
Jahzeel Acevedo,
Polar I,
ISBN: 979-13-88007-20-0, España,
Valparaíso Ediciones,
2026, 72 pp.
Betsie Bandala Benavides. Escritora, editora y tallerista formada en Lingüística y Literatura Hispánica por la BUAP. Ha cursado formación en creación literaria en INBAL, BUAP y el Museo Miguel N. Lira (Tlaxcala). Su obra aborda la identidad, neurodivergencia y experimentación literaria.
Un diálogo entre abyecciones visuales: Polar I
Betsie Bandala Benavides
¿Qué pasa cuando nos enfrentamos a una lectura visceral, complicada y a la vez seductora? Lo cierto es que no muchos lectores se quedarían, pero también es algo a lo que el escritor está expuesto. Raúl Renán postulaba que en el texto hay otro nivel llamado metalenguaje visual e intermedial, es decir, que el lector/espectador tiene en su poder el revelar el potencial de su creatividad poética a lo que un poema sugiere. Y como Jahzeel Acevedo fue uno de sus discípulos, no es sorpresa que continúe con este legado en su primer poemario, titulado Polar I, editado y publicado por Valparaíso en 2026.
La propuesta del poeta para aquellos curiosos de lo no lineal es agotar toda posibilidad de lectura del corpus, de atrás para adelante, de derecho al revés, de un poema a otro, y así revelar un significado único de la realidad. Porque, como diría Foucault, la relación entre las palabras y las cosas es el enlace de una obra integrada. En este caso, Jahzeel rompe con ese miedo a la escritura; no hay poses, hay entrega hacia un lector con hambre de interés poético. El signo más allá de una palabra es una imagen que ocupa un ( e s p a c i o ).
Sin embargo, no es la única manera de entender este poemario. Creo que otra cosa que propone el poeta es encontrar el cuerpo del delito, por así decirlo, y es que para esto quise retomar dos conceptos de Julia Kristeva. Para ella el término «abyecto» es aquello que rompe con lo que podríamos considerar «correcto». En este poemario podemos encontrar esa separación que se deriva de los actos más humillantes de la humanidad. Hay una rebelión contra aquello que nos da significado en nuestra propia existencia. ¿Entonces puede haber abyección en lo estructural más allá del significado? La respuesta dicta que todo eso que nos remite a un estado anterior a la significación nos puede provocar una sensación de impotencia. De modo que sí; y esto lo podemos encontrar en la fragmentación de los versos, como en el poema «GATO».
Aquí, por naturaleza, el gato es un ser que está en las fronteras; la fragmentación es la representación de su agilidad, es decir, escapa al encapsulamiento de un lenguaje simbólico. El gato se rebela ante la página, crea un concepto más pulsional. Aquí lo abyecto no es sobre lo que se dice del felino, sino lo que se hace con la estructura; al ser fragmentado, el poeta comete un «delito» ante el sentido. Lo abyecto habita en lo residual del lenguaje, en las letras sueltas, en los silencios y en la invención de su propia lengua. Podría decirse que nos sentimos impotentes ante el poema porque nos despoja de una herramienta de control (lo lineal) y ahí es donde nos hace sentido la vulnerabilidad del instinto. Nos hace recordar que la identidad también puede estar construida por pedazos que el propio lenguaje no alcanza a nombrar.
Ahora vayamos al poema que da título a este libro, «Polar I». En él estamos frente a una disección; lo abyecto reside en el desentendimiento de una frase cerrada para dar paso al segundo concepto de Kristeva: lo semiótico. Aquí el lenguaje parece que gotea por la hoja buscando un límite con el cuerpo. Jahzeel ordena al lector a abrirse, y este podría entender hacerlo desde una herida, una revelación, un secreto: «Abre los ojos / Abre». Al quedarse esa palabra final aislada, como un eco, el poeta invita al lector a despojarse de la seguridad del signo para coaccionar a sentir vulnerabilidad ante el instinto. El poema nombra al cuerpo y a su vez lo convierte en un residuo de este, denotando que lo que otorga el significado no es una palabra entera, sino la capacidad que tiene el espectador al habitar el vacío entre estos fragmentos.
Con esta reseña a mí solo me queda incitar a habitar este poemario desde la fragmentación. Acevedo logra que cada espacio en blanco sea un artefacto de resistencia, a través de un desvanecimiento consciente de la forma. Aquí la poesía visual no es juego de ingenio, sino un acto de premeditación lingüística.
Este libro no es para los que buscan respuestas claras, sino para los que saben que el eco resuena en el vacío. Su propuesta es cruda y necesaria: aceptar que la identidad es un acto de fractura y que en este el lenguaje es una pulsión semiótica, un espejo donde se puede reflejar la finitud del yo. Aquí no hay control, hay instinto, sugiriendo que como humanos a veces la forma de encontrarse es a través de la pérdida del espacio entre palabras; y, por qué no, a través del cuerpo de un delito que nos nombre como cómplices de un diálogo.