ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

Mariño González,
Vietnam,
Prólogo de Antonio Ortuño,
historieta de Ezequiel Cruz,
Guadalajara, Arlequín,
segunda edición, 128 pp.


Xitlalitl Rodríguez Mendoza (Guadalajara, Jalisco, 1982). Poeta y editora. Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Con el libro Jaws [Tiburón] (Mantis/Conaculta, 2015) obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2015. Sus libros más recientes son Hotel Universo (Grafógrafxs, 2019) y Poesía y desempleo (Libros Soberanos, 2020). Aparece en la antología Desgracia, ebriedad, locura y tal vez Illinois. Poemas de amor de Grafógrafxs (Grafógrafxs, 2022). Es miembro del SNCA.

 

We will always have Vietnam

Xitlalitl Rodríguez Mendoza

 

 

Si pierdo los colores a medida que los utilizo […] pasará lo mismo con los recuerdos?”. Esto se pregunta Camilo, un pintor dotado con la extraña virtud de hacer desaparecer todo lo que pinta y quien es uno de los personajes que habitan Vietnam, este libro de cuentos de Mariño González, recién reeditado por Arlequín. Este Midas al revés, por otro lado, puede parecernos tan familiar en tanto vamos deslavando —con el uso— nuestros recuerdos, nuestras visitas a un pasado mejor (que sólo es mejor por el simple hecho de habernos quitado sus sucias garras de encima para entregarnos a un futuro cuyas fauces salivan incertidumbre).

Pero no es el caso en la relectura de Vietnam. El registro de estos cuentos no está en el pasado. A pesar de haberse escrito en los tiernos dosmiles, en nuestros años veinte se siente como un libro de vanguardia que, al igual que las vanguardias de hace un siglo, enarbola, con sus destrozos, sus carcajadas y sus pesares, las luchas furiosas que caracterizaron esa década del siglo XX y que ahora libros como este hacen lo propio con el XXI.

Los personajes que pueblan estos quince cuentos son tan singulares como divertidos y sí, también tristes. Entre ellos se encuentra un papa que se lleva la sorpresa de su vida o, vaya, de su muerte, cuando advierte que Diosito es, en realidad, Diosita: una joven despampanante de temperamento tan volátil como sus prendas. Hay periodistas, escritores, artistas, un matemático, ladrones, bestialistas, guerrilleras, personas a las que les falta una o varias extremidades o personas a quienes les sobran membranas; así como una adolescente darketita que padece en carne propia los abusos de la policía y también el de sus avampirados amigos, de hombres, vaya. Son personajes que nos hablan, sobre todo, de nosotrxs mismxs. Sus miedos nos recuerdan los nuestros frente a la precariedad laboral, la desesperanza, el amor y el desamor, las guerras, las ilusiones machacadas a punta de fracasos profesionales y las dudas sobre la vida. Lo hilarante es que ninguno de ellos se va limpio: la muerte no salva, sino que incluso la reencarnación viene en ayuda del autoescarnio; así, varios de estos personajes perviven para contar sus peripecias en bucles tragicómicos, como nuestro día a día.

Incluso en cuentos como “Elepés” o “El libro vaquero”, el narrador pone a prueba la premisa del propio cuento y se aventura a verse a sí mismo en el acto performático de la observación, en el primero, y de la escritura, en el segundo: ambas, acciones fundamentales para el ejercicio de la memoria, la identidad y el desarrollo de una obra.

Tuve la fortuna de conocer a Mariño primero en las galeras, valga la polisemia, de un diario en Guadalajara, antes de hacernos amigos, gracias a otrxs amigxs en común. Él cubría la fuente de Cultura y era parte de una gloriosa tríada de los punks más punks que yo había conocido hasta entonces: Mariño González, Antonio Ortuño y José Soto impartían a diestra y siniestra estilo y terror con su humor irredento en la redacción del diario, mientras desempeñaban un riguroso trabajo como editores y reporteros en sus respectivas secciones. A cada uno de ellos le debo más de una lección de periodismo, de amistad y de vida. Luego Mariño me recibió generosamente como reportera en varias ocasiones en la FIL, donde es el coordinador general de prensa y difusión. Y, de nueva cuenta, recordé que Mariño siempre elige lo más fascinante para contar una historia. Sabe, como dice uno de sus personajes, que “el amor es una cosa puntiaguda y fría que, valiéndose de un señuelo, se desliza suavemente por la boca y perfora el paladar”. Es decir, no siempre nos quedará un buen sabor de boca, pero el bocado nadie nos lo quita. Ese es el trabajo que el también compositor y front man de la banda Los Magones hace con el lenguaje.

Al igual que Fútbol. Una novela punk y su primer libro de cuentos, Pésimas personas (cuyas reediciones, al parecer, nos llegarán muy pronto), el trabajo de Mariño González se caracteriza por ser escandalosamente chistoso y crítico de una realidad que cada vez más va perdiendo el sentido que, de a poco, le hemos conferido, hasta transformarse en paisajes brumosos, como en el relato que le da nombre al libro. Los cuentos que aquí se nos presentan le devuelven a estas situaciones una buena razón para ser vividas y, por lo tanto, contadas.

Debido a una tormenta que me impidió abordar el avión que me llevaría a la Perla de Occidente, el año pasado falté a la presentación de la nueva edición de Vietnam en la FIL Guadalajara (edición que, por cierto, incluye un prólogo de Antonio Ortuño y una historieta de Ezequiel Cruz). Sirva esta reseñita de invitación a la lectura de este entrañable libro: un lugar que permanecerá en nuestra memoria como un feliz punto de encuentro.