ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

Denise Ocaranza (Toluca, México, 1986). Es licenciada en Letras Latinoamericanas por la UAEM, escritora y correctora de estilo. Es autora de El ladrido secreto (UAEM, 2017). Ha colaborado en Revista Sinfín, Universitaria y Plástico. Revista Literaria. Es integrante del taller de narrativa de Grafógrafxs.

 

PARA SIEMPRE EN ESTA FAMILIA

 

Habría sido más difícil —¡Oh, sí, mucho más difícil!— seguir siendo niña.

Beatriz Mendoza Sagarzazu

 

I

 

Hace días que llueve sin parar, ya ni me acuerdo cómo era la vida antes de los charcos, el frío, los impermeables y los paraguas. Tampoco es como si hubiera vivido tanto, apenas diez años, pero cuando una es niña casi todos los días se parecen. Digo casi porque hay unos que sí distingo de los demás: esos en los que siento la punzada en el pecho y me dan ganas de vomitar hasta las tripas, pero me aguanto por puro miedo y comienzo a no pensar, a tratar de separar la mente de mi cuerpo hasta que él se va. 

¿Él? Sí, el hombre que irrumpe en casa cada fin de semana. Él sabe todo sobre cualquier cosa que le pregunten otros adultos y no es pobre como nosotros, usa suéteres calientitos, camisas vistosas, pantalones planchados y nunca repite zapatos. He espiado algunas veces dentro de esa maleta que nunca termina de desempacar: dobla su ropa mejor de lo que mi mamá dobla la nuestra, trae más mudas de las que se pone en casa (tal vez es un elegante vagabundo que de aquí se va a fastidiar a otras familias); también guarda un cepillo, gel, rasuradora, espejo, desodorante y loción. Una vez, aunque me temblaron las manos y sentí que el corazón me palpitaba en la sien, robé de su maleta unos calcetines, eran tan suaves y esponjosos que parecían gatitos con rombos bordados. Esos gatitos para pies son mi tesoro.

Cuando hay vacaciones pasa más tiempo, pero es evidente que después de dos días con nosotros su malhumor empeora y le parecemos más y más insoportables, a pesar de que hacemos como que no existimos. Este hombre con manos grandísimas y peludas, pero uñas bien cortadas, al cuarto día lluvioso encerrado con nosotros golpeó a mi mamá. Yo acostumbro mirar inmóvil esas escenas como si se estuvieran proyectando en otra familia y no en la mía, mientras Joelito llora o se esconde y mi madre se queda callada. 

Luego de haberle pegado, guardó sus cosas cuidadosamente, bajó las escaleras corriendo, manoteó la manija, azotó la puerta, se subió a su coche, nos miró con desprecio y se fue. Pensé que esta vez se iba para siempre, recé para que así fuera, porque presentía que si regresaba habría cambios en mí que no podría detener. 

En cuanto se alejó, Joelito se puso a arrancar hojas de un cuaderno para hacer barquitos; me senté a su lado y le ayudé a decorarlos con rombos de colores, mientras mi mamá doblaba ropa que olía a humedad; después salimos a la banqueta y colocamos los barquitos en el agua turbia que bajaba por la calle. Hicimos la apuesta de hasta dónde llegarían flotando y los dos perdimos porque no llegaron ni a la esquina, las coladeras estaban tapadas y nuestros barcos —en los que hubiéramos querido huir antes de que él regresara— se estancaron con la basura.

Seguía lloviendo y pensé que nuestra casa era como un barco viejo que cualquier día se hundiría. Y no me dio miedo. Estaría aterrorizada si en este barco siguiera aquel hombre y tuviera que pasar mis últimos momentos con él, tal vez mirando sus ojos, esos ojos que reconozco en el espejo, sobre todo cuando me enojo. 

