ISSN: 2992-7781
REVISTA DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO

Saltamontes
(fragmentos)

Andrée Viollis

 

Presentación de la traductora

 

Andrée Viollis (1870-1950), periodista y escritora francesa, fue una figura destacada del periodismo de información y del gran reportaje, militante antifascista y feminista. Su obra acaba de entrar en el dominio público, y darla a conocer es una manera de rendir homenaje a una mujer de lucha incansable. 

La novela Saltamontes (Calmann-Lévy, 1913) es de una modernidad y de una audacia destacables. El tema de la identidad sexual y de género, muy poco abordado en esos años, resuena de manera evidente con las luchas actuales de los grupos LGBT+. 

El personaje principal de la novela, Camille, cuyo apodo es Saltamontes, es una preadolescente llena de energía y con deseos de hacer lo que los hombres: explorar, viajar, descubrir el mundo. Habituada a una vida de juegos con uno de sus primos, Michel, se viste como niño y no se identifica en absoluto con las mujeres de su familia, a quienes ve destinadas a una vida de encierro en el hogar y a hacer las actividades caseras que se conocen. En el momento de la transición de la infancia hacia la edad adulta, Saltamontes disimula su pecho naciente con una venda de tela apretada alrededor del torso. Pero poco a poco se da cuenta de la complejidad de su situación y de las expectativas sociales que le impone cierta vida en función de su cuerpo.

Aquí se presentan dos fragmentos clave de la novela. El primero relata una conversación de Saltamontes con su padre, el Sr. Dayrolles, en la que ella le revela su deseo de llevar una vida de hombre para poder estudiar y viajar. El segundo pone en escena a la joven adolescente, poco tiempo después, en un baile donde conversa con un hombre que le hace ver las cosas desde una perspectiva distinta. 

 

Primer fragmento

 

El Sr. Dayrolles y Saltamontes van camino a pescar, es de madrugada. 

 

“Qué grande y fuerte es papá”, piensa ella. 

Él golpea las piedras con su bastón herrado; sus hombros elevan a cada paso el muletón de la capelina y su cabello rubio ardiente forma sobre su amplia nuca pequeños aros cortos; porque su cabello rizado no es suave como el de una mujer, sino que, crespo y duro, parece un cepillo de pasto al contacto con la mano. Siempre tiene la cabeza hacia atrás, su voz truena y da órdenes, y sus ojos color de hierro, ¡oh! esos ojos, apenas se atreve uno a mirarlos. 

Sin embargo, es bueno. En la fábrica donde es ingeniero, los obreros lo estiman. Los defiende ante los patrones y gracias a él nunca han hecho huelga. Ha viajado por todas partes: a África, donde hay leones y elefantes, a los países de minas y de nieve, en algún lugar del Polo Norte, y a las inmensas ciudades de América, tan feas con sus casas que rascan el cielo y sus chimeneas humeantes. Él, que ha visto y hecho tantas cosas, ¿cómo no entendería el problema de su hija? 

—¡Cómo quisiera parecerme a ti, papá! —exclama ella con admiración—, pero resulta que me parezco a mamá. De ti sólo tengo los ojos y el cabello. Y aun así, mis ojos son más verdes y mi cabello más rojo...

El Sr. Dayrolles gira hacia la niña su rostro ancho y colorido:

—¡Sí tienes de qué quejarte! Tu madre es, desde luego, cien veces mejor de lo que nunca podrás ser... 

—Ya lo sé, papá; sin embargo, me gustaría más parecerme a ti... porque eres un hombre...

—¿Qué balbuceas?

—¡Sí, los hombres son fuertes, son valientes, son nobles!

—¡Ah! ¿Eso crees? ¡Aún tienes que deshacerte de unas cuantas ilusiones, mi pobre niña!...

Pero al Sr. Dayrolles no le agradan las explicaciones inútiles. Se contenta con alzar ligeramente los hombros, echa un vistazo al cielo, inclina su boina del lado del mar donde empieza ya a elevarse el viento agrio de la mañana y se pone a silbar una marcha alerta. 

Saltamontes retrocede, le da frío en el corazón: sin duda sabe correr, saltar, subirse a los árboles tan bien como un niño, pero nunca ha podido aprender a silbar. Con una paciencia tenaz, alargó, metió, redondeó los labios, hizo con su lengua una bola, un cono, un embudo, no salió nada más que un miserable silbido de culebra enojada. ¿Sería esa la señal de que no estaba hecha para ser un niño?  

