler y, aun así, sostenernos. Cada vez que los recuerdo, siento que sigo siendo esa niña que abría las páginas buscando entender cómo se desenvuelve el misterio de vivir.

6. ¿Realizas lecturas unitarias de autores —para captar su espíritu— o lees una novela de uno y otra de otro?

Depende del momento vital en el que me encuentre. Hay autores con los que necesito permanecer: leerlos de principio a fin, dejar que su voz me acompañe durante días, casi como si viviera a través de su respiración. Pero también alterno lecturas, cruzo universos, dejo que las voces dialoguen entre sí. Suelo leer tres o más libros a la vez, en distintos formatos —papel, Kindle, audiolibro— porque cada uno me ofrece una textura diferente de la experiencia. A veces una frase de un ensayo ilumina una escena de ficción; a veces un poema resuena en una perspectiva antropológica. No busco una coherencia, sino una conversación. Me gusta pensar que mi biblioteca es una mesa redonda donde los autores, vivos o muertos, se interrumpen y se responden, y donde yo solo estoy ahí, escuchando. Leo para escuchar los murmullos de todos los libros hablando entre sí.

7. ¿Qué libros están presentes en los tuyos?

Creo que en mis cuentos hay ecos de todos los libros que he leído y amado. A veces aparecen de manera consciente, otras se filtran como un rumor, una respiración compartida. En mi escritura conviven los universos poéticos de Hermann Hesse y Amparo Dávila, la lucidez de José Saramago, la oscuridad lúdica de Samanta Schweblin, la ironía de Milan Kundera y la ternura desbordante de Michael Ende. Pero también está lo que aprendí de los textos antropológicos: esa mirada hacia el otro que, al final, siempre termina devolviéndonos una imagen de nosotros mismos.
Mi literatura es una mezcla entre la observación etnográfica y la emoción personal. Escribo con los ojos abiertos al mundo, como quien intenta registrar lo invisible. Por eso, cada libro leído es, de algún modo, una capa más de mi voz. No podría separar lo que soy de lo que he leído.

8. ¿Qué libros has releído?

Releo cuando necesito volver sobre mis pasos, es decir, cuando me siento perdida. Algunos libros son brújulas: Momo y El ponche de los deseos de Michael Ende, que me devuelven la inocencia y la imaginación. Otros son espejos que me obligan a mirarme distinto, como American Gods de Neil Gaiman o Amrita de Banana Yoshimoto, donde lo mítico y lo humano se funden. Y hay relecturas que no planeo, sino que simplemente suceden: tomo un libro, lo abro y ahí está, diciéndome algo nuevo. Creo que la relectura es un diálogo con el tiempo: uno cambia, y el libro también cambia con uno.
A veces pienso que releer es una forma de medirse con la persona que fuimos la primera vez que leímos algo. Los libros que vuelvo a visitar me acompañan como viejos amigos: no siempre estamos de acuerdo, pero hay afecto, reconocimiento, y una necesidad mutua de seguir conversando.

9. ¿De cuántos libros está compuesta tu biblioteca y qué podemos encontrar en ella?

Mi biblioteca es nómada, como yo. No tengo una gran colección porque me he mudado muchas veces, y los libros pesan más de lo que uno imagina. Algunos están guardados en casa de mi madre; otros, con una amiga académica que los cuida como si fueran suyos. Pero aunque los ejemplares físicos sean pocos, mi biblioteca está viva en distintas formas: en el Kindle, en PDFs que se acumulan, en audiolibros que escucho mientras camino.
Si alguien abriera esa biblioteca, encontraría una mezcla de narrativa contemporánea, ensayos de antropología, novelas y algunos clásicos que me niego a dejar ir. Ahí conviven las voces de Ivo Andrić, Alma Delia Murillo, Dahlia de la Cerda —autora de Perras de reserva—, junto a Tolstói, Dávila, Kundera o Yourcenar. También encontraría muchas notas, papeles sueltos, fragmentos de historias que tal vez algún día se conviertan en algo más.
Mi biblioteca no busca completitud, sino acompañamiento. Es un mapa emocional de los lugares que he habitado, incluso de los que solo he imaginado.

10. ¿Cuál es el libro que te ha impresionado más y por qué?

