ISSN: 2992-7781
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José Retik,
Un mundo distinto,
Editorial Nudista,
2025

Ignacio Daniel Ratier (Mar del Plata, Argentina, 1993). Docente del nivel superior y becario doctoral del CONICET con lugar de trabajo en el Instituto de Estudios para el Desarrollo Social (UNSE-CONICET). Publicó el libro Edificio en llamas (Chernobyl Ediciones, 2021).

Sobre Un mundo distinto

Ignacio Daniel Ratier

Un mundo distinto (Nudista, 2025), la última novela de José Retik (La Plata, 1969), es un intrincado artefacto que explora, desde el absurdo, las posibilidades más extremas de la dominación social e irradia, a su vez, flechas de sentido en muchas más direcciones de las que una lectura liviana podría dar cuenta. El autor ha construido una pieza compuesta de muchas otras piezas que, ante el menor descuido, se mueven e intercambian sus lugares.

Al mismo tiempo, el texto posee la virtud de inquirir el estado de la imaginación literaria a través del sentido del humor y un repertorio excepcional de recursos. Desde la delirante misión de Blas Ernesto Rivarola hasta la tiranía de los hermanos Germán y Américo o la desmesura del Dr. Harris, la novela atraviesa terrenos escabrosos, como los vínculos entre positivismo científico, racismo y política, la pregunta por la especificidad del colonialismo en Argentina, los modos en que la individuación contemporánea y el poder moldean el devenir del lenguaje o el terror a la inteligencia no humana.

Retik nació en 1969 en la ciudad de La Plata, es decir, transitó buena parte de su infancia en dictadura. Además de escritor, es productor cinematográfico y guionista. Su última novela había sido El muñeco (Borde Perdido Ediciones, 2024). En su haber tiene la obtención de algunos reconocimientos como la beca del Fondo Nacional de las Artes o el Premio Nacional FOMECA. Ambas cuestiones —tanto las marcas de su experiencia vital como su vínculo con el cine— aparecen en su escritura; en sus obsesiones y en el movimiento lúdico con el que hace entrar en determinados huecos lo que en apariencia no corresponde.

Una clave de lectura de la novela es la imprecisión temporal. Las referencias históricas aparecen solapadas en guiños humorísticos, pero al final de cuentas no se sabe en qué fecha transcurren los hechos. No obstante, hay un epicentro: una Argentina que nunca parece poder escapar de ser su peor versión posible. En los primeros tres capítulos, el libro parece dialogar con parte de la producción literaria de autores como Diego Muzzio, Roque Larraquy o Marina Yuszczuk. Estos han publicado trabajos que revisitan los fines del siglo XIX y principios del XX, donde la institución científica actúa como herramienta de sometimiento y se exploran los vínculos del racismo con la tradición positivista y la ausencia de límites éticos en la experimentación. Sin embargo, a partir del cuarto capítulo “Un mundo distinto” marca un posicionamiento singular y se eyecta hacia otros rumbos.

Si bien la agilidad elíptica caracteriza al modo que la novela es narrada, los primeros tres capítulos son, en ese sentido, un poco más abigarrados. A medida que la trama se desarrolla, el texto parece desplazarse con turbulencia hacia lo alegórico y lo hiperbólico. Una literatura que en el andar va dejando los restos de su piel por el camino, que deja atrás a sus personajes y puede hacer funcionar en sus entrañas discursos con los que suele entrar en fricción. De modo que, en algunos pasajes, la novela es capaz de admitir el discurso legal-normativo o, como se da en pasajes más amplios del texto, funciona motorizada por discursos cercanos al periodístico, al historiográfico o a la ciencia ficción (género literario en histórica tensión con la literatura misma). Esta exploración de límites es quizá la referencia más explícita al género al que pertenece el texto.

El primer capítulo lleva por título “Anatomía de la patria”. El protagonista es Blas Ernesto Rivarola, un delirante científico con aires mesiánicos que acaricia “con fruición la idea de ser faro moral de la Nación”. Rivarola está obsesionado con la pureza de la composición social y dice haber encontrado la clave biológica para frenar la compulsión al crimen de los argentinos (una parte de los argentinos, los que reúnen ciertas características). Para llevar adelante sus experimentos cuenta con la inquietante sumisión de sus pacientes: el Zurdo Aldao, el Ñato Paredes y Pancho Peña.