Una casa encogida al borde del camino parece estar al acecho: a través de la puerta entreabierta se ve un anciano encorvado atizando un fuego de retamas; hay un olor agrio que pica la nariz, se oye una larga toz con flemas.

“Es el señor Karadec; se ve más viejo y sucio a esta hora”, piensa Saltamontes con desolación. 

El Sr. Dayrolles enciende un cigarrillo cuyo humo azul sigue al desenrollarse sin vigor las bufandas de bruma, alargadas en el aire más transparente. Y su mano aparece blanca y fuerte, un poco cuadrada, con sus venas hinchadas, sus uñas brillantes, sus vellos rojizos en los nudillos. Esa mano, ¡qué bien la conoce Camille!

Las noches de invierno, cuando leía cerca del fuego, sentada sobre el tapete, amaba la caricia lenta sobre su cabello suelto y su cuello inclinado; a veces dos dedos se estiraban hasta su oreja para tirar un poco de ella. También recuerda el perfume del chaleco, cuando su padre se inclinaba para darle un beso. Un arrebato de ternura se levanta en ella y la hace saltar hasta él. 

—Papá —le dice ella, frotando cariñosamente su cabeza contra el muletón—, papá, tengo que decirte algo... es serio...

—¿Qué se ha roto, pues? ¿Dificultades diplomáticas del lado de la tía Eleonor o de miss Winnie, te apuesto?

—Sí y no. Hay algo de eso, pero es mucho, mucho más grave...

Un suspiro convulsivo infla y le aprieta la garganta; su corazón se detiene. Siente el brazo de su padre sobre sus hombros; él la mira desde su altura, un poco inquieto. 

—Estás muy pálida, mi Saltamontes. ¿Tienes frío? ¿Te duele algo? ¡Anda, dime rápido!

Un silencio. Camille frota sus puños crispados en el fondo de sus bolsillos; ahí se encuentran cuerdas, conchas, clavos, su cuchillo oxidado. ¿Acaso nunca abrirá la boca? Es que no sabe hablar de cosas íntimas con su padre. Él es bueno con ella, se quieren, pero no se conocen; de hecho, aparte de Michel, ¿quién la conoce?... La mano, la gran mano le aprieta ligeramente el brazo. Ahora hay que hablar. Se pasa la lengua sobre los labios secos, se quita la capucha, suelta otro suspiro y, muy rápido, con una voz sin aliento:

—Pues bien, papá, ya lo pensé, está hecho, está decidido: ¡no puedo ser una mujer!

El Sr. Dayrolles se detiene:

—¿No puedes ser una mujer? 

—No, es imposible... Todo el mundo lo quiere, la tía Eleonor, miss Winnie, hasta Michel... Yo nunca lo había pensado: tú sabes que cuando se es pequeño uno cree que las cosas van a durar para siempre; se es feliz sin saber por qué, es todo... Pero últimamente me hacen cuentos por este traje en el que estoy tan cómoda; me prohíben subir a los árboles, al techo; y eso no es nada, también está lo demás... No, no, mira, mientras más lo pienso, más siento que no puedo ser una mujer...

Ella levanta hacia su padre una mirada afligida, con ojos puros que, sin párpados, parecen nacer directo de la frente redonda, entre las plumas negras de las pestañas levantadas.

Él aún no entiende. 

—¿Una mujer? —le pregunta—. Por cierto, ¿qué edad tienes, Saltamontes? 

La mira con gravedad, intentando recordar. Ella, confundida, inclina la cabeza y su voz sale a través de su cabello. 

—¡Oh! Soy muy vieja: cumplí catorce en enero...

—¡Quince años, pronto! Cómo pasa el tiempo... Quince años, ¡es la edad de Juliette y de Miranda! Eres una joven mujer, Saltamontes. Podríamos casarte el año que viene...

Él juega con la oreja de Saltamontes. Pero Camille da un grito de dolor. 

—No te rías, te lo ruego...

Sus lágrimas brotan. El Sr. Dayrolles levanta las cejas con sorpresa y, sacando sus lentes del bolsillo de su chaleco, los limpia mecánicamente y se los coloca sobre la nariz, como para resolver un problema. 