Aquella tarde entramos a la casa y era como si nada hubiera pasado, olía a chocolate caliente y mi mamá planchaba con la televisión prendida. Estoy segura de que ella es la mujer más bonita y bondadosa que conozco; cuando él no está pareciera que nada la perturba, que tiene todo bajo control, por eso creo que él es la manzana podrida de la familia. Me preocupa cuando la gente dice que no me parezco en nada a mi mamá, porque entonces me están diciendo que me parezco a él y eso explicaría por qué a veces me siento como perro con rabia y me da por morder con palabras a los demás.

 

II

 

Habían pasado varios fines de semana sin su presencia. Apenas me acordaba del visitante, aunque cada viernes sentía una presión en el pecho que era como una probadita del miedo, un miedo que era capaz de ignorar mientras iba a la escuela, jugaba, hacía tareas y mandados. Joelito también lo siente porque tiene cinco años y sigue mojando la cama. He escuchado a mis tías decir que mi madre tiene miedo de necesitarlo para criarnos; sé que también teme dejarnos solos cuando sale a trabajar, así que nos encarga con ellas o con los abuelos; teme que salgamos a la calle, que hagamos malas amistades y que aprendamos majaderías, a pesar de que él trae a casa las peores que he escuchado. A mí no me deja salir a jugar con otros niños, menos si son mayores. No me aburro, pero tampoco puedo decir que me divierto. Mi juego preferido es el de observar a los demás hasta incomodarlos. 

Estaba en la azotea comiéndome una mandarina y escupiendo las semillas hacia la calle cuando escuché el azote de la puerta, los pasos firmes que sólo podían pertenecer a pies grandes y pesados y luego una voz rompiendo el silencio de la casa: “¿Qué hay de comer? ¡Cómo que nada para mí! ¡No te hagas pendeja y prepárame algo rápido que tengo hambre!”. Me vino de nuevo la punzada. Salí corriendo de donde me encontraba para esconderme tras mi mamá. “¿Y tú? ¡Ponte a hacer algo, escuincla huevona! ¿Dónde está el control de la tele? Chingada madre, viendo caricaturas, órale, mocoso, salte de aquí”. 

¡Cómo pude distraerme y olvidarme! Es viernes y tarde o temprano regresa, así como vuelven nuestros ojos a golpear el piso, los susurros y la rigidez de nuestros cuerpos. Al sentarnos a la mesa nadie habla, se escuchan los cubiertos, los platos y sus gruñidos. Cuando él está, la comida me desagrada, tanto que calculo y cuento las cucharadas que faltan para poder levantarme de la mesa sin que me grite. Una vez Joelito vomitó a media cena y lo puso a limpiar a punta de zapes. Yo no lo defendí, no supe cómo. Le gritaba que era un inútil, que todo lo hacía mal. Mi mamá intervino, Joel berreaba y se limpiaba los mocos con las manos. A mí me ordenó que terminara de comer de una buena vez y que recogiera los platos; al llevarlos a la cocina temblaba tanto que sentía que se me caían; con su mirada clavada en mi andar, pude dejarlos sobre la tarja sin provocar más problemas.“Torpe”, me dijo, y corrí atrás de mi madre que llevaba de la mano a mi hermanito. En cada comida sucedía algo similar. Como si fuéramos tres saquitos de boxeo a los que tenía que derribar a puro grito, a pura ofensa.

Amaneció. Era sábado y a mi mamá le llamaron para cambiarle el turno, debía ir al trabajo. Le rogué que no fuera, porque no nos queríamos quedar con él. Murmuró que no había de otra, quiso animarnos diciéndonos que lo acompañaríamos a un mandado fuera de la ciudad; nos pidió que nos portáramos bien y nos persignó como si la señal de la cruz pudiera protegernos. Cuando él está no nos protegen ni las estampitas de la virgen, ni el cristo de madera, ni el cuadro del ángel de la guarda. Al menos hoy no suena tan enojado, lo escucho chiflar y cantar mientras se viste. Nos avisa que ya casi nos vamos. 

