Lo que no muere
Jonathan Pérez Juárez
De pronto sintióce en el recinto un frío glacial, y la
madre ciega comprendió que entraba la Muerte.
—¿Cómo encontraste el camino hasta aquí? —preguntó—
¿Cómo pudiste llegar antes que yo? —¡Soy madre!
—respondió ella.
Hans Christian Andersen
[Advertencia: Vínculo abierto. No es posible la desconexión].
No permitiré que tu papá te falte el respeto de esta forma. Le voy a marcar para que venga, y entonces me va a oír. Damián, te necesito en la casa. Tenemos que hablar.
Ya sé, hijo, ya sé. Te preguntas por qué tu mamá le dirá a tu papá que aquí terminó lo nuestro. Para eso tengo que explicarte todo desde el principio, mucho antes de perderte, antes de insertar el oscilador en mi nuca.
Damián y yo fuimos novios desde la preparatoria. Tras muchos años juntos anhelábamos un par de niños corriendo por ahí. No sabes cuánto trabajo me costó embarazarme. Jimena, mi doctora, me sugirió usar un dispositivo epidérmico para mejorar la fertilidad; Damián se opuso, prefería que todo fuera natural, de nada sirvió discutir con él hasta convencerlo porque esa cosa tampoco funcionó. Los estudios que se hizo mi esposo revelaron que no era estéril, yo debía ser la del problema.
Luego de tres años se dio el milagro. Comenzamos los preparativos en cuanto la prueba marcó las dos líneas. Pintamos tu cuarto, te compramos ropita, lo único que hacía falta era que llegaras. Hicimos una fiesta de jardín con nuestras familias, ahí dimos la noticia y nos llovieron las felicitaciones y abrazos.
Ángel, yo elegí tu nombre. Ibas a ser niño, una madre nunca se equivoca. Tu presencia se hacía cada vez más notoria y no solo por los mareos, el pequeño monte que se alzaba en mi vientre reflejaba la llegada de una gran felicidad, hasta que todo se vino abajo en mi primer ultrasonido.
Ese día planeaba ir a una cena con mis amigas luego del chequeo médico. En el consultorio no alcancé a comprender las imágenes de la pantalla.
No puede ser, dijo Jimena, no escucho el corazón. Fue por varios equipos para confirmar la frecuencia cardiaca, me realizó varias pruebas, todas arrojaban resultados negativos, y ante cada fracaso, su cara se iba agrietando más y más. Al final se limpió el sudor y se aclaró la garganta. Me tomó de la mano pidiendo que respirara y luego soltó la bomba: no se logró.
Lo primero que hice fue llamar a Damián para que viniera. Entré a quirófano porque era un peligro que siguieras en mi vientre. Aunque sabía que tu cuerpo no estaba del todo desarrollado, guardé la esperanza de que te ibas a llorar cuando te sacaran de mí. Lo que más rabia me dio fue la pena con la que los otros doctores y enfermeras me trataron, como a una pobrecita, a la que se le murió el hijo.
Al despertar pregunté por ti, Jimena me explicó que te habían llevado a un tanatorio para hacerte una necropsia y luego la cremación, en la semana me entregarían tus cenizas. Se me quedó grabado algo de entre todo su discurso que no pude entender por el mareo de la anestesia. Había una forma, un tratamiento experimental para seguir en contacto contigo. No quise seguir escuchando y pedí que me llevaran a la sala de recuperación, sumida en lo que parecía un sueño, uno del que aún no termino de despertar. Aunque Damián me recibió muy alterado, no contesté ninguna de sus preguntas, solo le informé que ya no estabas. Él tuvo que sentarse en un sillón para que el golpe de la noticia no lo tumbara al suelo.
Al tener que dejar el hospital, las piernas se me paralizaron en la entrada. Luché durante una hora para atravesar ese umbral, pues salir significaba aceptar que todo se había acabado, volver a una casa en la que no ibas a crecer. ¿Debí tomar más vitaminas? ¿Manejar mejor mi estrés? ¿Qué debí haber hecho diferente?
Se me hizo un insulto que la vida siguiera, las estaciones pasarían sin pedir permiso, aun cuando para mí el tiempo se detuvo. No dejé de trabajar, ¿quieres saber cuál fue mi rutina una vez que te fuiste? Maldecir el amanecer, llorar en el estacionamiento de la oficina, no hablarle a nadie, llegar a casa, desmayarme por la falta de apetito, y volver a empezar.