—¡Vamos, camina! —dijo al fin, dándole golpecitos afectuosos a la boina roja—. Explícate. 

Saltamontes salta sobre un talud, recoge una ramita de madreselva, huele en ella el olor a rocío, y continúa:

—Te he oído decir a menudo, papá, que si se obstruye la vocación de la gente, después no hace nada bueno en la vida... Pues yo no tengo la menor disposición para ser mujer...

—¿De verdad? ¿Eso es lo que piensas?

—Por favor, no me interrumpas... Para empezar, una chica debe ser bonita, y yo soy fea...

El Sr. Dayrolles se inclinó, considerando a su hija con aire crítico:

—No tanto, Saltamontes —dijo, alentador. 

—Sí, sí, lo sé desde hace mucho: mira, desde que leí mi primer libro, Les Malheurs de Sophie.[1] Se me parece mucho, Sophie: una nariz respingada, una boca grande, ojos verdes... ¡Oh! ¡Esos ojos! Cuántas veces me han dicho: “Los ojos verdes se van al infierno”.

—Déjalos que digan; a mí no me desagradan tus ojos...

—Porque tú me quieres. Pero las señoras que visitan a mamá, las he oído decir: “Qué bonita es su hija mayor, señora, una verdadera obra de Greuze...[2] En cuanto a la segunda, ¡debe ser muy inteligente!”. O bien: “!Es un pequeño demonio!”. No, no, soy mal parecida, no tengo nada de una niña. Las demás siempre están arregladas, con el cabello rizado, figuras rosas, manos limpias... ¡Me dan asco! Y yo, mírame un poco...

Retrocedió algunos pasos y se ofreció para que su padre la examinara, con los brazos alzados en forma de cruz. 

—El hecho es... —Constató él, con un brillo en el ojo.

—¡Ya ves! Para empezar, sólo me llevo bien con niños: son sucios, brutos, gritan, golpean, eso me gusta...

—¡No eres difícil!

El Sr. Dayrolles reía. Saltamontes se detuvo, el rostro contraído. Vio, entre dos nubes grises que estaban huyendo, el círculo blanco de la luna y retomó con gravedad:

—¿Son tonterías? ¡Bueno! Pero hay otras cosas, más serias: está la costura, la mitad de la vida de una mujer, como dice la tía Eleonor... Pues bien, papá...

Y Saltamontes hizo un gesto trágico:

—Pues bien, la costura, no es mi culpa, de verdad lo intenté, por lo menos dos o tres veces. ¡Sé que nunca podré hacerlo bien! Todavía el piano, con sus grandes dientes fríos como los de miss Winnie, las escalas, las acuarelas donde siempre se derraman lágrimas de color que hinchan el papel; y ordenar la cena, hacer postres, vigilar a los empleados de la casa, en fin todas las ocupaciones de las mujeres, ¡si supieras cuánto las odio! Piénsalo, papá: los niños saben que pueden ser marineros, oficiales como Jacques,[3] doctores como Michel más tarde, ingenieros como tú, ellos eligen sus carreras... A las niñas no les preguntan cuál es su vocación: todas tienen la misma vida que el oso del Jardín de las Plantas que da vueltas en su fosa... Y hasta eso, el oso fue tan tonto como para dejarse atrapar...

Saltamontes se detuvo para respirar. El Sr. Dayrolles, un poco sorprendido, un poco divertido, jalaba su barba con cierto apuro. 

—Se te olvida —dijo él— que las mujeres también tienen alegrías, tienen a sus maridos, sus hijos y muchos menos problemas que los hombres...

Hablaba sin entusiasmo, casi sin articular, buscando razones. Camille lo interrumpió impetuosa:

—¡Oh! Papá, hablas como la tía Eleonor, pero no lo piensas realmente... Tú también tienes una esposa, hijos, y eso no te impide tener un oficio que te gusta. Y tú no quisieras ser una mujer, ¿o sí?

—¡Ah! ¡Eso nunca! —dijo el Sr. Dayrolles con convicción.

Y enseguida se mordió los labios. 

—¡Ya ves! —exclamó Camille—; entonces sí me entiendes: yo sería una mala mujer, te lo aseguro; más vale no intentarlo. Para empezar, si me obligan, siento que me moriría... ¡Y eso que estoy muy contenta de estar viva!

