ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

Nadie nunca se muere

Rodrigo Ramírez del Ángel

 

 

Disculpa que te llame tan temprano, ya sé que no te gusta hablar por teléfono, Rosario, pero es que no sabía a quién más recurrir. Estoy muy nervioso, tengo miedo, y tú me entiendes, no tengo a nadie más en mi vida, no tengo hermanos, soy un huérfano, acuérdate. No sé cómo llegué a esto… ¿Te acuerdas de eso que hacíamos? O que yo hacía, más bien, cuando nos besábamos y de repente te soplaba en la boca, los cachetes se te inflaban y te salía un sonido de la nariz como de un pedo. ¿Sí recuerdas? La primera vez nos reímos por horas, tú te pusiste toda roja de la vergüenza y en las siguientes ya no dejabas de decir: ay, Rodrigo, te pasas de payaso… Pero el problema es que hace unas semanas estaba besándome con Alexia, mi nueva novia. ¿La recuerdas?

Iba con nosotros en la carrera, la güerita que siempre sacaba puro cien, que anduvo con el Pelón… Sí, ese que dejó de ir a la escuela y ya nadie supo más de él. Pues estábamos besándonos y la verdad me sentí aburrido, porque ella nunca quiere pasar de ahí, ni las chichis ni la… cómo decirlo, sí, pues, vagina… No, no hemos tenido relaciones y ya lo necesito, tú sabes bien cuánto disfrutábamos juntos. Bueno, okey, yo sí disfrutaba. Entonces, como te digo, estaba aburrido, me acordé de esto que hacíamos y soplé, pero en vez de que ella emitiera el sonido de pedo o que se le inflaran los cachetes, el aire se frenó dentro de su boca, como si hubiera una barrera que evitara su libre tránsito, ni sus mejillas se inflaron, como si estuvieran hechas de porcelana, y no sólo eso: se regresó el aire a mi boca, inflándome las mejillas a mí y después bajó por mi garganta. Pero, Rosario, eso no fue lo peor… Ella ni siquiera se dio cuenta de nada. Tuve un achaque de tos que me sirvió para poder excusarme de la enésima sesión de besos que no llevaba a más. Me vine a mi casa muy contrariado, Rosario, porque en verdad fue como si mi exhalación hubiera topado con algún muro, y me puse a pensar que a Alexia nunca la he visto dormir, nunca he visto su cuarto, siquiera. Siempre que nos agarramos a besos es en la sala de su casa, cuando sus papás no están, y a ellos tampoco los conocía. Me di cuenta de que la güera era un misterio total para mí. En ese momento ni siquiera recordaba si había retratos o fotografías familiares en su casa. Esa noche no pude dormir, ni siquiera un poquito, pensando en qué clase de mujer tenía como novia, Rosario. No tardé mucho en relacionar ese evento con su abstinencia sexual. Pensé muchas posibilidades, tú bien sabes cómo funciona mi mente, Charo, y pasé de que Alexia es hombre hasta que ella es sólo un invento de mi imaginación, pero era imposible, fuimos juntos a la escuela, tú la recuerdas, ¿no? La güerita nalgona que nunca iba a las fiestas ni hablaba con casi nadie más que con el Pelón. No te llamo para decirte que ella en verdad es hombre, porque descubrí después que estaba lejos de la realidad. Te cuento porque no entiendo cómo es que no pude ver la realidad desde antes. Es que cuando terminamos tú y yo, Rosario, Charo, mi Charizard, estaba desolado. Seguro te contaron tus amigos, porque varias veces me vieron ahí deambulando mientras te buscaba. Sentía que no iba a poder sobrevivirte, deja tú superarte, y mucho menos con eso que me dijiste al final, cuando me cortaste… Eso de que nunca estuve ni cerca de hacerte feliz, y vaya que dolió, Rosario, pero ese no es el tema. Por la tristeza de nuestra ruptura empecé a sufrir de insomnio, me despertaba por ahí de las tres de la mañana y no volvía a conciliar el sueño por más que lo intentara. Unos días después, recurrí a mi teléfono y a las redes sociales. Tú sabes que no me gusta mucho eso, pero pues en ese entonces estaba empezando con el negocio de los dibujitos, como tú le decías, y tenía que estar al tanto del mercado. Y una madrugada vi que Alexia le había dado like a todos mis cómics, y en algunos hasta ponía comentarios llenos de admiración. Esos de los bebés gordos que vuelan, Charis, que me dijiste que eran una tontería. Nunca pensé que alguien como ella se fijaría en mi arte, y no sé si fue por eso, por mi falta de conciencia por el insomnio o por el mero hartazgo de estar triste, pero me animé a mandarle un mensajito y, para mi sorpresa, respondió de inmediato. Sí, a las tres o cuatro de la mañana, y conversamos hasta el amanecer. Y aunque mientras hablaba con ella noté que en todas sus fotografías salía con un gesto idéntico y con la misma pose, ella parecía ser idéntica a mí en el resto de las cosas: todas mis pasiones, cuando menos, las respetaba y parecían interesarle. Sentí un flechazo de inmediato y por unos días, mientras seguíamos hablando, no pensé en ti…, asumí que te había superado. La vi en persona y seguía igualita que en la carrera; ya sabes, su piel blanquita y su pelo güero al hombro. Me sonreía todo el tiempo, igual que en sus fotos, en verdad todo el tiempo, no te miento. Nuestro primer beso fue en la sala de su casa. Me había invitado a platicar, así nomás porque ella me dijo que disfrutaba mucho de mi conversación, pero eso no era tanto un diálogo, sino un monólogo o una entrevista: ella sólo me preguntaba sobre mi vida, sobre lo que pienso acerca del futbol, del tráfico de la ciudad o del presidente del gremio de creadores de cómics que había rechazado mi petición de membresía decenas de veces, con la excusa de que mi obra trata demasiado sobre suicidio y que eso podría motivar a personas a matarse. Ella era vehemente en su concordancia con todo lo que le decía; es más, dijo que ella me iba a ayudar a entrar al gremio. A las pocas semanas, recibí de parte del ciudadano presidente un correo electrónico personalizado aceptándome en el gremio, y desde entonces mis cómics se venden tan rápido que ya la temática que tanto tacharon de impropia me parece bastante sosa. A ella también le conté sobre mi teoría de la muerte de mis padres, la que te describí y me dijiste qué imbécil, Rodrigo. Esa de que no están muertos, y es que en verdad nadie nunca se muere, sino que dentro de nuestro cuerpo, a veces invisible para el ojo humano, existe un pequeño monstruo que se asemeja a lo que pensamos que son los extraterrestres, y cuando supuestamente nos morimos, ese ser se libera de nuestras carnes y huesos y puede viajar por el universo. Por eso es obvio que mis papás me siguen cuidando desde el espacio. Ella, por primera vez, puso un gesto que no era de felicidad, sino de sorpresa: su boca estaba en forma de O y sus cejas arqueadas, y después de unos segundos de silencio en los que pensé que me iba a correr de su casa como tú lo hiciste, volvió a su sonrisa y me dijo que le parecía una teoría excelente y tierna. No pude contenerme y la besé justo ahí; era emocionante, me sentía excitado, tanto que desde ese primer beso traté de agarrarle los senos, pero ella me detuvo. Y me ha detenido desde entonces. Imagínate cuando intenté más abajito, Rosario. ¿Lo mismo le habrá hecho al Pelón de la universidad? Pobrecito, con razón no quiso volver más a estudiar, la vergüenza seguramente era tremenda.

