ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

Escribir es como pepenar

Carolina Conde entrevista a Aldo Rosales Velázquez

 

 

Aldo Rosales Velázquez es un escritor nacido en la Ciudad de México en 1986. Ha colaborado en diversos medios, como La Jornada, El Universal, Tierra Adentro, Casa del Tiempo y Punto de Partida. Es egresado de la licenciatura de Enseñanza de Inglés en la UNAM.

En 2018 ganó el Premio Nacional de Crónica Joven “Ricardo Garibay”. Entre los libros que ha publicado se encuentran Foley (FOEM, mención honorífica en el Certamen “Laura Méndez de Cuenca” 2018), Tiempo arrasado (Revarena, 2019) e Infierno número dos (Grafógrafxs, 2022). En sus escritos, Aldo Rosales busca contar historias sobre temas que disfruta o le obsesionan, como el enigma del tiempo, el pasado, las artes marciales y la lucha libre.Es coordinador del taller de creación literaria del FARO Indios Verdes e integrante del taller de narrativa de Grafógrafxs.

 

Carolina Conde: Los temas recurrentes en los cuentos de Infierno número dos son el tiempo y la memoria. ¿Cómo definirías estos dos conceptos?

 

Aldo Rosales Velázquez: Creo que a últimas fechas he tenido problemas tratando de contestar qué es el tiempo. Leí en algún momento que no existe tal cosa, que en realidad sólo existe el desgaste natural de las cosas, el avance inevitable hacia la extinción y, por lo tanto, el tiempo es sólo un concepto. Entonces, no sé, en este momento no sabría decir con exactitud qué es el tiempo, pero podría pensar que es, digamos, el rastro que va dejando la existencia, o quizá sólo nuestra obsesión por poner todo en palabras, por abarcar todo con el lenguaje. En ese sentido, parafraseando a Wittgenstein, lo que está más allá de las capacidades de mi lenguaje está más allá de mi entendimiento y por lo tanto no tengo una respuesta satisfactoria; no soy capaz de nombrar lo que no comprendo y sólo me limito a tratar de pergeñar un retrato hablado de eso.

En cuanto a la memoria, creo que es lo que somos, lo que nos erige: no somos sino memoria, los recuerdos que logramos dejar en otros, los recuerdos que otros depositan en nosotros. Además, la memoria es el sustrato ideal de la ficción: recordar es inventar y, así, me parece que nos inventamos en nuestros recuerdos; nos mentimos para sobrevivir. Sin memoria creo que estaríamos perdidos, partiendo siempre de un punto cero y sin capacidad de llegar muy lejos. Somos memoria, la memoria que nos inventamos a conveniencia. La memoria es esa capacidad de (re)conocernos y, por lo tanto, presentarnos ante otros: existir.

 

CC: En tus historias son constantes los silencios que están llenos de reflexiones por parte de los personajes, aunque también me parece que los diálogos forman parte importante en el desarrollo de esas historias. ¿En qué te basas para construir estos diálogos y alimentar la relación entre los personajes?

 

ARV: Me parece que los diálogos son, quizá, la parte más difícil de lograr en alguna historia. Inventarles un lenguaje a los personajes es vital porque esa es la manera de presentarlos ante el lector; es la única forma que conozco de darles vida, vida verdadera. Por su manera de hablar es que los conoceremos; su lenguaje es su esencia. Así, trato de escuchar mucho allá afuera, de poner atención a lo que dicen las personas, pero, sobre todo, a cómo lo dicen. Eso me ayuda a crear las formas de hablar de los personajes. No copio lo que se dice allá afuera tal cual es dicho, pero sí lo tomo de punto de partida.

De igual manera, muchos de los diálogos los extraigo de mis propios pensamientos: cada palabra que dicen los personajes es, un poco, indefectiblemente, algo de mí. Trato de no hacer de los personajes una calca de mí, porque entonces estaría escribiendo al mismo personaje eternamente (mi eternidad, mi limitada, valga la expresión, eternidad), pero sí trato de desahogarme a través de ellos, de (re)descubrirme a través de ellos. A veces mis personajes dicen lo que pienso, pero no digo, o lo que quisiera decir y no me atrevo; sobre todo, dicen lo que yo hubiera dicho pero no lo hice, y esa obsesión que tengo con el pasado, así, puede ser aliviada un poco.

 

CC: ¿Eres una persona que prefiere los silencios o las conversaciones?