Con los músculos tensos, las orejas hirviendo, el corazón agitado, Saltamontes miraba a través de sus lágrimas los campos frescos y limpios donde empezaban a despertar los matices, las rocas, el mar aún cubierto por un velo de bruma gris. Respiraba el aire, a la vez amargo y dulce, impregnado del olor de las algas y de las flores de retama húmeda; sufría por no poder explicar cuánto amaba todo eso y por qué lo amaba. Se giró hacia su padre con un movimiento brusco, le tomó la muñeca entre sus pequeñas manos duras y cálidas, se apretó contra él violentamente y levantó de nuevo su rostro con ojos angustiados que abría muy grandes para que él viera en el fondo de su corazón. 

Él aún observaba a su hija con el mismo aire perplejo, afectuoso, irónico. No se detenía en las niñerías que ella decía
—palabras al aire, sin ton ni son— pero, mientras le acariciaba el pelo largo y la piel fresca de la mejilla, pensaba, conmovido, que debajo de aquellos trapos de niño estaba creciendo una pequeña mujer que él no conocía mucho, que cada día se haría más impenetrable, separada de él por su corazón y su cuerpo diferentes. 

“Sus penas de niña se han terminado —pensaba él—, tendrá otras que no podré, que no sabré consolar. Las niñas tienen secretos para sus padres”.

“Él me ayudaba a caminar, a saltar en los charcos cuando era pequeña —se decía Saltamontes—; me tomaba en sus brazos, contra su pecho, cuando tenía miedo o me dolía algo”.

Y ambos continuaban contemplándose; ella, abandonándose con confianza; él, con una ternura un poco melancólica. 

Finalmente, con un tono que imploraba:

—Siento que me vas a ayudar, papito; ¿me lo prometes?
—exclamó. 

Entonces él se espabiló. ¿Cómo pudo dejarse conmover por aquellas tonterías infantiles, él, un hombre serio? ¡Desde luego tenía otro tipo de problemas! Quitó su mano, cerró un botón de su capelina, sopló en su bigote para quitarse las burbujas de agua y respondió:

—¿Ayudarte? ¿A qué y cómo? Eres una niña, hija mía, es una pena, pero ¿qué quieres que haga? 

—¡Mucho, papá, puedes hacer mucho! Ya lo tengo todo pensado. ¿Te acuerdas que hace dos años me diste permiso para empezar el latín y las ciencias? ¡Hasta se enojó mucho la tía Eleonor! En ese entonces, sólo quería saber tanto como Michel, el resto me daba igual. Sin embargo, ahora estoy al mismo nivel que los niños de mi edad. Entonces, ¿sabes qué haremos cuando volvamos a París? Le dirás a la tía Eleonor, a miss Winnie, a todo el mundo que me mandan a la pensión para civilizarme. Mamá puede saber el secreto, si quieres. Después haces que me corten el pelo, me compras un verdadero traje de niño (soy bastante alta, ¡eso es una suerte!) y ¡vamos para la escuela de ingenieros de Rochefort! Y ahí, le dices al director: “Le presento a mi hijo, Camille[4] Dayrolles, que quiere entrar al Borda...”[5] Y ya está, ¡listo!

Camille subrayó su conclusión con una pirueta. 

—Sí, ya está —respondió tranquilamente el Sr. Dayrolles—; estás completamente loca, mi pobre Saltamontes.

—¿Loca? Sin mi cabello, ¡desafío a cualquiera a que me confunda con una niña!

—El cabello, el cabello... No es sólo el cabello...

Camille lo sabía: no se tienen catorce años y hermanos pequeños sin conocer algunos detalles. ¿Pero acaso esas cosas se ven debajo de la ropa? Sí, sin embargo, hay algunas que se ven. Ella se estremeció y pasó rápidamente la mano sobre su pecho: estaba plano bajo la tela tendida. Entonces, tranquilizada, con ojos cándidos:

—No temas, papá, te prometo que nadie se dará cuenta de nada: tengo maneras, ¡maneras seguras!

Sonrojándose, repitió su frase con una energía misteriosa y convencida:

—¿Te contaron la historia de aquella pequeña annamita[6] que estuvo cinco años en la preparatoria en Argel? Un día la agarraron; pero eso a mí no me pasará, ¡te lo juro!