Perdón, se me cortó la llamada… ¿Dónde me quedé? Con el soplido fracasado, ¿verdad? Entonces decidí investigar más. Al día siguiente fui, de sorpresa, a su departamento. Era bien temprano porque ni había dormido, apenas y salían los primeros rayos de sol, y toqué a su puerta con la expectativa de que iba a esperar mucho ahí en el pasillo, que tal vez tendría que llamarla para que se despertara. Pero me abrió casi de inmediato, sonriente, como si me estuviera esperando. Me hizo pasar y me dijo que apenas iba a comenzar a hacer su rutina de ejercicios. Traía unas mallas entalladas, Rosario: se veía hermosa. Me invitó a verla hacer ejercicio, pero con esas ropitas no podía contener mis ganas, y le propuse besarnos con la esperanza de llevar nuestra vida no sexual al plano sexual. Respondió con un no tajante, argumentando que ella es incapaz de romper su rutina. La vi haciendo una especie de aerobics intensos y, aunque esos ejercicios requerían gran pericia, como en uno que tenía que hacer un salto lo más alto posible subiendo sus piernas al pecho para luego caer, hacer una lagartija y con el mismo impulso levantarse, ella parecía hacerlo sin ningún tipo de dificultad, ni siquiera una gota de sudor. Sus movimientos eran casi robóticos. Y ahí fue cuando empecé a observar su departamento: parecía una caja de zapatos pintada de gris. Fuera de la televisión que usaba para hacer ejercicios y unos muebles que parecían sacados de algún catálogo de tienda departamental, no había fotografías de sus familiares, no había nada, ni siquiera polvo, ni un olor que pudiera indicar que ahí vivía un ser humano. Pero sus nalguitas, mi Chari, rebotaban mientras saltaba y cada vez me era más difícil esconder mi erección. Era un hombre de cabeza bifurcada: por la parte primal, que me llamaba a saciar mi hambre, Charo, esa hambre que tanto gozamos… Bueno, gocé, Rosario. Y por la otra, la intelectual, quería entender quién diablos era esa mujer frente a mí. Mientras la veía recostada boca arriba, tratando de ejercitar su abdomen emitiendo con poco esfuerzo un gemido maquinizado entre repeticiones, tuve un momento de lucidez entre tanta obnubilación: entendí que no tenía dos problemas, sino uno solo. Mis ganas de conocerla y penetrarla eran las mismas. Mi frustración por el soplido fracasado era exactamente idéntica a la de nuestra carencia sexual. Decidí, entonces, confrontarla. Cuando terminó de hacer ejercicio, me dijo que se iba a bañar, y nomás de imaginarla desnuda y yo ahí dentro con ella, enjabonándola, se me vencían las rodillas. Entonces le dije, así tal cual como te lo cuento, Rosario…, le dije: creo que es hora de llevar nuestra relación al siguiente nivel, quiero conocerte profundamente. Y ella se sentó a mi lado en el sofá, con la misma sonrisa de siempre, Charo, y me dijo que estaba bien, así, sin más. Me llegué a preguntar si me había entendido, si tal vez había sido demasiado vago en mi petición. Pero al estar sentada frente a mí, Chari, no te imaginas: se quitó la blusa de ejercicio y, de inmediato, el sostén deportivo, enseñándome unos senos pequeñitos, pero perfectos; tal vez con la areola demasiado grande, pero yo en ese momento no tenía forma de controlar mi cerebro y analizar su anatomía. Me abalancé a su pecho para besarlo y sentir su calor. Ella hizo unos gemidos parecidos a los que emitió haciendo sus ejercicios abdominales. Mientras succionaba sus pezones, vi que en la parte donde el pectoral derecho se transforma en axila, en la zona en la que te da cosquillas. ¿Te acuerdas? De ahí salía una pequeña cinta del color de su piel. Tenía menos de un centímetro de ancho y era plana, como un listón de carne que estaba pegado a la piel, pero al pasar mi aliento cerca, se agitaba ligeramente. Y, te lo juro, mi amor…, perdón, Rosario, que pese a mis instintos carnales que en ese momento me poseían, no pude evitar sentir curiosidad por ese listón. Me llamaba, era como si dijera mi nombre; era imperante que supiera qué era y de qué se trataba. Acerqué mi boca al hilo, lo lamí un poco para hacer parecer que mi presencia ahí era natural, y no sabía a nada, ni a piel ni tela. Ella acariciaba mi pelo cuando logré morderlo con mis colmillos y lo jalé. Me sentí como el tipo ese del cómic que te enseñé…, el que se come a una viejita muerta, así, por probar carne humana. Fue ligerito, Rosario, te lo juro que fue un jalón ligerito porque no quería lastimar a esa muñequita que tenía enfrente, y la cinta apenas cedió unos centímetros. Alexia dejó de acariciar mi pelo. ¿Por qué hiciste eso, Rodrigo?, me preguntó mientras se ponía de pie, ya sin sonrisa, y yo le respondí que no sabía a lo que se refería.