Se da aquí una curiosa dinámica. Los pacientes no oponen mayor resistencia al maltrato y la tortura a la que son sometidos. La Rural, símbolo de la clase terrateniente argentina, aparece como un espacio de exhibición de estas prácticas e incluso los propios torturados se ponen el traje de torturadores con sus yeguas. Se trata de una cosmogonía antropocéntrica, donde hay humanos de primer y segundo orden, y lo que está socializado es el goce perverso.

Las circunstancias, hasta aquí, parecen desarrollarse en tiempos en los que el terror a la multitud —tan caro a la Intelligentsia nacional de fines del siglo XIX y principio del XX— iba cocinando la hora de la espada. Pero también pueden pensarse más adelante, como una especie de caricatura hecha de los atributos más infaustos que se le endilgan al peronismo. O peor, puede tratarse de un mundo el que, en lugar de peronismo, hubo otra cosa. Esto último podría habilitar la hipótesis, que el texto sugiere en su despliegue, de un país con destino de colonia.

Supongamos que esta última hipótesis de lectura es admisible. La sed de transformación, el talante revolucionario si se quiere, queda por ello del lado de un grupo de lombrosianos despiadados que plantean una “Reforma mental al pensamiento anómalo”, aglutinados en una formación clandestina que se hace llamar “La Mandioca”.

¿Qué implica entonces pensar un mundo distinto? Por lo pronto, esta obra invita al ejercicio contra-fáctico de imaginar, primero, antes que cualquier otra cosa, un pasado alternativo, el más ruinoso y deshumanizante posible. Tal como se ve en el título del segundo capítulo, en ese pasado otro no hay una patria organizada, sino una “Patria Higienizada”. Rivarola viaja a Alemania, su formación allá incide en sus aspiraciones y pronto la trama se empieza a llenar de apellidos teutones. Ese pasado impreciso puede ser, es cierto, una Argentina sin peronismo, pero también resulta ser un mundo en el que ha triunfado el nazismo. Por lo tanto, el clima colonialista se teñirá de una sombría germanofilia, diferente en su atmósfera al hispanismo típico de la derecha integrista, a la admiración de los liberales vernáculos por Estados Unidos o a la francofilia de la progresía argentina.

Aparece la figura del dictador Ernst Röhm, que toma el poder por asalto y propone una enmienda constitucional de la que destaco dos artículos. El art.10 expresa que “Tanto la política nacional como la política internacional serán concebidas como luchas entre grupos antagónicos que pugnan por sobrevivir”. Mientras que el art. 12 identifica ese Otro con el que se desarrolla la pugna: “El homicida, el genio, el mentiroso, el pederasta, el filántropo, el avaro, el ladrón, el apóstol, el enamorado, el vagabundo, el invertido y la prostituta”, que pasan a ser considerados “especialmente inmundos y anómalos”.

Desde entonces, la ruptura del orden constitucional y la imposición de un nomos que hace imposible la convivencia parecen conducir al absurdo y el sin sentido. En la siguiente página se cuentan las risueñas y diglósicas negociaciones entre el general Larrambebere y el cacique de la tribu Cayrús en una especie de escena paródica de “Una excursión a los indios ranqueles”.

Los delirios científicos empiezan a hacerse carne. Las ideas de Rivarola ganan terreno en la vida social a la vez que él, a cargo del ministerio de Eugenesia, se vuelve un personaje débil: “era menos que un espectador”. El tercer capítulo, “El Reich Germantino”, es el punto de partida de una realidad alterna que se dispara hacia el futuro a una velocidad enloquecida.

A través de cruces genéticos entre anguilas, yeguas, sangre cayrú y germánica, se crea el siamés germantino, especie que simboliza el ideal de dejar atrás la inferioridad americana frente a la superioridad europea. Röhm es el padre de la criatura. Del germantino y del nuevo orden, al que se refiere en un discurso: “Enterramos para siempre esa idea sentimental llamada Patria (…) Humanizar al hombre carece de todo fundamento. El ser humano es una enfermedad; y el odio, su único anticuerpo”.