El Sr. Dayrolles sonreía, un poco incómodo. ¿Maneras seguras? ¿Qué podía tener en mente esta niña? ¿Debía hacerle preguntas? ¡Qué embarazoso era todo eso! ¿Y para qué, en realidad? En un mes, la niña ya no pensaría en todas esas cosas ilusorias... Más valía no enojarla.

—Pues bien, mi niña, dame tiempo para pensarlo. Tu proyecto es, a primera vista, ¿cómo decirlo?, bastante inesperado. Pronto te darás cuenta tú misma de que es irrealizable... Y ahora, basta de hablar; hay que apurarse, vamos tarde. 

 

***

 

El padre de Camille olvida el problema de su hija y vuelve a su trabajo y a los viajes que lo alejan a menudo de su hogar. 

Al llegarle la primera menstruación, Saltamontes entiende que la sociedad considera que ya es una mujer y que lograr llevar su plan a la obra, sin ayuda de nadie, será imposible. Se resigna a vestir como mujer mientras espera encontrar la manera de llevar su plan a cabo.

La escena siguiente sucede durante un baile de adolescentes, donde los jóvenes actúan como adultos y se ocupan únicamente por asuntos de seducción. Camille observa todo aquello con distancia y desamparo, en un vestido incómodo en el que sigue escondiendo su pecho.  

 

Segundo fragmento 

 

Cuatro parejas se forman y, de pie cerca de Camille, esperan. Los jóvenes se pasan la mano en el cabello, limpian los vidrios de sus lentes, se contonean mirando inquietos hacia el pianista; las chicas se ajustan los guantes y dan pasitos impacientes con aire travieso. 

La primera frase de la cuadrilla empieza a extender por fin sus notas lentas y amaneradas; los rostros se relajan, los chicos se inclinan, las chicas se apoyan en sus brazos redondeados, y los grupos se estremecen, girando en círculo con un paso solemne y en ritmo. 

¡Qué grotescos son! Hay un pequeño hombre redondo, todo rojo y sudoroso, cuya alargada bailarina mantiene desdeñosamente alejado con un codo puntiagudo; en cuanto a esa gorda, con nariz respingada, brazos cortos y aquella manera de rebotar que hace inflar sus faldas, es una pelota de hule, un poco fofa y ya desinflada. La otra, enfrente, una bonita mujer de pelo castaño con una cabeza minúscula, unas cintas aplastadas, nariz aguileña, cintura plana y plegable, ¡parece uno de esos insectos verdes y largos, de brazos cruzados que llaman mantis religiosas!

Y Saltamontes se alegra. ¡Qué tonto es el baile! ¿Cómo sería si no hubiera música? 

Saltamontes se tapa los oídos. Entonces, todas esas personas que, sin razón, agitan los brazos y las piernas, avanzan, retroceden, dibujan gestos de marionetas y clavados de títeres, se separan y de repente se abalanzan violentamente unos sobre otros, se agarran, dan vueltas y saltan como ranas epilépticas, todos parecen bufones tan cómicos que, su melancolía de pronto disipada, ¡Saltamontes ríe con toda su alma! 

Y nota, apoyado al otro lado de la puerta, a un hombre no muy alto, no muy guapo, un poco jorobado, viejo ya, con una barbilla gris y puntiaguda y una minúscula insignia en el ojal, que la mira con ojos claros, tan llenos de interés y de bondad que Saltamontes responde de inmediato con un gesto de complicidad con la cabeza, con una sonrisa de confianza. 

—Son divertidos —dice ella indicando con el mentón a las parejas confundidas en un alboroto frenético. 

—Bastante divertidos —responde el hombre viejo—. Pero uno no se da cuenta de esas cosas a su edad. ¿Acaso no le gusta bailar? 

—No... Para empezar, no sé...

—Se puede aprender...

—Es lo que me decía aquella chica de allá... la que baila con el estudiante... Es bonita, ¿no le parece?... No, verá usted, siento que yo no podría aprender: me dicen que no tengo oído, que desentono; entonces...

Un silencio y, con gravedad:

—Además, aunque supiera, no bailaría: puesto que los chicos son los que invitan a las chicas. 

—¿Y entonces? 

—Y entonces, ¡no me invitarían!

—¡Vaya idea!

—No es una idea...

Saltamontes sacudió tristemente la cabeza. Su mirada buscó la de Michel. 