 

III

 

Subimos al coche —no sin antes azotar los pies en el asfalto para asegurarnos de eliminar la tierra o lodo en los zapatos—, el olor de su loción nos recibe de golpe y se me revuelve el estómago. Ruego al cielo que sobrevivamos a este día. El hombre ya está al volante y pone música que cree que nos gusta. Está lejos a donde vamos porque las canciones se empiezan a repetir: Cepillín, Cepillín en la feria de Cepillín. Cepillín, Cepillín en la feria de Cepillín… Él golpea el volante como si fuera una batería y hace como que baila. 

Voy adelante, con el cuello tenso, evitando voltear hacia cualquier lado. No quiero regaños por no poner atención al camino. Estoy atenta, señor. Atenta. Joelito se quedó dormido; bendito, siempre acogido por algún santo. Pienso que ya no estoy tan pequeña, que si cierro fuerte los ojos (cuando él no me vea) y luego los abro habré crecido un poco más y podré defender a mi hermanito y a mi mamá, aunque muera en la lucha. 

Él disminuye la velocidad y se detiene frente a un edificio viejo y descuidado. Se baja con una caja en las manos. Con un dedo amenazador nos advierte que nos comportemos, que no tarda. Pero tarda. Al menos apagó la música y podemos bajar un poco las ventanillas. Joelito me pide que abra la puerta, está pálido y no alcanza a decir nada más: de la boca, en vez de palabras, le sale lo que en la mañana eran huevos con salchichas. Lo regaño porque tengo miedo, ensució su coche y no nos lo va a perdonar. Quiero correr, desaparecer, pero en vez de eso bajo a Joel y lo siento en una piedra grande, se queda ahí mirándome y gimiendo; me quito la sudadera y limpio con ella. 

Me acuerdo del cuadro del ángel de la guarda que está en nuestra habitación: en él hay una niña y un niño descalzos cruzando un puente. La niña, más grande que el niño, lo va abrazando como diciéndole que no se preocupe porque detrás traen un ángel enorme, con rubia cabellera y preciosas alas, protegiéndolos de las tablas del puente dañadas, de las aguas arremolinadas que hay debajo de este, de la tormenta que está por caer y de la serpiente que avanza hacia ellos. Además, los niños del cuadro son güeritos, me pregunto si a nosotros nos habrá tocado un ángel y volteo hacia el cielo. El sol me deslumbra y cuando voy recuperando la claridad veo al hombre con corbata acercándose hacia nosotros; entre más cerca está, más puedo notar su cara paralizada por el enojo. “¡Qué chingados pasó!”. Le explico que ya limpié. Quiero echarme la culpa, pero se me pasa lo valiente y señalo de inmediato a Joel. “Son un pinche estorbo, ya súbanse, tira esa sudadera apestosa, no la quiero aquí”. Es parte del uniforme de la escuela, a mi mamá le va costar reponerla y me da remordimiento. 

Él empieza a hablar con desprecio de las personas a las que les entregó la caja, saca unos billetes de su cartera y nos los enseña con lo que parece una sonrisa ganadora, la sonrisa de cuando alguien gana algo a la mala. Pone de nuevo a Cepillín. Me cuesta descifrar su grado de enojo. Miro hacia el frente, seria. Me digo, vamos, Zaida, no parpadees. Tiemblo y trato de que no lo note. 

La carretera se ve diferente, no es por la que llegamos, sino pura terracería. El coche se mueve de un lado a otro como si se fuera a desarmar. Nadie vive por aquí. Él apaga la música con un manotazo y se seca el sudor con un pañuelo de tela suave y brillante. Mira para todos lados. ¿Será que nos va a tirar por acá como cuando abandonó a nuestro perro? ¿Y si en realidad lo mató? ¿Y si nos va a matar? Seguro se quiere deshacer de nosotros para herir a mamá. 