 

ARV: Creo que prefiero las conversaciones, las verdaderas conversaciones (no sólo el intercambio de frases sin ninguna conexión verdadera). Así, a veces, casi siempre, prefiero estar en silencio, para conversar conmigo mismo (por manida y cursi que sea la expresión), digerir lo dicho durante el día, lo conversado durante el día. Sin embargo, me gusta mucho escuchar a la gente, sobre todo sus historias. En alguna ocasión dije que escribir es como pepenar: recoges frases, palabras, historias o pensamientos que la gente deja ir sin más (me permito parafrasear a Pessoa: gente que no está triste ni contenta de dejar ir esas ideas, esas emociones, porque saben que es el destino de las palabras) y, después, tú les encuentras un uso, quizá mejor que el inicial. Entonces, en este momento, podría decir que prefiero las conversaciones ajenas y los silencios propios.

 

CC: Has mencionado que usas tus propias vivencias o las anécdotas que llegas a escuchar para escribir la mayoría de tus historias. De todos los cuentos de Infierno número dos, ¿cuál consideras que es el más personal?

 

ARV: Sí, por supuesto, constantemente tomo prestado de aquí y allá. Idealmente, como decía Faulkner, quizá alguien tome prestado de lo que he hecho (aunque, lo digo de verdad, hay mejores lugares de dónde abrevar). Respecto a los cuentos de Infierno número dos (cuya selección corrió a cargo de Sergio Ernesto Ríos y se lo agradezco infinitamente, así como a Mauricio Pérez Sánchez la edición), sin duda el más personal es “Pero tú no te olvidarás de mí, ¿o sí?”; Adán soy yo: por eso un nombre de cuatro letras y que empezara con “A”, como una suerte de juego (siempre estoy dejando claves, chistes internos y pistas en mis cuentos; es una broma alargada lo que trato de hacer, pero una broma seria).

Sin embargo, no soy del todo yo: a mí de niño me daba mucho miedo la muerte y, sí, lloraba porque le temía, pero muchas otras cosas del cuento son ficticias, fragmentos de las vidas de otros, de amigos y de conocidos. Espero no estar vaticinando mi propio fin (como fumador, un diagnóstico como el del personaje no sería del todo descabellado), pero más que nada traté de dialogar con esa parte de mi infancia porque es una de las que más recuerdo y sólo me limité a combinarla con lo que pudo haber pasado y lo que quizá pase: pasado, presente y futuro en un solo tiempo, espeso como neblina.

 

CC: En el cuento “Vacaciones de verano”, el personaje principal, Osvaldo, se siente angustiado por cumplir 40 años. Ahora que te acercas a esa edad, ¿te sientes de la misma forma que él?

 

ARV: Totalmente. Quizá ese cuento también es personal hasta lo doloroso. La edad, la consciencia de la edad, es una píldora de liberación prolongada que me ha invadido (falta ver si para bien o para mal) mucho en estos meses, en estos años. A lo mejor por eso me refugio tanto en eso que me encanta llamar “El mal revueltiano”: creer que los tiempos pasados fueron mejores, aunque esos tiempos no hayan existido, como asegura el maestro Revueltas en Noche de epifanía. En similar tenor, creo que la plena consciencia de mi nueva edad es eso también: una epifanía, un encontrarme de pronto despertando de una borrachera y estar obnubilado por una voraz sensación de que algo hice mal, de que algo se rompió, quizá un vaso, y lo único que se está rompiendo es la vida misma. Despertar un día, y darte cuenta de que eres hombre, duras poco y es tan larga la noche, puede ser abrumador. Tal vez viene una crisis de la edad (dicen que a muchos les pasa) y tocará ver cómo la sorteo, qué aprendo de ella y si eso podría ponerlo a mi favor y quizá escribir algo, porque a veces no queda nada más qué hacer con los días. Nadie como Neruda para decirlo: “sucede que me canso de ser hombre…”.

 

CC: Estás enamorado de muchas artes y actividades, como el cine, los videojuegos, la música y la lucha libre. ¿Por qué decidiste enfocarte en la literatura?

 

ARV: Seguramente porque es la que más satisfacciones y libertades me da. Recuerdo las palabras de una maestra en la carrera: “nos gusta aquello para lo que somos buenos”. No quiero que se malentienda: no siento ser un astro de las letras ni mucho menos, pero creo que, al menos, he logrado decir muchas veces justo lo que quería decir, y eso es increíble, me ha permitido seguir vivo y no en un sentido literal, pero casi. También, y no es poca cosa, me ha permitido vivir de esto en lo tocante al dinero y, relativamente, sin tanto esfuerzo: duele no lograr un texto, pero no tanto como un golpe, una llave o salir a trabajar en un oficio extenuante. Me encuentro en una situación privilegiada y no hay día en que no lo agradezca.

