ISSN: 2992-7781

La Venus de Amorosa

 

Marcia Ramos

 

La luz del sol favorece a las plantas carnívoras de Amorosa, quien tiene preferencia por su nueva adquisición, una Venus, a la que de inmediato colocó al lado de las pinguículas, plantas tan planas y viscosas que seducían a sus presas. Esperó que se adaptaran a la nueva. Sin embargo, al pasar los días, las que estaban a su alrededor se fueron pudriendo poco a poco. Sin duda, Amorosa pensó que el proceso de deglución no se había concretado por algún animal más grande de lo que esperarían. La mujer se aferró a su joven planta y la consintió con todo tipo de insectos. Su jardín se componía de algunas suculentas y cactus, los cuales encontraba fascinantes por el rechazo que producían en algunas personas y por esas defensas contra los herbívoros.

Al llegar a casa, les habla un poco, después se desploma en el sofá y se desabrocha el pantalón. Vivir sola le da ciertas libertades mientras mira con recelo el trapeador y la escoba que se niega a usar en su propia casa. Todos los días se levanta temprano para arrastrar el carrito con todo tipo de detergentes, trapos, esponjas, escoba y trapeador. No le sorprende la cantidad de suciedad que pueden producir los seres humanos, sino la agresividad y fuerza de los líquidos: la mayoría quitan hasta las manchas más imposibles, pero que ya la han dejado sin olfato. A sus cuarenta años pocas cosas le sorprenden, pero cuando vio a Venus devorar unas cucarachas que le dieron lata en aquel cuarto de hospital, se maravilló.

Lo que más llamó su atención fueron las minúsculas manchas negras que nunca había visto en ese tipo de plantas. Se había prometido investigarlas en ChatGPT; pero, al paso de los días, lo olvidó.

Con especial interés, le preguntó a Julio sobre el dueño. Sabía que su compañero siempre estaba distraído con sus videojuegos, pero no quería tener problemas con su supervisor. Ante su ignorancia, sonrió y decidió llevarse la planta.

En ocasiones ella busca videos para agilizar la limpieza en pisos y elevadores. A veces se permite fantasear con Julio; luego vienen los arrepentimientos y deja de tocarse. Los días pasan y la Venus se mantiene fuerte, enraizada y con un color saludable que sobresale entre todas. Amorosa limpia con cuidado su jardín, pero se distrae cuando recuerda la suciedad del retrete que un moribundo dejó antes de exhalar el último aliento.

No puede enojarse con un muerto; tiene arcadas y un leve mareo la hace cortarse el dedo con una espina. Una gota de sangre resbala y cae en la Venus abierta, que apenas se contrae y recibe aquel líquido desconocido. Amorosa mejor deja todo aquello y se conecta a escrolear TikTok en busca de nuevos videos. Así pierde toda la tarde, hasta quedarse dormida. Al despertar, se queda sentada al borde de la cama y piensa en el sueño que tuvo, donde la Venus aparecía en el buró que está frente a su cama, mientras una bruma la rodeaba; solo escuchaba la voz de aquel vegetal que le pedía cortar piel humana y que se la comiera: «Ándale, Amorosa, cómete esa piel, te hará sentir bien»; «Amorosa, yo quiero cuidarte como tú lo haces con nosotras las plantas»; «Amorosa, recuerda mis palabras, aquí estoy yo para ti». El sueño le pareció ridículo y hasta gracioso, pero no dejaba de pensar en él.

—¿Quiubo? Oiga, ahora se desveló.

—No, chamaco. ¿Ya limpiaste el segundo piso?

—En eso ando, Amorosa, en eso ando.

—Si no perdieras tanto tiempo en el celular, ya hubieras acabado y me ayudarías.

—Usted como siempre, nomás apretándole el paso a uno y uno que quisiera apretar otra cosa.

—Chamaco pendejo, no ves que podrías ser mi hijo.

—Pero no lo soy.

—Ya ponte en paz, tuve un sueño muy raro.

—Ya ve, me anda invocando.

—No, soñé con mi Venus.

—¿La pinche planta esa la trae así? Mejor aliviánese y vamos por una caguama.

—No puedo, hoy salgo en la noche.

—Pero es viernes.

—Pos bueno. ¿Me esperas?

—Ya sabe que sí.

Amorosa y Julio se embriagan lo suficiente para perder la vergüenza, pero reconocerse. Julio se le insinúa en la quinta cerveza y Amorosa le da un beso en la boca. En la oscuridad, él aprovecha para palpar aquel cuerpo que encuentra atractivo. En la mañana, un ruido lo despierta: es Amorosa, quien mastica con placer un pedazo de la piel del dedo que le ha rebanado mientras dormía.

—¿¡Qué te pasa!?

—Perdón, yo…

—Pinche vieja loca.

—No, Julio, espera.

—Ni madres, eso me pasa por andar...

—Julio, por favor, déjame explicarte.

—Ni madres, me largo.

Julio envuelve el dedo con papel de baño y sale de inmediato del lugar.

Amorosa no podía explicar cómo las palabras y los deseos de la Venus se le volvieron suyos. Reconoció que el sabor de la piel no le disgustó y que el olor fue lo que la había atraído en ese primer mordisco. Más tarde, horrorizada, se observó en el espejo y las marcas de su edad bajo sus ojos parecían haberse desvanecido. No tuvo valor para dirigirle la palabra a Julio cuando se dio cuenta de que este la evitaba.