Tus abuelos y tías vinieron a la casa para animarnos. Ojalá no lo hubieran hecho. Sus palabras, aunque bien intencionadas, me lastimaron con sus filos. Ya está en un mejor lugar, mijita, todo pasa por algo. Qué bueno que lo perdiste ahora, te iba a doler más después. No te preocupes, estás joven, puedes tener otros. Menos mal tenías pocas semanas de embarazo. Dios sabe cuáles son sus motivos.
Sin querer me empujaron a llamar a Jimena y preguntarle por ese tratamiento experimental. Ya en la clínica me contó todo sobre el Oscilador Receptivo de Frecuencias Emocionales Organizadas, o por sus siglas, O.R.F.E.O., un implante que iba en la nuca y se conectaba con las terminaciones sensoriales de la médula espinal. Lo que hacía era detectar todas las huellas vitales de las personas fallecidas para traducirlas en resonancias, luego el usuario las percibía a través de los sentidos. Portarlo significaba convertirme en una especie de médium tecnológica.
Dudé un buen rato, tanto por el precio como por lo que iba a decir Damián. Lo único que me quedaba de ti era todo lo que preparé y nunca te pude dar, ¿qué más podía perder? Acepté con la condición de que mi marido no supiera, si se enteraba haría todo lo posible para quitármelo, con lo cerrado de mente que podía llegar a ser en ese tema. Jimena me tranquilizó diciendo que el programa, aunque iba en sus primeras fases, no tenía efectos secundarios. Sobre cómo desactivarlo, ella aseguró que el aparato dejaría de funcionar cuando ya no lo necesitara. Para hacerlo funcionar solo bastaba con hablarte, como hago justo ahora.
Las primeras sensaciones se transmitieron de manera visceral. El líquido amniótico me cubrió de pies a cabeza, aunque no hubiera nada de agua a mi alrededor. Dentro de ese capullo escuché mis propios gritos de euforia al enterarme de que te estaba esperando, sentí las caricias de Damián sobre las paredes del vientre que me protegía. No se trataba solo de una imagen o un sonido, sino una conexión física con el pasado.
Como pasaba horas como hipnotizada en ese trance, tu papá me pidió que fuéramos a terapia. Lo hice por él, pero dejé de asistir el primer mes cuando el imbécil del psicólogo me dijo que tenía que seguir adelante. Si lo hacía te estaría dejando atrás, aunque ya no estés. Damián siguió con la terapia y comencé a notarlo más animado. Volvió a rasurarse la barba e incluso bromeaba como antes. Me enterré las uñas en los muslos del coraje todas las veces que me invitó a salir. Comenzó a pasar menos tiempo conmigo, yo perdí peso, él se veía más robusto, más estable. Por mi mente se cruzó la idea de que me engañaba con otra mujer. Lo que pasó fue algo peor: te estaba olvidando.
Eso sí, le reconozco todo lo que hizo por mí cuando recién te perdimos. Puso su dolor a un lado para intentar darme el consuelo de su presencia. Lo hacía sobre todo cuando me aferraba a tus calcetines, los mismos que llevo en mi bolsa a todas partes. Mientras más sujeté lo que quedó de ti, él me abrazó más fuerte. Pero no importó, yo me sentía sola. Estaba sola. Después ya no necesitaba preguntarme, ¿a qué olerá mi bebé? El oscilador me dio la respuesta: tierra mojada y sábanas limpias.
Con tu pérdida olvidamos el sueño de ser padres. Ya ni siquiera teníamos intimidad. Y si lo hacíamos paraba el acto por mi falta de ímpetu. A excepción de la última vez, hace tres semanas. Tuvo el atrevimiento de ir de fiesta con sus amigos y emborracharse. Lo recibí molesta, pero él llegó con ganas de continuar la parranda. Agradecí el momento, pero pronto me sentí mal por sentirme bien.
A la mañana siguiente me despertaron unas cosquillas en el cuello. Al inició pensé que seguía de coqueto, sin embargo, no eran caricias. Con sus dedos inspeccionaba la cicatriz donde iba el implante. En su semblante no había ni rastro del alcohol ni cruda. ¿Qué te pasó ahí? Te pusiste eso que anuncian en la tele, ¿verdad? ¿Lo que te comunica con los muertos? ¿Quién te lo dio?
Le grité que me dejara en paz y me encerré en el baño, él no siguió la discusión, pero su silencio me decía que no se iba a quedar con los brazos cruzados. En el primer aniversario de tu partida me acompañó mientras yo rogaba que mi corazón se hubiera marchitado con tal de que el tuyo floreciera. Hoy es el segundo aniversario y estoy sola en casa. Mi teléfono registró al menos diez llamadas perdidas de Jimena. Le marqué para saber si todo estaba bien.