Pasa el tiempo y descarto que nos quiera aventar por aquí, creo que estamos perdidos. No dice nada, pero lo escucho bufar, oigo también mis latidos y los mocos de Joelito, porque, claro, viene llorando. Detiene el auto, se baja y se aleja caminando. Me parece que tarda muchísimo, pero quizá no fue tanto. Regresa, patea una llanta del coche, maldice y enciende un cigarro; al terminarlo, escupe y sus ojos ya no están tan furiosos. Nos pregunta si queremos hacer del baño. Negamos con la cabeza, aunque me estoy aguantando desde hace un rato. 

Sube al coche y continúa manejando. ¿Sería mala idea decir que sí quiero bajar? Buscaría una montañita, me ocultaría un momento tras ella y luego correría, dejando atrás todo, a mi mamá y a Joelito, con quien se desquitaría si me pierdo. ¿Sería muy terrible matar a un hombre?

Un ruido me sobresalta; es su risa: por fin ha encontrado la carretera. No sé muy bien por qué, pero quiero pedir ayuda, aunque en este momento se vea calmado, incluso contento, y haya retomado la música. Después de cuatro canciones reconozco algunas calles y veo semáforos. En un alto nos voltea a ver y pregunta: “¿Quieren hamburguesas, niños?”. No sabemos ni cómo contestar. Tal vez es una broma, nunca hemos comido con él fuera de casa. Ojalá sea una broma. Luego de unos minutos se estaciona frente a un local. Nos bajamos. Pide tres hamburguesas, una cerveza y dos jugos. Voy al baño y cuando vuelvo está discutiendo con el mesero. Me da tanta pena que evito mirar al joven que se retira con la cerveza equivocada.

Mientras comemos considero que tal vez él no es tan malo: me recogió el cabello para no meterlo al plato, limpió las boquillas de los jugos, a Joel le ayudó a partir su hamburguesa y, de vez en vez, aunque un poco brusco, le pasaba la servilleta por la cara; pero la calma duró poco, se tomó varias cervezas, algunas en compañía de personas que entraban, lo reconocían y lo saludaban. Joel se quedó dormido con los bracitos sobre la mesa. Yo miraba comerciales en la televisión. En uno de ellos un excusado estaba muy tapado y le vaciaban Drano, mágicamente volvía a funcionar, la familia del comercial celebraba, ese recipiente rojo con una calaverita negra se me hacía conocido. En eso estaba pensando cuando el mesero se acercó para avisar que ya iban a cerrar. Él aventó la silla hacia atrás, abrió su cartera y arrojó el dinero de la cuenta a la mesa; algunas monedas rodaron por el piso.

En casa siguió bebiendo y se puso más odioso. Había mucho ruido en mi cabeza. Una frase que escuché en las noticias revoloteaba en mi mente como un zopilote: “dentro de tu propia casa te pueden matar”. Tenía mucho miedo por nosotros y, aunque me pesaban los ojos de sueño, me puse a vigilar sentada en la cama, con mi pijama de sirenas y el cabello trenzado, mirando desde ahí a Joelito durmiendo, a mi mamá lavando trastes, a él viendo un partido de futbol y arrojando objetos contra la pared. Contaba las horas para que amaneciera, pero los minutos parecían borreguitos cruzando la cerca lentamente. Callada, tiesa y acalorada le daba vueltas y vueltas a la idea de que no todos los hijos se tienen que parecer a sus padres. La punzada en el pecho se fue al estómago; necesitaba dejar mi puesto de vigilante.

–¿A dónde vas? 

–Al baño.

–Tráeme la coca del refri –me ordenó arrastrando las palabras, sirviéndose otra.

Estaba lento y zonzo. Ahora llovía fuerte y mi mamá secaba el agua que se había metido a la casa. Al terminar de vaciar las tripas junté todo el valor que me quedaba ese día y vi la oportunidad que no sabía que esperaba. Todo estaba tan claro. Me estiré para alcanzar el Drano, vacié un poco en el refresco, pero no lo suficiente porque no se murió, sólo expulsó de su boca toda clase de porquería maloliente y verdosa sobre el piso; se quedó hecho bola, temblando, sudando, tocándose el estómago; entre lágrimas, se veía pequeño e indefenso. Llegó la ambulancia que mi madre había estado pidiendo a gritos por teléfono con el envase rojo en la mano, mientras yo observaba desde una esquina lo que sucedía, como si le pasara a otra familia y no a la mía. 