La guerra contra el hombre, a partir de aquí, encuentra un solo límite: la necesidad de un enemigo (más adelante, en el cuarto capítulo, se dirá que “La creación de un imperio universal se complementa con la búsqueda de un enemigo”). Es este el único freno inhibitorio a la voluntad de destrucción (“La muerte simbólica es la única muerte que mata”). Al exterminio de los indios le sigue el de “los inmigrantes europeos con olor a bosta”. Una campaña del desierto que no cesa y que deviene en un mundo en el que las razas tienen precio y las cabezas humanas se comercializan como respuesta al sobrante poblacional del sistema.

El capítulo 4, “Luchas intestinas”, muestra un orden que se devora a sí mismo. En esa autofagia se disuelve la nación y se construye un imperio. “Cuando Röhm cumplió setenta años, todas las provincias del Reich se habían vuelto separatistas. Los siameses representaban el 83 % de la población”. La idea de duplicidad, implícita en la figura de los siameses, y el odio a la diferencia llevan la trama a un punto de no retorno. Los siameses Germán y Américo destronan a su padre y fundan la binarquía de Siam América.

La pelea entre los hermanos siameses termina con la división del continente entre los Unos y los Otros. Américo se proclama YO, el emperador, que inicia una campaña separatista que tiene como territorio a millones de cuerpos unidos por la ciencia. Llegados a este punto, la rebeldía se aloja en el espíritu de los que se niegan ser separados. Individualismo versus colectivismo. Pero aquí las formas de dominación también mutan y van encontrando un devenir que interpela el presente. Esto se observa con mucha claridad en el siguiente diálogo:

—¿Se da cuenta emperador?... Lo que acaba de mencionar es la esencia misma del imperio.

—¿Cómo dice?

—Digo que un imperio está conformado por decenas de países enlazados entre sí.

—¡Es cierto! Si los estados mantuviesen sus autonomías sin dejar de depender del imperio, estarían desunidos y dominados.

En los capítulos 5 y 6, “Él entre los otros” y “Los Unos y los Otros”, el imperio se ha dividido entre los millones que aceptan el dominio de YO y los pocos rebeldes que siguen al comandante ÉL —antes, Germán—. Así como el sentido de imperio se desplaza en el diálogo citado, lo que sigue muestra un mundo con hiperinflación semiótica. Rígidos órdenes legales que se inmiscuyen en los modos de hablar y hablas derrotadas por el complicado vínculo entre ley y lenguaje. La ex Siam América se convierte en Yoicoamérica y nadie más que YO puede decir “yo”. “Si alguien necesitaba referirse a sí mismo, debía inventar algún recurso”. Aquí se teje un nexo sutil entre el imperio del yo y la despersonalización.

Finalmente, YO captura a ÉL, su hermano, y antes de eliminarlo se encuentra ante el único límite que encuentra la destrucción en la obra: la necesidad de un enemigo (“No le encuentro a gracia a maltratarlo en ese estado”).

El capítulo final, “Química del universo”, con los siameses fuera de cuadro, trata la conquista de unos monos mutantes, liderados por Sam Shepard, que fundan la República Bananera de Argentina. El miedo a la inteligencia no humana es uno de los grandes temas de la actualidad. Los simios pueden ser pensados como una metáfora de la IA. Los siguientes temas sobre los que la trama avanza tienen que ver, de hecho, con la posibilidad de transportar la conciencia y otras cuestiones visitadas desde hace décadas por los movimientos transhumanistas.

En lo que resta de la novela, todos los elementos hiperbólicos del absurdo se ensanchan hasta encontrar el cierre. Sin embargo, queda flotando en el aire lo no dicho. Todas las etapas que atraviesa la novela son asfixiantes, pero también son aceptadas con escasa resistencia por los sometidos. Esa falta de resistencia tal vez explique como todo se va borrando sin dejar huellas.