De repente, una línea recta y negra apareció a la mitad de su cuerpo, de la cabeza hasta su ingle. Te lo juro, Rosario. La línea era una ligerísima abertura, Charo, y de ahí salió un humo y luego un polvo que olía a cal. Yo estaba temblando de miedo, Charizard, pensé que la había matado, te lo juro que temblaba. Ya ni pensé en el sexo ni en sus nalgas, mi erección había desaparecido, más bien mi pene estaba escondiéndose dentro de mi coxis. La abertura se hacía cada vez más grande emitiendo un sonido como de engranes. De repente, el mecanismo del cuerpo de Alexia se detuvo y le salió un vapor muy denso. Pensé en los monstruitos que te dije, Charo, pensé en ti cuando te reíste de mi teoría, y pensé en mi mamá y mi papá, que por fin me estaban visitando ya de adulto. Pero… no sé qué pasó, Chari, hermosa. No vi a nadie, ningún monstruo ni nada. ¿Por qué me habrían visitado mis papás sin manifestarse?, no me importaba que fueran figuras monstruosas. Nada tenía sentido. El interior de Alexia era gris metálico, como un cascarón, y lo más raro es que así me sentía yo: como un cascarón, hueco por dentro, sin novia ni padres ni nada. Pensé en el Pelón y su desaparición: tal vez él había cometido la misma afrenta que yo. Temí por mi vida, así que mejor hui de su departamento cuidando de no ser visto por nadie y vagué por la ciudad para esconderme entre el tumulto de gente, con miedo, pero, más que nada, meditando sobre todo el universo: me imaginé que tenía el tamaño de Júpiter y veía la tierra tan chiquita que mi soledad se volvía inexistente. No extrañaba a Alexia, te lo juro, Charito de mi corazón. Desde el momento en que jalé ese hilo con los dientes, ya había comenzado a superarla. Porque después de superarte a ti, que es lo más difícil que me ha tocado vivir, puedo lograr lo que sea. Aunque tema por mi vida.

 

Rodrigo Ramírez del Ángel (Veracruz, México, 1985). Ha sido becario del PECDA Nuevo León y del Centro de Escritores de Nuevo León. Coescribió el guion del cortometraje Cómo hacer una nube, basado en un cuento de su autoría que recibió mención honorífica en diversos festivales internacionales. Ganó el premio Nuevo León de Literatura 2020 con su novela Dinero para cruzar el pueblo (CONARTE, 2021) y el Premio Nacional de Cuento Corto “Eraclio Zepeda” con su libro Tesis de la soledad.