 

 

Este cuento aparecerá en una antología temática dedicada a los monstruos, escrita por los integrantes del taller de narrativa de Grafógrafxs, la cual será parte de la colección Invitación al Incendio.

 

 

LA RÉMORA

 

Empecé el año con pocas expectativas, y heme aquí ahora, nada mejor para Julián Fonseca: cervecita en mano, viendo el atardecer en un in-cre-í-ble rincón de Nayarit. No cabe duda de que con estas experiencias se va equilibrando la vida, ¿no crees, Natalia? Me mama tu nombre, wey, neta. 

Qué chido que te pagaron tan bien ese último trabajo que hiciste. En serio te admiro, te plantaste muy bien con tu jefe, pero también tienes que aceptar que sin mi ayuda no lo hubieras logrado, no estaríamos aquí viendo barquitos. ¿Cuántas veces te levanté el ánimo? ¿Cuántas veces me desvelé por escuchar tus quejas? 

¿Sabías que a esta hora del día le llaman la golden hour? He visto muchas morras en Instagram que se toman fotos increíbles aprovechando esta luz. Te tomaría una, pero hoy no te ves tan guapa como otros días. Och, no te enojes… estoy bromeando. ¿Quién es mi chica de sol? Hueles a tostado y a sal, babe. 

Oye, neta no quiero acampar en la playa. ¿No hay manera de que podamos pasar otra noche en un hotelito? Ándale, babe, me caga armar tienda de campaña y la pinche arena me pica, no voy a poder dormir. 

Mira, llámale a tu papá, dile que nos tire paro y neta que cuando me paguen las chambas que me deben yo le pago al don. Dile que le falta una varilla a la tienda y que no podemos armarla. Ándale, babe, Natalia, mi amor, mi chica. 

Cierra los ojos, imagina esto: tú, yo, un bañito de tina, una cama cómoda, servicio a la habitación… ¡uy! ¿Y si cenamos rico? ¿Cómo te caerían unos camaroncitos? Te voy a dar la cogida de tu vida. Así como ya sabes, chiquita, así como te gusta, y luego un cigarrito y nos dormimos fresquitos y felices, sin moscos, sin arena, como mereces, mi reina. 

Oye, piénsalo mientras me pones más cremita en mis tatuajes, ¿va? Es que no quiero que pierdan color. Ándale, mi sabrosa, mi preciosa, y ahorita buscamos un lugar con señal para llamarle a tu papá. Pero, ven, dame un beso primero. Así, chingá.

 

Nota

Acudí sin ninguna expectativa al taller de narrativa de Grafógrafxs cuando todavía podíamos reunirnos en la sala Ignacio Manuel Altamirano. Después de la primera sesión, supe que por fin había encontrado en Toluca un lugar en el que me sentía como pez en el agua. Siempre nos daban las dos de la tarde y nunca nos queríamos ir, queríamos seguir “chaineando”como dice el buen Alonso Guzmán los textos de los compañeros. Éramos muchos, pero de verdad, muchos, los que constantemente asistíamos, pero lo mejor es que siempre llegaba alguien nuevo. Desde entonces se está consolidando una cofradía que desde hace muchos años no se veía en Toluca, y gracias al taller en línea se han sumado todavía más personas de otros lugares. 

Julián Fonseca es un personaje ficcional, pero también puede ser tu amigo, tu vecino, tu hermano o, peor aún, tu pareja sentimental. Leí “La rémora” en una sesión del taller y entre los comentarios hubo uno que me hizo considerar darle más voz a este personaje situándolo en diferentes espacios. De ahí surgió la idea de escribir un libro al que de momento llamo Estampas de personajes, en donde me propuse el reto de reflejar curiosas personalidades en pocas páginas.