Renata, tu marido vino a mi clínica exigiendo que le dijera la verdad. Dice que de seguro te metí algo y quería que te lo sacara. Solo le contesté que hablara contigo.
Le pedí disculpas y colgué. ¿Cómo se atrevía a querer alejarme de ti? Apagar el oscilador era como romper este puente que nos une. Por eso le ordené que viniera, hijo, para terminar esto.
¿Escuchaste? Es su auto, parece que ya llegó. De toda la furia que traigo hasta me falta el aire. Es más que eso, algo que oprime mi pecho, es una punzada silenciosa que me obliga a pararme. Se parece a la angustia de la primera semana tras perderte, pero va más allá. Me hunde, me dobla y me quiebra. Es como si dentro del líquido amniótico ocurriera un naufragio. La reconozco, cuando Jimena se refería a que iba a experimentar todas las huellas vitales, se refería a todas, incluida la muerte, tu muerte.
Me siento mareada. Debe ser porque no desayuné. Otro de los problemas causados por mi desnutrición es que se me atrasó la regla. En cuanto Damián abre la puerta del cuarto, todas mis quejas guardadas ascienden por mi garganta hasta que vomito en el suelo.
*
Hijo, perdóname por tardar tanto en hablar contigo. No es que ya no te quiera ni mucho menos. Aunque seré honesta, saqué tus calcetines de mi bolso. A diario pienso en ti, solo que no me animaba a dialogar como antes por miedo a detonar las vivencias sensoriales. Esta noticia tuvo el mismo impacto que cuando me dijeron que te había perdido. ¿Recuerdas cuando tu papá llegó ebrio a casa? Pues esa noche dio resultados sin buscarlo. Estoy embarazada.
Luego de vomitar, le exigí que se fuera. Así lo hizo. No nos vimos por dos semanas. Me preocupé cuando mi periodo no llegó en la fecha esperada. Fui a la farmacia por la prueba. Jamás pensé que daría positivo, solo quería descartar esa posibilidad. No recibí la noticia con tanto entusiasmo como quisiera. ¿Y si la historia se repite? Damián casi se desmaya de la emoción. Le marqué solo para avisarle, pero él intentó hacer las paces, me ofreció disculpas por no querer que atravesara el duelo en mis propios términos. Me tragué el orgullo y le pedí perdón por no contarle. Mi familia y amigos se mostraron muy contentos al informarles. Tanto júbilo mitigó mi rutina de llanto.
Todos me hablan de este nuevo bebé, pero lo que yo más hago es recordarte. Encarnar tu experiencia de cruzar el límite me ayudó a poner todo en perspectiva. Este pedazo de circuitos y voltios me permitió sentirte de nuevo, experimentar lo que el destino nos arrebató. Llegué a soñar con la posibilidad de volver a encontrarte en este nuevo embarazo. Por más que me guste la idea sé que no es así. Este es otro hijo, pero tú siempre serás mi bebé. Y no habrá ningún artefacto que necesite para mantenerte vivo en mi memoria. Ahora entiendo que seguir adelante no significa olvidarme de ti. Agradezco cada segundo en el que me llenaste de alegría. Lo que necesito ahora es recuperarme, por mi salud mental y por este nuevo integrante de la familia.
Si te busco de nuevo es porque estoy nerviosa. Hoy me harán mi primer ultrasonido. No me dejes, le tengo pavor a esa máquina. Tu papá está conmigo dándome la mano. La enfermera pasa la sonda por mi abdomen, alza sus cejas como dudando, por instinto comienzo a asustarme. Desde mi posición no logro ver la pantalla. Tu papá me aprieta la mano, me mira con esa paz y esa luz que me enamoró desde el principio. Yo no entiendo nada. La enfermera me dice que no escucha un corazón, sino un doble latido. Son dos, Ángel. Son gemelos.
[Advertencia: Se integró el vínculo. Conexión finalizada].
Jonathan Pérez Juárez (Tijuana, 1999). Licenciado en Lengua y Literatura de Hispanoamérica por la UABC. Es periodista en La Jornada Baja California. Fue alumno del diplomado de Escritura Creativa de la UNAM. Asistió a la residencia de escritura Under The Volcano en Tepoztlán. Colaboró en plataformas como Punto de Partida, Revista Armas y Letras UANL y Este País. Escribió el guion del cortometraje Juguetes para niñes, seleccionado en el Festival Internacional “Los Video Nasties”.