Un poema de Rocío del Carmen Arzate Cruz
Deambula tu fulgor
por el linde donde la lucidez se resquebraja.
No te nombro,
hay palabras demasiado gravosas
para la frágil arquitectura de la vigilia.
Pero el cuerpo recuerda.
Mi cuerpo recuerda.
Recuerda las ráfagas.
Recuerda los finísimos y lúcidos vestigios de tu sombra.
Recuerda la incandescente geometría
que dejaste ardiendo entre mis manos.
El páramo de la noche se extiende inexorablemente
y ahí me encuentro yo.
Como quien protege un talismán roto y profanado,
recojo los despojos de tu ausencia.
La noche,
algente, distante, impaciente.
Perla de lágrimas, el tejado.
Nada ocurre.
Sin embargo,
basta el roce de un pensamiento,
un eco,
una quimera,
para que mis jardines dormidos, llenos de sangre, estallen
en estridentes fiebres de fuego.
Qué efímero el mundo
cuando atraviesas la memoria.
Qué larga la sed
cuando por ella mueres.
Paulatinamente,
todo vuelve a ti:
la ceniza,
el desvelo,
la herida,
como si mi deseo hubiera aprendido a habitar tu nombre
antes
de habernos conocido.
Rocío del Carmen Arzate Cruz (Toluca, Estado de México, 2006). Estudiante de segundo semestre de la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Humanidades de la uaeméx.