—Mire, el estudiante que le mostré es mi primo. Éramos amigos, hace tiempo. Hoy, ya no le importo, y ahora baila con Jeanne, de quien se burlaba el año pasado... A los chicos sólo les gusta bailar con las chicas bonitas...

—¿Usted no se considera bonita? 

—¡Oh, no!... Antes no me importaba, pero creo que ahora es algo que me pone triste...

Y Saltamontes suspiró.

—¡Pero si usted no es fea!... Veamos, míreme un poco... Pero no con esa cara torpe y afligida... Ahí, ¡así! Usted no es nada fea, ¿señorita...?

—Camille. Pero me dicen Saltamontes. 

—Muy amable, Saltamontes. Resumamos, señorita Saltamontes: tiene usted un cabello hermoso...

—¡Pelirrojo!

—¡Es muy bonito, el cabello pelirrojo! ¿Va usted a veces al Louvre, a Salones? ¿Sí?... ¡Entonces lo ha visto, en los cuadros!  

—Sí, pero los cuadros son cuadros.

—En cuanto a sus ojos, son vívidos, de un color raro...

—¡Oh, Señor!, ¡ojos verdes!

—¿Y entonces? ¡Le aseguro que los ojos verdes no son una deformidad!

—¿De verdad?

—¡Claro que sí!

—¡Eso sí que es raro! En los libros que leo, sólo se los he visto a los personajes ridículos o a los malos. 

El viejo hombre continúa su examinación:

—La cintura... Por Dios, la cintura podría ser más... esbelta. Pero creo que va a adelgazar. ¿Qué edad tiene? ¿Trece? ¿Catorce años? 

—No, casi quince —dijo Saltamontes con voz rápida. 

Y retomó:

—¡Oh! ¡Mi cintura!... Pero soy muy delgada, ¿sabe?... Es sólo que, es la venda...

—¿La venda?

—Sí...

Camille agachó la cabeza, frotó un instante sus botines el uno contra el otro y, de pronto, echando su cabello hacia atrás, dijo de manera resuelta:

—Escuche, señor, le voy a confesar lo que nunca le he confesado a nadie; porque usted me vino a hablar cuando estaba sola en mi rincón y parece ser un hombre muy bueno... Si parezco tan cuadrada, es porque tengo una larga venda de tela espesa que está enrollada varias veces alrededor de mi cintura: sin eso yo sería delgada, tan delgada como Jeanne, allá... ¡Es por eso!

Los ojos del hombre viejo brillaban de curiosidad. 

—¡Es por eso, en efecto! —dijo él—. Y ahora creo que me va a explicar, ¿por qué la venda?  

—... Por muchas razones. Pero la principal es que no quería parecer niña. 

—¿Pero cómo? A su edad, en general, se suspira por vestidos largos, abanicos, peinados complicados, ¿qué sé yo?

—Las demás, tal vez... Pero yo, ¡oh! Yo habría querido, ¡cuánto habría querido ser niño!

Camille unió sus manos, torció sus dedos que crujieron, los cruzó con vivacidad detrás de su cabeza; y, olvidando lo que la rodeaba, los ojos fijos, la voz entrecortada:

—Los chicos —retomó ella— ¡tienen toda la suerte! Tienen
bellas aventuras, ganan dinero, honores, gloria... Y mire, incluso para bailar, pueden elegir a quien les guste... Para casarse también... Se quedaron con lo mejor de la vida sólo para ellos... ¡Los hombres son egoístas, son malos, son brutales!... Los odio, ¡oh! ¡Cuánto los odio!

Dio un golpe con el pie, la voz quebrada por un pequeño llanto. El viejo hombre la observaba detrás de sus lentes, con una sonrisa de malicia bondadosa. 

—Qué chica tan peculiar —dijo él al cabo de un instante—. ¡Cómo! Los hombres le parecen malos, brutales, egoístas. Tiene razón, de hecho, ¡hasta cierto punto! ¿Y le gustaría ser un hombre? ¿Le gustaría estar del lado de los opresores y los tiranos contra los débiles, los indefensos? Viniendo de la personita generosa que parece ser usted, ¡es algo sorprendente!

Camille dejó caer sus brazos, entreabrió la boca, observó al anciano con ojos sorprendidos. 