Al pasar los días, Amorosa seguía cuidando a sus plantas con el mismo esmero, aunque dedicaba una atención especial a la Venus. Los sueños se volvieron más constantes y las pláticas giraban en torno a temas reales de su vida. Sin embargo, la Venus siempre le pedía que comiera carne y Amorosa siempre se rehusaba. Por momentos se sentía tentada cuando la Venus le susurraba que el consumo de la carne la haría joven y que si mataba a las personas, se multiplicarían sus beneficios.

Fue durante una guardia nocturna en el hospital cuando la resistencia de Amorosa comenzó a resquebrajarse. Mientras el personal esperaba la llegada de la funeraria, ella lo vio desnudo sobre la camilla; su torso marcado y sus piernas gruesas la provocaron más que cualquier valor moral. Con astucia, tomó un bisturí y cortó un pedazo del muslo. Cerró los ojos y lo comió con desesperación, como si el hambre creciera en su interior con cada mordida. Cuando volvió en sí, descubrió que había consumido partes de la espalda y el cuello también.

Aterrada, juró en la capilla del hospital que ese hecho jamás se repetiría y pidió a Dios no ser descubierta. Sabía que la Venus era peligrosa, que no podía arrancar simplemente la planta y desecharla.

Al llegar a su casa, la vio con recelo. Después, al cambiarse de ropa, pensó en verse en el espejo. Le parecía algo absurdo, pero sin testigos de sus propios pensamientos, ¿quién podría saber que le emocionaba verse un poco más joven?

Antes de dormirse, decidió echarse un vistazo y descubrió, entre el horror y la fascinación, que las marcas en el entrecejo y cerca de los labios también habían desaparecido. Podría quitarse el copete sin temor de que alguien apreciara esas marcas que podrían ser las huellas de tantos enojos y frustraciones.

Los días pasaron y la Venus se volvía cada vez más presente en sus sueños ordenándole comer y matar. La obsesión crecía en Amorosa, quien, pese a su promesa, no podía evitar imaginarse cada vez más joven si cedía ante los caprichos de su vegetal.

En el hospital, Julio se mostró preocupado por la actitud de Amorosa, quien ya no se esmeraba en su trabajo, pero cada día mostraba más interés por los pacientes que tenían pocas horas de muertos. Hasta que un día la descubrió masticando la oreja completa de una paciente y la confrontó:

—Amorosa, ¿qué te está pasando?

—Julio, por favor, no digas nada.

—Estás loca.

—Julio, espera, es la planta…

—Deja de decir estupideces.

—Julio, escúchame. Es la planta. La vez que tú y yo…

—No lo repitas.

—Había tenido un sueño con la planta y ella me lo ordenaba.

—Sí, cómo no.

—Julio, mira mi rostro.

—¿Qué?

—Mírame bien.

—¿Te estás poniendo cremas?

—No, Julio, estoy rejuveneciendo, es por la planta.

—Amorosa…

—Julio, es en serio.

—Amorosa, no voy a decir nada porque no me quiero meter en problemas. Suficiente es con lo de mi mamá.

—Sí, me enteré, Julio, que necesita un trasplante.

—Tienes que parar, alguien más te puede descubrir.

Amorosa sabía que no podía detenerse; era necesario erradicar aquel mal. Aunque durante un tiempo había preferido ignorar a la planta y evitar siquiera mirarla, los sueños no cesaban. Decidida, llegó a su casa, tomó una pala y se dispuso a destruirla. Para su sorpresa, la Venus se había multiplicado tanto que pocas plantas de otras especies la rodeaban. Dio el primer golpe, pero la Venus ni se movió. En cambio, las pequeñas comenzaron a estirarse y alargarse hasta alcanzar su cabeza. La Venus creció hasta igualar su estatura y unas enormes fauces salieron de su interior. Con la primera mordida le arrancó un brazo. Las otras la hicieron caer y le dieron mordiscos en las piernas. La Venus le desgarró el cuello y las arterias. Hizo que la sangre de Amorosa regara las plantas y se la tragó. Las otras molieron sus huesos para abonar la tierra.

Julio había pensado en las palabras de Amorosa y el recuerdo de su madre se hizo presente. Sin tiempo que perder, llegó a la casa de su compañera y encontró a la Venus, indefensa, oculta entre las otras.

 

 

Marcia Ramos Lozoya (Tijuana, México, 1989). Es licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamérica. Tiene un Diplomado en Creación Literaria. En 2018 ganó el Premio Estatal de la Juventud en la categoría cultural. Le otorgaron las becas Creadores con Trayectoria (Baja California, 2025), Viva Voz (Under the volcano residencia de escritores, 2022), Jóvenes Creadores (PECDA, 2018) e Interfazz (2015). Es autora de Las calles hablan (ABN Arte Buhonero, 2015), Brevedades infinitas (La Tinta del Silencio, 2017) y Diles que no nos vean (Cuadrivio, 2018). Publicó un fanzine titulado Las poses del diablo. Su primer guion dramático se denomina La resurrección de Rosita Morales.