Estos son solo algunos de los libros que han dejado una marca en mí: Siddhartha de Hermann Hesse, Grandes esperanzas de Charles Dickens, Ana Karenina de León Tolstói, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera y Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Cada uno, en momentos distintos de mi vida, me enseñó una manera diferente de estar en el mundo. Son lecturas que han dialogado con mis preguntas más íntimas: la búsqueda de sentido, el amor, la libertad, la contradicción, la fugacidad del tiempo.
Siddhartha me acompañó cuando empecé a sospechar que el conocimiento no siempre se parece a la sabiduría. En su viaje hay una serenidad que nace del error, de perderse para poder escuchar. Hesse no propone un camino religioso, sino un aprendizaje del silencio: la comprensión de que todo fluye, incluso lo que duele. Lo leí muy joven, pero supe enseguida que hablaba de algo que iba a acompañarme siempre: la necesidad de reconciliar la razón con la experiencia, el pensamiento con lo vivencial. Es un libro que acompaña en el caminar. Y cuando se termina, uno siente que ha aprendido a respirar de otra manera.
En Grandes esperanzas, Charles Dickens me reveló la ternura y la crueldad de crecer. El personaje que más me marcó no fue Pip, sino Estella. Su historia encarna una forma silenciosa de violencia: la de ser moldeada para no sentir, para herir antes de ser herida. En ella hay una lucidez trágica, una inteligencia emocional que ha sido sofocada por el mandato de no amar. Estella me conmovió porque representa algo que suele pasar inadvertido: cómo las mujeres, incluso en la literatura clásica, fueron convertidas en espejos del deseo ajeno. Dickens, sin proponérselo quizá, escribió un personaje que se rebela desde la frialdad, que se protege en su incapacidad de amar. Mientras Pip se transforma buscando redención, Estella sobrevive intentando no quebrarse. La quise, incluso cuando sabía que ella jamás podría corresponderme. En su dureza hay una ternura soterrada, un intento fallido de protegerse del mundo. Su historia me hizo pensar en cuántas veces la dureza es apenas una forma de defensa.
Ana Karenina, en cambio, me mostró que la libertad puede ser un vértigo. Tolstói no la condena; la observa con un dolor luminoso. Ana no busca escándalo, busca plenitud. Y en esa búsqueda, que la sociedad no le perdona, se revela la tragedia de todas las mujeres que aman más allá de lo permitido. Lo que me sigue impresionando es la humanidad de Tolstói: su capacidad para mirar el deseo, la culpa, la maternidad, el amor y el tedio con una precisión que sigue siendo actual.
De La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, aprendí que la contradicción no es un defecto, sino una forma de existir. Kundera habla del peso y de la ligereza, del cuerpo y del pensamiento, de la imposibilidad de vivir una sola vida y aprender de ella. Me interesa especialmente cómo plantea el amor no como destino, sino como ensayo: un intento de entender quiénes somos frente al otro. Su escritura, irónica y filosófica, me enseñó que la novela puede despertar preguntas y no responder ninguna. Cada vez que lo releo, descubro que sigo siendo muchas personas a la vez, todas las posibilidades que planteo en mis personajes.
Y Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, es una meditación sobre el poder y el tiempo que me marcó por su serenidad. Yourcenar escribe desde la voz de un emperador que, al final de su vida, entiende que gobernar también es aprender a perder. Su Adriano no busca perpetuarse: busca sentido en la belleza, en el arte, en el amor. Hay en él una lucidez tranquila, una aceptación de la fugacidad que no es resignación sino sabiduría. Este libro me enseñó que toda vida —por más grande o pequeña que parezca— se mide en lo que ha sabido contemplar.

11. ¿Qué significa para ti publicar un libro?

Publicar un libro es, para mí, una forma de hacer visible una conversación silenciosa. Es el momento en que algo que nació en el aislamiento —entre lecturas, notas dispersas y dudas— se abre al mundo y empieza a respirar con otras voces. No lo entiendo como un cierre, sino como una transformación: la escritura deja de ser mía para volverse del lector, que la habita, la contradice, la reescribe con su mirada.

Publicar un libro es, ante todo, compartir una forma de estar en el mundo. Es un acto de apertura, pero también de vulnerabilidad: entregar algo que deja de pertenecerte, que empieza a tener vida propia en las manos ajenas. Cada texto publicado es una conversación que se multiplica sin control, un eco que vuelve distinto, más vasto.

Para mí, publicar no es un punto de llegada, sino una forma de seguir escribiendo. Un libro no se termina: se transforma cuando alguien más lo lee. Por eso lo entiendo como una extensión del diálogo entre autora, lectora y mundo.

Cada libro que sale al encuentro del público me recuerda que escribir no es aislarse, sino tender un puente. Y que la verdadera publicación ocurre cuando un lector, en silencio, encuentra en esas páginas algo que también le pertenece. Cada libro publicado es una conversación que apenas comienza.

12. ¿Con qué autores te nutres actualmente?

Disfruto de los textos de Tedi López Mills, su forma de desmenuzar la experiencia hasta convertirla en una especie de pensamiento lírico. También me acompaña la prosa de Alma Delia Murillo, que logra hablar de lo cotidiano con una hondura desarmante; y los cuentos de Samanta Schweblin, que me recuerdan que la tensión puede construirse con silencios.

13. ¿Qué tipo de libros te producen antipatía?

Me incomodan los libros que subestiman al lector. Aquellos que explican demasiado, que buscan adoctrinar o guiar la interpretación con mano rígida. La literatura, creo, debería abrir espacio al misterio, permitir la ambigüedad, confiar en la inteligencia emocional y estética de quien lee. Tampoco me atraen las obras que reproducen clichés de género o romantizan la violencia sin una reflexión detrás. No porque la literatura deba ser moral, sino porque me interesa cuando es consciente de su propio poder simbólico. A veces, los libros que me resultan más difíciles no son los que no entiendo, sino los que no dejan respirar, los que no confían en el silencio. Me alejo, también, de cierta ficción histórica que usa el pasado como decoración, sin preguntarse por las estructuras de pensamiento que lo sostienen. En el fondo, lo que me produce antipatía no es un tema ni un estilo, sino la ausencia de búsqueda: esa sensación de que el texto no se pregunta nada mientras es escrito.

Alejandra Gotóo (Ciudad de México, 1991). Realizó estudios en Lengua y Literatura Inglesas en la UNAM y en Antropología Social, en la Universidad Iberoamericana. Aparece en la VII Antología de Escritoras Mexicanas (Escritoras Mexicanas/Bitácora 52, 2024). Ha publicado los libros: Ruptura (Ediciones Oblicuas, 2011), Isadora o el amor absoluto (2023) y El amor está en otra parte (Trillas, 2025).