—¿No cree usted —continuó él escuchándose hablar a sí mismo complacientemente—, no cree usted que sería más noble, más digno de usted, tomar el partido de las mujeres, justamente porque le parece que son infelices y sacrificadas? ¿No cree usted que hay ahí un papel que desempeñar? ¿Mostrarle a los hombres, por ejemplo, que aunque sea mujer o más bien porque es mujer, y a pesar de los obstáculos, puede trabajar, ser útil, para sí misma y para los demás, y no sólo buscar honores y gloria, lo cual es vano, sino hacer buena y bella labor? ¿Consolar dolores, reparar injusticias? ¿Acaso no vale más la pena eso que indignarse inútilmente, puerilmente? Porque no puede convertirse en hombre, ¿o sí?

—Eso es verdad —confesó Camille—. Antes, siempre tenía la esperanza...

—¿De qué? 

—Nada... tonterías...

Y, tras un instante de reflexión:

—Es usted muy amable, señor —dijo ella—. Nunca había pensado en todo eso, ¡nunca! Tiene razón: no es muy bueno querer ser un hombre porque los hombres son más felices que las mujeres... ¡Es sólo que es tan bueno ser feliz!

—Pero hay grandes alegrías en la vida de las mujeres, alegrías que usted tendrá, estoy seguro: podría enumerárselas ahora —agregó sonriendo—, pero ya hemos tenido una conversación bastante larga, bastante seria. Yo sólo venía por cinco minutos... ¡Vamos! Debo partir sin despedirme. Volveremos a hablar de todo esto más tarde, mi pequeña amiga... ¿Es usted mi pequeña amiga, verdad?

—¡Oh! ¡Sí, señor!

—Hablaremos de nuevo de esto cuando usted sea una mujer, una verdadera mujer, fuerte, valiente, feliz también, y yo un pobre tipo, aún más viejo que ahora...

—No es muy viejo, señor —dijo Camille cortésmente. 

Lo había acompañado a la antesala desierta donde se ponía, jadeando un poco, un abrigo de piel. Lo ayudó a pasar las mangas, y permaneció de pie junto a él, contemplándolo afectuosamente. 

—Y ahora —dijo él—, si usted fuera una niñita, la abrazaría... Si fuera una jovencita, le besaría la mano...

—¡Oh! ¡No!

—Como no es ni una ni otra, vamos a darnos un apretón de manos, simplemente, como buenos amigos. ¡Ahí!... Adiós, amiga Saltamontes, nos volveremos a ver. Mientras tanto, piense en lo que le dije...

—Sí, señor, hasta pronto, y gracias de todo corazón. 

Cuando Camille volvió al salón, con cara contenta y soñadora, el piano se detuvo un instante. Se sorprendió al ver que todo el mundo la miraba; murmuraban, se reían. Una joven avanzó hacia ella, y después un joven, y otros más, y pronto se encontró rodeada. Incluso Michel se había acercado:

—¿Qué te decía, Saltamontes? 

—¿Por qué hablaron tanto tiempo?

—Vaya, señorita Camille, ¡resulta que usted se da el lujo de tener conversaciones a solas con grandes hombres!

—¿Qué gran hombre? —preguntó Saltamontes.

—Pero... ¡Julien Lacoste!

—¡El novelista!

—¡El dramaturgo!

—¡El académico!

—¡El psicólogo, el feminista!

—¿De qué hablaban con tanto entusiasmo?

—¡Oh! De cosas —respondió Saltamontes, con dignidad negligente—. De cosas que no entenderían... Tenemos exactamente las mismas ideas sobre la vida, ese señor Lacoste y yo...

 

***

 

Poco tiempo después de la conversación con el intelectual, el padre de Camille muere inesperadamente, dejando a su familia desconsolada y sin fuente de ingresos. Camille termina por aceptar su cuerpo y abandona su deseo de convertirse en hombre, pero no abandona su deseo de llevar una vida distinta de la que se espera de ella y decide estudiar y trabajar, tal vez hasta estudiar medicina.

Traducción de Julie Zamorano

 

 

[1] Las penas de Sophie es un libro para niños muy conocido en Francia que relata las travesuras de Sophie.

[2] Pintor francés del siglo XVIII.

[3] Otro primo de Saltamontes.

[4] Camille es un nombre unisex.

[5] Nave de vela más grande en Francia hasta entonces.

[6] Gentilicio de la región de Annam, en Indochina, durante el protectorado francés de 1883 a 1945.