Respecto a las otras actividades que mencionas, me llenan, también forman parte de mí (no sería yo sin ellas), pero entiendo mi lugar como espectador en ellas o, acaso, practicante. Me gusta considerarme un diletante y eso me ha funcionado. En las letras mismas hay gente que de verdad maneja el oficio y la técnica hasta lo indecible: trato de aprender de ellos y comprender mi sitio. Me falta muchísimo para poder asumirme escritor y no sé si me alcance la vida, pero el intento vale la pena. En algún momento consideré prepararme para ser luchador profesional, pero mis capacidades no fueron suficientes (y vaya que me esforcé en los entrenamientos). He pensado en estudiar cine, pero me da flojera o miedo (aún no decido cuál) y los videojuegos son tan lindos para mí, son parte de quien soy, que los dejo en ese pedestal de las cosas inexplicables pero que se disfrutan.

Otra razón para estar en las letras: están llenas de charlatanes, de mediocres; quizá por eso estoy más cómodo aquí. Puedes no ser tan bueno, pero logras brillar, logras colocarte y a veces te publican sólo por el lugar donde naciste, sólo porque conoces a alguien, sólo porque tienes un chispazo aquí y otro allá (también, no pasa un día sin que me cuestione si es mi caso: de la duda nace la alerta y es lo que necesito para tratar de avanzar). A veces, en las letras pesan más las promesas que los hechos: mira si no cuántos proyectos becados que no llegan a nada y cuántos proyectos y autores tan sólidos que jamás recibieron estímulo alguno. Eso, la inconstancia, pesa menos en las letras que en los deportes, por ejemplo: quisiera ver a un peleador presentarse a un combate después de dos semanas, no más, de inactividad. El precio es alto, y aquí en las letras, bueno, no pasa gran cosa, a veces hasta te lo aplauden o publican. La subjetividad, a fin de cuentas, es un arma de dos filos.   

 

CC: ¿Cuál es tu relación con la lucha libre y cómo se enlaza esta con tu literatura?

 

ARV: Creo que mi relación con las letras es muy parecida a la que llevo con la lucha libre: quiero y no puedo. Me esfuerzo por mejorar, por aprender más, por estar a la altura de los que me antecedieron, de los que me inspiraron para decir “yo también quiero hacer eso”, pero no lo logro. Sin embargo, tanto en las letras como en la lucha libre ya estoy más que acostumbrado a caer porque, como decía mi maestro don Pedro Téllez, el Químico, “por eso hay que saber caer, porque uno siempre cae”. No obstante, tanto en las letras como en la lucha, trato de hacer las paces con mis limitaciones, con mis capacidades, y decir “esto es lo que puedo dar, hasta aquí llego por el momento”; más adelante, ya veremos. Hace un par de años, cuando entrenaba muay thai, el entrenador me dijo que se trataba de algo muy sencillo: que tu yo de hoy sea capaz de derrotar a tu yo de ayer. En las letras, quizá, diría que, mientras mi yo de hoy sea capaz de tallerear los textos de mi yo de ayer, y mostrarle nuevas opciones, nuevas mejoras, no todo está perdido.

Debido a lo anterior, quizá, es que constantemente escribo sobre lucha libre, porque en ella veo una analogía de mi vida diaria: caigo, me levanto, trato de hacerlo de nuevo y continúo, pero, sobre todo, en el proceso me conozco un poco más y trato de reconciliarme conmigo mismo en todo sentido. Además, intento incorporar herramientas de otras disciplinas y hacerlas funcionar a mi favor (tanto en la lucha como en las letras). Mi senséi de ninjutsu nos decía algo que me marcó: “Improvisar, adaptarse, sobrevivir”. Eso trato de hacer en las letras y espero que funcione algún día. Sólo el tiempo lo dirá. Yo, por lo pronto, hago lo mío: arrojo la piedra de mi escritura, como diría mi gran amigo Alejandro del Castillo, y trato de escuchar cuán lejos llegó. Eso sí: arrojo la piedra, pero jamás escondo la mano.

 

CC: ¿Qué te gustaría que tus lectores encontraran al leerte?

 

ARV: Antes que todo, historias, pero a veces me muevo en otros terrenos que no son el cuento y entonces quizá lo que hallen ahí sean emociones o, más que eso, obsesiones. Creo que arrojar otro libro a un mundo que ya está plagado de ellos, a un mundo en el que ningún ser humano alcanzaría a leer todo lo que se ha escrito, a un mundo, más aún, con tantos escritores de verdad que ya han dicho tanto y lo han dicho tan bien, es un acto de necedad, pero ¿qué sería de un humano sin necedad? Otra vez, aunque ya lo haya dicho más arriba: si alguien se toma el tiempo de leer algo de lo que hago (y eso siempre lo voy a agradecer), lo que va a encontrar son mis obsesiones, quizá por eso a veces me repito tanto y corro el riesgo, como decía Bolaño, de estar escribiendo el mismo cuento una y otra vez, pero de repente la idea no me desagrada tanto: es quien soy, en mis textos me dibujo de presencia entera.

 

Carolina Conde (Toluca, Estado de México, 2000). Estudia la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Uaeméx.