ISSN: 2992-7781
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BITÁCORA AL VUELO
El primer ejercicio

Ismene Venegas

Cuando éramos niñas, a mi hermana mayor le regalaron un diario de esos cuadernitos de pasta dura con candado y llaves. Había leído el libro del diario de Anna Frank y recibió un diario. Pero no lo usaba. Así que yo, que recién acababa de aprender a escribir, planté en su primera página mi nombre con una pluma de tinta verde, apropiándome del diario. No volví a escribir ninguna otra cosa en él, sin embargo, tomé la costumbre de escribir en cuadernos. En un inicio lo hice en las hojas de los cuadernos Scribe de forma italiana, que eran los que usaba en la escuela.

No recuerdo todo lo que anotaba. Pero tengo presente llevar una bitácora de cosas ricas que había comido o que se me antojaba comer, notas sobre el niño de la escuela que me gustaba, o sobre la caja de música con forma de tocadiscos que tenían mis vecinitas, y que tocaba canciones infantiles norteamericanas atrapadas en discos plásticos de colores, con caminos concéntricos y topes, que hacían vibrar armónicamente los dientes metálicos de la aguja del tocadiscos. También recuerdo llenar páginas con los nombres que me hubiera gustado tener en vez del mío: Alejandra, Mariana, Mariela o Ana.

En algún momento me dispuse a crear historias como guiones de juegos de muñecas en los que había un personaje con el nombre que yo deseaba tener. El personaje era una hermana menor, como yo. Escribía la historia de esa niña. A ella sí le compraban los zapatos rojos de charol que a mí no me compraron. Describía su casa como un conglomerado arquitectónico que unía los rincones que más me gustaban de las casas ajenas que conocía: la reja de madera blanca de la casa de nuestros vecinos, un clásico white picket fence con pasto bien cortado del otro lado; los desniveles del piso alfombrado de la casa de los papás de Iván, mi compañerito de la escuela; los dos pisos y las dos escaleras de la casa de Olivia, la compañera de trabajo de mi mamá; la entrada majestuosa de la casa tipo californiana que estaba en la esquina de la Calle 9 y Ruiz; el árbol del patio de mi escuela. El papá de esta niña (que estaba personificado por mi padre, pero que tenía otro nombre y apellido) era viudo o divorciado, la madre de la familia no figuraba en la historia. A veces, la hija alcahueta buscaba que el padre desparejado se enamorara de la vecina de enfrente, que era viuda, muy guapa y que le compraba a sus hijas los juguetes que yo quería tener como el tocadiscos de las coplas infantiles de María tuvo un borreguito y la canción de la Mamá Ganso. La cosa es que en mis historias la mamá no figuraba.

Así llené muchos cuadernos. En general uno por año, como en la escuela. En secundaria y prepa los cuadernos se mudaron a las carpetas. Hojas rayadas con tres agujeros para fijarse al interior de la carpeta. Se sumaron a los textos las letras de las canciones de los Smiths, de The Cure que solía arrebatarle a la grabadora por medio del método del Play and Pause. De vez en cuando regresaba a los cuadernos con la nostalgia que le hace a un niño decir «cuando yo era chico…». Me releía y me daba pena pensar que alguien lo pudiera leer, creía que era una basura lo que había escrito. Que mis historias estaban igual o peor de chafas que las telenovelas que pasaban en la televisión. Pero me gustaba volver a sentir, a recordar lo que pasaba al momento en que escribí.

Cuando me aceptaron el ingreso a la universidad tuve que mudarme rápidamente de ciudad. Me angustiaba anticipar el destino de mis cuadernos en mi ausencia. Por ningún motivo quería que mi madre leyera mis cuadernos. No sólo era transgresión de la intimidad que, dicho sea de paso, aseguraba que sucedería, sino que me rompía el alma la culpa de que mi mamá supiera que en las historias de mi alter ego infantil ella deliberadamente no figurase. Así que antes de cambiar de locación me deshice de todos los cuadernos y carpetas. Los tiré a la basura. Entre mis pensamientos intrusivos me torturaba a ratos la idea de que alguien, como en la película de Azul de Kieslowski, encontrara mis cuadernos y los leyera, para mi absoluta vergüenza. Así desaparecieron todos esos textos. Sin embargo, seguí escribiendo diarios ahora en cuadernos de forma francesa, generalmente de pasta dura y hoja rayada.

 

 

Ismene Venegas (Ensenada, México, 1977). Es licenciada en Gastronomía por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Publicó Plantas nativas comestibles de Baja California (Culinary Art School, 2018), en coautoría con Paula Pijoan y Lengua partida (Grafografxs, 2021).